Artículos vocacionales


              Autor: Zenon Grocholewski, Cardenal, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica

Traducción del italiano original:  Alonso Morata

Vuestros Congresos -por la variedad de temas específicos tratados- buscan sustancialmente responder a la pregunta: ¿cómo hacer más eficaz el trabajo que atañe a la promoción de las vocaciones sacerdotales?  Evidentemente para encontrar la respuesta adecuada no se puede prescindir de la Palabra de Dios.  Pienso que también el Evangelio de hoy (3 de enero: Jn 1, 29-34) es muy instructivo a tal fin.

   Juan el Bautista

   Éste nos presenta un personaje excepcional, Juan el Bautista. Ejercía una gran fascinación en la gente de su tiempo. Y continúa aún ejerciendo esta fascinación. Actuaba en el desierto y llevaba una vida austera: en efecto "vestía con un vestido de piel de camello y una correa de piel atada a los lados; su alimento eran langostas y miel silvestre" (Mt 3,4; Me 1,6).  Exhortaba: "Convertíos, porque el reino de Dios está cerca" (Mt 3,2; Me 1,4).  "Acudían junto a él desde Jerusalén, de toda la Judea y de la orilla del Jordán; y confesando sus pecados se hacían bautizar por él en el río Jordán" (Mt 3,5-6; Me 1,5).  Había sido anunciado por el profeta Isaías como "mensajero" que preparará el camino y como "voz del que clama en el desierto: ¡Preparad el camino al Señor, enderezad sus senderos!" (ls 40,3: cf. Mt 3,3; Mc 1,2-3; Lc 3,4; Jn 1,23), de igual modo en el libro de Malaquías aparece anunciado como "mensajero" que preparará el camino al Señor (MI 3,1: cf.  Mt 11, 10; Lc 7,27).  Una personalidad limpia, fuerte, decidida, sin condicionamientos.  Ha tenido el coraje de decir abiertamente a Herodes: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano" (cf.  Mc 6,18; Mt 14,4), y no se ha amedrentado ante la prisión y ni siquiera ante la muerte cruel (Mt 14,3-12; Mc 6,21-29; Lc 3,19-20).

Jesús ha dicho de él que era "más que profeta" (Mt 11,9; Le 7,26), que "él era una lámpara que arde y resplandece" (Jn 5,35), que "entre los nacidos de mujer no ha habido nadie más grande que Juan el Bautista" (Mt 11, 11; Lc 7,28).

Toda la grandeza de Juan está en su radical fidelidad y en su fuerte compromiso en cumplir la misión confiada de preparar el camino al Mesías, de señalar con el dedo al Mesías.  Su única preocupación, en efecto, era que el Mesías fuese reconocido y escuchado.  Ha vivido totalmente para Él, En cuanto a sí mismo, en cambio, no ha tenido ambición alguna de ser o de presentarse como importante.  Al contrario ha declarado expresamente que él no era el Cristo (Jn 1,20; 3,28); no se ha considera comparable a Elías, ni se ha considerado a sí mismo un profeta (Jn 1,2l); al contrario, ni siquiera se ha considerado "digno de desatar la correa de las sandalias" del Mesías (Jn 1,27; Lc 3,16).  Es, pues, de verdad impresionante, desde este punto de vista, su explosión de alegría por el hecho de que todos, abandonándole, corran al encuentro de Jesús y sus poderosas palabras -que para mí fueron y son una clave de lectura de mi sacerdocio-: "Él debe crecer, y yo disminuir" ("Illum oportet crescere": Jn 3,26-30).

En el Evangelio de hoy vemos a este grande, extraordinario Juan cuando señala a Jesús diciendo: "¡He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo!".  Son palabras de una perspicacia y profundidad teológico sorprendente.  Por una parte éstas reclaman el bien conocido sentido veterotestamentario del cordero y especialmente quizás las palabras del profeta Isaías: "El Señor hace recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros [...] era como cordero llevado al matadero [...] Con opresión e injusta sentencia fue quitado de en medio [...] fue apartado de la tierra de los vivientes, por la iniquidad de mi pueblo fue conducido a la muerte. [...] Cuando se ofrezca a sí mismo en expiación [...] justificará a muchos" (Is 53,1-12).  Por otra, en cambio, expresan ya el realismo de la muerte y de la resurrección de Jesús, el realismo de la misión cumplida por Cristo que con su sacrificio en la cruz nos ha liberado de nuestros pecados Estas palabras encuentran eco en la primera lectura de la misa de hoy del Apóstol Juan escrita muchos años después de la muerte de Juan el Bautista, probablemente hacia el año 100 (1Jn 2,29-3,6): "Sabed que él ha aparecido para quitar los pecados".

No menos profundas y perspicaces son las otras dos afirmaciones de Juan el Bautista, que presentan a Jesús como "aquel que bautiza en Espíritu Santo", y como "Hijo de Dios".  Son afirmaciones en cierto sentido complementarias e integrantes de las anteriores: Jesús, efectivamente, quita los pecados del mundo bautizando en el Espíritu Santo, y ha dado este bautismo al hombre convirtiéndose a sí mismo en "cordero llevado al matadero", o sea mediante su muerte y resurrección quita los pecados del mundo en cuanto Hijo de Dios.

Dichas afirmaciones son de tal profundidad que probablemente Juan mismo en aquel tiempo no se daba tampoco cuenta de su significado.  Es digno de notar, no obstante, que -como resulta del Evangelio de hoy- señalando con tanta perspicacia quién es Jesús, se está apoyando en cuanto le ha sido revelado, en la autoridad de Dios mismo "Yo no le conocía pero el que me ha enviado a bautizar con agua me había dicho [... ]".

Preparar el camino para acoger a Jesús y su voluntad

No es difícil advertir que vuestra misión es un poco semejante a la de Juan el Bautista.  Quien llama al sacerdocio no sois vosotros, sino Cristo.  Por eso ninguno de vosotros, ni siquiera el más inteligente y celoso, está en disposición de crear una vocación.  La promoción consiste en ayudar a descubrir la vocación al sacerdocio, aceptarla y realizarla correctamente.

Por eso como el de Juan el Bautista vuestro deber es el de llevar hasta Jesús, es preparar el camino en el corazón de los jóvenes para que acojan a Jesús, para que acojan su extraordinaria llamada; y -para usar la bella imagen del profeta Isaías referida a Juan- hacer así que en su vida "todo barranco sea llenado, cualquier monte o colina sea abajado, las sendas torcidas sean enderezadas los lugares escabrosos allanados", a fin de que ellos puedan ver realmente la salvación del Señor (Is 40,4-5: cf Lc 3,5-6) y acoger su llamada.

En esta perspectiva es importante -apoyándose en la revelación divina- presentar a los jóvenes a Jesús y su evangelio en toda su verdad, en su total radicalismo, a la luz del misterio de la Cruz, como lo ha hecho Juan.  Es importante, en otras palabras, señalar el verdadero rostro de Jesús y de su Evangelio, no rebajado, edulcorado, deformado, secularizado que no arrastra, como también nos enseña la experiencia; que -contrariamente a cuanto ingenuamente piensan algunos- no puede arrastrar.  Sólo Jesús auténtico está en situación de atraer el corazón de los jóvenes.

En este año el Santo Padre nos ha invitado a ponemos, mediante el Rosario, "en la escuela de María, para dejarnos llevar hasta la contemplación de la belleza del rostro de Cristo y en la experiencia de la profundidad de su amor" (Carta Apost.  Rosarium Virginis Mariac, 1).  La experiencia del Rosario -en la medida en la que acojamos la invitación del Pontífice nos ayudará a conocer más a fondo el verdadero rostro de Jesús para poder mostrarlo a los otros en su profundidad y frescura salvífica.

De todos modos, no basta con señalar a Jesús con las palabras, hay que dar testimonio de él con la propia vida, como ha hecho Juan el Bautista; dar testimonio auténtico con todo el ser y actuar; en efecto, no se puede dar testimonio convincente de lo que no se es, de aquello que no se vive realmente.  Como Juan, estamos llamados a testimoniar a Jesús hasta dar la  propia vida por Él, por su verdad.  Cada celebración eucarística, si es vivida en profundidad, nos recuerda esto, nos invita y nos prepara a un testimonio así.  Necesita, por eso, profundizar continuamente nuestra relación con la Eucaristía.

Preparar el camino para acoger la vocación sacerdotal

En orden a preparar el camino para acoger generosamente y con entusiasmo la vocación sacerdotal, se debe obviamente señalar por otra parte el sacerdocio ministerial en su plena verdad, en su verdadera dimensión eclesial.

Y pienso que acaso queda no poco por hacer.  No raramente, en efecto, la imagen del sacerdote que presentamos a los jóvenes no es del todo clara.  Sobre todo el sacerdocio ministerial, o sea ordenado, se viene presentando de modo poco apropiado mezclado entre tantas vocaciones y situado junto a éstas.  Por el contrario, a la luz del Evangelio y de la doctrina del Magisterio de la Iglesia, no puede simplemente colocar la vocación al sacerdocio ministerial junto a las otras, sino al servicio de todas las demás vocaciones, o sea éste es necesario para que todas las otras vocaciones puedan ser eficazmente realizadas.

Se trata en el fondo, de la confusión entre el sacerdocio común y de los fieles, radicado en el bautismo, en el que se basan todas las vocaciones, también a la vida consagrada (cf.  Lumen gentium, 44; Perfectae caritatis, 5), y el sacerdocio ministerial, que se confiere por un sacramento ulterior, el del orden, y que difiere del sacerdocio común de los fieles "esencialmente y no sólo de grado" (Lumen gentium, 10).

Es verdad que uno y otro sacerdocio participan en el sacerdocio de Cristo, pero de modo diverso: al sacerdocio ministerial, fruto de una llamada específica se le confiere una particular misión de representar a Cristo en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y por eso el sacerdote desempeña las funciones propias y específicas in persona Christi Capitis, y, en consecuencia, in nomine Ecclesiae (cf.  Congregazione per il Clero, Istruzione Il Presbitero, pastore e guida della comunitá parrocchiale, 4 agosto 2002, n. 6).

Confundiendo dicha realidad, acaba oscurecida la importancia, la belleza y la sublimidad del sacerdocio ministerial, su necesidad para la vida de la Iglesia, y también un nuevo y especial título para los sacerdotes: tender a la santidad de vida.

En cualquier caso, no es suficiente con tener ideas claras sobre el sacerdocio ministerial, sino que es necesario -en la perspectiva de la promoción de vocaciones al sacerdocio- que se presente con claridad el concepto exacto del sacerdocio ministerial, y, sobre todo, que los mismos sacerdotes den testimonio en su vida de cada día de ser conscientes de la propia misión específica, de amarla y de hacerla realidad con esfuerzo y pasión.

Conclusión

La magnífica figura de Juan el Bautista sea para nosotros una inspiración fuerte para aumentar, en nuestra tarea vocacional, los esfuerzos:

- para presentar a los jóvenes con palabras y testimonios, el verdadero rostro de Cristo, en su realidad del Cordero que quita los pecados del mundo, en su misterio de la Cruz, y consecuentemente el Evangelio en la realidad de sus verdaderas exigencias;

- y para presentar, siempre con palabras y testimonio, de modo perspicaz y con realismo sobrenatural, la figura del sacerdote ministerial, en su noble misión de representar a Cristo Cabeza y Pastor en relación con las demás vocaciones.