Artículos vocacionales


Autor:  Sergio Nicolli, Director de la Oficina Nacional de Pastoral de la Familia

Traducción del italiano original:  Alonso Morata

             Fuente: Revista Seminarios Julio - Septiembre de 2003. Vol. XLIX

 

Tengo un recuerdo de hace casi treinta años, al principio de los 70 -sobre el 74 ó 75- cuando, siendo sacerdote joven, hacía de secretario de mi obispo, Mons.  Gottardi, un gran obispo que murió el año pasado, que ha sido de los primero obispos en Italia en invertir mucho en cuanto a personas y recursos para la pastoral familiar.  Recuerdo especialmente un encuentro -eran los primeros años de este servicio con un grupo de jóvenes, en una parroquia.  Eran los años en los que se había vaciado el seminario (el seminario de Trento en particular, en aquellos años, del 68 en adelante... ); los años en los que había muchos sacerdotes y muchos religiosos y religiosas que abandonaron, y también eran años de una gran desorientación.  En cierto momento, recuerdo uno de estos jóvenes había hecho una pregunta explícita -era un encuentro de diálogo-: ¿Qué se espera de nosotros jóvenes?" y parecía una cosa obvia, incluso yo esperaba que el obispo respondiese: "espero que tengáis la valentía de hacer elecciones radicales, que entréis en el seminario, que entréis en el convento, que os hagáis misioneros", sin embargo el obispo dio esta respuesta: "No espero de vosotros que superéis la actual crisis de vocaciones, espero que respondáis con radicalidad a vuestra llamada de formar una buena familia.  Después de vosotros, de estas familias volverán a florecer también las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa".  Entendí entonces el nexo que existe entre la calidad de vida de la familia -y quiero decir la calidad de las relaciones entre los esposos- y la calidad de las relaciones de padres y la capacidad educativa; hay un nexo inescindible entre la calidad de vida de la familia y la capacidad de derramar la vida.  Hay por eso una unión inescindible entre la radicalidad y la definición con los que se vive el amor de pareja y la capacidad de formar, de educar personas capaces de un amor valiente, que se atreve a arriesgarse en el futuro.

Para qué trabajar unidos

Os  cuento cual es mi sueño, que no creo sea una utopía.  Mi sueño es -por una parte- que la preocupación frente a la esterilidad de nuestras Iglesias respecto a las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, no sea solamente una preocupación de los consagrados y de los responsables de la pastoral vocacional, sino que se convierta también en preocupación de las familias cristianas.  Si se diese esto, sería la señal de que las familias cristianas han entendido que no pueden pasar sin sacerdotes y personas consagradas, precisamente para que les ayuden a vivir plenamente sus relaciones familiares.  Por otra, sueño también que los sacerdotes y las personas consagradas seamos cada vez más conscientes de que no podemos prescindir de los matrimonios, para vivir de un modo plenamente humano y evangélico su identidad y su servicio pastoral, para vivirlo de un modo cálido, persuasivo, que sepa convertirse en testimonio, en el interior de las relaciones humanas plenas y maduras.

Este sueño -que no considero utopía, sino que creo que es un sueño realizable se funda en dos descubrimientos que la Iglesia está haciendo en estos años gracias a las intuiciones ya del Concilio Vaticano II y bajo el impulso decisivo del Magisterio de Juan Pablo II.

El primer descubrimiento.  El matrimonio cristiano no es principalmente la culminación de un sueño de pareja, sino que es respuesta a una llamada.  Es respuesta a una vocación.  El matrimonio cristiano no es un hecho privado, sobre todo individual y de una pareja, sino que es un recurso social y eclesial.  El matrimonio cristiano tiene su base en una vocación a la santidad.  Ya lo ha dicho el Concilio: que todos somos llamados a la santidad, también los esposos cristianos son llamados a la santidad en su camino peculiar, no viviendo como monjes o religiosos, sino viviendo como esposos, plenamente, su humanidad, sus relaciones de esposos y de padres.

La vocación al matrimonio cristiano es una vocación al servicio en la comunidad.

Se habla, en efecto, de ministerio conyugal y ministerio quiere decir servicio.  Y con este objeto los Obispos en el Directorio -que este año cumple ya diez- en el n. 12 (El matrimonio como gracia y oración) afirman: "El matrimonio, que ciertamente se identifica con el amor conyugal de un hombre y de una mujer legítimamente manifestado, hunde al mismo tiempo sus raíces más profundas en el misterio de Dios, de su alianza... aparece, porque realmente lo es, como 'gracia' y 'vocación', que especifican y desarrollan el don y tarea del Bautismo. (... ) El amor conyugal entre un hombre y una mujer puede brotar y consolidarse porque encuentra, en el amor de Jesús en la cruz su fuente última, su fuera plasmadora, su constante alimento; y así cada matrimonio puede y debe convertirse en un eco del sí de Cristo en la cruz".  Puede parecer un lenguaje extraño... yo creo que aquí, ahora, está la necesidad de un cambio de mentalidad.

Cuando se habla de vocaciones en la Iglesia, de vocaciones indispensables para su misma construcción, mi sueño es que no nos limitemos a las vocaciones llamada "de especial consagración", sino que tengamos la audacia de hablar de vocaciones al matrimonio cristiano y a la familia, en el mismo plano y con la misma dignidad. ¿Cuál es la mentalidad actual? ¿Qué dice?  Dice que uno para entrar en el seminario, para entrar en la vida religiosa ha de hacer una elección valiente, debe ir contracorriente, y se piensa por el contrario que para desposarse basta con dejarse llevar por la naturaleza: uno se enamora sin haberío elegido, cuando menos se lo espera y esto lleva casi inevitablemente al matrimonio, generalmente después de algunas experiencias. ¡y no siempre en el matrimonio!  Pero la mentalidad es ésta: al matrimonio se llega de modo natural.  Es un binomio bien definido: es secundando el impulso de la naturaleza como se llega al matrimonio.  Por el contrario, yo quisiera decir que hoy va también contracorriente desposarse en Cristo y en la Iglesia.  No digo simplemente casarse, sino casarse en Cristo y en la Iglesia.  El matrimonio cristiano es una llamada a vivir el amor de modo radical.  Por eso es una llamada que exige coraje y fe.  Es una llamada que debe poner por obra la experiencia de la cruz.  Es un camino que encuentra dificultad como la encuentra cualquier camino de consagrados, pero que encuentra dificultades incluso más graves de las que encontramos nosotros los consagrados.  En un momento concreto, cuando ya no resistimos más, nosotros nos ponemos aparte.  Un papá, una mamá, cuando no pueden más, no se arriesgan a ponerse a un lado, no pueden.  No se puede uno casar por la Iglesia por instinto.  Además el romanticismo del órgano o del incienso o de las bellas fotos no está ya en condiciones de sostener la empresa de un matrimonio cristiano.  Digámoslo francamente.  Y no basta ni siquiera ese poco de fe que hace sentir la seguridad de sentir a Dios cercano.

Creo que muchos matrimonios -quizás estoy a punto de decir una herejía- no son cristianos, sino que son solamente matrimonios religiosos.  También después de la preparación que hemos hecho [ ... ¡Me sugieren que no es una herejía: lo ha dicho el cardenal Ratzinger.. menos mal!].  Pienso que no basta, para hacer un sacramento, sentir que Dios tiene que ver con el encuentro, con el enamoramiento, con el futuro de una pareja de esposos.  El matrimonio cristiano es sacramento porque es signo e instrumento del amor de Dios, signo e instrumento de la fidelidad de Dios.  Y ¿cuál es la característica de la fidelidad de Dios?  Es que, cuando yo me alejo, le vuelvo las espaldas, Dios continúa queriéndome.  También frente a mi infidelidad.  Dos esposos cristianos son signo e instrumento de esta fidelidad, que es capaz de soportar y leer como historia de la salvación también una historia en la que uno se va a otra parte y te vuelve la espalda.  Y aquí se fundamenta la indisolubilidad.  Que no es solamente una ley. O es ley porque en primer lugar es una característica fundamental que sabe amar hasta el final.  Y quizás vale la pena que, por un poco tiempo, dejemos de hablar de indisolubilidad como una ley, para iluminar y evangelizar una indisolubilidad que es dato irrenunciable de todo amor humano.  Pero la Iglesia siente el impulso de guardar la radicalidad de esta identidad del amor humano, respuesta a una llamada de Dios, a través del don de la indisolubilidad.  Me pregunto si estas cosas las decimos siempre a los fieles.  Creo que no.  Ayer don Sergio Lanza decía que de una familia inestable no pueden nacer vocaciones estables y definitivas para testimoniar un amor radical de Dios para el hombre.  Entonces, educar a los jóvenes y a los esposos en el espíritu de la indisolubilidad del matrimonio -primero en el espíritu, después en la ley- significa sembrar capacidad de responder que confían en el futuro también cuando este no da garantías.

En síntesis, entonces, este primer descubrimiento es: casarse en Cristo y en la Iglesia es una llamada radical a un amor, que construye la Iglesia.  No por casualidad en el catecismo de adultos la vocación al matrimonio y la vocación al sacerdocio están colocadas en el mismo capítulo, como sacramentos que construyen la Iglesia.

Y es un segundo descubrimiento que la Iglesia está haciendo en estos años.  El descubrimiento de que la virginidad y el matrimonio son dos dones diversos y complementarios.  Complementarios quiere decir que uno no puede existir sin el otro, no puede caminar solo sin estar a la escucha del otro.  Y también aquí quiero leer un fragmento del Directorio (n. 25) que habla precisamente de esta complementariedad del matrimonio y de la virginidad.  "Por su parte, la virginidad, en cuanto hace relación a manifestar el absoluto de Jesucristo y de su Reino al cual se entrega y se dedica de manera total y con un corazón indiviso, «mantiene viva en la Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio y los defiende de cualquier reducción o empobrecimiento».  La misma existencia de personas vírgenes por el Reino manifiesta y recuerda continuamente al que está desposado en el Señor que su matrimonio continúa siendo grande y se considera como acontecimiento de salvación porque y si permanece en relación con el Reino y el seguimiento de Cristo.  Por otra parte, también el que vive en la virginidad por el Reino recibe, en su referencia a la vocación matrimonial y el testimonio que de ella deriva, una ayuda y un estímulo para hacer de la propia vida virginal un auténtico lugar de donación, de amor y de fidelidad. (... ) de ahí deriva que una auténtica pastoral familiar debe promover en la comunidad cristiana una estima grande y continua por la virginidad".  Una pastoral vocacional hecha sólo por sacerdotes y consagrados es una pastoral limitada y por fuerza condenada a la esterilidad.  Por el contrario, una pastoral vocacional hecha con palabras y testimonios de todos aquellos que responden con alegría a una vocación en el amor y las relaciones, puede resultar fecunda, porque convence, sobre todo a los jóvenes.

¿Cómo trabajar unidos?

El "cómo" trabajar debemos descubrirlo juntos.  No obstante lanzo algunas hipótesis.

¿Cómo favorecer una mayor coordinación entre la pastoral juvenil, familiar y vocacional?

Creo, antes que nada, ayudando a los jóvenes, primero a que se fíen, formando relaciones maduras, ayudándoles a ver el matrimonio cristiano como una elección valiente y radical, una elección bella y comprometida.  Esto puede hacerse en la fase conclusivo, inmediatamente antes del matrimonio, en itinerarios de preparación al matrimonio que sean serios y prolongados; pero debe hacerse también antes, con grupos Y cursos de formación para el amor, donde se presenta la vocación cristiana como vocación al amor, que puede tomar caminos diferentes, según como se especifica en el designio de Dios.

Segundo, se puede favorecer la coordinación sosteniendo las familias y acompañándolas para que tomen en serio la responsabilidad de educar en la fe a los propios hijos, sin delegar en la comunidad; dejándose ayudar por la comunidad, pero sin delegar.  En el momento de la boda hemos preguntado a los esposos: "¿Estáis dispuestos a recibir responsablemente y con amor.. y a educarlos según ... ?".  Ellos han respondido: Sí.  Siempre se responde sí, no hay otra respuesta posible en el Ritual... En el momento de presentar a sus hijos para el bautismo, les hemos preguntado: "Al presentar a vuestro hijo os comprometéis a educarlo en la fe. ¿Sois conscientes de vuestra responsabilidad?  "Si”.  No cabe otra respuesta, tampoco aquí.  Debemos ayudarles, a medida que crezcan sus hijos, debemos ayudar a estos padres a darse cuenta de lo que han prometido.  Ayudarles más que a hacerles conscientes de qué prometerán.  A darse cuenta de qué están prometiendo.  Es la suya la primera responsabilidad de educación en la fe.  No es tarea de la Iglesia, no basta con mandarles a la catequesis.  Y me parece un signo de los tiempos el hecho de que en muchas diócesis se está desarrollando lo que llamamos la catequesis familiar, en sus diversas formas,... pero esta necesidad de comprometer más a los padres, investirlos más en este ministerio que es su primer deber, antes incluso de ser un deber de la comunidad.  Este me parece un signo de los tiempos.

Tercero.  Podemos favorecer la coordinación ayudando a los sacerdotes y religioso a ver a las familias no sólo como jofaina para uso de las vocaciones consagradas, sino como el recurso principal de la pastoral vocacional Se puede hacer juntas pastoral vocacional, familiar, juvenil.

Algunas modalidades: por ejemplo la presencia... Hay casi presencia exclusiva de sacerdotes en muchas diócesis, la presencia también de religiosos, más que de esposos -que es una presencia irrenunciable- en los cursos de preparación al matrimonio... Y presentar concretamente, en vivo, las vocaciones y la posibilidad de respuesta de manera radical.  Otra modalidad: la presencia de esposos en la pastoral juvenil.  Porque se educa más por lo que se es que por lo que se dice.  La presencia de buen número de esposos (más que de sacerdotes, religiosos y religiosas) resultaría altamente educativa y orientadora también en sentido vocacional.

Otra modalidad: la presencia de esposos y padres en la formación de sacerdotes, religiosos, religiosas.  No tenemos miedo de hacer entrar a los matrimonios en el seminario o en los conventos.  Por último, se puede favorecer esta coordinación cumpliendo iniciativas comunes.  Esta es una espléndida iniciativa (la de estos jóvenes...). Pienso que esto no es sólo un primer paso hacia un acontecimiento en el cual juntos esposos y consagrados se pregunten por la esterilidad de la Iglesia en este sector y nos pregunte sobre qué hacer juntos.  Por consiguiente: personas consagradas y esposos que se preguntan por los problemas de los jóvenes y buscan ser para ellos testimonios gozosos de amor.