Artículos vocacionales


Autor:  Giuseppe Betori, Secretario General de la CEI

Traducción del italiano original:  Alonso Morata

             Fuente: Revista Seminarios Julio - Septiembre de 2003. Vol. XLIX

 

Os doy las gracias por haberme invitado a este encuentro con vosotros, que representa una de las citas tradicionales de] camino de la Iglesia italiana, sobre todo de sus estructuras, de la Conferencia Episcopal Italiana, en el interior del curso pastoral.  Doy las gracias a don Luca Bonari por las palabras que me ha dedicado, ratifico a él, a don Ghizzoni y a don Ladisa, y a todos los amigos del centro nacional de Vocaciones, mi confianza, y mi ánimo.  Me parece que el camino que se ha estado haciendo durante estos años, a partir del trabajo desarrollado en primer lugar por monseñor Castellani y después, es un camino provechoso y vuestra presencia lo está demostrando.

Entro ya de lleno en el tema de esta mesa redonda que comienza con mi intervención.  El tema de vuestra reunión está reflejado en un número, el número 51 de las "Orientaciones pastorales " del episcopado para este primer decenio del año 2000.  Me sitúo siempre a la búsqueda de peligros, y también en este caso veo un peligro que es el de aislar esta problemática que el número 51 propone, o sea la de una "mayor coordinación entre la pastoral juvenil, familiar y vocacional", del resto de las Orientaciones pastorales.  Quisiera ahora introducir el diálogo (contraste de pareceres) que se establecerá entre los responsables nacionales de las Oficinas y de los Servicios y Centros que están implicados en estos sectores pastorales... quisiera introducirlo mediante unas consideraciones que nos lleven a las claves de lectura de las Orientaciones, que puedan permitirnos leer el problema de las conexiones entre la pastoral vocacional, pastoral juvenil y pastoral familiar, no simplemente como un problema de acercamiento entre sectores pastorales, de superposición entre campos pastorales, mucho menos de repartición de intereses entre diversos agentes de la vida pastoral.  Creo que tenemos necesidad de una clave de lectura de las Orientaciones que, globalmente, nos permita evitar esta aproximación de simple suma de las preocupaciones y de los intereses de uno y otro de los sectores pastorales en cuestión.  Y propongo aquí tres claves de lectura de las Orientaciones, que desde este punto de vista me parecen interesantes.

Cambio global

La primera clave, parte del mismo título de Orientaciones.  Las Orientaciones no hablan sólo de "comunicar el Evangelio", sino que subrayan que esta comunicación sucede "en un mundo que cambia".  Ahora la realidad del cambio es una realidad que acompaña siempre la vida del hombre, y por consiguiente no merecería un subrayado especial.  Si aquí viene subrayado es porque se percibe que el cambio que caracteriza la época que vivimos nosotros es un cambio global.  No es simplemente la crisis de un sector -por ejemplo: ha entrado en crisis la familia hoy; o bien es la crisis de los jóvenes...- y no es simplemente ni siquiera el acumularse de muchas crisis sectoriales.  Cada uno de los agentes de pastoral se arriesga -a mi modo de ver- a interpretar en este sentido la situación cultural que estamos atravesando; contemplándola desde el propio punto de vista, se perciben los elementos críticos que atañen al ámbito pastoral que nos interesa, para prescindir de la crisis que hace referencia a los otros ámbitos.  Como si se acumulasen las crisis una encima de la otra.  Pero lo que las Orientaciones pastorales querrían ayudamos a entender es que no estamos frente a una crisis sectorial, frente a múltiples crisis sectoriales, sino que nos hallamos frente a una crisis global, un cambio global, porque lo que cambia son los fundamentos mismos de la cultura.  Yo acostumbro a decir que sobre todo cambia la percepción que nosotros tenemos del tiempo, por consiguiente, son las referencias últimas de la relación del hombre consigo mismo; cambian los modos de relacionarse de los hombres entre sí; cambia el modo con el cual el hombre se contempla a sí mismo en la articulación de las dimensiones espirituales y materiales: tiempo, comunicaciones, relación espíritu-materia, son todos ellos ámbitos que no tienen qué hacer con este o con aquel sector de la pastoral, sino que tocan a las raíces mismas de la existencia humana.  Lo que se pone en cuestión -repito- no es un sector sino el fundamento mismo de la identidad del hombre y de su convivencia.  Desde este punto de vista, ahora es imposible pensar en poder salvar porciones del propio ámbito de la realidad pastoral, o de la realidad humana más basta, prescindiendo de una reflexión y de una comprensión de la globalidad del cambio cultural.  Diría que éste es un primer punto que debería cuestionamos mucho, en el sentido de que no nos salvamos si no es unido, no es estrategia lo que este o aquel sector pastoral pueda asumir para encontrar el camino de salida de los propios problemas y de los propios interrogantes.

En primer lugar es una reflexión pendiente de hacer, que contempla, precisamente, la comprensión que tenemos del cambio cultural.

Centralidad de la contemplación

La segunda clave de lectura de las Orientaciones que a mí me parece útil para captar cómo plantear la confrontación entre los tres ámbitos pastorales.

Estas Orientaciones querían señalar una novedad en el modelo común de las orientaciones pastorales tal como hasta hoy las habíamos experimentado.  La novedad está en que, la mitad de ellas más o menos, no hacen una propuesta directamente pastoral, sino una propuesta espiritual.  En efecto, la primera parte de las Orientaciones no está dedicada a decimos el "qué hacer" de la pastoral de la Iglesia hoy, sino que es una invitación a la contemplación del rostro de Cristo, la mirada fija en Jesús, el enviado del Padre.  El desafío que las Orientaciones proponen, en primer lugar y ante todo, y por eso también con fundamento de lo que se dirá en la segunda parte, es el de una vuelta a la centralidad de la contemplación, y por esta razón a la cuestión de la fe, de la fe en la persona de Cristo.  Y es un desafío fuerte, también éste, porque contrasta con tendencias contrarias no indiferentes, ante todo las tendencias culturales contrarias.  Vivimos en una sociedad dominada por la eficiencia, ciertamente no por la dimensión contemplativo, y las cosas se miden no por cuánto penetran en el interior de la persona, sino por lo que producen de visible en el interior de una sociedad o de una vida personal.  Vivimos en la sociedad de lo efímero, en la cual se sobreponen unas experiencias a las otras, para la cual lo que cuenta no es tanto tener un anclaje seguro, cuanto renovarse continuamente, inventar cualquier cosa nueva en la propia experiencia personal.  En un asunto, por así llamarlo de contemplación, significa ir totalmente contracorriente.

Y hablar de contemplación de la figura de Cristo significa ir contracorriente también frente a algunas tendencias, muy presentes en el interior de nuestra situación cultural, que se definen como tendencias espirituales, pero que se presentan con acentuadas características de vaguedad, de indeterminación.  Más bien, lo espiritual que hoy está de moda es propiamente lo que es lo más indeterminado posible, en sus referencias; ya porque es acumulación de referencias religiosas tomadas de las fuentes más variadas, o porque es (también aquí) un sucederse de experiencias espirituales que no se anclan en una identidad precisa, sino que van a la búsqueda de continua novedad.  El espiritualismo, que es quizás una experiencia típica del mundo juvenil de hoy, tiene poco que hacer con esta invitación a una vuelta profunda a la dimensión espiritual contemplativo de la vida cristiana, en torno a la figura de Jesucristo, de la persona de Jesucristo.  El tercer aspecto que va en contra es el siguiente, que tampoco en el mundo eclesial esta invitación a la contemplación de la persona de Cristo encuentra inmediata acogida.  Visto que nos encontramos frente a una realidad eclesial, hoy, tan variada, en la que la multiplicidad de la pertenencia corre el riesgo de hacer valer más los rasgos de la distinción que los de la unidad. ¿Qué nos distingue de los otros?: ¿el ser cristianos? ¿o el ser de..., de.... de ... ? y dentro del "de" colocad todas las pertenencias religiosas, institucionales, de movimientos, asociativas y así más.

Llevar todo a Cristo, como único fundamento de la fe y de la vida, es un desafío.  Desafío a la cultura, desafío a la cultura religiosa, desafío a la cultura eclesial.

Se diría que desde este punto de vista esta centralidad de la contemplación de Cristo es algo que debe tener la primacía sobre toda otra acogida, que después don Luca Bonari, don Paolo Giulietti y don Sergio Nicolli nos hablarán sobre el modo como conectar entre sí las tres modalidades de vocación, de los jóvenes y de la familia.

Pastoral "reconciliada"

La tercera clave de lectura de las Orientaciones que, según creo, hay que tener en cuenta para fundamentar una buena confrontación, es aquella que -sobre todo en la segunda parte de las Orientaciones: más allá de las indicaciones que se dan sobre la comunidad reunida en tomo a la Eucaristía; comunidad que se gasta en bien de todos, sobre todo con aquellos que están en los umbrales de la misma comunidad, fuera o dentro de esta; más allá de estos aspectos y de las indicaciones prácticas que se presentan para los diversos sujetos pastorales- es una inspiración de fondo que es la de proyectarse hacia una Iglesia, y en consecuencia una pastoral, ante todo reconciliada. Reconciliada en el sentido de tendente a lograr unidad de aquellas polarizaciones que han caracterizado hasta hoy tanta experiencia de Iglesia y tanta proyección pastoral en nuestra realidad eclesial italiana. Pongo algunos ejemplos de esto.  Volvamos al tema de la contemplación.  Nosotros sabemos bien como a veces la atención a la contemplación ha sido considerada, en algunos ambientes eclesiales, como pérdida del servicio concreto y, viceversa, el compromiso en el servicio -ya eclesial, ya servicio al hombre- se ha estado destacando también en otros ambientes eclesiales como pérdida de las instancias propias de la contemplación y de la vida espiritual.  Hacer síntesis entre contemplación y servicio, reconciliar estas dos modalidades que están en el interior de cada uno de nosotros, pero también lo están en el interior de nuestra comunidad parroquias, y que además, a veces, dividen, contraponen, crean tensiones reales en el seno de nuestra comunidad, creo que se una inspiración de fondo de estas Orientaciones, como reconciliar también a quienes apuestan todo en la formación -hasta el punto de olvidar que al final el Señor nos ha llamado para una misión- y quienes, a veces, apostando todo por la misión, olvidan que es necesario también formarse para la misma misión.  Formación y misión son otras dos formas de vida cristiana que deben convivir: no existe una formación que no sea por sí misma misionera, y no existe verdadera misión que no tenga en su base una auténtica formación.  Pero también en este punto ¡cuántos están toda una vida allí para formarse antes de salir para hacer un servicio!  Y ¡cuántos han salido a hacer un servicio sin la adecuada formación y han perdido su identidad en el mismo camino!  De esto tratan sobre todo -y termino este tercer punto de las claves de lectura- los números 34 y 35 de nuestro Documento, una polarización que quizás toda la reasume y que también aparece reconciliada es la que viene expresada en los dos términos del ponerse a la escucha de la cultura del hombre, del mundo, y el afirmar, por otra parte, las razones peculiares e irreductibles de la transcendencia del Evangelio.  También aquí hay quienes abren su corazón a los otros hasta perderse a sí mismos y quienes, en nombre de la propia identidad, confunde la identidad con la intolerancia hacia los otros, y la incapacidad de acogerlos en la propia vida.  Hay imágenes de Cristo así, hay imágenes de la comunidad eclesial así, hay imágenes de pastorales que caminan entre estas dos vías tan diferentes.  Reconciliar la escucha de cualquier germen de humanidad más o menos bautizada, pero que expresa auténticamente la semilla del Verbo, la Palabra del Espíritu que habla donde quiere, y por otra la transcendencia del Evangelio, su irreductibilidad a cualquier experiencia, ideología, propuesta humana, el "más" del Evangelio, es otro de los caminos de reconciliación eclesial y pastoral que me parece muy importante a tener en cuenta para cualquier confrontación que podamos hacer.

Elección de prioridad

Por último para concluir.  Nuestro Documento hace también una propuesta de prioridad, y la propuesta de prioridad es la que concretamente viene presentada en los números entorno al 51 -51, 52, 53, 54, 55- diciendo que, durante estos diez años, jóvenes y familia deben estar en el centro de la atención pastoral.  Aquí el problema vocacional, la propuesta vocacional viene a cruzar por supuesto el trazado pastoral que los Obispos proponen.

¿Por qué esta elección de prioridad?  Acabamos de decirlo explícitamente -me agrada sin embargo resaltarlo-.  Porque lo que se percibe estar hoy en juego, y en juego también con riesgo de perder la partida, es la transmisión generacional de la fe, la transmisión de la fe de una generación a otra. ¿Por qué es preciso comunicar el Evangelio en un mundo que cambia?  Porque la transmisión natural de la fe, que se transmitía de generación en generación, a las nuevas generaciones de jóvenes, por el camino, fundamentalmente de la institución de la familia, ¡hoy este modelo de transmisión está roto, completamente roto!  También cuando la familia es la mejor de las familias, porque la familia no es un mundo aislado, sino que vive en el interior de una cultura que niega, en cualquier modo, a la familia su papel de proponer valores, de principios de vida, de propuestas, de proyectos, de existencia.  Lo que está en juego hoy es, por eso, la transmisión de la fe entre las generaciones.  Y entiende que la percepción del problema de fe hoy, en este modo, hace que aquello que antes podía ser tratado pastoralmente a través de una articulación de sectores, se convierte hoy en un problema de personas.  Las personas, la familia.  Las personas son la familia, las personas son los jóvenes... Creo que ésta es la verdadera conversión pastoral que estamos llamados a hacer: desde una pastoral de problemas y sectores -ej.: el problema vocacional abstracto- a un problema de personas: hombre, mujer, esposo, esposa, padres, progenitores, hijos... El problema vocacional, obviamente, está dentro y, diré, puede llegar a ser el punto-unión de las personas-familias y de las personas-jóvenes, de la persona joven.  Porque precisamente el proyecto de vida es lo que una familia debe poder entregar a sus propios hijos, es lo que los jóvenes van buscando en el interior de su madurez.

Diré que este sentido de lectura de la elección de prioridad jóvenes-familia, no como ámbitos, sino como recuperación de la dimensión personal en el interior del problema de la transmisión de la fe trae el problema del proyecto-vida y el proyecto-vocación, por eso, está en el centro de un proceso pastoral que recibe nuevas luces en este planteamiento que las Orientaciones intentan presentan El cómo traducir después estas instancias generales en lo concreto de los posibles proyectos pastorales de familia, jóvenes y vocación lo dejo en manos de don Bonati, de don Giulietti y de don Nicolli...