Artículos vocacionales


Este itinerario, con los cuatro enlaces vistos en el plan del recorrido (o de los contenidos) y de la calidad de la experiencia (o de las modalidades), puede convertirse también en itinerario vocacional: y llega a serlo, de hecho, cuando se respetan algunas características formales y al mismo tiempo continuadoras de la experiencia creyente.

La experiencia de la fe es objetiva y subjetiva

Hablábamos de la exigencia de proponer caminos completos de experiencia de fe, para poner al joven mismo ante la realidad compleja y objetiva del don, y no exponerlo al riesgo de dejarse condicionar por sus ilusiones o pretensiones subjetivas siempre reductivas respecto a esa complejidad, pero también para favorecer el descubrimiento de la propia identidad con ese don o a la luz de él.  Añadamos y especifiquemos ahora que tal educación en la objetividad de la fe es precisamente lo que abre a una posibilidad de elección vocacional.  Efectivamente, «solamente el respeto de esta medida objetiva es lo que puede dejar entrever la propia medida subjetiva», es más, sólo cuando el joven aprende a dar precedencia a lo objetivo sobre lo subjetivo, como ya hemos recordado, puede de verdad descubrirse a sí mismo y aquello a lo que es llamado a ser.  Con otras palabras, «antes tiene que realizar lo que se les exige a todos si se precia de ser sí mismo»'O.

También esto, en la actual cultura del actúa por tu cuenta, del subjetivismo exasperado y exasperante, del narcisismo exhibido como virtud, es el clásico punto débil (como el tema de la confianza) que, sin embargo, puede convertirse en elemento característica y peculiar de una auténtica catequesis cristiana, no sólo eso que marca la diferencia, sino lo que la garantiza contra recorridos personales salvajes y autogestionados que no permiten llegar a ninguna parte y hacen de la autorrealización primero un mito (inalcanzable) y después una pura ficción.  Será importante, en cualquier caso, no sólo el coraje inteligente de proponer el dato objetivo de la fe y del camino cristiano, sino solicitar para él la aprobación subjetiva, la personalización original, la interpretación creativa.  Que es lo que llega con la elección vocacional, síntesis de objetividad y subjetividad, de llamada a ser según una identidad precisa y de respuesta que se apropia de esa modalidad de ser.

La experiencia de la fe es total (de una totalidad objetiva y subjetiva)

A la totalidad de la propuesta, cuando está dividida en esos cuatro itinerarios de los que hemos hablado, debería corresponder la totalidad del sujeto, o también la totalidad del objeto reclama la totalidad del sujeto, y viceversa.  Solamente este encuentro puede generar disponibilidad para la decisión o puede conducir al umbral del misterio de la identidad y del futuro.  Concretamente, junto a la preocupación de facilitar itinerarios completos de iniciación a la fe, se pone toda la atención para solicitar un compromiso cordial del sujeto, esto es, a nivel de las estructuras intrapsíquicas, corazón-mente-voluntad, y también de sentidos internos y externos, memoria, emociones... para que lentamente también gustos y atractivos, deseos del Espíritu pero también de la carne, aspiraciones y temores, consciente e inconsciente... todo, en una palabra, se dirija y oriente hacia una cierta sensibilidad.  Entonces y sólo entonces es posible una elección.

Se dice y se oye decir que el joven de hoy ya no se conmueve, y que tiene un umbral emotivo muy alto, sacudido y roto como está por las provocaciones más rompedoras.  En efecto se trata de con-mover el psiquismo, el mundo interior, las fuerzas vivas de la personalidad joven.  Y es más posible, repetimos, cuanto más el objeto en cuestión se presente en su totalidad, o también cuando el joven sea provocado a hacer de ello una experiencia global (=los 4 itinerarios), porque solamente la totalidad del objeto puede cambiar la totalidad del sujeto, mientras -por otra parte- sólo la totalidad del sujeto puede alcanzar el objeto y su totalidad, o sea, su verdad-belleza-bondad, y sentirse atraído hacia ella.  Solamente así se cambia la inercia juvenil, y se aprende de nuevo a conmoverse, que no es sólo una característica típicamente humana, sino también condición para moverse a elegir.

La experiencia de la fe es relacionar (un Tú que-ama al yo)

Seguimos, la auténtica experiencia creyente es experiencia de una relación, de un tú que entra en la propia vida con toda su alteridad.  Hemos dicho que fe es capacidad de aceptación incondicionada del Otro.  Por una parte, esta apertura es experiencia de uno que viene hacia mí, que-amándome, porque me ama, es experiencia de amor recibido y gratificante, de una relación que me hace sentir vivo y precioso a los ojos de ese Otro, empujándome al mismo tiempo a salir de mí mismo y de una concepción de la vida que pone mi yo en el centro de la vida misma.  Por otra parte, esta apertura es también experiencia de una presencia no homologable del yo, de un tú que es el radicalmente Otro por excelencia, cuyos caminos y pensamientos son muy distintos y con frecuencia imprevisibles, que abren nuevos e inéditos horizontes, y que pueden también exigir cortes dolorosos y exigentes.

La fe es la síntesis de estos dos aspectos, pero en todo caso siempre a partir de la superación de todo egocentrismo; «la madre de todos los pecados» (como decían los Padres), de toda forma de repliegue egoísta hacia sí mismo, porque la fe es esencialmente relacionar.  Es educar para situarse ante el Padre Dios, en la alegría de sentirse hijos suyos, pero es también la laboriosa educación para descubrir progresivamente las exigencias de su amor, para entrar en sus planes, para cumplir su voluntad de salvación, para entender que nuestra vida y felicidad consisten en hacer lo que a él le agrada.

Este tipo de fe educa también en la perspectiva vocacional, porque creer no es un hecho de simple obsequio religioso al Trascendente, sino ruptura del confín de la propia individualidad o del encanto de auto-contemplación narcisista.  Una fe que forma para ponerse a la escucha de una voz o de una llamada que viene de fuera, pero no domesticable por el sujeto, es fe que forma en la disponibilidad vocacional, e invita a dejarse provocar por ese Tú, amante y misterioso, que es el único que puede desvelarme el misterio de mi historia, superando la pretensión de saber ya todo o de bastarme solo para conocer mi yo o de confiarme a parámetros mezquinos e inadaptados, o del ojo miope y del aliento corto para proyectar el futuro.

Una fe que educa en la relación con el tú de Dios regala la libertad afectiva, o también las dos certezas estratégicas que todo hombre busca (de haber sido ya amado, desde siempre y para siempre, y de saber y poder amar, para siempre), y la libertad afectiva es la condición sine qua non para cualquier elección de vida, tanto más para una elección de entrega de sí dictada por el amor (o por esas certezas).

La experiencia de la fe es dinámica (y su más alta expresión es el dinamismo de la elección)

Finalmente, la fe es una hecho esencialmente dinámico, como pasión que dinamiza con su energía toda acción y da sustancia al vivir humano, pero que sobre todo hace posible la elección vocacional.  Sólo una fe fuerte (dinámica precisamente) hace crecer en la disponibilidad vocacional, al mismo tiempo que es reforzada por ella.

Decir que la fe es dinámica significa decir que está conectada a todas esas operaciones (dinamismos) que expresan el acto creyente y dicen su naturaleza compleja y abigarrada, es más, tales dinamismos representan en realidad las dimensiones propias del acto de creer, distintas entre sí y, sin embargo, estrechamente unidas.

Estas uniones son:

-la fe como don recibido y que suscita gratitud,

-la fe como oración y celebración,

-la fe vivida-personalizada y traducida en elecciones de vida, -la fe provocada y  sufrida,

-la fe estudiada y comprendida,

-la fe compartida (comunicada y recibida) con los hermanos creyentes,

-la fe anunciada a todos y testimoniada.

Con otras palabras: fe recibida - fe rezada - fe personalizado - fe combatida -fe estudiada- fe compartida- fe anunciada.  Creer significa actuar todas estas operaciones: la una está ligada a la otra en una relación de reciprocidad complementaria.  Todas juntas no sólo robustecen el acto de fe sino que confluyen naturalmente en la opción vocacional como opción fundamental de vida y de identidad, corno apropiación definitiva de la fe, como expresión del propio personalísimo modo d creer.  Es más, podemos decir que tal opción representa el punto máximo, más alto y totalmente coherente de los dinamismos de la fe, lo cuales no serían auténticos y creíbles si no determinasen en cada un la opción existencias estable correspondiente.  Como si tal opción, y 1 vocación en último análisis, fuese el corazón secreto de todas esta operaciones, su nexo cohesivo, punto de llegada y después, progresivamente, también de partida, lo que da un color y calor particular cada uno de estos dinamismos, y lo que, al mismo tiempo, está reforzado continuamente por él, siendo cada vez más eficaz y convincente a nivel de testimonio del creyente. ¡La opción vocacional es la casa construida sobre roca!  Si falta alguno de estos componentes, el acto d fe se debilita y el organismo creyente queda mutilado, por tanto se hace incapaz de provocar la opción vocacional, y es como arena que hace débil e inestable todo lo que está construido sobre ella.  El principio por tanto, es claro: la opción fundamental es posible solamente a partir de una fe fuerte, y la fe se hace fuerte exactamente por sus dinamismos típicos"; mientras que allí donde éstos no están presentes al completo o están debilitadamente presentes y poco relacionados entre sí, la fe es débil y será improbable la capacidad de opción vocacional.

En la pastoral, entonces, será necesario facilitar y provocar esta unión, estimulando al joven a rezar-celebrar lo que está llamado a creer, a traducirlo en gestos concretos y personales, a dejar que se le «examine el corazón y las entrañas» (Sal 7, 10), a intentar entenderlo con el esfuerzo de la profundización mental, a compartirlo en la comunidad creyente, a anunciarlo con coraje fuera de la comunidad misma y en los distintos ambientes existenciales.  Sólo así será posible que la fe deje descubrir la vocación como su forma expresiva, o que el acto creyente se haga también elección de vida, casi condensándose en ella o transformándose en ese valor preciado que circula libremente en todos los dinamismos de la persona haciéndolos inconfundibles, o en esa dracma que hay que buscar y reencontrar continuamente y que poner más cada día en el centro de la existencia. ¡Hasta el final de la vida!