Artículos vocacionales


Autor:   Luca Bonari, Director del Centro Nacional para las Vocaciones

Traducción del italiano original:  Alonso Morata

           Fuente: Revista Seminarios Julio - Septiembre de 2003. Vol. XLIX

 

¿Sí, pero ahora cómo?

Mientras nos preguntamos no solos sino en plena colaboración con la Comisión de la CEI para la Pastoral de la familia y el Servicio Nacional para la Pastoral Juvenil.  Apasionándonos con una idea.  Imaginando que no podemos realizarla si no es unidos.  Programando objetivos, pasos a dar, iniciativas para hacer juntos lo que no es posible hacer cada uno por su lado.

¿Qué idea?

Bendito sea Dios (cf.  Ef. 1,3-14)... Al atardecer de la vida seremos juzgados de amor (nos recuerda san Juan de la Cruz)... No hay amor más grande que dar la vida (cf.  Jn 13)... Un sólo espíritu, muchos dones (cf 1 Cor 12)...

Es una idea que el Papa definiría como "medida alta" de la vida cristiana.  Escuchémoslo en el nº 31 de la NMI:

Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede «programar» la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias.  Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial.  Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48)".  Es hora de volver a proponer a todos con convicción esta "medida alta" de la vida cristiana ordinaria: toda la vida de la comunidad eclesial y de la familia cristiana debe llevar esta dirección.

En este contexto

* La pastoral vocacional no puede prescindir de las otras pastorales porque  lo otro no es sino el compromiso y la capacidad de garantizar a los hijos que el Señor nos confía el alimento necesario y el sostén para que puedan dar a su vida el  rostro del amor según el corazón de Dios.  Escuchemos a este propósito el espléndido subrayado de Nuevas vocaciones para una nueva Europa en el n. 19:

"La Iglesia es madre de las vocaciones porque las hace nacer en su interior, por el poder del Espíritu, las protege, las alimenta y las sostiene.  Es madre, en particular, porque ejerce una preciosa función mediadora y pedagógica.

«La Iglesia, llamada por Dios, constituida en el mundo como comunidad de llamados, es a su vez instrumento de la llamada de Dios.  La Iglesia es llamada viviente, por voluntad del Padre, por los méritos del Hijo, por la fuerza del Espíritu Santo (...) La comunidad, que adquiere conciencia de ser llamada, al mismo tiempo adquiere conciencia de que debe llamar continuamente» (44).  Por medio y a lo largo de esta llamada, en sus varias formas, discurre también el llamamiento de Dios.

Esta función mediadora, la Iglesia la ejercita cuando ayuda y anima a cada creyente a adquirir conciencia del don recibido y de la responsabilidad que el don conlleva.

La ejerce, asimismo, cuando se hace intérprete autorizada de la llamada explícita vocacional y llama ella misma, exponiendo las necesidades vinculadas a su misión y a las exigencias del pueblo de Dios, y animando a responder generosamente.

La ejerce, todavía, cuando pide al Padre el don del Espíritu que suscita el consentimiento en el corazón de los llamados, y cuando acoge y reconoce en ellos la llamada misma, dando y confiando, explícitamente con fe y temblor al mismo tiempo, una misión concreta y siempre difícil entre los hombres.

Podemos, en fin, añadir que la Iglesia manifiesta su maternidad cuando, además de llamar y reconocer la idoneidad de los llamados, provee para que éstos reciban una formación adecuada, inicial y permanente, y para que sean efectivamente acompañados a lo largo de una respuesta cada vez más fiel y radical.  La maternidad eclesial no puede agotarse, ciertamente, en el tiempo de la llamada inicial.  Ni puede decirse madre aquella comunidad de creyentes que simplemente «espera», dejando totalmente a la acción divina la responsabilidad de la llamada, casi temerosa de dirigir llamadas: o que da por descontado que los adolescentes y jóvenes, en particular, sepan recibir inmediatamente la llamada vocacional; o que no ofrece caminos trazados para la propuesta y la acogida de la propuesta.  La crisis vocacional de los llamados es también, hoy, crisis de los que llaman, acobardados y poco valientes a veces.  Si no hay nadie que llama, ¿cómo podrá haber quien responda?

La pastoral familiar no puede en este sentido, no sentirse y no ser vocacional.  Las bellas referencias explícitas y concretas del Directorio de pastoral familiar en los nº 23, 24, 26, 28, 34.  Releamos juntos algunos pasajes más significativos.

23. Es en la óptica de la vida como vocación como adquiere valor y significado la pastoral familiar y es en la educación a la vida y al amor como se inicia cualquier camino de pastoral familiar. (... ) Después de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios que es amor (Jn 4,8), en la humanidad del hombre y de la mujer está inscrita "la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión.  El amor es por tanto, la fundamental y originaria vocación de todo ser humano" (cf Familiaris consorcio, n. 11; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1604).  De ello deriva que el ser humano se nos presenta como la única realidad creada que se realiza en plenitud en el don de sí mismo (cf Gaudium et spes, n. 24) y que su vida tiene sentido solamente en el amor: "El hombre no puede vivir sin amor Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no lo comparte vivamente" (Redemptor hominis, n. 10; cf.  Mulieris dignitatem, n. 7).

24. Esta originaria y fundamental vocación al amor, propia de todo hombre y mujer, puede realizarse plenamente en el matrimonio y en la virginidad: " tanto uno como otra, en su forma propia, son concreción de la verdad más profunda del hombre, de su ser a imagen de Dios" (Familiaris consorcio, n. 11); ellos son "los dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la alianza de Dios con el pueblo" (Ibidem, n. 16).  El matrimonio y la virginidad no están en contraposición entre sí; son más bien dos dones diversos y complementarios que convergen en el expresar el idéntico misterio esponsal de la unión fecunda de Cristo con la Iglesia.

26. (...) En esta perspectiva, la respuesta a la vocación al amor inscrita en el corazón de todo hombre exige una constante tarea educativa.  Tal tarea tiene como fin el promover la madurez global de la persona la cual, aceptando el valor de la sexualidad e integrándola en el conjunto de todos los valores de su ser, es llevada a desarrollar cada vez más su poder oblativo así como abrirse al amor por el otro hasta el don total de sí (cf Orientamenti educativi sull'amore umano, nn. 34-36).

28. A la luz de cuanto hemos dicho, podemos afirmar que para una auténtica pastoral familiar es necesario, ante todo, actualizar una complexiva, articulado y capilar acción educativa para hacer crecer a cada persona como tal y, éstos, en la libertad que se abre al amor y al don de sí.  Se trata, por tanto, de ayudar a cada uno a madurar en esa libertad radical que consiste en decidir de sí mismo según el proyecto que Dios inscribe en el corazón del hombre: un proyecto que tiene como centro y contenido fundamental el amor, a ejemplo y medida de Jesucristo, a cuya imagen estamos destinados a ser configurados (Rm 8, 28-30).  En esta perspectiva toda acción educativa posee una propia intrínseca dimensión vocacional: es ayuda ofrecida a cada uno para que pueda descubrir y seguir su vocación fundamental al amor en el matrimonio o en la virginidad, culmen de la consagración bautismal, y vivir así su misión en la Iglesia y en el mundo.  Son éstas las perspectivas según las cuales debe realizarse la preparación remota o general al matrimonio y a la familia (cf Familiaris consorcio, n. 66; Evangelización y sacramento del matrimonio, n. 62): ella "es fruto de una educación cristiana que se dirige de manera constante a todos los creyentes, desde la infancia a la adolescencia, hasta la edad adulta", en la convicción de que la educación al amor auténtico "debe convertirse en el contenido permanente y el significado último de la obra educativa" (Evangelización y sacramento del matrimonio, n. 62).

34. Por los motivos aludidos más arriba, es absolutamente indispensable que la educación sexual sea acompañada y animada por la educación a la castidad...

* La pastoral juvenil ha denunciado muchas veces ya esta necesidad de ser y sentirse más vocacional.  Me parece oportuno subrayar cuanto afirmaba don Sigalini en la conclusión de la JMJ 2000.

La propuesta insistente del Papa a los jóvenes para que decidan en qué parte estar, para que respondan positivamente a la voz de Dios que habla con seguridad a todos aquellos que están con los jóvenes, de la urgencia de sostenerle en la elección de vida.  Vocación, decimos: vocación siempre al amor en el matrimonio o en la virginidad, siempre al servicio del reino de Dios. (... ) Esto significa que la pastoral juvenil debe ser cada vez más vocacional, más orientada a sostener las decisiones, a hacer propuestas radicales, a ayudar a los jóvenes a afrontar la soledad del creyente formándose una fuerte conciencia en la verdad...

¿Qué sinergia pues?

Sinergia no es en primer lugar trabajar unidos; esto viene después y con ciertas condiciones.  La sinergia que nosotros soñamos es ante todo un sentir común, un pensar común, un convertirse unidos a las razones más profundas de la pastoral.  En otras palabras mientras pienso en mi sector pastoral tú estás conmigo.  Todo el mundo de la familia y todas las preocupaciones de la pastoral familiar nos pertenecen.  Todas las esperanzas y las riquezas, con todas las preocupaciones de la pastoral juvenil nos pertenecen.  Ser animadores vocacionales, en este contexto nuevo auspiciado por los Obispos en el n. 51 de Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia, significa hacerse parte viva, inteligente y diligente, específica e integrante de la solicitud eclesial por las familias y los jóvenes.

Y el primer paso lo hemos dado en el Congreso y estamos llamados a hacerlo en nuestras regiones y nuestras diócesis.  Desde aquí y partiendo de aquí nacerán pasos seguros que trazan el futuro: los caminos, si se sabe a dónde queremos ir, abren el camino.