Artículos vocacionales


Autor: Amadeo Cencini. Profesor de Psicología aplicada y de Pastoral vocacional en la Pontificia Universidad Salesiana.

Tradujo D. Germán González Domingo.

Un título como éste no necesita ser contextualizado ni justificado en un congreso vocacional como el nuestro. En efecto, este tema representa el verdadero problema de la actual crisis vocacional, es la preocupación de todos los responsables del sector, es el elemento débil de la pastoral de las vocaciones, su punto no resuelto.

Si supiésemos de verdad cómo educar en la fe y en la opción vocacional adulta y madura es posible que ya no existiera ni crisis ni coyuntura vocacional o no tendrían el actual alcance; sin embargo, precisamente esta crisis nos habla también de la inconsistencia y aproximación de nuestras trayectorias educativas, su débil implantación junto con la escasa correspondencia con un camino experimentado personalmente.

 

Por otra parte, este tipo de educación representa por su naturaleza no sólo algo complejo y difícil, sino también misterioso y superior a nuestras fuerzas; rigurosamente hablando el ser humano, o un hermano mayor, sólo puede llevar a los umbrales del misterio a otro ser humano, hermano menor, a los umbrales del misterio de la opción creyente y vocacional. Y es un signo de gran madurez tender hacia ese umbral y al mismo tiempo respetarlo por parte del primero. Significaría la plena comprensión del papel de mediación del responsable vocacional.

Y no digo que en el pasado no existiera esta dificultad ni que nosotros hayamos perdido hoy una cierta capacidad de educar en esta dirección. En nuestros días, el problema es cómo concebir y actuar esta educación «en un mundo que cambia», como especifica inteligentemente el título de los actuales Orientamenti dell’Episcopato italiano, cuando dice que nuestro mundo postmoderno no está simplemente cambiado, sino que está cambiando. La diferencia es significativa; si este mundo ya hubiera cambiado, podríamos definir estrategias y modalidades con una cierta pretensión de definitividad, pero si «todavía está cambiando», la operación se presenta un poco dudosa y quizás quedan reducidas o mejor precisadas ciertas expectativas. ¿Cómo ignorar, por ejemplo, el once de septiembre y el cambio general, en las relaciones interpersonales especialmente con el que es distinto, en el sentido que hay que dar a la vida y al futuro, y también, por consiguiente, en la comunicación del evangelio…, penetrado por esos terribles hechos que han sacudido la modernidad y la postmodernidad desde sus fundamentos? Entonces tenemos que ser más humildes y estar todavía más atentos para identificar ese umbral que introduce en el misterio, para hacer todo cuanto está al alcance de nuestras posibilidades para lograrlo y acompañar a alguno precisamente hasta allí, hasta los umbrales de la fe y de la vocación.

Es lo que quisiéramos entender exactamente en esta reflexión, que dividimos en tres partes. En la primera intentaremos comprender el sentido de la relación entre opción de fe y elección vocacional, y las ¡aplicaciones de esta relación. En las otras dos partes afrontaremos el problema en términos más de propuesta, y partiendo de las dos vertientes, para verificar cómo se puede arrancar de la madurez creyente para alcanzar la madurez de la elección vocacional, y cómo el coraje de la decisión vocacional conduce a la plenitud de la fe.

Opción de fe y elección vocacional: ¿qué relación existe?

Ante todo se trata de aclarar el sentido de la relación entre las dos opciones. Puede parecer una cuestión sólo teórica, pero es una teoría con profundas repercusiones en la praxis de la pastoral vocacional. Y además sabemos bien que no hay nada más práctico que una buena teoría.

Convergencia natural e intrínseca en el plano teórico

Hablamos de una convergencia natural e intrínseca, y que es posible declinar a nivel teológico y psicológico, con una consecuencia preciosa en la vertiente pedagógica.

Convergencia teológico: la confianza

El análisis teológico tiene capacidad para sacar a la luz un elemento radical que está en el origen de ambas opciones. Efectivamente, en la raíz fe significa confianza: se cree porque uno se fía, de tal manera que la máxima expresión del acto de fe es el gesto de abandono confiado. 0 también la confianza está en el principio y en el fin de la aventura creyente. La cual reencuentra su centro y su punto de fuerza no tanto en la convicción intelectual cuanto en la libertad de acoger incondicionalmente al Otro en su propia vida, entregándose a él. Creer es distinto a fiarse, pero precisamente -el fiarse es la expresión máxima del creer, justamente porque constituye también su raíz.. De todos modos no hay que dar por supuesta esta relación: en efecto muchos creen, pero pocos se fían.

Y también la auténtica decisión vocacional sigue la misma trayectoria: nace de la confianza y lleva a fiarse cada vez más, a entregarse en manos de uno más fuerte que las propias fuerzas. Así se nos presenta la vocación en las Escrituras: como un gesto no calculado sobre la propia medida o sobre la garantía ofrecida por las propias capacidades, sino sobre la certeza de la presencia de Otro, del que llama, y que puede llamar incluso a hacer cosas inéditas y superiores a las capacidades humanas, a cuanto el llamado está seguro que sabe hacer o ha hecho hasta ese momento. Y precisamente esta apuesta que nace de la confianza lleva también a asumir el riesgo y a hacer grandes cosas, pero sobre todo conduce a superar preocupaciones y temores excesivamente subjetivos o ese miedo a equivocarse que confiesa la desconfianza en sí mismo, y que, por tanto, lleva a confiarse cada vez más. Así Abrahán, Moisés, los profetas, María, los apóstoles… Pero no así tantos jóvenes de hoy, dominados por la cultura de la incertidumbre y de la indecisión, de la seguridad y la garantía. Pero lo preocupante es que esta cultura también nos contamina a nosotros, los animadores vocacionales, con frecuencia tan inseguros y timoratos, casi bloqueados por un extraño complejo de inferioridad (también dentro de la Iglesia y en otros sectores de la pastoral) e incapaces de hacer una propuesta vigorosa y universal. He ahí por qué, de hecho, parece que salta este triple mecanismo reductivo: todos son llamados, pero no hay el coraje suficiente para dirigirles a todos la invitación (1ª reducción), de este grupo ya muy reducido sólo pocos reparan en la llamada (2ª reducción), y de estos pocos, a su vez, sólo poquísimos responden (3ª reducción).

Es la fotografía, en verdad en blanco y negro, de la actual crisis de la animación vocacional, sometida a este proceso reductivo progresivo y de consecuencias fatales, semejante -en cuanto a radicalidad de contracción numérica- al bíblico del pequeño, pequeñísimo y después minúsculo ejército de Gedeón, pero con espíritu distinto y éxito, final diferente, y con otro tipo de responsabilidad para nosotros. Normalmente sólo nos percatamos de la reducción final, atribuyéndola a los jóvenes poco generosos, pero el problema es más complejo y nos implica también a nosotros, hombres de fe escasos de confianza (?). Además quién sabe cuáles serán y dónde la bajas mayores, si esas que se dan entre nuestra propuesta y la respuesta concreta de los jóvenes (como nosotros sostenemos evitando entrar en discusión), o entre los (potenciales) llamados (que son todos) y nuestra efectiva capacidad de llamada que se dirige a pocos, actuando de buenas a primeras un corte neto en las probabilidades de respuesta. De todos modos, esta fotografía podría ser también «el negativo» fotográfico de un «desarrollo» positivo, si sabemos reconocer nuestros errores y poner remedio de un modo inteligente. De hecho se puede y se debe intervenir positivamente en cada uno de estos pasos.

Otra observación actual importante que va en la misma dirección: hoy, después del once de septiembre, cada vez se hace más difícil dar crédito a otro, cada día es más arduo fiarse y apostar sobre el futuro; vivimos en un clima de desconfianza recíproca a nivel relación al humano, que irremediablemente hace también difícil un camino de fe y de confianza hacia el eternamente Amante. Pero, al mismo tiempo, hemos de entender que precisamente ésta es la espera y la exigencia del hombre de hoy, y por tanto justamente en esta dirección deben caminar formación y pastoral ordinaria. En una palabra, el punto débil puede y quizás deba convertirse en el punto decisivo para una vigorización de la fe.

Convergencia psicológica: la libertad

Llevando el análisis a nivel subjetivo e intrapsíquico, quizás se pueda captar otro aspecto de la convergencia, la verificada por la investigación psicológica. Según la cual tanto la opción de fe como la decisión vocacional suponen un contexto de libertad para la persona y de la persona. La fe es un acto libre y su educación solamente se da con una formación a la libertad y de la libertad; el acto de quien cree no tiene y no debe tener nada en común con el cálculo en cuanto tal, con la pretensión de evidencias evidentísimas, con la búsqueda de signos extraordinarios…. porque en estos casos la mente no estaría libre para creer, debería… creer a la fuerza puesto que son tan claros e inequívocos los elementos probatorios. Lo cual sería una patente contradicción. Pero siempre existe un margen de incertidumbre, de posibilidad de explicación distinta en el ámbito (o en la emisión) del acto de fe, pues se puede afirmar que siempre hay buenas razones para creer como las hay para no creer, a nivel humano y exclusivamente racional. La diferencia, en el plano psicológico, la pone la libertad del corazón que ha aprendido a fiarse y es libre para entregarse. Esa es la razón por la que Jesús siempre rechazó los signos «fuertes», esos exigidos por la pretensión humana de reducir la fe a la constatación inequívoca de los hechos, a la lógica casi obligada y obligante, en realidad simplista y banal, de la percepción de los sentidos o a lo más, y a un nivel más noble, de la razón, sustrayéndola precisamente a esa lógica libre del amor y de la confianza’.

Esto también vale para la opción vocacional. La psicología subraya con fuerza la necesidad de que tal elección sea libre para que sea auténtica. Y esto es absolutamente evidente. En todo caso, la aportación específica de la psicología está en permitir identificar todos estos sutiles dinamismos interiores: miedos, heridas del pasado, expectativas irreales, distorsiones perceptivo-interpretativas, prejuicios, virus de la memoria, condicionamientos varios, desconfianza personal derivada de problemas de identidad… Son muchos los enemigos de la libertad que habitan nuestro corazón y, con frecuencia, mucho más de lo que pensamos, molestan o impiden o desvían la opción vocacional. Y también en este caso es la psicología la que capta la naturaleza de esta libertad: una elección puede ser considerada libre cuando nace de la percepción de la propia identidad, actual e ideal, y madura progresivamente como atracción y actuación concreta de lo que es verdadero, bello y bueno en sí y que es percibido como tal también por sí mismo. Por eso la elección se está convirtiendo en una mercancía cara, y el joven que elige es una especie en vía de extinción: hoy se elige cada vez menos, y en cada elección se deja siempre un camino de salida o una posibilidad de autodesmentida, se teme el «para siempre» y el gesto radical. La equivocación es que todo esto se siente como expresión de libertad, mientras es exactamente lo contrario. ¡Pero, anda, intenta hacer entender esto al joven inmerso en esta cultura de la indecisión y de la libertad virtual!

Conveniencia pastoral-pedagógica: la reciprocidad

Por consiguiente no existe otro método educativo para la elección vocacional, en el plano de la eficacia y de la seriedad, al margen del camino de fe, pero también a la inversa, y quizás precisamente este segundo itinerario (de la opción vocacional a la elección creyente) es el más interesante y el que hay que afianzar en la pastoral actual. Es, por tanto, conveniente unificar y/o articular las trayectorias. Lo que significa que se puede hacer un recorrido que por su naturaleza conduce de la opción de fe a la osadía de la opción también vocacional, pero igualmente un camino auténticamente vocacional refuerza la fe, y afianza todavía más la adhesión creyente; es más, la provocación vocacional podría ser precisamente camino propedéutico para la fe. Y camino muy oportuno hoy, en esta fase de nueva evangelización. Ciertos jóvenes lejanos o indiferentes al tema religioso podrían ser alcanzados precisamente a través de la reflexión sobre su futuro, al que es imposible que sean indiferentes. A otros tibios o simples observadores se les podría provocar a vivir coherentemente la fe precisamente por la tarea ineludible, o por la exigencia imprescindible de proyectar la vida. En ambas situaciones la fe se pone como ayuda y compañera de viaje, y también como estímulo fuerte y confrontación objetiva, punto de referencia provocador y precioso. Mientras que allí donde la animación vocacional es concebida y programada como vía de descubrimiento o recuperación de la fe, la pastoral vocacional deja un papel subalterno y asume una fisonomía mucho más competente y estratégica en un tiempo de descristianización de la sociedad por un camino de redescubrimiento y de reapropiación de la fe.

En todo caso, tal interacción entre las dos trayectorias supone y promueve un camino continuo y de constante y recíproca iluminación, porque no es sano un camino de fe que no desemboque en una decisión por la vida o en una implicación vocacional, y no es posible decidir el propio futuro sino a partir de una postura creyente y sin que la decisión lleve a una confrontación comprometida con el evangelio o permita su descubrimiento o redescubrimiento, o no lleve a un aumento de la fe y a una personalización progresiva.

Y es ya una indicación pastoral-pedagógica preciosa y precisa, pero que se concreta ulteriormente para que se convierta en itinerario normal de iniciación a la fe y a la opción vocacional de todo creyente. En efecto, si cuanto hemos dicho es verdad en teoría, no se afirma de ninguna manera que sea también lo que ocurre en la praxis pastoral y vocacional. Con los riesgos consiguientes.

Caminos paralelos en el plano operativo

El riesgo, sobre todo, es que los dos caminos se ignoren concretamente. Es un riesgo con frecuencia no querido, fruto muchas veces de desatención pastoral, o de una concepción todavía sectorial de las dimensiones de la fe y de su crecimiento, o de residuos de un cierto modelo antropológico todavía no suficientemente unificado e integrado en sí mismo.

Fe sin identidad (vocacional)

Sería la fe estéril, que no genera nada o que no incide mucho en la vida vivida. Se cree, pero este tipo de fe es más bien teórico y abstracto, desencarnado y lejano de la historia, a veces incluso desmentido por el resto de la vida y de los comportamientos de la persona, que se hace la ilusión de creer simplemente porque se adhiere con el entendimiento o porque celebra un cierto culto o no infringe un determinado código de conducta. Pero una fe que no determina la identidad del individuo no es más que una ideología. En efecto, si existe un ámbito privilegiado y decisivo en el que la opción de fe puede y debe hacerse incisivo tal ámbito es exactamente el de la propia identidad (del que después se deriva la opción vocacional correspondiente), o el de la identidad vocacional.

Esta relación entre fe e identidad vocacional se explicitaría mejor en la dinámica pastoral dentro de un camino o proyecto formativo claro, y posiblemente también «celebrado» de alguna manera, dentro de la comunidad creyente, como demostración de una decisión real y radical de vida, que marca el propio ser e imprime una precisa dirección a la existencia. No estaría mal pensar en una especie de «profesión de la propia identidad», como punto de llegada de una formación y catequesis juvenil, como opción fundamental de la propia existencia. ¡Cuántos jóvenes hoy están simplemente… sin identidad, o cuántos cristianos viven una fe que no se traduce en elección de identidad precisa, que no genera identidades cristianas! Probablemente hay que buscarlo entre aquellos, de quienes decíamos antes, que creen pero no se fían…

En realidad este fenómeno de la fe sin identidad correspondiente (ni opciones correspondientes) es muy frecuente: cada vez que se proclama la Palabra, o que se celebra la Eucaristía, cada cristiano debería plantearse la misma pregunta que los oyentes de Juan Bautista dirigían con coraje al profeta, o que los primeros convertidos dirigieron a Pedro, después del discurso de Pentecostés: «Y ahora ¿qué tenemos que hacer, hermanos?» (Hech 2, 37). Si una catequesis o un servicio caritativo, o una homilía o la administración de un sacramento no termina por «traspasar el corazón» y por solicitar a la persona a que dé más credibilidad a su misma fe, no merece el nombre de «cristiano», ni se ha tratado de una verdadera catequesis, sino de cualquier otra cosa no bien identificada, inocua e inútil, o ilusoria y virtual.

Identidad (vocacional) sin fe

Aquí la persona tiene la valentía de asumir una identidad, pero al margen de una perspectiva creyente. Sus decisiones no nacen de ella y no llevan a ella. Existe como una esquizofrenia entre fe y vida, que permite al así llamado creyente vivir una especie de doble existencia: creyente y no creyente, fiel observante (dominical) y ateo ferial, o bautizado que nunca se ha convertido y nunca se ha hecho cristiano. Y que, por tanto, de hecho elige un estilo de vida, futuro, oficio, colocación en la vida (sentimental y económica), criterios y condiciones existenciales… al margen de una perspectiva o de motivaciones creyentes.

Es efectivamente desconcertante observar la ligereza y desenvoltura con la que algunos así llamados cristianos llegan a desmentir en su vida concreta ciertos principios y perspectivas valiosas que provienen de la fe, en la interpretación del sentido de la vida o en la valoración de lo que es importante, en el uso de los bienes o en la acumulación del dinero, en asegurarse puestos de prestigio o en tender hacia la carrera como si fuera un ídolo, en rechazar a quien ofende o a quien es enemigo, en no tener en cuenta los derechos y necesidades ajenas, especialmente de los más necesitados, en las opciones educativas y en empleo del tiempo…

Es obvio que esto crea un clima antivocacional.

De la opción de fe a la elección vocacional

Entramos ahora en la parte más propositiva de nuestra reflexión.

Primero tomemos en consideración la primera trayectoria posible, esa que es al mismo tiempo la más clásica y lógica, la que de la educación de la fe conduce después o debería ineludiblemente conducir a la formación vocacional. Partamos de una definición de la fe en perspectiva de decisión y después intentemos indicar algunas pistas pedagógicas.

Creer es elegir y conduce a dejarse elegir

La vinculación entre opción creyente y opción vocacional nos ofrece la ventaja de captar un aspecto fundamental de la fe y de la fe cristiana en particular. Ya hemos hablado de la conexión intrínseca entre creer y decidir, sobre sí mismo y sobre la propia vida. Pero aquí hay algo más, que lo ofrece precisamente el diálogo riguroso entre dos opciones a nivel teológico y al mismo tiempo psicológico: ambas subrayan la necesidad de alcanzar una elección en la vida, pero si la elección es coherente con la fe (algo que no se da por supuesto, como ya hemos visto) conduce a la persona no sólo a confiarse a Otro más grande de quien fiarse, sino a dejarse elegir por Éste.

Con otras palabras, es como si la elección de la fe llevase a descubrir a aquel Dios que nos ha elegido antes de la creación del mundo, nos ha amado y llamado, bendecido y santificado… (cf. Ef. 1, 3-4). En ese punto fe y vocación se unen: la propia vocación representa el modo personal e inconfundible de creer, mientras el creer asume todavía más el aspecto no sólo intelectual-teórico, sino existencial-total, y al mismo tiempo, fe y vocación dicen la libertad del hombre que se deja elegir y se deja amar, que se fía absolutamente entregándose totalmente al Otro.

Este otro que es el Padre-Dios, por una parte nos precede llamándonos; por otra nosotros construimos nuestra identidad y dignidad dejándonos amar-llamar-elegir, construir por él. De aquí dos precisiones significativas también en el plano del método. La primera, de naturaleza teológico, nos recuerda que la pastoral vocacional no consiste esencialmente en la solicitación de la iniciativa humana, sino en la indicación, es más, en la invitación a contemplar la divina. Sólo de esta contemplación, que permite captar el primado de la acción divina, puede nacer la auténtica respuesta humana, como una rendición libre ante el amor eterno.

La segunda, más de carácter psicológico, nos recuerda que el ser humano está hecho para entregarse y confiarse a otro, para acogerlo incondicionalmente en la propia vida; él decidirá a quién o a qué él, pero de todos modos no puede por menos de realizar ese gesto. Entonces él muestra la plena madurez, no tanto cuando se afirma en su individualidad y autonomía para alcanzar la autorrealización, como cuando decide libremente entregarse; nunca tan libre como cuando decide acoger incondicionalmente al otro y dejarse condicionar por su alteridad.

Itinerarios pastorales como itinerarios de fe

Tenemos dos indicaciones pedagógicas preciosas que nos ofrecen a este respecto dos documentos. El primero, el Documento finale del Congresso sulle Vocazioni al sacerdocio e alla vita consacrata in Europa que se refiere a los itinerarios pastorales verdaderos y propios, el segundo, los Orientamenti pastoral¡ del episcopato italiano per il primo decennio del duemila sobre la calidad de la experiencia. El primero se refiere a los contenidos del anuncio, el segundo a las modalidades de un anuncio de la fe que lleva a la valentía de la elección.

Itinerarios de fe: contenidos objetivos

El documento del Congreso europeo sobre las vocaciones da a este respecto una indicación bien precisa, en la que se encuentran el fruto de una cierta tradición pastoral y la atención a las dificultades de la pastoral actual. Es una indicación que conocemos bien por haberla reclamado muchas veces en nuestras reuniones, y que ahora bastará recordarla. Se trata de un camino con cuatro direcciones: la koinonia, la martiría, la diakonia, la liturgia, o también la experiencia de una Iglesia como comunidad en la que es posible vivir la comunión, el coraje del testimonio y del anuncio del evangelio, el servicio de la caridad, la oración y la liturgia como lugar de escucha y contacto con el Misterio4. Cuando en una comunidad eclesial estos cuatro itinerarios están abiertos, activos y ofrecidos al camino de cada uno y de la comunidad, esa comunidad es una escuela de fe. Porque esos itinerarios representan de alguna manera el elemento objetivo-normativo del creer que, notoriamente, no es manifestación de una vaga y subjetiva religiosidad, sino que significa en la raíz la aceptación incondicionado del Otro que es Dios, de su autocomunicación en Cristo, del decirse del Padre en el misterio pascual del Hijo, hecho objetivo e histórico, que desvela definitivamente el rostro del Eterno amante y fija de una vez por todas la regla de fe, ese ordo amoris que reasume y contiene en sí toda verdad de fe, o esa forma de la que después se deriva toda norma, o esa vocación universal (la llamada-madre) de la que después brota y nace la vocación de cada uno.

Por eso, a nivel pedagógico-metodológico, será importante que el agente pastoral «provoque en el sentido de un compromiso que no se acomode a los gustos del joven, sino a la medida objetiva del a experiencia de fe, la cual no puede, por definición, ser domesticable»; así como será decisivo que el joven aprenda a dar precedencia a lo objetivo sobre lo subjetivo, «si quiere de verdad descubrirse a sí mismo y lo que es llamado a ser.» Puede parecer extraño este principio, pero en realidad sólo quiere garantizar al joven mismo una experiencia integral, plena, totalmente correspondiente a las esperas humanas más profundas y satisfactorias, para después ponerlo en disposición de darle el ánimo de llegar a una decisión sin aplazarla indefinidamente.

Creo que esta indicación teológico antes que psicológica es absolutamente preciosa y que no ha de darse por supuesta: sea para evitar unilateralismos interpretativos del mensaje cristiano (con los varios excesos en cada una de las vertientes, casi fundamentalismos, cuando tales aspectos no están unidos entre sí), sea porque cuando el mismo mensaje es cultivado y acogido en su integridad, entonces y sólo entonces puede también manifestar su belleza y manifestar su fascinación. La crisis de fe es también crisis de atracción del cristianismo, y antes aún crisis de practicabilidad del mensaje mismo, por causa también de propuestas sólo parciales y reductivas de la riqueza del mensaje evangélico, o de caminos pastorales incompletos e incumplidos y que, en cuanto tales, pueden no llevar a ninguna parte, y mucho menos a una elección vocacional.

En una palabra y en concreto, no basta el grupo de oración o de liturgia preparada específicamente para los jóvenes (incluso con total libertad de expresión), pero tampoco puede ser suficiente la experiencia comprometida de la JMJ o de las grandes reuniones juveniles rebosantes de deseos de vivir y de estar juntos en torno a un símbolo religioso (incluso ante el Papa), como tampoco un inteligente agente pastoral puede hacerse la ilusión de que la provocación intelectual sea suficiente y contentarse con organizar óptimas lecciones de catequesis o doctas conferencias para sus jóvenes, y ni tampoco dar por descontado que un tiempo de voluntariado en el Cottolengo le transformará al joven y quizás hasta le hará nacer dentro la vocación. Ninguna de estas operaciones es suficiente por sí sola, pero todas juntas son indispensables.

Calidad de la experiencia: modalidades subjetivas

La segunda invitación nos llega de los actuales Orientamenti Pastoral de la Chiesa italiana, en los que precisamente en la sección dedicada a las opciones pastorales, se recomienda la capacidad de componer y recomponer continuamente, en Cristo, la relación entre itinerarios de fe y la vida de cada día. Para poco valdría definir, aunque se haga correctamente, los itinerarios pastorales, si después esta teorización o la misma oferta de recorridos no se encontrase con la vida de cada día y de todos los creyentes. Es quizás un punto débil de nuestra pastoral, todavía muy teórica por una parte y, por otra, bastante elitista, más allá de lo que parece.

Para tal fin el documento formula y propone, en su conjunto, un recorrido que debería llevar la riqueza de la fórmula teórica a la dinámica de la vida cotidiana, y al mismo tiempo permitir a cada creyente una experiencia verdadera y propia de la fe. Las etapas del recorrido son cuatro: escucha, experiencia, compartir, testimonios.

Términos que no necesitan explicación. En todo caso es interesante la correspondencia entre los cuatro itinerarios de la fe y las cuatro características de una experiencia cualitativa de fe, y por tanto podría ser importante en la praxis pastoral conectar entre sí los itinerarios con las características cualitativas del camino camino creyente. En la práctica, el momento de la liturgia va unido con la característica de la escucha y del contacto personal con Dios, dentro del cual puede resonar la voz que llama: la diakonia va unida con la cualidad de la experiencia, para subrayar la necesidad de una implicación personal en el don efectivo de sí mismo; la koinonia se relaciona con el compartir la fe y el don espiritual dentro de la comunidad creyente, para que el estar juntos no sea sólo una experiencia gratificante y banal; la martiria con el coraje y el empeño del testimonio de la fe más allá de los confines de la comunidad creyente. La opción de fe es el resultante exacto de estas correlaciones.

También aquí lo importante no es tanto cada subrayado, cuanto el conjunto del diseño, la conexión entre las artes, el descubrimiento de la ligazón que les mantiene unidas, la constancia en proponer un camino de fe que recorra regularmente estas etapas, el reclamo, eventualmente, para quien se «olvida» de alguna, a no saltarse ninguna, el arte pedagógico del saber descomponer cualquier propuesta o provocación de estos cuatro momentos para que de ello resulte una posibilidad de contacto plena y rica de sentido, para que todo mensaje cristiano, ordinario y extraordinario, se viva con una alta calidad experiencias. Porque lo que de calidad a la vida, como especifica la psicología, es exactamente el nivel de coherencia y linealidad que afectan también a la modalidad operativo, al estilo general de la vida, dando unidad a la misma vida y sentido de satisfacción y gratificación profunda, aunque discreta, en lo que se hace.

La fe, en sí misma, indica y es calidad de la vida y de la experiencia, o es el punto de llegada y de salida de una experiencia de alta calidad.

Itinerario de fe como itinerario vocacional

Este itinerario, con los cuatro enlaces vistos en el plan del recorrido (o de los contenidos) y de la calidad de la experiencia (o de las modalidades), puede convertirse también en itinerario vocacional: y llega a serlo, de hecho, cuando se respetan algunas características formales y al mismo tiempo continuadas de la experiencia creyente.

La experiencia de la fe es objetiva y subjetivas

Hablábamos de la exigencia de proponer caminos completos de experiencia de fe, para poner al joven mismo ante la realidad compleja y objetiva del don, y no exponerlo al riesgo de dejarse condicionar por sus ilusiones o pretensiones subjetivas siempre reductivas respecto a esa complejidad, pero también para favorecer el descubrimiento de la propia identidad con ese don o a la luz de él. Añadamos y especifiquemos ahora que tal educación en la objetividad de la fe es precisamente lo que abre a una posibilidad de elección vocacional. Efectivamente, «solamente el respeto de esta medida objetiva es lo que puede dejar entrever la propia medida subjetiva», es más, sólo cuando el joven aprende a dar precedencia a lo objetivo sobre lo subjetivo, como ya hemos recordado, puede de verdad descubrirse a sí mismo y aquello a lo que es llamado a ser. Con otras palabras, «antes tiene que realizar lo que se les exige a todos si se precia de ser sí mismo».

También esto, en la actual cultura del actúa por tu cuenta, del subjetivismo exasperado y exasperante, del narcisismo exhibido como virtud, es el clásico punto débil (como el tema de la confianza) que, sin embargo, puede convertirse en elemento característica y peculiar de una auténtica catequesis cristiana, no sólo eso que marca la diferencia, sino lo que la garantiza contra recorridos personales salvajes y autogestionados que no permiten llegar a ninguna parte y hacen de la autorrealización primero un mito (inalcanzable) y después una pura ficción. Será importante, en cualquier caso, no sólo el coraje inteligente de proponer el dato objetivo de la fe y del camino cristiano, sino solicitar para él la aprobación subjetiva, la personalización original, la interpretación creativa. Que es lo que llega con la elección vocacional, síntesis de objetividad y subjetividad, de llamada a ser según una identidad precisa y de respuesta que se apropia de esa modalidad de ser.

La experiencia de la fe es total (de una totalidad objetiva y subjetiva)

A la totalidad de la propuesta, cuando está dividida en esos cuatro itinerarios de los que hemos hablado, debería corresponder la totalidad del sujeto, o también la totalidad del objeto reclama la totalidad del sujeto, y viceversa. Solamente este encuentro puede generar disponibilidad para la decisión o puede conducir al umbral del misterio de la identidad y del futuro. Concretamente, junto a la preocupación de facilitar itinerarios completos de iniciación a la fe, se pone toda la atención para solicitar un compromiso cordial del sujeto, esto es, a nivel de las estructuras intrapsíquicas, corazón-mente-voluntad, y también de sentidos internos y externos, memoria, emociones… para que lentamente también gustos y atractivos, deseos del Espíritu pero también de la carne, aspiraciones y temores, consciente e inconsciente… todo, en una palabra, se dirija y oriente hacia una cierta sensibilidad. Entonces y sólo entonces es posible una elección.

Se dice y se oye decir que el joven de hoy ya no se conmueve, y que tiene un umbral emotivo muy alto, sacudido y roto como está por las provocaciones más rompedoras. En efecto se trata de con-mover el psiquismo, el mundo interior, las fuerzas vivas de la personalidad joven. Y es más posible, repetimos, cuanto más el objeto en cuestión se presente en su totalidad, o también cuando el joven sea provocado a hacer de ello una experiencia global (=los 4 itinerarios), porque solamente la totalidad del objeto puede cambiar la totalidad del sujeto, mientras -por otra parte- sólo la totalidad del sujeto puede alcanzar el objeto y su totalidad, o sea, su verdad-belleza-bondad, y sentirse atraído hacia ella. Solamente así se cambia la inercia juvenil, y se aprende de nuevo a conmoverse, que no es sólo una característica típicamente humana, sino también condición para moverse a elegir.

La experiencia de la fe es relacionar (un Tú que-ama al yo)

Seguimos, la auténtica experiencia creyente es experiencia de una relación, de un tú que entra en la propia vida con toda su alteridad. Hemos dicho que fe es capacidad de aceptación incondicionado del Otro. Por una parte, esta apertura es experiencia de uno que viene hacia mí, que-amándome, porque me ama, es experiencia de amor recibido y gratificante, de una relación que me hace sentir vivo y precioso a los ojos de ese Otro, empujándome al mismo tiempo a salir de mí mismo y de una concepción de la vida que pone mi yo en el centro de la vida misma. Por otra parte, esta apertura es también experiencia de una presencia no homologable del yo, de un tú que es el radicalmente Otro por excelencia, cuyos caminos y pensamientos son muy distintos y con frecuencia imprevisibles, que abren nuevos e inéditos horizontes, y que pueden también exigir cortes dolorosos y exigentes.

La fe es la síntesis de estos dos aspectos, pero en todo caso siempre a partir de la superación de todo egocentrismo; «la madre de todos los pecados» (como decían los Padres), de toda forma de repliegue egoísta hacia sí mismo, porque la fe es esencialmente relacionar. Es educar para situarse ante el Padre Dios, en la alegría de sentirse hijos suyos, pero es también la laboriosa educación para descubrir progresivamente las exigencias de su amor, para entrar en sus planes, para cumplir su voluntad de salvación, para entender que nuestra vida y felicidad consisten en hacer lo que a él le agrada.

Este tipo de fe educa también en la perspectiva vocacional, porque creer no es un hecho de simple obsequio religioso al Trascendente, sino ruptura del confín de la propia individualidad o del encanto de auto-contemplación narcisista. Una fe que forma para ponerse a la escucha de una voz o de una llamada que viene de fuera, pero no domesticable por el sujeto, es fe que forma en la disponibilidad vocacional, e invita a dejarse provocar por ese Tú, amante y misterioso, que es el único que puede desvelarme el misterio de mi historia, superando la pretensión de saber ya todo o de bastarme solo para conocer mi yo o de confiarme a parámetros mezquinos e inadaptados, o del ojo miope y del aliento corto para proyectar el futuro.

Una fe que educa en la relación con el tú de Dios regala la libertad afectiva, o también las dos certezas estratégicas que todo hombre busca (de haber sido ya amado, desde siempre y para siempre, y de saber y poder amar, para siempre), y la libertad afectiva es la condición sine qua non para cualquier elección de vida, tanto más para una elección de entrega de sí dictada por el amor (o por esas certezas).

La experiencia de la fe es dinámica (y su más alta expresión es el dinamismo de la elección)

Finalmente, la fe es una hecho esencialmente dinámico, como pasión que dinamiza con su energía toda acción y da sustancia al vivir humano, pero que sobre todo hace posible la elección vocacional. Sólo una fe fuerte (dinámica precisamente) hace crecer en la disponibilidad vocacional, al mismo tiempo que es reforzada por ella.

Decir que la fe es dinámica significa decir que está conectada a todas esas operaciones (dinamismos) que expresan el acto creyente y dicen su naturaleza compleja y abigarrada, es más, tales dinamismos representan en realidad las dimensiones propias del acto de creer, distintas entre sí y, sin embargo, estrechamente unidas.

Estas uniones son:

-la fe como don recibido y que suscita gratitud,

-la fe como oración y celebración,

-la fe vivida-personalizada y traducida en elecciones de vida,

-la fe provocada y sufrida,

-la fe estudiada y comprendida,

-la fe compartida (comunicada y recibida) con los hermanos creyentes,

-la fe anunciada a todos y testimoniada.

Con otras palabras: fe recibida – fe rezada – fe personalizado – fe combatida -fe estudiada- fe compartida- fe anunciada. Creer significa actuar todas estas operaciones: la una está ligada a la otra en una relación de reciprocidad complementaria. Todas juntas no sólo robustecen el acto de fe sino que confluyen naturalmente en la opción vocacional como opción fundamental de vida y de identidad, corno apropiación definitiva de la fe, como expresión del propio personalísimo modo d creer. Es más, podemos decir que tal opción representa el punto máximo, más alto y totalmente coherente de los dinamismos de la fe, lo cuales no serían auténticos y creíbles si no determinasen en cada un la opción existencias estable correspondiente. Como si tal opción, y vocación en último análisis, fuese el corazón secreto de todas esta operaciones, su nexo cohesivo, punto de llegada y después, progresivamente, también de partida, lo que da un color y calor particular cada uno de estos dinamismos, y lo que, al mismo tiempo, está reforzado continuamente por él, siendo cada vez más eficaz y convincente a nivel de testimonio del creyente. ¡La opción vocacional es la casa construida sobre roca! Si falta alguno de estos componentes, el acto d fe se debilita y el organismo creyente queda mutilado, por tanto se hace incapaz de provocar la opción vocacional, y es como arena que hace débil e inestable todo lo que está construido sobre ella. El principio por tanto, es claro: la opción fundamental es posible solamente a partir de una fe fuerte, y la fe se hace fuerte exactamente por sus dinamismos típicos”; mientras que allí donde éstos no están presentes al completo o están debilitadamente presentes y poco relacionados entre sí, la fe es débil y será improbable la capacidad de opción vocacional.

En la pastoral, entonces, será necesario facilitar y provocar esta unión, estimulando al joven a rezar-celebrar lo que está llamado a creer, a traducirlo en gestos concretos y personales, a dejar que se le «examine el corazón y las entrañas» (Sal 7, 10), a intentar entenderlo con el esfuerzo de la profundización mental, a compartirlo en la comunidad creyente, a anunciarlo con coraje fuera de la comunidad misma y en los distintos ambientes existenciales. Sólo así será posible que la fe deje descubrir la vocación como su forma expresiva, o que el acto creyente se haga también elección de vida, casi condensándose en ella o transformándose en ese valor preciado que circula libremente en todos los dinamismos de la persona haciéndolos inconfundibles, o en esa dracma que hay que buscar y reencontrar continuamente y que poner más cada día en el centro de la existencia. ¡Hasta el final de la vida!

De la elección vocacional a la opción creyente

Si el camino de fe hace surgir la opción vocacional es también posible el camino inverso, por decirlo de alguna manera, ese que conduce del itinerario vocacional al afianzamiento o incluso al descubrimiento de la fe. Éste es quizás un camino en parte nuevo, no precisamente tradicional y, sin embargo, quizás hoy particularmente esperado y oportuno. En el contexto actual de progresivo distanciamiento psicológico especialmente de los jóvenes, o por lo menos de dificultad creciente para proponer a muchachos, adolescentes y jóvenes la perspectiva creyente, el tema del propio futuro, en el que cada uno está inevitablemente interesado (aunque lo niegue), podría ser la ocasión para reabrir un cierto discurso o convertirse en estímulo que dé interés a la propuesta creyente. En una palabra, la solicitación vocacional inteligente (esto es, al margen de interpretaciones mercantiles y no respetuosas del camino de cada uno) podría ser el camino a lo largo del cual se despierte una fe adormecida o se haga nacer una fe nueva, y la pastoral vocacional convertirse en la pastoral estratégica e incluso vencedora en estos tiempos postmodernos. También por esto el Documento del congreso europeo afirma que la pastoral vocacional es la perspectiva originaria, pero también esa unitario sintética de la pastoral en general, es más, la pastoral vocacional es la vocación de la pastoral hoy, esa sobre la que se debería penetrar más para reencontrar y reproponer auténticos recogidos creyentes (antes aún que para llenar seminarios y noviciados).

Así pues, ahora nuestro objetivo es sobre todo evidenciar no sólo la correspondencia entre camino de fe (antes) y opción vocacional (después), sino también la capacidad que la propuesta vocacional tiene para activar un genuino recorrido creyente.

Seguiremos el mismo esquema del punto 2. Partiendo de una definición de la opción vocacional en relación con las perspectiva creyente, para después intentar indicar algunas pistas pedagógicas.

Elegir es creer y lleva a fiarse

Sustancialmente hemos visto ya la relación entre opción de fe y elección vocacional, una relación que encuentra en la confianza el elemento común. Ahora nos bastará decir y añadir que el fenómeno de la elección, y en particular de la elección central de la propia vida, o también la elección de una vocación, juega un papel significativo en el crecimiento de la fe, porque no sólo nace de la fe (como hemos visto hasta ahora), sino que lleva a vivir la fe como confianza, esto es, según su naturaleza, su elemento radicalmente constitutivo.

En efecto, la auténtica elección, cualquier elección que de alguna manera comprometa el propio futuro y la propia vida, como veremos mejor más adelante, no verifica una decisión basada en un cálculo infalible de los pros y contras, ni por la fuerza de una valoración que pretenda captar de un modo inequívoco la línea a seguir. Ciertamente la elección es también evento racional, implica una confrontación y un análisis mediante los que se buscan motivaciones plausibles; pero sobre todo cuando andan de por medio la razones fundamentales del vivir y del morir, no se puede pretender hacer elecciones puramente calculadas y racionales, garantizadas y superseguras a través de una evidencia matemática. La última razón de este tipo de elecciones (pero, repetimos, en general esto se refiere a cualquier decisión) es la confianza que se da a otro (o a Otro), del que uno se fía hasta el punto de entregarse a él, como ya hemos recordado.

De manera que es precisamente la elección la que dice cuánto te fías realmente, del tú, sobre todo, a quien te has entregado, pero también de ti mismo, de la vida y de la realidad, de los otros en general. Y al mismo tiempo es siempre la elección la que aumenta la confianza, la que hace cada vez más creíble la relación con este Otro, poniéndolo en el centro de la vida y de los afectos.

Solamente la decisión, y tanto más la vocacional, es la que abre a la experiencia de Dios como alguien de quien uno se puede fiar de verdad, del Diosfiablel3. Quien no elige siempre es un tipo temeroso, y el miedo, por definición, es expresión de desconfianza, también frente a Dios.

Por eso se hace importante captar el recorrido de la decisión en cuanto tal y de la decisión vocacional.

Los elementos constitutivos de la decisión humana

Cualquier decisión personal, nos recuerda el análisis psicológico, implica cuatro características: la renuncia, la preferencia, el enlace con el pasado, la orientación hacia el futuro.

La renuncia

Para realizar lo que deseo tengo que renunciar Querer una cosa significa automáticamente renunciar a otra incompatible con la precedente. Pero hay una renuncia, también cuando se decide no decidir. Es una renuncia no tanto a cosas externas (habilidades, ocasiones … ) cuanto a una parte del yo mismo, a algunas de sus exigencias y necesidades, o a su ejercicio. Si quiero dar un sentido a mi jornada debo renunciar a los deseos opuestos: dormir, evitar las dificultades, fantasear…

Cualquier decisión, y lo digo muy realísticamente, es una limitación de las potencialidades personales, una mortificación, aunque la palabra esté en desuso y sea poco estimulante. Recordemos que estamos hablando de cualquier tipo de elecciones.

La preferencia

Se elige una posibilidad no porque sea la sola posible, sino porque se prefiere a otras también accesibles. La renuncia debe estar justificada por una preferencia para que no se convierta en mortificación coactiva. Exige que los valores a que se renuncia no se desprecien en absoluto. Lo que provoca la experiencia del adiós no es la malicia de lo que se excluye, sino la deseabilidad de lo que se elige.

Esto con cualquier tipo de elecciones, pero con más razón si elijo valores religiosos: la renuncia debe ser tal que excluya toda razón justificadora (esto es, obligante) dentro del orden creado de las cosas. Porque la renuncia es respuesta libre o, al mismo tiempo, consecuencia inevitable del descubrimiento de la cualidad superior de lo que se elige. En términos más explícitamente cristianos, si la renuncia es la manifestación de cómo tomamos a Dios en serio («su gracia vale más que la vida»), la preferencia expresa cuán profundamente nos dejamos coger por Dios («tú me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir»).

El enlace con el pasado

Cualquier decisión, incluso esa que parece banal y hasta poco significativa, tiene su historia y dice algo de nosotros, está inevitablemente unida a las elecciones precedentes o a un estilo de vida ya comprobado. La elección del presente de alguna manera desvela este pasado, o desvela sus consecuencias en aplicaciones, costumbres inducidas y a veces profundamente radicadas, de tal manera que resultan difícilmente modificables.

De todos modos este enlace no hay que absolutizarlo en manera alguna y tampoco enfatizarlo, hasta eliminar en seco libertad y responsabilidad, como quisiera hoy cierta cultura de responsabilizadora y diletante (en el sentido que parece que juega con cierta psicología mal divulgada y peor asimilada, de revista ilustrada). La verdad es que nosotros podemos no ser responsables, o no serio del todo, de las tendencias heredadas del pasado, pero ahora somos en todo caso responsables de la relación que establezcamos con ellas, de cuanto hacemos por ser conscientes de ello, para captar sus raíces y para tenerlas bajo controll5. Aquí se decide la madurez de la elección.

La orientación hacia el futuro

La elección hecha se convierte en fundamento de todas las elecciones futuras que aún deben ser pensadas. Decidirse es como diseñar un marco: delimita los confines y distingue el espacio interno de lo que queda fuera; este espacio tendrá que rellenarse con las decisiones futuras, las cuales sólo se calificarán como logradas y verdaderas si están en la misma línea de este primer inicio libremente elegido. «La condición del compromiso es que la persona se haga incapaz de invertir la decisión… Debe mantener una postura inequívoca hacia la alternativa elegida y renunciar a la otra; tal renuncia dará un contenido de alegría a la alternativa elegida».

El conjunto de estos cuatro elementos permite definir la decisión como una orientación que pone sus raíces en el pasado y que es libremente impuesto a toda nuestra existencia. Libertad y auto-imposición se reclaman recíprocamente: la auto-imposición es la consecuencia de la libertad, y al mismo tiempo el imperativo y la consecuencia del indicativo. Precisamente por eso he defendido y defendemos, como dice muy claramente Manenti, que «en la raíz de la decisión no hay una evidencia matemática, sino un acto libre que se basa sólo en una certeza moral: queda siempre un residuo de inseguridad intelectual que sólo se puede superar con osadía y con nesgo . No es posible prever todos los ; decidiéndose, el hombre da un paso hacia acontecimientos futuros . . dentro de las propias futuro desconocido pero sostenido por el conocimiento de fuerzas morales y, por tanto, por el conocimiento de su manera probable de actuar frente a futuros eventos. El futuro permanece libre, todo por hacer; es un proceso de verificación continua que pone a prueba la capacidad de integración de quien decide. Sin embargo, este futuro, si bien arriesgado, nunca es arbitrario porque está guiado por la orientación libremente elegida. a interpretar toda Una vez decidido, la persona se ve «obligada» su vida siguiente a la luz de la orientación elegida. La decisión tomada se convierte en una clave de interpretación para el futuro: la vida sólo será segura si se es fiel a este inicio. Una vez Decidido nos dejemos prefijados para el futuro. Esta auto-imposición no significa frío voluntarismo o castración de sí mismo, sino que expresa el elemento preferencial implicado en cada elección. Tal imposición hecha no a la fuerza, sino por elección dará un contenido de alegría al resto de la vida.

La belleza de la decisión consiste precisamente en haber actuado el deseo: nos decidimos por tal cosa porque es intrínsecamente apreciable. La decisión «hermosa» no se basa en justificaciones externas (me empeño para obtener una ventaja, por miedo, para no sentirme culpable … ), no se basa tampoco en motivaciones sociales como la presión de grupo (así lo hacen todos), la tradición (es de esperar que también yo antes o después me sitúe), la identificación (me empeño porque otro me lo ha dicho). La decisión madura se funda en justificaciones internas, que se derivan del aprecio hacia lo que se elige: me empeño porque yo creo en ello y esta decisión nace de mi voluntad libre. Quizás su inicio se deba al grupo de amigos, a la educación recibida, al ejemplo de los otros, pero el momento crítico es cuando el interesado se aparta de estas ocasiones para ratificar de un modo personal y en soledad la decisión de entregarse para siempre, sin restricciones ni reservas»

Se ha demostrado también experimentalmente que la decisión proporciona tres características duraderas que faltan a los indecisos.

Quien decide a base de convicciones es más capaz de constancia: en nombre de los valores libremente elegidos sabe renunciar a la satisfacción inmediata de las propias necesidades, es más capaz de soportar la tensión con tal de alcanzar el objetivo, tiene la fuerza de perseverar renunciando incluso a lo que agrada, pero que resulta desencaminado.

Además, es más capaz de resistir a las adversidades: precisamente porque está motivado por la fuerza del valor aceptado, se pueden superar los obstáculos que se derivan del miedo al fracaso y neutralizar la falsa prudencia que mantiene lejos del riesgo y del peligro; en nombre del valor elegido, se está más dispuesto a sostener tareas difíciles aunque muy probablemente lleven al fracaso.

En tercer lugar, la decisión habilita a la persona a ser mayormente agente de cambio social precisamente porque no pretende ser confirmada por el apoyo social, la persona es más capaz de influir en los otros y condicionar el ambiente.

Precio y diferencia de la decisión cristiana

Admitido también que el decidirse es hermoso, sin embargo no se hace. La decisión crea problemas y la cristiana todavía más, y -si es posible- la decisión vocacional más aún. La opción cristiana es de un tipo muy particular que sólo tiene en común con las otras decisiones el nombre: si a ésta le aplicamos criterios que no le pertenecen, se presenta absurda y, necesariamente, queda sin efecto.

Por eso, la decisión «humana» perfecta debe ser:

Segura: los elementos de riesgo deben quedar reducidos al mínimo; entre todas, la mejor decisión es la que sabe asegurarse contra el error y el riesgo de equivocarse. De aquí la búsqueda de cuanto pueda de alguna manera no sólo proyectar, sino prever, si es posible, el futuro, a partir de lo que la persona es y de lo que está segura que sabe hacer. Cualquier opción que se prevea exige prestaciones más allá de la propias capacidades se evita con cuidado; el riesgo será el de elegir no lo máximo de lo que se puede dar y de repetir lo que ya se es, en una especie de autoclonación psicológica.

Al mínimo costo: es Preferible esa decisión que alcanza el objetivo con el máximo de eficacia y el mínimo de pérdida. Parece un criterio muy lógico; en realidad esconde el miedo a complicarse la vida y termina a menudo por orientar la decisión hacia objetivos no excesivamente comprometidos, o por reducir, imperceptiblemente, el nivel y cualidad de las propias aspiraciones.

Precisa y clara antes incluso de su actuación y en todos sus detalles: los objetivos, finales e intermedios, deben ser exhaustivamente analizados desde el principio de manera que se reduzca al máximo la intromisión, en la fase de actuación de la elección, de variables imprevistos futuros. También esta pretensión parece razonable y prudente; pero deja abierto un interrogante igual de realista: ¿de verdad es posible hacer una elección así, que llegue realmente a prever todo, cuando se trata de elegir para la vida?

La decisión «cristiana» es por el contrario:

Con riesgo: siempre permanece un residuo de inseguridad intelectual, y no solamente mental, que sólo se puede superar con osadía y riesgo, o con ese soporte psicológico ofrecido y garantizado por la confianza, o por la fe que lleva a fiarse y a fiarse de Dios. En el discernimiento cristiano el creyente corre el riesgo máximo para una criatura humana: descubrir la voluntad de Dios. Y, sin embargo, como dice magistralmente Maioli siguiendo a san Ignacio, él sabe, al mismo tiempo, que ningún mandamiento objetivo, ninguna regla externa, ningún parecer o consejo de otras personas, incluso del guía espiritual, podrá dar nunca al sujeto en cuestión la certeza de que eso que decidirá hacer es lo que Dios quiere que haga. «La decisión y por tanto el discernimiento espiritual, en concreto, deben ser de la persona, del sujeto que se deja “dirigir”: en función de esto, el discernimiento ejercitado por el director espiritual se concibe como ordenado no a sustituir o a imponerse autoritariamente, sino a “conducir”, a sostener el discernimiento del sujeto. Por tanto, en definitiva se trata de personalizar en concreto la obediencia de la fe: y en esto nadie puede dejarse sustituir, y nadie puede sustituirse por aquel a quien debe prestar obediencia. La ayuda para crearse motivaciones auténticamente espirituales… es ayuda para ver que “es bueno para mí decidir así’, y por lo tanto incluso es “obligatorio para mí”. Pero soy yo quien debo conseguir ver todo esto; y soy yo quien, habiendo visto y estando persuadido de ello desde dentro, decido de hecho». Todo esto habla de la necesidad y delicadeza de un ministerio espiritual que oriente y sostenga, ayude a purificar las motivaciones y a liberar el corazón de apegos diversos, conscientes o inconscientes; pero, al margen de cualquier intento (autoritario, voluntarista, fideísta) de hacer menos autónoma y personal la decisión para la obediencia de la fe.

Al máximo costo: en la decisión cristiana es preferible esa acción que entre todas expresa lo máximo de lo que puedo dar, incluso aunque me pida un notable precio a pagar, y la mayor intensidad de amor aunque se tenga un resultado mínimo. La opción hecha en nombre del radicalmente Otro viaja sobre valores ideales máximos, para consentir vivir en una realidad con frecuencia atravesada por límites de tipo vario, que se harán absolutos en el momento de la muerte. La decisión es cristiana cuando expresa el don de sí, y cuando pone a la persona en condición de mantener la oferta de sí incluso cuando esto comporta renuncia y exige un precio alto: entonces se pide correspondencia entre los dos niveles, cuanto más alto es el costo más grande debe ser el amor, hasta integrar el máximo de la renuncia de sí con el máximo del don de sí. Por eso cualquier decisión es de alguna manera símbolo de la muerte, porque el final de los días será el momento en que el límite o la renuncia toquen el punto máximo, el vértice extremo: será entonces necesario “vivir” ese instante (y su preparación) cargándolo de sentido al máximo, andando libremente al encuentro de la muerte, como epílogo de una vida, convertida progresivamente en don, como momento supremo de la propia elección vocacional.

Finalmente la decisión cristiana debe ser precisa, pero nunca podrá ser clara en todos los detalles, y tal que resulte previsible y resguarde de cualquier sorpresa: los valores aceptados al principio deben ser objetivos y realistas, pero nunca serán exhaustivamente claros: todo paso de su actuación indica una conquista y una tarea nueva; la opción se descubre según se la actualiza, en un proceso de formación permanente. Discernir, una vez más, no significa disponer del futuro, casi sabiéndolo con certeza anticipadamente. Significa más bien saber leer una dirección en el presente y que va más allá del presente; significa leer una coherencia entre lo que se lee y la verdad del ser cristiano, entre lo que se comienza a intuir y una posibilidad de actuar esa verdad en un proyecto de vida, donde «yo» (esto es, mi ser cristiano aquí y ahora) no sólo no quedo excluido, «sino que soy tomado como “lugar”, es más como realidad de una síntesis que debe encontrarse. Me parece cristiano que yo actúe así; me parece claro que yo puedo actuar así; es prudente que yo lo haga; así pues, Dios quiere que yo lo haga, y que, haciéndolo, yo no encuentre en el saber anticipado la seguridad, sino que la encuentre fiándome y confiándome a Él. Y estamos de nuevo ante el elemento fundante, ante la arquitectura de base del proceso decisión al creyente: la fe que se hace confianza. La elección aumenta la confianza, elegir es voz del verbo fiarse.

Fases del proceso decisional

Veamos, como último punto, un posible itinerario de la elección, tal como se propone desde una perspectiva psicológica integrada en la perspectiva creyente. Considerando atentamente todas las etapas del proceso será más fácil captar también las mediaciones educativas del proceso mismo relativas a cada una de las fases, y a la relación cada vez más estrecha entre opción vocacional y opción creyente.

Experiencia y recogida de los datos (ante lo real)

Al inicio de una camino decisional está el dato experiencias, o la recogida de datos relativos a un cierto interés, real o sólo potencial, con una cierta inicial implicación personal, al menos a nivel de sentidos externos e internos. Esta es una fase que se da en todos los casos, porque la persona está expuesta a la realidad en que vive, con continua recepción de estímulos externos. Si pensamos en nuestro joven inmerso en la cacofonía con frecuencia ensordecedora de la sociedad actual, esta primera fase de un recorrido decisional se nos presenta inmediatamente bastante problemática en orden a una elección tan particular como la vocacional. En efecto, los estímulos son muchos, una especie de bombardeo ciertamente no inteligente, pero desgraciadamente incisivo y eficaz, progresivo y en dirección única, limitador y selectivo en referencia a perspectivas de vida futura.

Creo que nadie puede negar este escenario: el de un estímulo experiencias que no abre en sentido vocacional en la actual sociedad de la imagen, donde la imagen de la opción por Dios en el ministerio sacerdotal o en la consagración religiosa más que despreciada o explícitamente negada, es simplemente marginada y excluida, como si fuese algo irreal e improbable, o buena sólo para proponer el conocido spot publicitario con la ya gastada caricatura del fraile guiñador y ambiguo, o manso y un poco idiota, o también para contar la clásica patética ficción del cura medio héroe que se deshace por los abandonados y, ¡atención!, termina por enamorarse. Así también en el contexto de la vida real creo que sustancialmente se corre el mismo riesgo, incluso dentro de una sociedad no precisamente descristianizada, en la que aún ciertos símbolos religiosos se conservan: el riesgo de una imagen escasamente atrayente, poco incisiva, un poco fuera del tiempo, muy poco remunerativa en términos de satisfacción subjetiva. Está claro que si no hay una cierta base experiencias, o también una recogida adecuada de datos o de elementos tales que hagan nacer un cierto interés o si tal recogida va sin más en sentido contrario, ciertamente no se podrá esperar una puesta en marcha del proceso decisional vocacional. Es como morirse de antemano. Como efectivamente sucede con la mayor parte de los jóvenes de hoy que ni siquiera llegan a tomar en consideración esta hipótesis.

En primer lugar, será entonces importante tomar conciencia de esta situación. Para después intentar mejorarla en el plano de la experiencia concreta, en lo que depende de nosotros.

En este intento pondría en primer lugar la calidad de la vida y la coherencia del testimonio de quien ha consagrado a Dios su vida, o, su mostrarse efectivamente alegre y realizado, satisfecho y convencido de su elección. A nivel individual y comunitario. Es una dato que no puede pasar inadvertido; es lo único que puede «traspasar» la corteza dura del indiferentismo actual en materia de valores espirituales.

Inmediatamente después pondría la capacidad de mostrar el proprium, elemento de verdad característico y peculiar, lo que distingue este tipo de personalidad y de vocación de cualquier otra; el joven que anda a la búsqueda de la propia identidad necesita ver identidades bien definidas para sentir interés, no personalidades inciertas e inestables, perennemente a la búsqueda de sí mismas o también un poco depresivas e insatisfechas, o estilos de vida en contraste con la opción de fondo.

Tercero: la capacidad de mostrar la incisividad de la propia acción, la eficacia de la propia palabra, la valencia en varios niveles de la propia misión. No en sentido de sobrevalorar los resultados o de sentirse y exhibirse a toda costa como personas relevantes o «siervos inútiles», sino en el sentido de evidenciar la actualidad de esta figura, su relación con el mundo, la naturaleza extrovertida de la misión sacerdotal y religiosa, la capacidad de relación humana de la persona consagrada a Dios.

Cuarto: el no dar por descontada la posibilidad de lectura correcta de la propia imagen, sino hacer el esfuerzo de decirla con palabras comprensibles para los jóvenes de hoy, con símbolos e imágenes elocuentes para ellos, con reclamos a valores que se entrecruzan lo más posibles con sus ideales. En el fondo, una cierta identidad vocacional sacerdotal, o cierta espiritualidad o propuesta de vida cristiana… se siguen diciendo con palabras muy religiosas, no traducidas todavía a un lenguaje secular-postmoderno, poco comprensibles para el joven de hoy (y, al contrario, nosotros comprendemos muy poco el lenguaje juvenil).

Finalmente, más en la vertiente del joven, sería importante proveer o, mejor, estimular para que su experiencia sea lo más completa posible, no parcial o selectiva, de hijo de la sociedad del bienestar que no sabe ver más allá de su nariz y de su comodidad; que no ignore, pues, los grandes problemas y los grandes interrogantes, que se ponga en contacto directo, personal y epidérmico, incluso, con el sufrimiento. Si el horizonte perceptivo es reducido y limitado no se puede esperar un gran impulso vocacional. Desde este punto de vista, el joven de hoy sufre de una especie de analfabetismo emotivo también a causa de un analfabetismo sensorial, parece que sus sentidos no le consienten ver, sentir, tocar, sufrir, oler de un modo integral la realidad en torno a él, o de hacer esto de una manera limitada y deductiva, banal y superficial, repetitivo y rebajada, alegre y pasota (al menos para una considerable mayoría). No hablemos después del verdadero y propio analfabetismo espiritual y además religioso, ligado a la ausencia de conocimiento experiencias de valores como el silencio, la soledad, la contemplación de lo bello, el gusto de la generosidad, el don del propio tiempo, la sabiduría que proviene del contacto con el sufrimiento… Está naciendo una subespecie humana, el hombre de plástico, o el hombre informatizado que quizás tiene muchos datos, pero que no hace experiencia alguna, y mucho menos accede a sabiduría alguna. ¡Abrámosle los ojos y los oídos si queremos abrir después un discurso vocacional!

Sensación emotiva

La sensación corresponde a la advertencia inmediata emotiva de la relación entre el objeto en cuestión y el yo, esa relación que normalmente se expresa con la fórmula clásica, «me gusta … » o su contrario. Es una fase instantánea, como una relación incontrolado e instintiva. El problema es que con frecuencia se convierte como en una especie de absoluto, algo que es así y basta, y que a lo mejor hace partir una acción correspondiente e irreflexivo (y muchas veces incluso irracional y absurda, como muchos hechos de prensa amarilla nos cuentan … ). Acción que sería simplemente dictada por el instinto, pero sin ninguna garantía de captar la verdad de la persona, lo que ella es y lo que está llamada a ser. De hecho muchas opciones están hechas a este nivel elemental y un poco salvaje, como expresión incontrolado de una emoción no sometida a juicio alguno o inmediata y falsamente reconocida como auténtica y quizás justa expresión del yo, creándose así confusión entre sinceridad y verdad.

La intervención educativa en esta fase sería precisamente ésta: alentar y ayudar a alentar la emoción, reconocerla como parte de sí y de lo vivido personalmente, pero sin caer en el error de considerarla necesariamente reveladora infalible de su identidad. Una cosa es la sinceridad, otra la verdad. Es más, el educador inteligente invitará al joven a no obrar en base a la sensación, sea positiva o negativa, sino a someterla, como veremos en seguida, a una saludable reflexión (autocrítica. Quizás mostrando en sí mismo un ejemplo, por decirlo de alguna manera, de… «sensación evangelizada y convertida», o también de persona que ha aprendido a encontrar gratificante lo que humanamente parecería mortificante. En cualquier caso es indispensable testimoniar que también a nivel de sentidos, de sensaciones instintivas, de pulsiones humanas puede uno sentirse completamente contento consagrándose a Dios.

Juicio racional

La tercera fase debería solicitar la valoración inteligente de la relación entre el objeto y el yo, esa valoración que debería consentir pasar del instintivo «me gusta … » (o el contrario) al «me gusta porque … ». Es una especie de examen, a la luz de la razón que reflexiona y por consiguiente de motivos objetivos, de la valoración instintiva precedente, para que no se convierta en definitiva y el joven no sea dominado por sus emociones inmediatas. Para este fin el educador deberá provocarle para que vaya más allá de la corteza de las sensaciones, para que no se haga la ilusión de ser sincero simplemente porque dice lo que siente, sino a preguntarse, en todo caso, ¿por qué, cómo una cierta cosa o perspectiva de vida me atrae o no me atrae, y que hay detrás de esta sensación? ¿Por qué me dan ganas de rechazarla o me da miedo o no la siento para mí? ¿Qué memoria o condicionamiento de mi pasado está influyendo en esta reacción, y a lo mejor determinándola? Y hacer quizás descubrimientos interesante sobre el mundo interior, a lo mejor nunca escrutado con atención. ¡Pensad qué gran valor educativo podría tener un acompañamiento del joven que le haga prestar atención a estas realidades personales, ayudándole a descubrir su verdad, resistiendo a presiones de grupo, de moda en ese momento, a la ideología corriente, al neo-gregarismo imperante.

Dice el documento del Congreso europeo: « ¡Cuántos jóvenes no han acogido la llamada vocacional no por falta de generosidad o por indiferencia, sino simplemente porque no se les ha ayudado a conocerse, a descubrir la raíz ambivalente y pagana de ciertos esquemas mentales y efectivos; y porque no se les ha ayudado a liberarse de sus miedos y defensas, conscientes e inconscientes frente a la vocación misma! ¡Cuántos abortos vocacionales a causa de este vacío educativo!». ¡Cuántos jóvenes considerados “sujetos no interesantes” (y abandonados) por des-educadores vocacionales poco inteligentes!

Juicio creyente (ante el misterio)

Hasta ahora no se ha hablado explícitamente de fe, pero ahora ya es posible hacer entrar en juego la perspectiva creyente, como una ayuda para entender mejor o para re-examinar, a la luz de motivos trascendentes, los resultados de las fases precedentes.

El arte del educador vocacional ahora es el de penetrar delicadamente en el proceso decisional para que no se desvíe, no se pare, no se haga estéril e infinito, por un lado, y por otro no produzca decisiones desmayadas y acciones apresuradas, sino que se abra al misterio. Tarea del educador sabio y humilde es, lo hemos dicho al principio, llevar hasta los umbrales del misterio, y luego sobre todo poner al joven ante el misterio, para saber mostrar cómo una cierta exigencia de valor y de sentido, de belleza y de verdad, de identidad y de autorrealización, de presente y de futuro…, no pueda ser eliminada en el hombre que busca, y pueda encontrar plena respuesta en la fe cristiana. El arte, pues, de hacer nacer las dudas inteligentes, esas que permiten salir de la banalidad y superficialidad y de buscar en la dirección correcta, y de plantear preguntas justas, esas que «obligan» a ponerse ante Dios, o el arte de desenterrar y escalar las preguntas, para captar y hacer captar ¡cómo al principio y al fin de cualquier historia humana, de cualquier deseo terreno está siempre y solo Dios, la única verdadera expectativa presente en el corazón del viviente

Es verdad que existen pasos que hay que respetar, lógicas que hay que articular correcta, gradualmente. Una auténtica pastoral vocacional parte de los valores elementales de la vida, para después proponer una modalidad o formalidad creyente de actuación de esa lógica elemental, que termina por ir más allá de ella misma, mucho más allá. Personalmente siempre estoy muy sorprendido de la coincidencia entre el análisis racional y psicológico, que descubre la vida de cualquier ser como un bien recibido que tiende por su naturaleza a convertirse en bien donado, y el modelo de vida cristiana ofrecido por el ejemplo de Jesús, el Hijo que recibe todo del Padre y entrega totalmente su vida para el bien de la humanidad. En ese Hijo, el hijo por excelencia, está contada la historia y la vocación de todo viviente, que ha recibido un don que por fuerza debe permanecer tal cual, que no puede quedarse con él, de otra manera lo desnaturalizaría terminando por hacerse daño, y, por consiguiente, debe dejar que se convierta en don para los demás. Solamente será feliz cuando respete esta lógica, humana y evangélica al mismo tiempo, podrá hacer las opciones que crea para su futuro, pero no podrá salir de esta lógica si no quiere su mal, su infelicidad, su suicidio psicológico. Cuando un joven comienza a vislumbrar la ligazón entre estas dos lógicas, está ante el misterio y comienza quizás a hacerse creyente. Puede ser que no se haga sacerdote ni fraile ni monja, pero en todo caso está descubriendo que es llamado y que puede y debe responder.

Ahora, yo creo que un joven no puede no estar interesado en afrontar, y de una manera seria, el problema de sí mismo y de sus aspiraciones, de su identidad y de su futuro. Por eso sostenemos que quizás hoy la propuesta vocacional (no como propuesta inmediata a algunos de una especial consagración, sino como provocación dirigida a todos para pensar y repensar de un modo inteligente la dirección que hay que dar a la propia vida) podría ser el camino a lo largo del cual despertar una fe adormecida o hacer nacer una fe nueva, que pueda llevar a opciones radicales y generosas, y la pastoral vocacional convertirse en pastoral central y decisiva en estos tiempos posmodernos, la pastoral típica de la nueva evangelización, precisamente porque es pastoral estrechamente ligada a un interés vivo y fácilmente evocable, especialmente cuando respeta ciertos pasos y ciertas exigencias psicológicas.

Nueva emoción (en los umbrales del misterio)

Y precisamente el respeto de un acercamiento gradual al hombre global (mente-corazón-voluntad-sentidos internos y externos … ) es lo que consiente lentamente a la sensación precedente cambiar, haciendo nacer una emoción nueva. Se trata de un proceso normalmente no breve, a veces imperceptible, pero posible y real, que conduce pacientemente a la experiencia de una atracción distinta, evangelizada, que comienza a empujar (e-motus) en la dirección del juicio reflexivo creyente.

Es una ascesis, podemos decir, que conduce poco a poco a una mística (¿y quién ha dicho que el joven no sea capaz de esto?), pero en todo caso esta mística, o sea la emoción que empuja, el aguijón que inquieta, la atracción que solicita, el esplendor que fascina, es condición psicológica básica indispensable para que se dé una auténtica decisión.

Y si es verdad que el joven sufre este extraño fenómeno del analfabetismo emotivo, se hace todavía más importante e insustituible un camino atento a las varias dimensiones del ser humano, sin dejar ninguna fuera. En este sentido puede hacerse decisiva esa propuesta de las varias articulaciones del camino creyente, que precisamente porque está articulado de distintas maneras se dirige a «todo» el hombre, y puede, por consiguiente, solicitar progresivamente una implicación también global. El cambio de los gustos y de las atracciones, que determinan nuevos sabores y nueva sensibilidad, se convierten en el signo más elocuente no sólo de esta implicación, sino de un camino de fe que está alcanzando la madurez. ¡Ya hemos dicho que creer significa fiarse, y fiarse quiere decir sentirse amados y amar, o también la emoción más humana que existe, y también la más «cristiana»!

Orientación general: la decisión-madre (más allá de los umbrales del misterio)

Y la implicación es tan real que determina una decisión. Que aún no es la acción verdadera y propia, sino la concreción del juicio racional y creyente en una toma de posición consecuente personal. La decisión, desde un punto de vista formal, es, pues, un hecho aún y sobre todo intelectual, como una predisposición general para actuar o como un convencimiento interior, que aún no ha pasado a las vías de hecho, pero es importante porque es escalón indispensable para llegar a un compromiso real que sea motivado y racionalmente plausible, de lo que la persona cada vez está más convencida.

Pero desde un punto de vista continuista la decisión viene determinada por la intuición progresiva, por parte del joven, por el sentido radical de la vida (y de la muerte), por lo que es importante en sí y da sentido y sabor a toda vida, y por el descubrimiento que con tal sentido está escondida incluso la propia identidad, o que siempre ese sentido general es verdadero, bello y bueno en sí mismo, pero es también eso que da verdad, belleza y bondad al mismo joven. De aquí la decisión de identificarse con el objeto, de reconocerse él mismo en ¿I, de elegirlo como ideal o proyecto de vida. La decisión es un poco síntesis de un objetividad ideal con la propia subjetividad. Es, en el plano de la fe, el descubrimiento de Jesús como «camino, verdad y vida», y el descubrimiento que ahí, dentro de él, está encubierta y dicha también la propia identidad. Esta es un poco como la decisión-madre, fundamental, como seno vital u orientación general del que después se derivan otras sucesivas decisiones y después acciones, como aclararemos mejor ahora.

Pero a la decisión todavía le falta algo para ser operativo.

Parecerá extraño, pero a veces existen acciones que no van precedidas de decisiones, por tanto no lo suficientemente racionales, todavía mucho o sólo instintivas. Pero existe también el peligro de decisiones que… nunca se deciden a convertirse en acciones. Veamos por qué.

Acción: elección gradual vocacional (en el corazón del misterio)

También aquí distingamos el aspecto formal del continuista. Formalmente la acción es la puesta en acto de la decisión tomada. Pero no es simple ejecución o pura trasmisión de un mandato que desde el cerebro finalmente llega a los sentidos externos que han proveído hacerlo operativo. La acción, que para nosotros representa todas las elecciones que están en función de la opción final vocacional, se hace posible por la progresiva implicación emotiva de la persona; en efecto, es la emoción que implica en sí la idea de movimiento, y sólo la emoción es la que imprime dinamismo a la vida, su auténtico dinamismo (e-motus). Para ser más precisos, la acción es la decisión (=dimensión intelectual, de donde la convicción) más la emoción (=nueva sensibilidad y nuevas atracciones), pero naturalmente tanto la una como la otra están ligadas al camino precedente, a la linealidad y constancia con las que se han recorrido las etapas anteriores.

Pero bajo el perfil del contenido, la acción de que hablamos ahora en nuestro intento de delinear un recorrido vocacionalmente posible, no es una acción única, quizás esa resolutiva, sino una serie de decisiones-acciones, que van todas en una cierta dirección vocacional. Casi de las elecciones pre-vocacionales, que a lo mejor pueden parecer pequeñas y de poco peso, pero que desarrollan un papel importante en la génesis y dinámica vocacional. Por el ejemplo, si el joven se está orientando en una cierta perspectiva, será buena cosa proponer y será buena señal el hecho de que él mismo se proponga una serie de comportamientos en línea con la elección conclusivo, como para prepararlo en vista de ésta, para sondear su efectiva disponibilidad, para hacerle probar las primeras rupturas pero también el sabor de su novedad, para profundizar directamente, sobre su piel, el conocimiento del objeto y sus entresijos, a pasar de la identidad a la concreción, o a lo mejor del miedo (a no ser capaz o a las exigencias del ideal) a la confianza, de la duda al coraje de elegir. No para hacer verificaciones o tests, sino para consentir al joven penetrar cada vez más en el corazón del misterio. Es muy importante esta inteligente gradualidad, es verdadera y propia formación vocacional (independientemente de la elección final) y en verdad podría hacer desaparecer incertidumbres y temores que bloquean la elección. En efecto, no es sabio proponer inmediatamente todo o todo de una vez.

Si existen tantos jóvenes que parecen vocacionalmente bien dispuestos, que parecen también atraídos por un cierto ideal, que se dejan seguir y saben esperar, pero que después no se deciden nunca y quedan perennemente dudosos, esto sucede, además de por eventuales descompensaciones intrapsíquicas del sujeto, también porque es débil el fundamento general del proceso decisional y no gradualmente articulado. Y si es verdad que la cultura actual es cultura de indecisión, esto es un motivo más para facilitar a nuestros jóvenes recorridos rigurosos y correctos en el plano de la evolución progresiva de la decisión vocacional.

Refuerzo y personalización (la identidad del misterio)

La acción, por su parte, o un cierto género de decisiones que se concretan en acciones, no sólo refuerza el juicio reflexivo creyente y, en último análisis, la fe del sujeto, sino que consiente penetrar en el misterio, sin pararse en los umbrales, y tener una conciencia de ello no ya por lo que se ha oído, sino personalmente «verificada», sufrida y gustada, y sobre todo permite sentir cada vez más la elección hecha como la revelación de la propia identidad, como eso que efectivamente le da verdad, belleza y bondad.

No es que todo se haga de improviso fácil y convincente, todo lo contrario; el ideal elegido manifestará también sin duda aspectos no suficientemente calculados y quizás también más duros y exigentes de lo previsto, pero lo que más cuenta es que el individuo de esta manera se retuerza en la convicción de que allí está escrito su nombre, allí dentro está escondida la perla preciosa, y crece la disponibilidad, es más, el deseo de ir y vender todo para adquirir aquel campo…

Consolidación de la huella emotiva

Cada una de las decisiones-acciones al llegar aquí desarrollan una tarea muy importante y verdaderamente decisiva: en efecto van a reforzar también la emoción-atracción… apenas nacida (3.4.5), haciéndola ser cada vez más «sabiduría creyente», como un modo absolutamente nuevo de dar sentido a la vida, de establecer una jerarquía de importancia, de fijar lo que cuenta y lo que es basura.

Ya no es sólo un simple proceso mental, sino una huella emotiva depositada en la psique de cada una de las decisiones-acciones tomadas, como una memoria afectiva que terminará por enderezar cada vez más sensibilidades, gustos, deseos y ulteriores elecciones en una dirección precisa, creando nuevos hábitos y posturas creyentes, que a su vez influirán en todas las fases de los sucesivos procesos decisionales, a partir de la experiencia de la realidad, del modo de recoger datos y recibirlos, con nuevas sensaciones y juicios, etc., pero que sobre todo darán finalmente la fuerza psíquica y espiritual para tomar la decisión vocacional definitiva.

Elección vocacional definitiva (revelación del misterio)

Es la llegada natural de este recorrido. Ciertamente no final, porque cuando el sujeto elige desde el interior de esta lógica progresiva y articulado, no terminará de elegir, de elegir siempre más, y de elegir siempre con mayor pasión su ideal.

Al llegar a este punto, en verdad los dos procesos, el vocacional y el creyente, se unirán en un único camino, donde la fe es y da la forma a la vocación, y esta última expresa el propio modo, absolutamente único-singular-irrepetible de creer.

Me parece que hoy no puede existir otra manera de creer fuera de la modalidad vocacional.