Artículos vocacionales


Autor: Amedeo Cencini, profesor de Curso de Acompañamiento Personal y Formación Permanente en la Universidad Pontificio Salesiana "UPS"

Traducción: Francisco Lansac

Fuente: Revista Seminarios Octubre - Diciembre de 2004. Vol. L

LA APORTACIÓN DE LA PASTORAL VOCACIONAL EN LA COMPRENSIÓN DE LA CRISIS Y RENOVACIÓN DE LA PARROQUIA

En un mundo en cambio y teniendo en cuenta las nuevas exigencias y posibilidades que ofrece el futuro, también la parroquia tiene que cambiar a un modo nuevo de entender y ejercer su propio servicio. Cambiar, pensando en una transformación de la perspectiva general, implica dejar algo (normalmente bien definido) por otra cosa (a menudo no tan definida). Seguramente la pastoral vocacional (PV) puede asumir una actitud más positiva y siempre en línea de propuesta para llevar a cabo este cambio. Ofrece más que pide y brinda a la institución “parroquia” algo importante: la posibilidad de poder contribuir a la renovación y a la recuperación de su identidad. Le propone en concreto que acoja, tanto en su ser como en su actuación, la dimensión vocacional como elemento constitutivo propio y le invita de modo especial a ser comunidad vocacional y a reconocer en esto una oportunidad de renovación, o tal vez el poder ponerse en camino de una renovación auténtica, y no simplemente tratar de responder a la preocupación de tener que sobrevivir. Y esto sencillamente porque la parroquia o es vocacional o no es nada.

Dicho de otra forma, la PV en este difícil momento de discernimientos complejos podría contribuir en buena medida a la renovación de la parroquia.

De hecho, los análisis eclesiales realizados hasta el momento no dejan entrever que se preste demasiada atención a esto que acabamos de señalar; no nos parece, pues, que en los diversos proyectos de renovación de la parroquia se tenga muy en cuenta la problemática vocacional y, menos aún, una pedagogía vocacional. A lo sumo, se entonan las lamentaciones consabidas por la reducción numérica de una vocación particular (la de los sacerdotes) y de este modo se justifica la crisis de la parroquia y se le pide a la PV que sea ella la que trate de resolver el problema. En realidad, es bien sabido que las “unidades pastorales” nacen de esta crisis y se las considera predominantemente como un modo de intentar paliar los efectos negativos de la disminución cuantitativa de presbíteros, tratando de economizar al máximo las fuerzas activas.

La PV actual podría también ayudar a descubrir el motivo profundo de la crisis de la parroquia, o al menos una de las causas que aparece como de mayor peso. Creemos que, igual que la Iglesia en general, padece tres grandes males: el mal de comunicación (que la hace incapaz de transmitir al mundo y muy especialmente a los jóvenes el don que se le ha encomendado); el mal de comunión (en su interior existen problemas de relación y de competencias, de participación de dones y carismas); el mal de identidad (no hay duda de que la parroquia trata de encontrar un rostro nuevo)[1].

¿No será que esta crisis va unida en la práctica, desde un punto de vista vocacional, al hecho de una inversión casi única (teológico-pastoral, pastoral-pedagógica, sociológica-antropológica) en algunas figuras vocacionales (sacerdotes-pastores) que en la actualidad, digámoslo claramente, se muestran incapaces de afrontar el impacto de la modernidad y de la renovación intraeclesial? De este modo, al entrar en crisis estas vocaciones (crisis numérica, y además crisis de identidad, de significado, de relación pastoral), entra también en crisis la parroquia. Sin temor a equivocamos podemos decir que en el origen de la crisis de la parroquia existe o se tiene una idea pobre de lo que es la vocación, al centrarse o polarizarse en la vocación clerical (o de especial consagración), con el consiguiente proceso de infravaloración (eclesial) de otras vocaciones. En suma, podemos decir que estamos ante la vieja imagen de la Iglesia todavía clerical y masculina, con los laicos como destinatarios de los servicios religiosos y con el laico de mentalidad abierta todavía adormecido pero con la posibilidad de que, si se despierta sobresaltado, pueda crear situaciones delicadas.

La parroquia, para acabar, está en crisis porque todavía se concibe y se construye en torno a la figura del presbítero, verdadera piedra angular del edificio-parroquia, o porque conserva todavía la forma de embudo y todo pasa y debe pasar por el cuello del embudo que es el sacerdote; durante demasiado tiempo se ha visto la parroquia como “un sistema solar de la catolicidad, donde el sacerdote ocupa el puesto del sol”[2], y donde los laicos “más que habitantes de una casa que pertenece a todos, son inquilinos de una estructura subordinada al clero”[3]. Sin duda, con poco o casi sin espacio para las otras vocaciones. Y esto no viene de ahora, desde hace tiempo la PV se lamenta de esta situación.

En esta reflexión tratamos sobre todo de partir de una cierta idea de parroquia, idea que haga ver de la forma más armónica y sistemática posible la correlación entre las dimensiones del crecimiento en la fe y la opción vocacional y, por tanto, entre el ser comunidad de creyentes y comunidad de llamados al mismo tiempo (o de llamados que llaman). Desde ahí veremos las características e implicaciones pedagógicas de este modo de concebir la parroquia: desde el punto de vista del animador vocacional (desde el sacerdote a los padres), y desde el punto de vista de los itinerarios educativos comunitarios.

LA IDEA MADRE DE LA PEDAGOGÍA VOCACIONAL PARROQUIAL 

Toda pedagogía, como ciencia hermenéutica que es, sabemos bien que se inspira siempre en una ciencia en la que tiene su fundamento, como en nuestro caso sería la teología. Existe pues una idea teológica sólida en la base de la pedagogía vocacional parroquial:

la parroquia la constituye todo el pueblo de Dios,

surgido del costado del Crucificado,

que vive en un territorio,

con abundancia de carismas y ministerios,

dados para la edificación común

y el anuncio del evangelio. 

Sólo desde esta identidad podemos tener una idea correcta de PV para un tiempo tan versátil como el nuestro y en una parroquia que cambia con él.

Podemos analizar los componentes de esta definición descriptiva.

Todo el pueblo de Dios constituye la parroquia

No es por tanto el edificio de la iglesia y el campanario, el párroco y el vicario, el sacerdote y los fieles, los creyentes y practicantes, los bautizados y simpatizantes, en suma, “los nuestros”... La parroquia abarca toda una realidad humana que está ahí; eso sí, no hace distinciones en un tiempo en el que todo, también el ser humano, se ve en función de las categorías de pertenencia, con una incapacidad singular para convivir con las diferencias y una tendencia a encerrase en su propio mundo (en la propia “parroquia”; ya es significativo que el término parroquialismo [al menos en italiano] indique una mentalidad cerrada en sí misma, típica de quien no ve más allá de lo que tiene delante y de su propia cultura).

La parroquia hay que depurarla y debe concebirse cada vez más para aquellos que, por propia iniciativa, no se acercan a ella o sólo esporádicamente, como, por ejemplo, los 80 o 85% que no vuelven a la parroquia después de la primera y última comunión, para los jóvenes que piensan que no tiene nada que decirles, para la gente descontenta y absorbida en sus dramas diarios, carentes de luz y esperanza, para los cristianos “observantes” que en su vida se comportan como si la fe no tuviese ninguna incidencia práctica en sus opciones y estilos de vida, para los alejados y los que no irían nunca si sólo dependiese de ellos.

...surgido del costado del Crucificado

Es la idea “del alto precio de la gracia” de Bonhoeffer[4]. Idea de la fe no como una heredad que se disfruta, ni como un depósito de verdad que se custodia, ni como una tradición que se mantiene sino como don que ha costado la vida al Hijo y que yo poseo gracias al testimonio vivo de hombres y mujeres, don que implica una elección libre y responsable, un compromiso vivo y radical, una decisión de comprometerse no sólo con las exigencias de la propia salvación sino también con la de los otros, una opción lúcida de darse a sí mismo como proyecto de vida.

La crisis parroquial es, en última instancia, de corte subjetivista, de interpretación banal de la fe, privada de toda pasión y entusiasmo, de carencia del sentido de responsabilidad y altruismo, con tendencia de la gente a aprovecharse de la parroquia y de sus servicios en vez de sentirse llamados y enviados para la salvación de todos. El “consumidor” de salvación será obviamente un consumidor de la parroquia, y acabará por no tener nada para consumir.

...que vive en un territorio

Sabemos que la cuestión del territorio es una cuestión muy debatida. La raíz de la crisis en la que todavía se encuentra hoy la parroquia está propiamente en una interpretación rígida de lo que es o el identificarla con sus confines. La tendencia actual se mueve en la línea de superar una concepción espacial monolítica de la parroquia. Por otra parte, sabemos que la territorialidad es un valor (así se ha visto a lo largo de la historia) cuando supone una inserción en una realidad local, la posibilidad de penetrar en un contexto original y singular, el tener que traducir el don de la fe y de la salvación en términos adecuados, comprensibles y pertinentes a la necesidad de verdad y de redención de una realidad social y existencial particular. Es un equilibrio no siempre fácil de conseguir, pero creo que es ahí donde reside el secreto de la renovación de la realidad parroquial.

Pero es un equilibrio... endeble y exige mucho talento pastoral y dinamismo operativo. “Cuando era un sacerdote joven -dice Juan Pablo II- experimenté que lo mejor de una diócesis son siempre los confines...”. Una parroquia debe mantener vivo “el gusto por los confines”[5]: lugar donde se entra en contacto con otra realidad, donde nuestra identidad de alguna manera se pone en entredicho y es contestada, o donde se nos pide dar razón de nuestra esperanza. Lugar que corre el riesgo de no frecuentarse nunca y también, ¡cómo no!, realidad original con la que puede hacerse una síntesis distinta y nos puede poner en contacto con algo nuevo e impensado, con la presencia misteriosa de aquel Dios que...habita especialmente los confines, las periferias, los lugares de mala fama y las zonas extramuros, y tal vez acaba por cambiar el sentido de la relación: el evangelizador se convierte en evangelizado.

Digamos para concluir que “no es un territorio que pertenece a la parroquia, sino, al contrario, es la parroquia la que se da a un territorio del que asume los problemas e historia de cada día”[6].

Pero siempre en una perspectiva abierta y dinámica. Como bien decía Paul Claudel: “Sube al campanario de tu parroquia y mira desde allí el mundo”.

...en la abundancia de carismas y ministerios

Este encabezamiento tiene una gran importancia desde el punto de vista de la pedagogía vocacional. Está indicando la pluralidad y sobre todo la universalidad de las llamadas, puesto que todos estamos llamados, y es imposible que el creyente llegue a comprender su fe si no la vive como llamada permanente a la que hay que dar una respuesta también permanente. El título está igualmente indicando que cuando la vocación se entiende correctamente como la llamada dirigida a todos, entonces la crisis vocacional no quiere decir ya una reducción numérica de los aspirantes al sacerdocio; querrá significar especialmente la crisis de todas las vocaciones. Y si de hecho comienza a difundirse en nuestro entorno una “cultura de las vocaciones”, entonces no habrá que dedicarse ya a la crisis vocacional, sino a la “abundancia de carismas y ministerios”, todos como respuesta a las llamadas.

Sería pues el fin del monopolio de la vocación clerical que, como hemos visto, ha sido elemento, sin duda en otro sentido, de las causas que han determinado la crisis de la parroquia (recojo tal expresión sin ninguna exasperación polémica y más allá de las intenciones de cada uno de los sacerdotes-párrocos, que viven en su mayoría un enorme espíritu de generosidad y sacrificio). Es cierto, sin embargo, que “cuando la Iglesia se clericaliza y cuando el clero se profesionaliza (=vive su ministerio como una profesión cualquiera), queda ensombrecida la Iglesia-misterio, signo de la benevolencia de Dios en la vida de todo hombre”[7].

Cuando se entra en la lógica, más bíblica y teológica, del don universal de la vocación, se descubren los dones, y se descubre que toda comunidad parroquial posee infinidad de ellos, porque todo creyente lo recibe, y la parroquia es el lugar donde el don personal, vocacional, puede descubrirse de una manera especial y llega a ser el espacio en el que se constatan esos dones, casi evocándose y llamándose uno al otro; y donde existe la mayor posibilidad de que emerjan, de que puedan ponerse en contacto y en relación complementaria los unos con los otros. En caso contrario, “van a peor”, se deterioran como dones que vienen de lo alto para el bien de todos (=carismas), como servicios que se ofrecen a la comunidad y en particular a quien tiene necesidad (=ministerios). Necesidad, a varios niveles: material, psicológico, social, educativo, cultural, recreativo-deportivo, y, naturalmente, espiritual-religioso. Todavía hay quien piensa, cuando oye hablar de ministerios, que esto sólo se refiere al ministro extraordinario de la eucaristía o al diácono, y más bien dentro de un ámbito siempre cercano a lo ritual-clerical.

...dados para la edificación común

Los dones tienen como su primer destinatario la parroquia, el ámbito de los creyentes, donde se comparte la fe, y donde ésta puede crecer gracias a la colaboración de todos, a la contribución que cada uno hace a la fe de todos. La parroquia es como la comunidad de discípulos en Jerusalén a la que vuelven deprisa los dos discípulos de Emaús, para transmitir cuanto han experimentado en el encuentro con Jesús por el camino. Como nos relata el evangelio de Lucas, Cleofás y su compañero encuentran reunidos a los once y a todos los demás, que les dijeron: “Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”, y ellos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24, 33-35). Dicho de otro modo, los dos peregrinos encuentran la comunidad que está proclamando su fe: a esta proclamación hecha por todos (casi un credo), ellos añaden su experiencia subjetiva, que confirma lo que la comunidad proclamaba, al mismo tiempo que esa experiencia queda confirmada. En este relato podemos decir que encontramos lo que podría ser una ley de crecimiento de la comunidad, de aquella comunidad creyente que es la parroquia: crece en torno a un núcleo objetivo de verdad de fe en la medida en que cada uno aporta su contribución creyente subjetiva. No es cierto, por tanto, que la fe ponga en cuarentena la inteligencia e inhiba la libertad de la mente y del corazón.

Sin duda que los carismas y ministerios de las personas hacen también su aportación al conjunto en otros ámbitos y responden a diversas necesidades, pero la primera edificación común es sobre todo la de la fe. La parroquia, más exactamente, es el lugar en el que el creyente puede actuar las diversas articulaciones de la fe, como veremos después: de la fe rezada a la fe celebrada, de la fe estudiada y comprendida a la fe vivida, de la fe sufrida-probada a la fe compartida y anunciada, quedando unidas la fe y las condiciones de la vida civil cotidiana. El aspecto característico y peculiar de la parroquia es lo cotidiano, lo normal, lo ordinario.

...y el anuncio del evangelio

Tal vez sea éste el elemento que mejor pueda cualificar el camino de renovación de la parroquia. “Conviene dar a nuestras parroquias una pastoral vocacional en la comunidad parroquial -palabras de un obispo- el carácter de una estación misionera. Exactamente todo lo contrario a una ‘estación de servicio’, a un supermercado para abastecimientos espirituales, a un self-service donde cada uno escoge lo que le agrada para satisfacer así las necesidades religiosas individuales. En realidad, si una parroquia se limita a ser una simple estructura de servicios religiosos quiere esto decir que ha perdido desgraciadamente su carácter misionero. De este modo nos limitamos a privilegiar una ‘pastoral estabulada’ sobre una ‘pastoral de pastos abierta’, a estar más atentos a la gestión de lo existente que a la exigencias de la evangelización.

Pero quien conoce la historia de la parroquia, sabe bien que surgió como avanzadilla evangelizadora de la ciudad episcopal para acercarse a la periferia, al campo y a los pueblos. Por ello, darle una connotación misionera más visible y evidente quiere decir restituirle la identidad, volver a los orígenes, volver a retomar las motivaciones que han inspirado la institución parroquial”[8].

Resulta chocante la imagen del obispo Tonino Bello para expresar cómo debería celebrarse hoy un Jubileo: traspasar la puerta que nos haga salir del templo hacia el territorio: “Yo obispo me abriré camino entre la gente que llena la iglesia. Llegaré delante de la puerta cerrada. Desde dentro golpearé con el martillo tres veces. Los batientes de la puerta se abrirán poco a poco. Y vosotros, los creyentes en Jesús, saldréis a la plaza con una incontenible necesidad de comunicar la alegre noticia al hombre de la calle”[9].

En este sentido vale la expresión de quien dice que la Iglesia camina con los pies de los párrocos. Porque, como decía Hugo de s. Caro, “los evangelizadores son los pies de la Iglesia porque la sostienen y la hacen caminar”[10]. El problema de hoy y de siempre es que los párrocos no tendrían que ser los únicos evangelizadores.

Resumiendo, podríamos decir que la parroquia que vive según la imagen vocacional que hemos señalado es aquella en la que

cada uno vive su propia vocación,

según su carisma y ministerio,

y se siente responsable de la vocación de los otros,

como una persona llamada que a su vez llama. 

PEDAGOGÍA VOCACIONAL EN LA PARROQUIA

Hemos llegado al punto crucial de nuestro análisis: el identificar las líneas pedagógicas para una animación vocacional de la parroquia.

De esta pedagogía intentamos definir esencialmente a los protagonistas, el contexto existencial, el objetivo y las estrategias.

Protagonista (o protagonistas)

Protagonista o intérprete principal de esta pedagogía es la persona adulta en la fe, es decir, aquél que ha pasado de la fase de la recepción del don de la fe a aquella de la oferta de ese mismo don. El animador vocacional es esencialmente el creyente adulto que ha crecido en la madurez de la fe, que ha llegado a ser una persona activa y audaz y no el simple “consumidor de sacramentos”.

Contexto existencial

El lugar de esta pedagogía es la parroquia, entendida como comunidad cristiana normal, que hace crecer de modo normal vocaciones normales[11].

Todo nuestro discurso intenta precisar las cosas. La insistencia sobre “normal” quiere indicar la naturaleza intrínsecamente vocacio­nal de la parroquia y la estrecha interdependencia entre camino creyente y propuesta vocacional. Se trata pues de la parroquia como comunidad cristiana normal, en el sentido de que la fe es su norma (es “normada” por ella) o en el sentido de que en ella están presentes todas las dimensiones o articulaciones de la fe (de la fe rezada y celebrada a la fe vivida-personalizada, de la fe estudiada-profundizada a la fe sufrida-probada... como veremos ampliamente más adelante). En consecuencia, la parroquia es una comunidad que hace crecer en la adhesión creyente. Es también, por tanto, una comunidad que hace que surjan vocaciones de modo normal, o sea, a partir de la fe, de la conciencia del don recibido que, por su propia naturaleza, tiende a ser bien donado. Vocación, en ese caso, no como hecho extraordinario, sino como fin natural de un camino de fe; vocaciones normales, bien porque la vocación es componente normal de la vida humana (dejarse llamar es signo de madurez y de libertad interior), bien porque dichas vocaciones son la expresión-traducción de la fe en los proyectos personales de vida según la llamada particular de cada uno: a la vida matrimonial, a una profesión concreta, al sacerdocio, al compromiso del creyente en la política, a la consagración a Dios...Una vez más, nada de extraordinario: es normal la parroquia que hace que surjan vocaciones a todos los niveles, no es normal la parroquia estéril, donde la vocación la tiene sólo el párroco.

Objetivo

Punto de llegada de esta pedagogía vocacional de la parroquia lo constituye el nacimiento y crecimiento del sujeto vocacional, es decir, de creyentes que viven coherentemente su llamada personal y se sienten responsables de la de los otros. El objetivo pues no es que surja alguna vocación (al sacerdocio), sino que todo creyente llegue a ser sujeto vocacional, persona llamada que llama. Parafraseando el evangelio, podríamos decir que muchos son los llamados, pero pocos, poquísimos los que llaman...Si, por el contrario, nace esa cultura vocacional es probable que aumenten también las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Estrategias

Dos son las estrategias educativas de esta pedagogía: la articulación integral de los dinamismos del acto de fe (desde el punto de vista del método) y la propuesta siempre integral de itinerarios creyentes, dentro de una serie ordenada de mediaciones (en relación a los contenidos). Hablaremos de ello más adelante.

Más en concreto diremos que esta pedagogía bascula en tomo a dos elementos, desde el punto de vista de la oferta del servicio: el presbítero como responsable oficial de la parroquia y, por tanto, también como primer adulto en la fe y educador vocacional junto a otros agentes pastorales y educadores vocacionales (consagrados/as y laicos), y la comunidad parroquial en cuanto lugar vocacional: entrambos son responsables del ministerio eclesial educativo. Tratamos de llegar a captar cómo la relación entre estos dos sujetos protagonistas es provechosa y fecunda al hacer surgir el sujeto vocacional a través de las estrategias indicadas. Propiamente en esto la parroquia se juega su futuro, su cambio regenerativo.

Si por brevedad y simplicidad expositiva hacemos mención explícita sobre todo de la figura del sacerdote, en realidad intentamos referirnos a todas las figuras de creyentes, de los consagrados/as a los padres que, siempre en el contexto parroquial, viven con sentido de responsabilidad su vocación en provecho de quien está todavía en búsqueda. Al mismo tiempo es justo recordar la responsabilidad peculiar del sacerdote en cuanto que es sobre todo él el que tiene que alentar lo vocacional en la parroquia, o ser como un animador de los animadores vocacionales. En realidad el sacerdote es un enamorado de la parroquia, y la parroquia es el campo abonado para su crecimiento y maduración. Hay un fondo de verdad en quienes ven con un cierto gracejo la relación entre el presbítero y la parroquia como un matrimonio, o un pacto de amor, como si fuera su “esposa”.

El educador vocacional en la parroquia (no sólo el sacerdote)

Ante todo es fundamental la mediación humana del educador vocacional (EV), partiendo de lo ya dicho de que no sólo el presbítero es llamado a ser ese educador, sino cualquier creyente sabedor del don de la fe y sintiéndose también responsable a través de cómo lo vive y testimonia, de cómo permite que su persona llegue a ser medio y mediación del Dios que llama, de cómo vive la propia autenticidad de creyente en términos de propuesta que provoca y ofrece ayuda a otros.

Veamos qué características son especialmente importantes en este servicio, características que no son nuevas, pero que en la actualidad hay que señalarlas de una manera particular si de verdad queremos renovar la parroquia, sobre todo porque responden a exigencias precisas o a “vacíos” concretos en la vida de los jóvenes de hoy.

Queremos dejar bien claro esto: no nos hagamos ilusiones de que existen metodologías infalibles y de éxito garantizado; la pedagogía es sobre todo la persona que la pone en práctica, el método es por encima de todo la calidad de su vida, y la pedagogía vocacional es primariamente el nivel de su madurez vocacional, o de la síntesis personal, a la que ha llegado en su vida, entre el sentirse llamado y ser persona que llama. Con estas premisas, llega a ser significativo también el método pedagógico o la estrategia educativa, que sin embargo es eficaz sólo cuando se hace a nivel personal.

Más educador y formador

El llamado que ha llegado a ser adulto en la fe, tanto más el presbítero y el consagrado, son todos y cada uno un educador natural. Tal vez podríamos decir que uno llega a ser adulto en la fe cuando pasa de la fase y del comportamiento de la persona llamada a la del que llama. Si no es así, es todavía un niño, aunque tenga 45 años y vaya a misa todos los domingos (que obviamente será “la misa de niños” en una parroquia todavía infantil).

Creo que no es exagerado e inútil el decirlo; así como no es nada exagerado en absoluto decir que aquél/aquella tenga que ser un educador natural, sobre todo en un clima socio-cultural, como es el actual, caracterizado por la ineficiencia de los agentes educativos normales (de la familia a la escuela, de la vida asociativa a los mass-media...). Por otra parte, en tiempos de pensamiento débil no es nada extraño este fenómeno: si no existe un pensamiento lógico que ofrezca una cierta percepción de la realidad, ¿quién se atreve a decir una palabra clara que valga para todos y para siempre? Podemos pues sacar dos consecuencias: o bien habrá una neutralidad falsamente convertida en libertad en el gran panteón mediático de la pseudo cultura actual, o bien no se dará una verdadera y auténtica educación, si lo que se propone no respeta la dignidad y el misterio humanos. Con la consecuencia trágica de que muchos de nuestros niños en la práctica no reciben ninguna educación o, en el mejor de los casos, una educación distorsionada. Hoy nos encontramos ante una “orfandad educativa” espantosa y que va más allá del fenómeno de las familias rotas y de los padres separados.

Hay quien dice que también la Iglesia se preocupa menos del ministerio educativo, o por lo menos que no lo está interpretando con la determinación que requiere y que forma parte de una tradición riquísima que merece todo el respeto. Si esto es verdad es para preocuparse y mucho. Y si lo dicho puede comprobarse en alguna medida en los diversos tipos de creyentes, es particularmente preocupante en quien ha dedicado su vida a una obra de testimonio ministerial de la palabra de verdad, como es el caso del presbítero; se puede apreciar un cierto modo de administrar el tiempo, se jerarquizan por importancia las obras que se hacen, los valores en los que se mueve la vida parroquial, pero tal vez se echa de menos el ministerio de la educación, a nivel colectivo y a nivel individual (es decir, la dirección espiritual); no aparece propiamente entre las cosas más importantes que la parroquia debería garantizar, con todo lo que ello significa, como cultura eclesial y también como algo pertinente a la propia conciencia vocacional, como tiempo y energías que hay que dedicar, como disponibilidad para la escucha, como valentía para responsabilizarse del otro, acompañándole con comprensión e incluso con exigencia y, por consiguiente, también como cuidado de la preparación personal (inicial y permanente), como atención a cada persona y no sólo al grupo (dado que la educación es fundamentalmente individual), como elaboración de una pedagogía correspondiente, como método normal (y objetivo) educativo ofrecido en principio a todos... La misma crisis vocacional, ¿no está en la raíz de la crisis de los educadores? El Documento del Congreso europeo vocacional lo expresa en términos muy inquietantes: “¡Cuántos abortos vocacionales a causa de este vacío educativo!”[12].

Si hoy la Iglesia debe recuperar este gran ministerio, ¿no podría ser el ámbito vocacional el lugar donde la parroquia de una manera especial puede invertir desde el punto de vista educativo, si no quiere permanecer en una sórdida irrelevancia? Y el presbítero, junto a las otras fuerzas vivas que viven en la parroquia, ¿no podría y debería otorgar a su acción una impronta educativa más precisa y decidida para solicitarla a su vez en los otros creyentes? Si hay más educadores-formadores habrá también más vocaciones, porque la opción vocacional es consecuencia inevitable de la atención pedagógica al sujeto.

En una síntesis reducida al extremo y siempre siguiendo el documento citado arriba, decíamos que concretamente este ministerio implica dos grandes actitudes pedagógicas: el arte de ayudar al joven a sacar fuera su verdad (esto sería la educación), es decir, a conocerse, a conocer sus miedos y resistencias, fragilidades y dependencias; y luego el arte de proponerle un ideal de vida, ideal que de forma a su vida (formación), consistencia, solidez, que invierta en ella sus mejores recursos y que la haga digna de ser vivida. Un auténtico acompañamiento vocacional comporta estas dos etapas, en riguroso orden de sucesión: primero, la educación, luego la formación[13]. No puede descubrirse la propia vocación si antes no se depuran los temores, las preocupaciones, distorsiones perceptivas, equívocos de fondo... para acoger aquella voz que llama y descubrir en la llamada la fuente de la propia dignidad (si nadie te llama es que no cuentas nada para ninguno...).

Es cierto que esta pedagogía comporta para quien la practica una verdadera y auténtica ascesis. Y quisiera terminar diciendo que si la crisis vocacional nos hiciese descubrir y recuperar en concreto la centralidad de este ministerio, ¡bendita sea la crisis vocacional!

Mejorar la actitud de propuesta y la valentía

Otra característica que debería ser objeto de atención es el ser conscientes de que tenemos algo bello e importante que comunicar y compartir con el joven, tener la valentía de hacer de ello un ofrecimiento concreto sin imposición ni intimidación alguna, sobre todo sin caer en una perspectiva moralizante (moralística) o devocional o psicológico-sentimental o de bondad filantrópica o funcional en relación a la institución. Se testimonia y “se cuenta” aquello que es verdadero, bello y bueno, no sólo respetando sino provocando la libertad de quien escucha para que reconozca aquello que puede hacer también verdadera, bella y buena su vida. El creyente-educador debe tener la firme convicción de poseer este tesoro, aquello que puede dar felicidad plena al joven, que de ninguna manera puede dejar de interesarle y que responde a sus exigencias más profundas y latentes, incluida la relacionada con su futuro.

De esta certeza deriva la creatividad, la valentía de dar el primer paso, la capacidad de ver el momento apropiado para intervenir, para expresar un espíritu audaz de iniciativa que es fundamental para uno que quiera ser educador, y que proviene de la certeza de poder contar con Alguien más fuerte que todas las resistencias y temores humanos y al que le importa el futuro y la felicidad del joven.

De esta valentía derivará igualmente la determinación para llevar adelante proyectos y estrategias educativas que parecen a primera vista distantes de una aceptación y entusiasmo (por ejemplo, la educación en la escucha y lectura de la Palabra, la catequesis para jóvenes y adultos, la misma propuesta de la dirección espiritual...); por tanto, la constancia para seguir en el camino aun cuando no se vean los frutos de inmediato.

También será signo de valentía educativa vocacional el afrontar con inteligencia y aplomo el hecho de ambientes inéditos o insólitos, o personas que viven en los confines de la parroquia, al margen de los lugares parroquiales que se frecuentan normalmente. En tal caso, la valentía proviene de la certeza de que uno no sólo está interesado en su propio futuro, sino que tiene sobre sí un proyecto que viene de Dios y que merece la pena descubrir, y que Dios mismo ayudará a descubrirlo. Así lo creo. Y es también valentía propia del educador vocacional el no abandonar al que muestra una negativa inicial, sino ser constante en seguirle aunque parezca haber elegido ya otro camino, o lo veamos como persona poco interesante o tal vez menos “inteligente” (desde nuestro punto de vista).

Por todo esto, este ministerio exige la valentía de tener que decidir con opciones precisas respecto a las variadas y a veces más gratificantes posibilidades que ofrece el ámbito parroquial. Quien trabaja en la educación y se toma en serio esa vocación, sabe de antemano que es un trabajo muy humilde, del que se verán los frutos sólo a largo plazo, tal vez los recogerán otros, trabajo no pocas veces acompañado de desilusiones dolorosas y que exige sacrificio y entrega desinteresada. Sin embargo sabemos también que un presbítero que se toma en serio la formación de cada persona, transforma con ello la parroquia, la hace adulta.

Hay también, por el contrario, un cierto modelo de creyente, tal vez también de sacerdote y consagrado/a, que se mueve tímidamente y no porque sea tímido, sino porque no está muy convencido del tesoro que posee, o no lo siente suficientemente como tal en sí mismo y por lo tanto le falta también seguridad: se mueve siempre en torno a las mismas personas, a los suyos, repite siempre las mismas cosas, sin fantasía ni audacia, a veces es también inseguro, no toma iniciativa alguna jamás porque dice que debe respetar la libertad del otro y se limita a decir algo sólo cuando hace lo que tiene que hacer oficialmente y casi escondiéndose y defendiéndose (en la homilía, en los sacramentos, en los ritos, en la catequesis...). Este tipo de personas compensan su escasa pasión interior haciendo con frecuencia hincapié en la dimensión meramente celebrativa, litúrgica, ritual de su ministerio, a veces con formas artificiosas y caricaturescas, o con una actuación seria y solemne que provoca hilaridad y parece poco creíble. También los hay que quieren aparecer modernos y desinhibidos, con poses al margen de lo que está prescrito y con manías juveniles que les hacen poco significativos y más bien dan un poco de pena. Uno tendría ganas de decirles: “Sacerdote, por favor, cree en ti mismo”.

Más coherente y esencial

Otra modalidad de estilo en el creyente adulto educador es aquella que expresa una síntesis entre coherencia y esencialidad. La coherencia es una cualidad fundamentalmente interior, significa fidelidad a sí mismo y a la propia vocación, a las propias convicciones y valores, a los objetivos que se han propuesto y al método que se intenta seguir. Resumiendo, diríamos: coherencia con aquello que configura el núcleo de la vida y que se considera esencial para la propia identidad y felicidad, coherencia con la persona de Cristo muerto y resucitado, con el misterio de la Pascua como manifestación del sentido de la propia historia.

Y lo esencial para un creyente es ser signo de esta salvación, ayudando a los otros a acoger el proyecto de Dios en cada uno de ellos y de este modo dejarse salvar y ser a su vez signos de salvación. Hoy el joven vive inmerso en la confusión más desorientadora y en contacto con la incoherencia más disonante y aplastante, y esto a varios niveles y con una visibilidad social en muchísimas personas. Tiene pues una necesidad extrema de coherencia y de ejemplos de coherencia que dejen transparentar lo esencial de la vida y aquello que es esencial para su vida y para su felicidad. No hay nada que ayude más a captar un mensaje que la realidad de la coherencia. Por el contrario, mensajes “educativos” incoherentes o discrepantes entre sí tienen el mismo efecto que el hecho mismo de que no se dé una educación. La educación es una realidad de coherencia general.

Esto quiere decir, desde el punto de vista del agente pastoral, que necesita una formación personal permanente: no hay animación vocacional sin formación permanente del animador. En este nexo se esconde también el secreto de la coherencia. A este respecto, hay una bella expresión del cardenal Martini que es una recomendación hecha a sus sacerdotes (bien podríamos aplicarla también a todos los creyentes comprometidos): “Trabajad mejor, trabajad menos, trabajad más unidos, rezad más”.

Trabajad mejor: con mayor rectitud y coherencia interiores, motivadas siempre por la misma pasión, testimoniándola en todo lugar y en cualquier momento, trabajando como enamorados, no como personas vulgares; “mejor” quiere decir también con más eficacia y fantasía, con mayor serenidad, gusto e imaginación, puesto que no hay nada que alivie más a la persona que la coherencia y tampoco hay nada como ella para hacerle más llevadero el trabajo por pesado que aparezca, mientras que la más mínima y tal vez desapercibida incoherencia no alivia sino que crea un conflicto interno, una esquizofrenia lacerante, un placer inmediato de sabor doloroso.

Trabajad menos: con menor dispersión de energías, tal vez arrumbando un poco más trabajos beneméritos (recreativos, culturales…), pero que no expresan suficientemente lo más importante de la vida y del ministerio del sacerdote hoy[14]. Dejando a un lado la diabólica pretensión de querer hacerlo todo, de llegar a todo y a todos, de hacerlo todo de un modo perfecto, de ser el mejor de todos, sobrepasando los horarios, sin respetar la exigencia natural del descanso, y terminando nerviosos e intratables, con la mirada incapaz de mirar a lo alto y contar las estrellas[15].

Trabajad más unidos: la unión hace emerger aquel elemento que hace de denominador común, diríamos que de pegamento, más fuerte sin duda que las diferencias, es decir, se trata de lo esencial. Para un colaborador parroquial esto significa trabajar unido, dentro del contexto parroquial, con todos los otros colaboradores. Más aún, suscitando otras aportaciones y aprovechando otros preciosos servicios (que en el lenguaje creyente llamamos mejor ministerios), sin creerse indispensables o insustituibles, con la conciencia (agradecida) de estar recogiendo el fruto del trabajo de otros y de poder remitir (gratuitamente) el trabajo de uno a los otros para que lo continúen sin personalismos ni protagonismos. El valor educativo-vocacional de este modo de obrar no tiene precio.

Rezad más: la oración pone en escena lo esencial, y lo sitúa en el centro de la vida, lo “entroniza”. Por eso la oración está estrechamente unida al trabajo, le da una orientación, un alma y seguramente ayuda al sacerdote joven como también al creyente a trabajar con provecho y de una manera distendida, evitando así el riesgo del infarto o del nerviosismo, de trabajar en el vacío o trabajar por trabajar (que es lo mismo).

Más contento y creíble

Con este epígrafe no queremos expresar ni un moralismo fácil ni unas pías exhortaciones. El punto de vista que estamos resaltando es el educativo, y es precisamente bajo este perfil donde la autenticidad del creyente, persona llamada que a su vez llama, se pone como condición absolutamente imprescindible y de la que derivará como consecuencia natural una cierta serenidad y gozo interiores que hace creíble tanto al que llama como a la misma llamada. Nada pues de una alegría banal o forzada. Se trata, por el contrario, de ser auténticos. Autenticidad, como coherencia, y esencialidad. Autenticidad como frescura de motivaciones, como el gusto de descubrir cada día motivos y sabores nuevos del propio ministerio: el sacerdote, de una forma particular, es como el pescado, o es fresco o comienza a oler con lo que ello lleva consigo.

Autenticidad, y quería referirme de modo especial a quien ha hecho una opción celibataria, como capacidad de relación, como madurez en las relaciones. Con lo que esta madurez supone y significa: libertad afectiva, elección serena y convencida de la opción celibataria, capacidad de mantenerse en pie y de apreciar la amistad, de afrontar la soledad propia y rellenar aquella de los otros, de dejarse querer y darse gratuitamente. Y sobre todo como capacidad para estar en medio de la gente, de querer bien a todos, de vivir relaciones sanas, libres y liberadoras con aquel estilo propio del que es virgen, que no se busca a sí mismo y no adopta formas de hacer o de querer propias de otros estados vocacionales.

¿Cómo puede un presbítero ser educador y educador vocacional desde el momento en el que da un mensaje distorsionado de su identidad vocacional, asimilando en sus relaciones práctica y sutilmente modalidades de comportamiento que son propias de otros estados de vida y de otras opciones vocacionales?[16]. En este caso presta un pésimo servicio y, en lugar de testimoniar una supuesta libertad afectiva y un buen desenvolvimiento en las relaciones, no hace sino que mostrar la gran confusión que lleva dentro, obviamente con una nefasta repercusión en el joven. En vez de mostrar, como llega a creerse, que es una persona moderna y desinhibida, demuestra que todavía sigue siendo un adolescente y que está condicionado por la necesidad infantil de que se le quiera y de ser el centro de atención. Con ello pierde toda su credibilidad como educador.

Desde mi punto de vista, existe una condición infalible que hace creíble al presbítero educador: el sentirse contento con su elección y, de modo particular, con el hecho de ser célibe. Hoy no basta con estar convencidos, hay que estar contentos. Por ello decimos que el mejor modo de mostrar las propias convicciones es dejar transparentar la propia alegría. Si no estamos contentos somos los más desgraciados y de ninguna manera valdrán ni el cambio técnico-organizativo de la parroquia y menos aún nuestra eventual competencia pedagógica. Si estamos contentos, nuestra virginidad se hace fecunda, madre de muchos hijos, como aquella de la que habla el salmo.

Se cuenta que en los inicios del siglo XIX el cardenal de París, en el momento de ordenar en la catedral a sus nuevos sacerdotes, conociéndolos uno a uno quiso cambiar la pregunta inicial que se hace al rector del seminario (que normalmente le hace temblar al pobre rector): “¿Sabéis si son dignos?” por esta otra: “¿Pensáis que vivirán felices en su ministerio?” (que tal vez le haga temblar todavía más).

Os daréis cuenta de que en la respuesta a esta pregunta se encierra buena parte de la pedagogía vocacional y de su estrategia, si es que quiere ser convincente.

Concluyendo este parágrafo podemos decir que cuando el creyente o agente pastoral, sea laico, presbítero o consagrado/a, vive con esta coherencia fundamental su propia vocación, de hecho llega a ser alguien que pro-voca, llama a los otros, los mueve a que escojan y a que vivan la fe como opción, como continua opción. Llama para ser y vivir de una forma concreta y según unos valores; para creer en la Pascua del Señor, haciendo de ella el criterio personal de su amor y servicio a los otros; para tratar de dedicar su propio tiempo no sólo para sí sino para los otros, para buscar la propia identidad, el propio rostro, en el servicio al necesitado.

Una parroquia vocacional (de personas llamadas que llaman)

La acción de uno o de algunos grupos no es suficiente para cambiar la parroquia y crear un ambiente vocacional, tierra fecunda de vocaciones, lugar en el que el crecimiento en la fe se identifique con la elección madura de la propia vocación. Creo que esto podemos constatarlo clara y fácilmente en la actualidad.

Habíamos dicho al principio que la PV quizá no pide ni pretende nada de la parroquia, sino que le ofrece o le indica un camino para renovarse y cambiar en un mundo que cambia, el camino de la fe entendida como búsqueda permanente del plan de Dios sobre cada uno, en concreto, el camino de la vocación o de la PV, dado que, como recuerda el Documento del Congreso Europeo, la PV es la vocación de la pastoral actual[17]; pastoral de todas las vocaciones, indistintamente; en toda fase o momento de la vida, sin distinciones; pastoral ofrecida a todos los creyentes, sin excepciones ni excusas, dado que, como ya hemos dicho, un creyente se hace adulto en la fe sólo cuando de persona llamada pasa a ser persona que llama. Entonces es cuando la parroquia cambia, se hace adulta en la fe, se convierte en un jardín con gran variedad de plantas, flores, frutos, colores, olores...

Para poder conseguir esto es necesario un soporte contextual preciso que testimonie una fe unida a la vida, a la historia diaria, a las expectativas y pretensiones, dudas e interrogantes de la existencia humana, al día a día normal... Es aquí donde la parroquia encuentra lo más peculiar suyo y se convierte en contexto ideal para este tipo de testimonio porque, como vimos ya, “la parroquia es el lugar para desatar la tensión entre culto y vida. Ella puede y debe conectar la fe cristiana y las condiciones de la vida civil cotidiana, pero no hay que pensar en la vida como una realidad en la que no entra el culto, para luego buscar una conexión imposible entre celebración cultual y vida. Así estaría separado lo que originariamente está unido”[18]. La parroquia es el lugar donde lo extraordinario del don recibido se hace vida ordinaria.

La parroquia pues, desde este punto de vista, parece poseer las características adecuadas para encarnar y proponer una fe enraizada en el sujeto, una fe de la que, en consecuencia, puede nacer la vocación y la capacidad de escuchar la llamada que le llega de lo alto y de dar una respuesta. Y todo esto, a condición de que, en concreto, adopte dos estrategias pedagógicas convergentes en el anuncio de la fe: la estrategia de la articulación integral de los dinamismos de la fe, desde el punto de vista de la modalidad o del método, y la estrategia de los itinerarios de fe en cuanto mediaciones del acto creyente, a nivel de contenidos. Estas estrategias conducen a aquella maduración específica del acto creyente que es una decisión vocacional. E insistimos en que ambas pueden actuarse y conectarse armónicamente sólo en un contexto existencial como el de la parroquia. No son novedades absolutas en nuestras reflexiones sobre la PV, pero es importante resaltarlas aquí en el contexto del análisis sobre la parroquia como lugar vocacional.

Articulación de los dinamismos de la fe[19]

La fe, que es el objetivo de la hoja de ruta pastoral de la comunidad parroquial, es un hecho esencialmente dinámico, pasión que reviste con su energía todas las acciones y le da contenido al vivir humano y, sobre todo, hace posible la elección vocacional. Sólo una fe fuerte (dinámica y a punto) hace crecer y refuerza la disponibilidad vocacional.

Decir que la fe es dinámica significa también decir que está relacionada con todas aquellas acciones (dinamismos) que expresan el acto de fe, así como su naturaleza compleja y variada. Estos dinamismos representan en realidad las dimensiones propias del acto de fe, distintas entre sí pero a su vez estrechamente relacionadas. Estas articulaciones son:

fe como don recibido y que suscita gratitud,

fe como oración personal y celebración comunitaria,

fe vivida y personalizada que se traduce en elecciones de vida

fe amada como fuente de bienaventuranza

fe probada y sufrida

fe estudiada y comprendida

fe compartida con los hermanos creyentes

fe anunciada a todos y testimoniada. 

Dicho de otra forma: fe recibida-fe rezada-fe personalizada-fe amada-fe combatida-fe estudiada-fe compartida-fe anunciada. Creer quiere decir poner en acción todas estas actuaciones: la una está unida a la otra en una relación de reciprocidad complementaria. Todas juntas no sólo refuerzan el acto de fe sino que confluyen naturalmente en la elección vocacional como opción fundamental de vida y de identidad, como apropiación definitiva de la fe, como expresión del modo de creer personal. Podemos decir que esta opción representa el punto más alto y más coherente de los dinamismos de la fe, que no serían auténticos y creíbles si no condujeran a una correspondiente elección existencial estable.

Pero lo interesante para nosotros es observar que estos dinamismos pertenecen a la vida diaria, expresan el camino de todos, más o menos cargado de fatiga, y al mismo tiempo remiten a realidades (la oración litúrgica, la celebración sacramental comunitaria, la catequesis en todos los momentos de la vida, la escucha y el estudio de la palabra de Dios, la participación…) que son parte de la identidad de una parroquia, de su ser y de su obrar, y que expresan de este modo su fisonomía.

La vida de una comunidad parroquial normalmente está hecha de todo esto. Se puede decir que hay auténtica parroquia o vida parroquial sólo allí donde estas expresiones creyentes aparecen activas y continuamente activadas. He aquí pues el principio fundamental: una parroquia en la que de hecho estos dinamismos están operativos, o una parroquia que ofrece y activa en los creyentes este tipo de acciones, sin excluir ni infravalorar a nadie, es una parroquia vocacional que pone las bases o las premisas también de la elección y de las elecciones vocacionales en cada persona y en todos los momentos de la vida. Es decir, mientras aviva el acto creyente como elección de vida que se reflejará en diversas actitudes existenciales, provoca (o pro-voca) la elección vocacional como expresión suprema y madura de la misma adhesión creyente[20].

Es como si tal elección, y, en definitiva, la vocación, fuera el corazón latente de todas estas acciones, su nexo cohesivo, y, a la postre, el punto de llegada y también de partida, el que da un color y calor particular a cada uno de estos dinamismos y que al mismo tiempo queda reforzado continuamente por ellos y se hace siempre más eficaz y convincente por el testimonio del creyente. En este sentido, la elección vocacional es la casa construida sobre roca, o es la consecuencia de la vitalidad de los dinamismos de la fe y, por tanto, también de la vitalidad de una parroquia.

Si, por el contrario, falta alguno de estos componentes, o están presentes de una forma muy desdibujada o poco relacionados entre sí, o se acentúa alguno en detrimento de otro, entonces la parroquia se viene abajo en su función de lugar de origen y maduración del acto de fe y de engranaje de todos sus dinamismos. Y el mismo acto de fe se debilita, el organismo colectivo creyente queda amputado y, consecuentemente, incapaz de provocar una elección vocacional; es como la arena que hace poco firme e inestable lo que se construye sobre ella. Una parroquia que no genera vocaciones es una parroquia que se está muriendo o está muerta.

Todo esto nos deja entrever la estructura arquitectónica de fondo de la parroquia, como comunidad de creyentes que obedece a la regla de fe y a sus dinamismos. Una parroquia tiene sentido si llega a expresar satisfactoriamente todos estos dinamismos, porque su objetivo es el crecimiento de la fe y en la fe.

Veamos pues, algunas consecuencias teórico-prácticas sobre esto.

La fe como valentía de elección

En primer lugar hay que decir que tal vez el dinamismo más relevante en la pretensión de una concepción vocacional de la parroquia sea con toda probabilidad el tercero de los ocho que he indicado, es decir, aquel que destaca la importancia de que la fe sea traducida cotidianamente en elecciones de vida. Es éste un punto que no se tiene muy en cuenta en una planificación parroquial, y lo mismo les ocurre, desde el punto de vista psicológico y existencial, a nuestros jóvenes que viven hoy en la cultura de la indecisión, como se puede comprobar de manera fehaciente a nuestro alrededor. Baste como botón de muestra el referir la crisis de la elección matrimonial, una crisis seguramente más grave que la crisis vocacional del sacerdocio y de la vida religiosa.

En este sentido, puede ser de gran calado una educación en la fe que se tome en serio el capacitar para tomar decisiones o que intente desarrollar en el joven creyente, precisamente como tal, una actitud de valentía para hacer las elecciones precisas o para que la opción creyente llegue a ser generadora de otras opciones de vida, comenzando por aquellas más importantes. ¿Qué es lo que ocurre con tantos jóvenes que han frecuentado nuestras parroquias, que han asistido a la catequesis y han sido miembros de grupos juveniles y que después tienen miedo de hacer una opción, de hacer una opción definitiva, especialmente de amar para siempre uniéndose de por vida a otra persona o de comprometerse de forma estable con la comunidad?... No podemos echarle toda la culpa a la cultura ni a los ejemplos descorazonadores que se ven alrededor. Aquí hay algo que no funciona bien en el plano pedagógico de la educación en la fe, fe que no sólo consiste en una elección precisa, la creyente, sino que determina por naturaleza la valentía de hacer opciones, de superar la falta de seguridad, de avanzar más allá de esta bendita cultura de la indecisión, de tomar decisiones que no estén condicionadas, frenadas e inhibidas por el temor al mañana, el temor de no cumplirlas, las dudas sobre la propia capacidad, la desconfianza en el otro, el escepticismo sobre los propios sentimientos         . Todo esto es dramático y priva al joven de una de las cosas más bellas de la vida: formar una familia, vivir el amor con la libertad de poder decir a otra persona: “Tú no morirás”, porque esto es lo que quiere decir “valentía de hacer una opción para siempre”, valentía generada por la fe, substanciada por la fe, que huele a fe.

En concreto creo que entonces la vida del adolescente, y del joven en particular, se repartirá en momentos en los que se irán tomando decisiones, como etapas de un itinerario que conduce progresivamente a la fe y que sin duda tiene una cierta dimensión pública. Para concluir podemos decir que no bastan los cumplimientos sacramentales para marcar los hitos de este recorrido, sobre todo si estos no se entienden como puntos de llegada y de salida, o como las encrucijadas fundamentales que señalan una lógica de vida y trazan a continuación un itinerario que hay que recorrer. Termino diciendo que al creyente, y en particular al joven, se le pide que “exprese” su fe y que se “moje” en sus confrontaciones, incluso con gestos más o menos oficiales o vinculantes (de la profesión de fe a compromisos voluntarios…). Una mayor articulación de ese camino tendrá la gran ventaja de preparar mejor al joven para vivir la fe como elección, hasta llegar a la opción vocacional.

Pedagogía vocacional y vida sacramental 

Una pedagogía vocacional parroquial asume normalmente estos pasos, de naturaleza educativo-formativa, en estrecha relación con la vida del Espíritu que se puede vivir a través de los sacramentos y la lógica existencial, supeditada a ella. Esta pedagogía supone y significa la apertura al otro, y, por tanto, una pedagogía de la relación, del rostro: en el tú que llama, el yo descubre su dignidad, que lo marca desde el inicio de la existencia; en el yo que responde, el individuo reconoce que posee un valor, una responsabilidad y la seriedad dramática de la vida. Es una lógica fundamentalmente bautismal, un bautismo acogido y cada vez más elegido a lo largo de la vida. Y también una lógica de la fe rezada y celebrada, individualmente y como comunidad.

Nace y se desarrolla en el interior de una pedagogía más radical del sentido creyente de la vida: la vida es un bien recibido, recibido sobre todo de Dios, si bien a través de una serie infinita de mediaciones. Es el amor que nos hace hijos y que nos da la certeza de haber sido ya amados como condición fundamental de la libertad afectiva. Es lógica eucarística. Y también de la fe recibida como don de una comunidad de creyentes que me ha precedido y me acompaña.

La pedagogía del sentido creyente de la vida es la pedagogía del bien recibido que tiende por propia naturaleza a ser bien entregado, lógica irresistible porque es totalmente natural, inscrita en el corazón y que otorga la verdadera libertad, aquella que se conjuga con la responsabilidad y la libertad del don de sí. Es también lógica eucarística. Remite a los dinamismos de la fe vivida y personalizada, pero también amada como fuente de felicidad y libertad.

En la pedagogía vocacional asume una importancia fundamental la formación de la conciencia; conciencia sensible a lo que es verdadero, bueno y bello ya que conforma la propia vida otorgándole verdad, belleza y bondad y hace de ello también norma de comportamiento. La pedagogía de la formación de la conciencia es la sustancia del sacramento de la penitencia, que capacita cada vez más al joven para sentir en su conciencia al Dios que llama.

La pedagogía vocacional se va especificando progresivamente a través de una serie de opciones, grandes o pequeñas, cotidianas o incluso de a largo plazo, coherentes con el sentido creyente de la vida y convergentes en la identificación, a diversos niveles, de la propia función, de la propia misión en la vida. Es exactamente la pedagogía del adiestramiento en escoger, adiestramiento que debe ser cotidiano: escoger, por ejemplo, cómo usar el tiempo libre, cómo, dónde y con quién pasar las vacaciones, qué tipo de relaciones debo tener, qué amistades debo cultivar, qué hacer con mi sueldo, qué escuela o qué facultad debo escoger, qué comportamiento debo manifestar con los otros, con el que es distinto a mí... En el fondo, es la lógica de la confirmación, entendida como decisión progresiva y hecha presente por el cristiano en una sociedad no cristiana. Aquí entran en juego los dinamismos de la fe traducida cada vez más en elecciones concretas de vida y profundizada y compartida con los hermanos creyentes.

Momento de singular significación en este itinerario de toma de decisiones es la elección del estado de vida. En una parroquia es importante no dar ninguno por descontado, aun a sabiendas de la evidencia estadística contraria y, por tanto, llamar la atención del significado de este momento y de esta elección, para que, cualquiera que sea la elección, se respete el sentido creyente de la vida en el hecho mismo de hacerla, en la elección de la persona con la que se va a compartir el proyecto, en la elección del estilo de vida, de la profesión y de los valores con los que construir la familia. Es la fase de la preparación al matrimonio, o de la propuesta explícita y valiente de otros proyectos de vida: desde el sacerdocio a la vida contemplativa. Desde el punto de vista de los dinamismos de la fe, es el momento de la fe compartida, pero sobre todo de la fe en la que el sujeto reconoce cada vez más su propia identidad y su yo.

Una parroquia es la casa común, o la familia de familias; ninguno, pues, puede encerrarse en la suya y preocuparse exclusivamente de ella y de su bienestar. Sería lo contrario del auténtico bienestar. La pedagogía vocacional parroquial no termina con la preparación al matrimonio, sino que continúa en todos los períodos de la vida, porque el creyente no cesa de vivir su fe con sentido de responsabilidad y más allá de sus pequeños intereses. Es una persona llamada que a su vez llama, y no sólo a sus hijos. Bien podemos decir que ésta es la lógica dominante en este período: el que se siente llamado que a su vez llama. Animador vocacional de otros, adulto en la fe en una parroquia que ha llegado a ser adulta. Es aquí donde son activados los dinamismos creyentes de la fe anunciada con valentía.

Y esto debería durar siempre: descubrir cada día la novedad de la vocación. Porque “toda vocación es mañanera”[21], y existe una llamada en toda situación y época de la vida. Y, por tanto, una respuesta que hay que dar: “toda la vida y toda vida es una respuesta”[22], en la salud y en la enfermedad. También en la enfermedad será una vocación para vivir, de una forma misteriosa y fecunda, con la fuerza de una fe cada vez más probada y sufrida. Y será tarea de la parroquia el acompañar y ayudar a estos hermanos a vivir como llamados también en estos momentos dramáticos de la existencia. Hasta el último día, cuando aquél que llama, llamará para siempre. Y el que llama volverá a ser llamado para siempre. 

Concepción plástica de la parroquia 

Si ciertamente la obediencia a la regla de la fe es elemento constitutivo de la parroquia, por lo que respecta a su estructura o estilo operativo es importante tener una idea lo suficientemente plástica o moldeable de la parroquia, como de una realidad extraordinariamente capaz de adaptarse a las diversas y complejas situaciones de la vida de la gente. Esto quiere decir más en concreto que una parroquia no se compone sólo de una iglesia, sino también de casas, de calles, de encuentros con las distintas personas. Quiere decir que la evangelización no está hecha sólo de espacios sagrados y dedicados al culto y a la instrucción, sino que se realiza también “por la calle”. Quiere decir también que hay que considerar a la parroquia como un amigo que está al lado en los momentos más significativos de la vida, alegres unos, dolorosos otros, en las diversas épocas existenciales, donde el amigo fiel no es necesaria ni exclusivamente el sacerdote o el consagrado/a, sino el creyente adulto en la fe, que tal vez ha vivido una experiencia de retorno a la fe o que ha experimentado en propia carne la finitud y, por tanto, y precisamente por esto, tiene algo que decir y un testimonio creíble que dar[23].

La parroquia es la casa de todos desde el nacimiento hasta la muerte. Y esto porque la génesis de la parroquia, como agudamente observa el cardenal Scola, es también antropológica. “Todo hombre, cada día, vive de la dimensión de los afectos y de la dimensión del trabajo... Se crea así un círculo permanente entre afectos y trabajo que, luego, en el descanso, tiene un elemento de equilibrio significativo y en los afectos, trabajo y descanso se juega inevitablemente la concepción que se tiene del hombre”[24]. Y la parroquia viene a responder propiamente a esta exigencia o, a nivel más profundo, podemos decir que aquella circularidad de los dinamismos de la fe, que ya hemos indicado, responde a las dimensiones características de la vida humana desplegada entre los elementos de esta tríada (afectos, trabajo, descanso) y del ser humano, ser entregado a la vida, ser pensante, en busca de identidad, de vocación, de sentido, de participación… Es muy importante no olvidar esto.

Itinerarios pastorales creyentes y vocacionales

Se nos ofrece otra perspectiva desde el ángulo de los contenidos. ¿Cómo y en torno a qué contenidos una parroquia puede construir su ministerio vocacional? Comenzamos diciendo que cuanto más directa sea la acción pastoral, de contacto directo con las personas, tanto más se necesita un plan coherente de trabajo. En este sentido, no es suficiente el contar eventualmente con un animador vocacional, sino que es decisivo el garantizar el funcionamiento vocacional de la parroquia a través de una serie de mediaciones que estén en sintonía.

Mediación teológica

Debe quedar claro que la llamada de Dios llega a través de la Iglesia y la Iglesia local. La comunidad cristiana y, por tanto, la parroquia no es sólo responsable de la animación vocacional sino que es ante todo el lugar donde resuena la voz de Dios que llama. Por tanto, el ejercicio de la titularidad vocacional sólo se interpreta correctamente cuando la comunidad eclesial que vive en un determinado territorio llega a ser mediación de aquella voz.

Reforzar el sentido y el valor teológicos de la comunidad como lugar en el que Dios se revela es de gran relevancia. Con ello se supera todo intimismo subjetivo y la tendencia peligrosa del “haz lo que te parezca” en el campo espiritual, en el ámbito de la relación con Dios, dado el clima de individualismo antropológico que hoy, con bastante frecuencia, llega a ser individualismo pastoral.

Actualmente hay una generación de jóvenes creyentes que pretende o encuentra mucho más sencillo relacionarse directamente con Dios y parece ignorar las mediaciones de Jesús y de la Iglesia[25]. Generación que prefiere “los grupos pequeños o las grandes concentraciones, pero que en definitiva son pocos los que siguen activamente la vida de la Iglesia... Los signos de los tiempos indican una fuga silenciosa de la institución eclesiástica”[26]. Está claro que en un contexto como éste de individualismo perceptivo-interpretativo de lo divino, de pasar sistemáticamente por encima de toda mediación humana, de alegre subjetivismo institucional, es verdad que no con las formas exasperadas de otros tiempos, es muy difícil que la comunidad parroquial, con su itinerario creyente y signos de su fe, pueda ser entendida como lugar donde Dios revela sus proyectos a los creyentes.

Hay que redefinir una acción pedagógicamente correcta. Y precisamente sobre esta acción pedagógica vamos a reflexionar ahora.

Mediación pedagógica

La comunidad no es sólo el medio o la mediación a través de la cual Dios nos hace llegar su palabra y descubrir su proyecto, sino que representa también el itinerario fundamental, la experiencia vital que el creyente debe recorrer y cumplir si quiere descubrir su ideal de vida. Experiencia que remite a aquellos itinerarios comunitarios de fe, que se corresponden con funciones eclesiales concretas y con dimensiones clásicas del ser creyente, y que en su recorrido va madurando la fe y se hace cada vez más visible o se va confirmando de forma progresiva la vocación de cada uno al servicio de la comunidad eclesial.

La reflexión y la tradición de la Iglesia indican que normalmente el discernimiento vocacional se hace presente a lo largo de algunos “itinerarios comunitarios”[27]: la celebración comunitaria y la oración (la liturgia), la comunión eclesial y la fraternidad (la koinonía), el servicio de la caridad (la diakonía), el anuncio y testimonio del evangelio (la martiría)[28]. Son exactamente los contenidos del itinerario creyente y también vocacional, que sin duda son un buen complemento a los dinamismos de la fe que hemos visto.

De hecho, una experiencia personal y comunitaria, sistemática y comprometida, como puede ser la parroquial, teniendo en cuenta estas direcciones que son del todo clásicas y sin las que no existe vida cristiana, podría y debería ayudar al creyente a descubrir la propia llamada vocacional. La pastoral ordinaria, en suma, es por naturaleza su pastoral vocacional: “todo creyente debe vivir el evento común de la liturgia, de la comunión fraterna, del servicio caritativo y del anuncio del evangelio, porque sólo a través de esta experiencia global podrá identificar su modo particular de vivir estas mismas dimensiones del ser cristiano. En consecuencia, estos itinerarios eclesiales son medios privilegiados, representan en alguna medida la avenida principal de la pastoral vocacional”[29], y he aquí por qué una vida parroquial normal y auténtica hace que una parroquia sea vocacional.

Pero esto no ocurre de una forma automática: estos itinerarios van cargados de fuerza vocacional, es decir, no se puede pretender que de pronto estos itinerarios clásicos del vivir cristiano desvelen la llamada de cada uno, sino que precisamente aquí deberá prestar toda su atención el agente pastoral: desde el sacerdote al catequista[30], desde el con­sagrado/a al educador adulto. Así se podrá imprimir una perspectiva vocacional a las dimensiones ordinarias de la pastoral ordinaria parro­quial. Evitando, por otra parte, pensar y situar la PV dentro de otras posteriores prestaciones, o prestaciones extraordinarias y añadidas. De ninguna manera. Es en el modo diario de vivir la fe donde puede y debe poco a poco hacerse evidente aquella voz que llama y puede hacer madurar la valentía del consentimiento. Lo importante pues es la constancia del día a día, de la semana, del mes vocacional, pero dentro de una animación vocacional general. Si no es así, es totalmente ineficaz. Las iniciativas extraordinarias tienen sentido sólo si lo ordinario también va en la misma dirección. Esto es una ley pedagógica.

Precisamente por esto y sólo en este punto la parroquia es cuna y terreno natural de vocaciones. De este modo, estas cuatro funciones, en cuanto provocan una movilización global del sujeto, lo sitúan también en el umbral de una experiencia muy personal, de una confrontación apremiante, de una interpelación imposible de ignorar, de una toma de decisión que no se puede dejar en el aire indefinidamente. Pero deberán estar todas presentes y armónicamente coordinadas para una experiencia que podrá ser decisiva sólo si es totalizante y no deja lugar a los subterfugios. Ocurre, sin embargo, que todavía hay realidades parroquiales donde sólo alguna de estas dimensiones se tiene en cuenta adecuadamente o se destaca excesivamente en referencia a las otras. Estos desequilibrios o unilateralidades pastorales (que influyen en las correspondientes esquizofrenias del párroco) debilitan el camino de la fe y ponen en entredicho la posibilidad de una provocación vocacional inteligente y coherente.

Cuando, por el contrario, el itinerario abarca todas estas dimensiones como vía obligada del camino creyente, entonces no sólo gana en rectitud el itinerario sino que sobre todo se garantizan mejor la autenticidad de la búsqueda y el discernimiento vocacional. Esto a su vez implica una deducción pedagógica fundamental: “las vocaciones que no nacen de esta experiencia y de esta inserción en la acción comunitaria eclesial tienen el peligro de estar viciadas a radice y es dudosa su autenticidad[31]. Es frecuente ver a jóvenes (tal vez modelados al estilo de sus respectivos párrocos) que espontáneamente le dan más importancia a una u otra de estas funciones (o sólo comprometidos en el voluntariado o demasiado atraídos por la liturgia o son grandes teóricos un tanto idealistas)[32].

Será pues importante que el educador vocacional insista en la línea de compromiso y no a la medida de los gustos del joven (o a sus intereses personales) sino a la medida objetiva de la experiencia deje, la cual no puede ser, por definición, algo que pueda domesticarse. Sólo el respeto a esta medida objetiva puede dejar entrever la propia medida subjetiva[33]. 

Pero en este punto la mediación no es sólo teológica o pedagógica, sino también psicológica.

Mediación psicológica

Esta mediación indica dar un paso que no acontece espontáneamente, y de manera particular en el joven, habituado como está a privilegiar la visión subjetiva (su interpretación personal) sobre la objetiva.

Por otra parte, es precisamente en este terreno donde el animador vocacional descubre su vocación como verdadero y auténtico educador en la fe y formador de la decisión vocacional. Debe hacer comprender que “la objetividad precede a la subjetividad” y todo su interés por el joven tiene que centrarse en “ayudar a que se dé esta precedencia si es que verdaderamente quiere descubrirse a sí mismo y lo que está llamado a ser”[34].

Es un principio que podrá parecer impopular y con muchas dificultades para que pueda llevarse a cabo. Por esto es indispensable aquí el testimonio vivo de una comunidad, como un estilo de vida creyente, como un modo normal de iniciar en la fe y de hacer crecer en la decisión creyente que compromete a todos, como una auténtica cultura creyente en la que uno nace y por la que se siente continuamente alimentado y sostenido. Y en realidad, este principio es verdadero también en el plano humano. Existe una objetividad precisa o un criterio normativo, en el momento en que analizamos la naturaleza humana, que es paso obligado para quien quiera realizarse según su verdad. En consecuencia, el joven debe darse cuenta de que si quiere verdaderamente conocerse y realizarse debe antes llegar a ser aquello que todo hombre está llamado a ser, y esto sencillamente a nivel humano. Así pues, y tanto más en el plano espiritual, debe comprender que debe llegar a ser aquello que Dios quiere de todo hombre, para comprender aquello que quiere en particular de él[35]. He aquí la razón del por qué la adhesión a los itinerarios comunitarios de crecimiento en la fe se convierte en norma para conocer el camino que uno tiene que recorrer. Todo esto es como decir: el sentido de pertenencia guarda y garantiza el sentido de identidad. Y no sólo a nivel de animación vocacional o de primera formación, sino a lo largo de toda la vida.

Dicho de otro modo: existe una objetividad que salva la subjetividad (y un sentido comunitario que posibilita el descubrimiento del yo), del mismo modo que la verdad protege la libertad, y es tarea propia tanto del pastor como del educador (ambos animadores vocacionales) el indicar esta verdad objetiva en el itinerario normativo de la comunidad creyente y guiar hacia ella, recordando que “la pastoral vocacional tiene las etapas fundamentales de un itinerario de fe”[36]. Será en el surco de esta norma objetiva donde será posible descubrir posteriormente el modo original que uno tiene de dar testimonio de la verdad[37].

Después de lo dicho, se comprende que haya tantos recorridos juveniles vocacionales que no dan ningún paso definitivo y acaban sin alcanzar ningún objetivo, dando vueltas sobre sí mismos, aparcados en órbitas que se repiten una y otra vez. También porque no existe un guía seguro (o el guía prefiere hacer de aparcador, llamémoslo así), o porque la vida de la comunidad creyente es contradictoria y no lineal, puesto que no aterriza bien en la propuesta de estos cuatro itinerarios y, por lo tanto, aparece sutilmente desequilibrada; o porque, en todo caso, no ha llegado a ser todavía método o estilo vocacional para todos.

Mediación personal

Finalmente, existe una mediación indispensable a nivel de personas comprometidas en la animación vocacional. La animación vocacional necesita el contagio del testimonio personal, como hemos dicho, pero añadiendo en este momento que sobre todo contando con que exista una red con más testimonios.

El perfil del animador vocacional está inevitablemente cambiando en la actualidad. Estamos pasando del personaje todo terreno y que asume todo lo concerniente a lo “vocacional”, echándoselo todo sobre sus hombros, a una articulación de funciones que quiere expresar sobre todo la naturaleza intrínsecamente comunitaria de la misma animación vocacional y que sin duda la hace más eficaz. La parroquia no puede permanecer al margen de esta evolución, entre otras cosas porque puede contribuir a su propia evolución en este mundo que cambia, y de convertida en correa de transmisión indispensable de una competente pastoral vocacional eclesial.

No queremos decir con esto que desaparezca la figura del animador vocacional porque todos debemos trabajar en la animación vocacional. Estamos tratando de delinear un futuro utópico que todavía no existe. Sobre todo a nivel más general e institucional (como una diócesis o una institución) creo que todavía es necesaria esa figura.

Y especialmente como animador de los animadores vocacionales y que en todo momento puede intervenir[38]. Y también como aquél que oportuna e inoportunamente no deja de llamar a todos a este deber, especialmente a los que se esconden y a las parroquias... a los que se esconden vocacionalmente, es a lo que nos referimos. Serían una especie de “empresarios vocacionales” en el sentido de que su tarea sería organizar “la economía” del conjunto de la diócesis o de la familia religiosa, para crear cultura en este sentido o una red de responsabilidades colectivas y convergentes.

Hechas las pertinentes salvedades, la misma función y la misma finalidad debería tener también el primer responsable del crecimiento en la fe de una comunidad parroquial, cuya madurez creyente, que ya hemos especificado antes y volvemos a insistir, proviene del hecho de que todos viven la propia vocación en la responsabilidad común de la del otro: personas llamadas que llaman. En este sentido, el presbítero como primer educador vocacional debe en principio tratar de hacer de todos unos animadores vocacionales en la parroquia.

Y actuar en el sentido de crear cultura, es decir, una mentalidad creyente adulta, difundiendo la necesidad de una responsabilidad a todos los niveles en sus diversas articulaciones: podemos decir que en una parroquia hay una variedad infinita de ministerios. En suma, mejor difundir la necesidad de una responsabilidad que no desperdigarse en mil actividades que a la postre tienen escasas consecuencias o no las tienen. Es mejor formar al creyente como un animador vocacional natural, en los diversos niveles, que organizar actividades eventuales y extemporáneas o llamar y hacer intervenir a expertos o presentar los acostumbrados testimonios más o menos heroicos de algunas personas que acaban por ofrecer una visión extraordinaria de la vocación.

Debemos estar convencidos de que lo que resolverá de raíz el problema vocacional será únicamente el asumir la responsabilidad directa de este problema por parte de la comunidad creyente como tal, o sea, el tomar conciencia del “deber de llamar” que afecta a todo creyente que vive convencido el hecho de ser llamado y la conexión que hay entre la acogida de la propia llamada y la responsabilidad de la del otro. Y todo esto en una red de responsabilidades convergentes.

La titularidad vocacional concierne a toda la comunidad creyente, a cada creyente: desde los padres, los educadores, los maestros, los catequistas que son agentes vocacionales, hasta llegar al hermano mayor cualquiera que sea, hermano mayor en la fe y en el discipulado, que se ha formado para esta concreta responsabilidad vocacional en los encuentros con los hermanos menores. De esta forma queremos decir que no sólo deben estar embarcados en esto el párroco o el vicario, el consagrado/a o el catequista, sino también el entrenador del equipo deportivo, el voluntario de Cáritas y también el creyente que se inhibe un poco y que está más dispuesto a “consumir” que a producir salvación. Es a través de este recorrido donde la parroquia encontrará cada vez más la dirección de su auténtica renovación en este mundo en permanente cambio. 

SÍNTESIS CONCLUSIVA

Queremos presentar en síntesis algunas características de la parroquia vocacional. En la parroquia del futuro el anuncio de la fe deberá consolidarse progresivamente con la propuesta vocacional, dirigida a todos en toda época de la vida, abierta a todas las vocaciones y ministerios a través de toda acción pastoral y en todo momento de la vida parroquial.

La parroquia debería ser cada vez más una verdadera escuela vocacional: lugar que llama y donde se va experimentando el ser llamados para toda la vida, pero también lugar donde se vive responsablemente la llamada del otro y donde uno se hace creyente que llama, adulto en la fe, por tanto.

Siempre en este sentido y para favorecer en particular el aprendizaje de la elección, la parroquia debería ser sobre todo sujeto provocante, que propone el aspecto “dramático” de la fe, como opción creyente hecha de elecciones diarias.

El agente pastoral parroquial (el presbítero y no sólo él) no puede olvidar nunca que una homilía, la administración de un sacramento, cualquiera que sea, una catequesis, una adoración del Santísimo, un retiro, una misa, una confesión, una novena, una iniciativa de todo tipo, si no es vocacional, si no apunta a la pregunta estratégica (“y a mí ¿ qué se me pide hacer a partir de esta Palabra, de este don... ?”) no es acción litúrgica o sacramental cristiana sino otra cosa, no bien definida pero de cualquier modo inútil y a veces contradictoria por no decir hipócrita.

Una parroquia debe ser y dar lugar a una gran floración ministerial, con infinita fantasía. No puede estar hecha de sacerdotes y parroquianos unidos a algún que otro grupo, sino de creyentes que viven cada uno su propia vocación para la edificación común. En la Iglesia de Dios o florecen todas las vocaciones o existe el peligro y la crisis general vocacional, sin olvidar que toda vocación tiene su dignidad.

La parroquia padece, como vimos, tres males clásicos: mal de comunicación, mal de comunión y mal de identidad. Es cierto que la vocación (y la PV) no resuelve por encanto estas patologías pero en cualquier caso tiene algo que decir a cada uno de esos males y a la radical exigencia de la que cada uno se hace portador. Muestra por tanto un modo de presentar la buena nueva (como don que responsabiliza), indica igualmente un estilo de relación que se inspira en el compartir los carismas y los ministerios, diseña una Iglesia de rostro más rico y diversificado, como un hermoso mosaico hecho con la presencia de todos.

La animación vocacional parroquial y la formación permanente del agente pastoral van juntas y cuidar de una es cuidar de la otra. Invertir en ambas es la opción de una estrategia de éxito. Una parroquia normalmente recibe la ayuda para movilizar una pedagogía vocacional por el hecho de que en la diócesis existe un proyecto de animación vocacional. También aquí es fundamental el trabajo en la misma dirección, diríamos que en red, dando pasos de forma coherente desde lo más general a lo particular.

La oración es fundamental para una genuina animación vocacional pero no como coartada que dispensa de pensar en otras cosas o desde luego de las propias responsabilidades. La oración vocacional es tal no sólo cuando pasamos horas de adoración para pedir la gracia de las vocaciones en el seminario, sino en la medida en que dispone los ánimos para asumir la actitud correcta en tal sentido, o sea, la actitud de responsabilidad unida a la actuación personal. Así hablando de una forma un tanto rigurosa, no todos pueden rezar por las vocaciones, sino sólo aquellos que viven realmente su vocación personal, sólo aquellos llamados que aceptan ser personas que llaman[39]. Las unidades pastorales no resuelven automáticamente ningún problema, pero pueden proporcionar una ocasión buena para dar un rostro nuevo a la parroquia, sobre todo responsabilizando al creyente, es decir, haciendo que tome conciencia de la propia responsabilidad en lo referente al crecimiento de la comunidad y, al fin y al cabo, haciendo activa una cierta ministerialidad laica.


[1] Cf. L. Bressan, Che cos´è oggi la Parrocchia I: La Rivista del Clero Italiano LXXXIV (2003) 733-742.

[2] R. Beretta, citado por F. Scalia, Quando il quartiere era chiesa: Presbyteri 9 (2003).

[3] F. Garelli, citado por Scalia, Quando il quartiere, 646.

[4] Cf. D. Bonhoeffer, El precio de la gracia, Sígueme, Salamanca 19955.

[5] M. Semeraro, I piedi della Chiesa, Oria 2001, 7-8.

[6] F. Scalia, Ripensare la parrocchia. Un problema di fede e di cultura: Presbiteri 10 (2003) 772.

[7] Scalia, Quando il quartiere, 647.

[8] Semeraro, 1 piedi, 14.

[9] T. Bello, citado en Semeraro, I piedi, 15.

[10] Hugo de s. Caro, citado por Semeraro, I piedi, 42.

[11] Cf. M. Muolo, Vocazioni, il “termómetro” della parrochia, entrevista a mons. L. Bonari en “Avvenire” 3/I/2004, p. 14.

[12] Nuevas Vocaciones para una Nueva Europa (NVNE), Madrid 1998, &35, p. 116.

[13] Cf. Sobre este tema A. Cencini, I sentimenti del Figlio, Bo1ogna 2001, 42-51 (ed. castellana: Los sentimientos del hijo, itinerario formativo en la vida consagrada, Salamanca 2003). Cf. También NVNE, & 35-36.

[14] Recuerdo, a este respecto, a un capellán joven, responsable de algunas actividades de la parroquia, al que de pronto una decisión de la asociación de vecinos, por diversos motivos, le quitó el campo deportivo para utilizarlo en otros menesteres. Pareció el final de su ilusión, al privársele de un espacio que se consideraba esencial. En realidad, este sacerdote contó después que, una vez superada la desorientación inicial, fue el inicio de un modo diverso y sin duda esencial de animar a los jóvenes, menos centrada en lo lúdico-recreativo y más en torno a un camino de fe. Tal vez disminuyó el flujo cuantitativo de jóvenes a la iglesia pero creció la cualidad del itinerario educativo-formativo.

[15] Me parece pertinente al respecto la simpática historieta de la hormiga n. 49.783.511 (M. Robazza, Conta le stelle, se puoi segui la tua stella, en Varios, Abbiamo visto la sua stella. suplemento a “Consecrazione e Servizio” 12 [2003] 59-60). Así se mueve también con frecuencia el hormiguero humano, también en nuestras parroquias, donde a menudo nadie tiene el valor de Abrahán de mirar al cielo y contar las estrellas.

[16] Sobre el estilo de relaciones propio del célibe por el reino de los cielos, me permito remitir a mi libro I sentimenti del Figlio, 208-219 (ya citado y traducido al castellano por Ediciones Sígueme).

[17] Cf. NVNE, 26b.

[18] Brambilla, citado por Scalia, Ripensare, 774.

[19] Retomo aquí esencialmente el parágrafo L'esperienza della fede è dinamica, aparecido en A. Cencini, Chiamò a sé quelli che volle. Dal credente al chiamato, dal chiamato al credente, Milano 2003, 30-32.

[20] Esto supondrá la conexión orgánica con otros ámbitos pastorales, como, por ejemplo, la pastoral juvenil y familiar.

[21]NVNE, 26a.

[22]Ibid., 26b.

[23] Es interesante la experiencia de la “evangelización en la calle”, llevada a cabo sobre todos por jóvenes en relación con otros jóvenes. Según refieren los animadores de esta experiencia, los más heridos son los evangelizadores más fuertes.

[24] M. L. Cante, Parrochia? «Una Casa tra le case», en “Avvenire” 4/X/2003, p.23.

[25] Cf. “...ma, ragazzi, Gesu Cristo dove'e”?: Roca 24 (1998) 12. El estudio fue dirigido por M. Pollo de la Universidad Salesiana y presentado en el encuentro de la CEI de noviembre de 1998.

[26] Ibid.

[27] NVNE, 27.

[28] Interesante el paralelo del filósofo I. Manzini en relación a lo que estamos diciendo. Recomendaba, para la autenticidad e integridad de la experiencia cristiana, la coexistencia de estos cuatro elementos: evento, anuncio, la comunidad y el precepto revelado por Dios (“Avvenire” 12/XI/1998).

[29] Ibid. 28.

[30] Pensamos, por ejemplo, en los actuales catequistas de la CEI que ya tienen una estructura vocacional clara y atrayente. Pero, ¿qué conciencia hay por parte de los responsables de la catequesis de que el catecismo que usan con todos los subsidios es catequesis vocacional? Ignorar esto es hacer vana la acción catequética.

[31] Esto es lo normal. Con esto no queremos olvidar que Dios puede llamar de mil modos. Recordamos aquella simpática historieta de un individuo un tanto famoso que, pasando bajo la ventana de la cocina de un convento, siente un olor de cosas buenas y sabrosas y decide entrar inmediatamente y hacerse fraile (no se sabe si después perseveró, pero se esperaría en la historieta que, una vez saciada su hambre, descubriera otras razones para permanecer allí o tal vez experimentó otros apetitos).

[32] Hoy, ciertamente, no vivimos tiempos de un materialismo beligerante, sino tiempos de un espiritualismo exasperado y quizá francamente excesivo, que corre cada vez más el peligro de hacerse a la medida del sujeto sin ninguna referencia objetiva y a menudo sin ninguna salida vocacional.

[33] NVNE, 28.

[34] Ibid.

[35] He desarrollado esta lógica sobre el plano propiamente formativo en mi libro Vita consacrata. Itinerario formativo lungo la via di Emmaus, Cinisello B 1994, 77-84 (ed. castellana, Vida consagrada: itinerario formativo, Ed. San Pablo, Madrid 2003).

[36] NVNE, 28.

[37] Ibid.

[38] El delegado vocacional diocesano,  por ejemplo,  será de por sí el animador vocacional de los animadores de las vicarías, éstos, a su vez, lo serán de los encargados vocacionales parroquia/es, los cuales deberán responsabilizar a los catequistas o a otros agentes pastorales locales, y así sucesivamente. Al menos como orientación general, esto vale, mutatis mutandis, para los institutos religiosos.

[39] Cf. NVNE, 35d.