Bíblicas


HIJA DE SIÓN

INTRODUCCIÓN

En nuestra vida se nos presentan muchísimas situaciones a lo largo del día que hacen que necesitemos de otras personas para que nos ayuden, trabajen con nosotros o hagan algo que nosotros no sabemos hacer. Requieren de nosotros que confiemos en otras personas. Muchas veces no nos damos ni cuenta de la necesidad que tenemos de confiar en otras personas, pero es algo fundamental para nuestra vida. Solos no podemos hacer todo en esta vida. Pero no se trata solamente de esto: hay muchas veces que necesitamos de otros en momentos esenciales de nuestra vida: cuando estamos sufriendo por algo, cuando nos ha ocurrido algo magnífico… o a veces son los otros los que necesitan de nosotros, los que quieren contarnos algo importante o nos necesitan para algo muy importante para ellos

Incluso nuestra vida puede quedar marcada por una muestra de confianza de otra persona en nosotros. ¿Se nos puede pedir nuestra confianza incluso para algo que nos supere, que no terminemos de entender?

Todo esto es algo concreto, algo de nuestra vida diaria. Se refiere a las situaciones que nos encontramos todos los días, que nos ocurren con la gente que nos rodea, no es un ejercicio de abstracción, y va a suponer de nosotros un ejercicio de humildad y de generosidad.

Existe una pregunta clave, una pregunta que nos ayudará a comprender la complejidad de este tema: ¿Por qué confiar en quien confío?

¿POR QUÉ CONFIAR EN QUIEN CONFÍO?

1. Muchas veces a lo largo del día nos fiamos de otras personas. En realidad, porque es necesario, lo hacemos sin darnos cuenta. Así que ahora vamos a darnos cuenta: ¿Qué sería de nosotros sin esas situaciones? ¿Cómo haríamos esas cosas sin confiar?

2. Muchas veces hemos de confiar en otras personas, necesitamos ayuda para algo y buscamos a alguien que sepamos que lo vaya a hacer bien, pero a la vez que sepamos que va a hacerlo como nosotros queremos. ¿En qué situaciones os ha pasado? ¿Cómo os habéis sentido?

3. A veces no nos queda más remedio que confiar nuestros secretos

LLEGADOS A ESTE MOMENTO , TE VOY A PRESENTAR A ALGUIEN: MARÍA

¿Qué sabes de María? ¿Cuándo vivió? ¿Dónde vivió y qué sabemos de su familia? ¿Sabes algo sobre sus amigos, sobre la vida que llevaba o podía llevar? ¿Qué ocurre en su vida? ¿De qué manera ilumina nuestra vida la actitud de María? Al fin y al cabo, a nosotros no se nos va a aparecer un ángel, no se nos va a pedir que seamos la madre de Dios…

La actitud de María a lo largo de toda su vida es para nosotros una lección magnífica, porque María no alcanzaba a entender toda la profundidad ni la importancia de la propuesta del ángel, pero se fía. Se fía de Dios porque ama a Dios. Y María no puede dejar de obedecer, no puede dejar de responder a aquel a quien ama. Esta actitud nos choca hoy. No está de moda. No está de moda confiar en la gente, ni mucho menos en Dios. Necesitamos pruebas claras, palpables, para acceder a la confianza de otro. María se fía de Dios. Hoy lo que hizo María sólo se entiende como una locura. María responde que sí a algo que no termina de entender sin pedir ninguna prueba para algo que va a cambiar su vida definitivamente. Sólo por su amor a Dios. Este amor a Dios es el que le permite ser plenamente libre para responder. Nosotros sólo a la gente a la que más queremos, en la que más confianza ponemos, nos atrevemos a decirle las respuestas más difíciles, porque sólo el que ama mucho arriesga mucho.

Entre los textos que pueden servirnos de apoyo encontramos, primero, el de la Anunciación: Lc 1, 26-38. Este es el texto primero, fundamental: es el “sí” de María a Dios.

Más importantes, los que tenemos en el fondo del corazón. Son las cosas que más nos importan: algo que nos ha ocurrido, un problema grave en que nos hemos metido, un enamoramiento, una pelea con nuestro mejor amigo… ¿Por qué lo hacemos? ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué ventajas nos ofrece?

4. Por último, a veces son otras personas las que confían en nosotros: A veces necesitan algo sin importancia, que no requiere casi esfuerzo de nosotros pero se nos agradece infinitamente, de forma expresiva y sincera. Otras, es muy importante lo que se nos pide: ¿Cómo reaccionamos? ¿Entendemos que se nos pida a nosotros? ¿Ponemos lo mejor de nosotros mismos o reservamos esfuerzos según quien nos los pida?

Pero un “sí” verdadero tiene que ser a la vez fiel, porque el amor verdadero es un amor que es eterno. Por eso, María, a lo largo de su vida, nos ofrece más y nuevas lecciones de fidelidad: en las bodas de Caná (Jn 2, 1-12), donde María nos invita a confiar en Jesús sin vacilar: “Haced lo que él os diga”.

Por último, en Jn 19, 25-27 aparece María junto a la cruz: El amor fiel lo es hasta en las peores situaciones, hasta en la hora de la muerte, donde se cumple lo que a María ya se había anunciado en Lc 2, 35. Pero ella no lo rehuye, no se esconde: entrega a su Hijo en sacrificio a pesar de su sufrimiento.

Y, ¿por qué no pensar en Cristo resucitado, apareciéndose en primer lugar a su madre? Es el premio a su amor fiel, a la entrega de su vida por la salvación de los hombres.

MARÍA ES UN TESTIGO DEL AMOR DE DIOS, Y QUIERE LLEVARTE HASTA ÉL

¿Cómo puede María llevarme hasta Dios? Además, hemos dicho que su vida era totalmente diferente a la nuestra. Pero sí, puede. Puede porque a ti, como a ella, Dios te llama a estar con Él, a participar de su gloria de su amor, de su alegría. Dios llama a todos los hombres a participar de su vida, a la comunión con Él, que por amor nos crea y nos conserva. Y esta llamada la hace Dios desde el principio de los tiempos. Dios quiere que todos estemos junto a él desde antes de que nosotros nazcamos. Tiene un plan para cada hombre, para cada uno de nosotros (como lo tenía para María), y seguirlo supone conocer la plena verdad, participar plenamente de su amor.

En el aceptar o no este plan, en como vivamos este diálogo con Dios que Él nos ofrece se funda la posibilidad para cada uno de crecer según las características propias (que de Dios hemos recibido como don) y que pueden dar sentido a la historia y a las relaciones de su existir cotidiano, en camino hacia la plenitud de la vida.

PARA QUE LE CONOZCAS Y GOCES DE SU AMISTAD,

VAMOS A REZAR UN RATO

Este tiempo es también muy importante: como hemos visto, es en el tiempo que cada uno dedique a la oración en el que puede realizar un discernimiento serio, profundo, de la propia vocación, poniéndose a la escucha de lo que Dios nos dice, así dice Samuel: Habla, Señor, que tu siervo escucha (1Sam 3, 10). Sólo afrontando con esta actitud este tiempo podremos responder como María: Hágase en mí según tu Palabra (Lc 1, 38). Así que empezaremos poniéndonos en actitud de oración, en silencio, en presencia de Dios, para que sea Él quien guíe este rato. Podemos empezar leyendo el pasaje de la Anunciación (Lc 1, 26-38).

En su tiempo, ¿cómo reacciona María a lo que le dice el ángel? ¿Qué entendió María de lo que le iba a ocurrir? ¿Qué pudo entender de cómo iba a cambiar su vida? ¿Cómo de fuerte sería esta experiencia para María, que la acepta pese a saber que no vendrían buenos momentos? ¿Por qué acepta? ¿Cómo ilumina esto tu vida? ¿O no tiene nada que ver contigo? ¿Qué tiene de actual esta historia?

Y AHORA, TÚ ¿QUÉ DICES?

Ahora es necesario asumir algún compromiso personal, evaluable, concreto, que modifique efectivamente la propia situación vital, según lo que hoy hayamos descubierto en el tema o en la oración. Si no lo hacemos, la reunión pasará sin llevarnos a ningún lado. Este compromiso personal será dicho en voz alta, para que todo el grupo pueda ayudar a que cada uno cumpla lo que se propone. Este compromiso es la consecuencia que se sigue lógicamente para aquel que ha descubierto algo en lo que quiere profundizar

MARÍA, LA HIJA DE SIÓN

Guía del Catequista

Introducción

Sólo pretende presentar el tema del que vamos a hablar. Puede remarcarse la importancia que va a tener especialmente que cuenten experiencias propias, pues sólo a partir de su experiencia particular se puede profundizar en la propia vocación

En nuestra vida se nos presentan muchísimas situaciones a lo largo del día que hacen que necesitemos de otras personas para que nos ayuden, trabajen con nosotros o hagan algo que nosotros no sabemos hacer. Requieren de nosotros que confiemos en otras personas. Muchas veces no nos damos ni cuenta de la necesidad que tenemos de confiar en otras personas, pero es algo fundamental para nuestra vida. Solos no podemos hacer todo en esta vida. Pero no se trata solamente de esto: hay muchas veces que necesitamos de otros en momentos esenciales de nuestra vida: cuando estamos sufriendo por algo, cuando nos ha ocurrido algo magnífico… o a veces son los otros los que necesitan de nosotros, los que quieren contarnos algo importante o nos necesitan para algo muy importante para ellos.

Incluso nuestra vida puede quedar marcada por una muestra de confianza de otra persona en nosotros. ¿Se nos puede pedir nuestra confianza incluso para algo que nos supere, que no terminemos de entender?

Todo esto es algo concreto, algo de nuestra vida diaria. Se refiere a las situaciones que nos encontramos todos los días, que nos ocurren con la gente que nos rodea, no es un ejercicio de abstracción, y va a suponer de nosotros un ejercicio de humildad y de generosidad.

Existe una pregunta clave, una pregunta que nos ayudará a comprender la complejidad de este tema: ¿Por qué confiar en quien confío?

¿POR QUÉ CONFIAR EN QUIEN CONFÍO?

No es necesario que todos hablen en referencia a todos los apartados. Los últimos apartados suelen ser los casos más complejos, y por tanto pueden ser más fructíferos, pero en un principio, cualquier posibilidad nos vale, porque lo importante es que busquen en su interior, en su vida… En este punto sólo tienen que “contar historias”, nada más. Las conclusiones ya las sacarán después, cuando tengan que referirlas a María.

Este apartado consiste en que revisemos nuestra vida, nuestras acciones más comunes, lo que hacemos normalmente: es muy concreto, y no requiere un gran esfuerzo. No se trata de que vayamos respondiendo punto por punto, sino de que elijamos las actitudes nuestras más actuales pero a la vez que más nos definan, porque así será más interesante el tema y las conclusiones.

1.Muchas veces a lo largo del día nos fiamos de otras personas. En realidad, porque es necesario, lo hacemos sin darnos cuenta. Así que ahora vamos a darnos cuenta: ¿Qué sería de nosotros sin esas situaciones? ¿Cómo haríamos esas cosas sin confiar?

2. Muchas veces hemos de confiar en otras personas, necesitamos ayuda para algo y buscamos a alguien que sepamos que lo vaya a hacer bien, pero a la vez que sepamos que va a hacerlo como nosotros queremos. ¿En qué situaciones os ha pasado? ¿Cómo os habéis sentido?

3. A veces no nos queda más remedio que confiar nuestros secretos más importantes, los que tenemos en el fondo del corazón. Son las cosas que más nos importan: algo que nos ha ocurrido, un problema grave en que nos hemos metido, un enamoramiento, una pelea con nuestro mejor amigo… ¿Por qué lo hacemos? ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué ventajas nos ofrece?

4. Por último, a veces son otras personas las que confían en nosotros: A veces necesitan algo sin importancia, que no requiere casi esfuerzo de nosotros pero se nos agradece infinitamente, de forma expresiva y sincera. Otras, es muy importante lo que se nos pide: ¿Cómo reaccionamos? ¿Entendemos que se nos pida a nosotros? ¿Ponemos lo mejor de nosotros mismos o reservamos esfuerzos según quien nos los pida?

LLEGADOS A ESTE MOMENTO: TE VOY A PRESENTAR A ALGUIEN: MARÍA

Ahora dejamos de lado nuestra experiencia, y una nueva persona “se añade al grupo”: es María. Ella va a contarnos también su experiencia de confianza en otro (en “Otro”). Ahora todo depende del tiempo que tengamos: podemos elegir un pasaje de la vida de María y fijarnos en él, o comentar varios, o todos… Una vez explicados, ahora sí, ellos tienen que confrontar su experiencia con la vida de María. Por eso están largamente explicadas cada escena y por eso está después la explicación más “teológica” y práctica de lo que es la vocación, porque así podemos entrar más profundamente en parecidos, en medios a nuestro servicio, en las formas de responder. Sinceramente, aquí depende más de la habilidad del catequista para empujar a los chavales a profundizar en lo que están escuchando, de su capacidad para que se impliquen. María era una persona normal, una chiquita normal y corriente, que responde al plan de Dios sobre su vida con confianza y amor. Ellos están llamados igualmente a responder a un plan que Dios ha elegido personalmente para cada uno de ellos, unido a ellos, y que es, sin duda, la posibilidad de ser más feliz. Esta idea fundamental se les tiene que quedar en la cabeza.

En este apartado vamos a iluminar nuestra vida con el ejemplo de María. Vamos a ver en qué se parece nuestra vida a la de ella. Para ello tenemos una serie de momentos de la vida de María que pueden servirnos. Es este un apartado muy rico, con el que podemos comparar todas las actitudes que antes hemos contado, a cada uno le llamará más la atención un momento de la vida de María, y tendrán que relacionarlo con lo que han contado de la suya. Por eso es necesario que la primera parte sea personal, para que a cada uno le afecte de una manera esta segunda parte.

¿Qué sabes de María? ¿Cuándo vivió? ¿Dónde vivió y qué sabemos de su familia? ¿Sabes algo sobre sus amigos, sobre la vida que llevaba o podía llevar? ¿Qué ocurre en su vida?

La vida de María no debía ser muy diferente de la de cualquier otra chica joven de su tiempo. En su vida va a ocurrir algo: Es la Anunciación (Lc 1, 26-38).

Vamos a ver tranquilamente qué le ocurre a María. Fijaos en la escena: no sabemos donde ocurrió, sólo sabemos que ocurre en Nazaret, una aldea poco importante, que no parece el lugar predestinado para semejante acontecimiento. Tampoco sabemos el momento exacto en que el ángel se presenta. Lo único importante son las palabras del ángel. Exigen de María escucha intensa y fe pura. Corren unos tiempos, no sólo ahora, también hace 2000 años, en los que existe una clara tendencia a pedir signos sensibles para creer, pero lo que mueve a María a aceptar no es ningún signo sensible: es sólo su amor a Dios.

María se enfrenta ante una verdad jamás enunciada en la historia, en todo el Antiguo Testamento, que puede aceptar o rechazar: su maternidad virginal. ¿Qué actitud tiene María? María mezcla sencillez y audacia. Ella misma alucina bastante, y por eso pregunta: “¿Cómo será eso?” Pero no por ello deja de creer: tiene fe en el poder de Dios. La prueba es que acepta. Estamos ante la libre colaboración de la persona humana ante la llamada divina. María, creyendo en la palabra del Señor, coopera en la maternidad anunciada.

Y María, aun siendo consciente de la altísima dignidad que se le ha concedido, se presenta a sí misma: “He aquí la esclava del Señor”. María acepta así un compromiso de servicio al prójimo que queda de manifiesto por la íntima unión del episodio de la Anunciación y el de la Visitación, en el que María acude rápidamente a ayudar a Isabel a preparar su ya próximo parto. María muestra así su total obediencia a la voluntad de Dios, pues su “hágase” no es sólo aceptación sino también acogida llena de convencimiento del proyecto que Dios le ofrece para su vida. Hace de la voluntad del Padre el principio inspirador de toda su vida, y a la vez la fuerza necesaria para el cumplimiento de la misión que se le confía. Está dispuesta a vivir todo lo que el amor divino tiene previsto para su vida… hasta la “espada” que atravesará su alma (cfr. Lc 2, 35).

Al pronunciar su “sí” al proyecto de Dios, María es plenamente libre ante Dios; a la vez se siente personalmente responsable ante la humanidad: nuestro futuro está vinculado a su respuesta. Con su modo de obrar María nos recuerda la grave responsabilidad que cada uno tiene de acoger el plan divino sobre la propia vida. María se entrega totalmente a la persona de Cristo y a su obra, en dependencia de él: esta condición de subordinación es fruto, sin duda, de la gracia.

Es importante subrayar estos aspectos que se deducen a partir del pasaje de la Anunciación, pues son los centrales de este tema: la escucha de María, que se mueve a responder en consonancia con su amor a Dios; cómo María supera todos los factores en contra (hasta los aparentemente insuperables) porque cree que Dios todo lo puede; el “hágase” de María, que a pesar de hacerla “llena de gracia ante Dios” la convierte en la esclava del Señor hasta en la cruz de Cristo; la libertad de María, que consciente y responsablemente responde a Dios consecuentemente con todo un Dios que “ha mirado su humillación”.

Otro momento de la vida de Jesús junto a María que relatan los evangelios son las bodas de Caná (Jn 2, 1-12). Se nos cuenta allí como María es invitada a unas bodas en Caná de Galilea, y “también fue invitado Jesús con sus discípulos”: Jesús vuelve a ser aquí introducido por María. Como en la Encarnación, María va por delante mostrándonos al Salvador.

Y María vuelve aquí, como en la Encarnación, a dar muestra de la valentía de su fe. Confía tan plenamente en Jesús que en cuanto se entera de que no había vino va a decírselo, a pesar de que aún Jesús no había hecho ningún milagro. Ella confía en el poder de su Hijo, a pesar de que este poder esté aún sin revelar.

Pero María no sólo sabe aparecer para acercarnos a Jesús, también sabe desaparecer: algunos exégetas han entendido la frase “¿Qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” como una doble interrogación: “¿Qué nos va a ti y a mí? ¿no ha llegado ya mi hora?” Así, Jesús le da a entender a su madre que ya no depende de ella, sino que es Él el que tiene que llevar la iniciativa. Y María deja de insistir ante él y, en cambio, se dirige a los sirvientes para invitarlos a cumplir sus órdenes: “Haced lo que él os diga”. María invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide.

Y así hasta la cruz. Porque, claro, como vimos en la Encarnación, María acepta vivir su vida junto a Cristo toda entera, incluso en Jerusalén, allí donde culmina la misión de Cristo. María acepta la inmolación de su hijo no de manera pasiva, sino en un auténtico acto de amor. Con este amor María entrega a su hijo, pues sabe cual es su misión (Jn 19, 25-27). María permanece de pie junto a la cruz, permanece con inquebrantable fe y extraordinaria valentía, sostenida por la fe, que se ha ido robusteciendo en los acontecimientos de su existencia y en la vida pública de Jesús. También aquí, en el sufrimiento supremo, en el dolor definitivo, resplandece la esperanza confiada de María en el futuro misterioso que se avecina con la cruz. María, que recuerda los anuncios de la Pasión de Jesús (Mc 8,31) ve como estos suscitan en ella la espera y el anhelo de la resurrección.

Por esto María es la nueva hija de Sión. Los oráculos del profeta Sofonías (So 3, 14ss.) que invitan a Jerusalén a no temer y que anuncian la intervención salvífica de Dios son similitudes que nos hacen reconocer en María a la nueva hija de Sión. Otros textos proféticos favorecen esta creencia: Jl 2, 21.27; Za 9,9-10. El relato de la Anunciación nos permite reconocer en María a la nueva hija de Sión. La Virgen acoge el mensaje en nombre del pueblo de David y en nombre de toda la humanidad.

Y María, que había permanecido junto a su Hijo en el momento crítico de la cruz, no podía quedar relegada por Él a la hora de mostrarse resucitado. No podemos pensar que Cristo Resucitado no se apareció a su madre, aunque ese encuentro no sea relatado por los evangelios. María debió vivir de manera particular, de la misma manera particular que había vivido la muerte de su Hijo, el encuentro tras la Resurrección. Al acoger a Cristo Resucitado, María es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.

Ahora que ya hemos visto cómo actúa María en cada momento de su vida surgen nuevas preguntas según vamos descubriendo cosas nuevas. ¿De qué manera ilumina nuestra vida la actitud de María? Al fin y al cabo, a nosotros no se nos va a aparecer un ángel, no se nos va a pedir que seamos la madre de Dios…

La actitud de María a lo largo de toda su vida es para nosotros una lección magnífica, porque María no alcanzaba a entender toda la profundidad ni la importancia de la propuesta del ángel, pero se fía. Se fía de Dios porque ama a Dios. Y María no puede dejar de obedecer, no puede dejar de responder a aquel a quien ama. Esta actitud nos choca hoy. No está de moda. No está de moda confiar en la gente, ni mucho menos en Dios. Necesitamos pruebas claras, palpables, para acceder a la confianza de otro. María se fía de Dios. Hoy lo que hizo María sólo se entiende como una locura. María responde que sí a algo que no termina de entender sin pedir ninguna prueba para algo que va a cambiar su vida definitivamente. Sólo por su amor a Dios. Este amor a Dios es el que le permite ser plenamente libre para responder. Nosotros sólo a la gente a la que más queremos, en la que más confianza ponemos, nos atrevemos a decirle las respuestas más difíciles, porque sólo el que ama mucho arriesga mucho.

MARÍA ES UN TESTIGO DEL AMOR DE DIOS, Y QUIERE LLEVARTE HASTA ÉL

¿Cómo puede María llevarme hasta Dios? Además, hemos dicho que su vida era totalmente diferente a la nuestra. Pero sí, puede. Puede porque a ti, como a ella, Dios te llama a estar con Él, a participar de su gloria, de su amor, de su alegría. Dios llama a todos los hombres a participar de su vida, a la comunión con Él, que por amor nos crea y nos conserva. Y esta llamada la hace Dios desde el principio de los tiempos. Dios quiere que todos estemos junto a él desde antes de que nosotros nazcamos. Tiene un plan para cada hombre, para cada uno de nosotros (como lo tenía para María), y seguirlo supone conocer la plena verdad, participar plenamente de su amor. Podemos descubrirlo y podemos no descubrirlo, podemos seguirle y podemos no seguirle, porque Dios nos ha dado libertad para ello pero Él, de alguna manera, nos revela a cada uno el plan que ha puesto en nuestros corazones para que seamos felices.

Dios nos ofrece a cada uno de nosotros una oportunidad diferente de la del resto de los hombres, única, particular, personal (¡una llamada personal de Dios!), que se realiza y se reconoce por medio de personas, situaciones, encuentros… en definitiva, mediaciones. A nosotros no se nos aparecerá un ángel, como le pasó a María, pero por otros medios descubriremos que Dios nos llama a algo, nos pide algo, nos encomienda una misión para nuestra vida. ¿Por qué nos encomienda a cada uno una tarea determinada? ¿Por qué me llama a mí a lo que me llama y no a otro? Pues no lo sé. La respuesta es así de dura, pero es también así de sencilla. No sé por qué razón Dios me llama a mí a lo que me llama, ni por qué te llama a ti a lo que te llama, y no sólo no lo sé, sino que tampoco puedo saberlo. Me pasa como le pasó a María: no alcanzo a comprenderlo, me supera, “es demasiado para mí”.

Así que llegados a este punto sólo puedo hacer dos cosas, sólo puedo tomar dos actitudes: 1) Pasar. Como no lo entiendo, paso de ello. Aunque, ¡ojo! No por el hecho de pasar, esa llamada deja de estar ahí, ni desaparece para siempre. 2) Considerarlo seriamente. María comprendió que la llamada que aquel ángel le hacía venía de Dios, y aun sin comprender la llamada, se fió, porque quería a Dios tanto que no podía pensar que Dios le fuese a ofrecer algo malo. Aquí hay un paso entre medias que no es fácil y en el que vamos a poner un poco más de atención. Hemos visto que María puede responder afirmativamente a Dios porque lo quiere, se fía de Él porque lo conoce, y por eso comprende que la llamada que recibe “es de Dios”. ¿Cómo podemos nosotros conocer así a Dios? ¿Cómo podemos reconocer que verdaderamente Dios nos llama, nos pide algo? En definitiva, ¿cuáles de estas “mediaciones” de que hemos hablado son verdaderas? ¿Cómo conocerlas y profundizar en ellas? Estas preguntas en realidad nos llevan a una conclusión muy interesante: profundizar en esta mediación, profundizar en esta llamada, es profundizar en el conocimiento de Cristo. Es profundizar en Él, en su vida, y aquí aparecen un sinfín de elementos que son todos una unidad: 1) La Sagrada Escritura. Porque, como dice San Jerónimo,

Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo”. Cada encuentro con la Palabra de Dios es un momento feliz para la propuesta vocacional, pues ayuda a comprender el estilo y los gestos con los que Dios elige, llama, educa, y hace partícipe de su amor. En las Sagradas Escrituras encontramos no sólo la historia de la salvación de Dios con los hombres, sino que encontramos, por la acción del mismo Espíritu Santo, que es origen de aquellos escritos, una luz que ilumina nuestras vidas y que da un sentido a lo que nos sucede. Por ello, este primer aspecto va íntimamente unido al segundo: 2) La oración. “Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre” (NMI 32). Puede aquí desarrollarse ampliamente el tema de la oración, explicando como este diálogo de amor con el Padre supone una profundización en su conocimiento y en el nuestro propio, y cómo este conocimiento favorece el conocimiento de la misión que el Padre nos encomienda: cuál es la llamada que nos hace. La oración supone, además, un dejarse plenamente en las manos del Padre, en el camino de la Gracia, y es el ámbito propio en el que nace y toma su pleno sentido el encuentro personal del hombre con Dios. 3) Los sacramentos. Son el lugar en el que se hace más patente el regalo que Dios nos hace: sólo en su Iglesia y en sus sacramentos el encuentro con Dios puede ser pleno, pues Cristo se hace presente en su Iglesia. Brota de aquí necesariamente una llamada a anunciar al resto del mundo, a todos aquellos que no han tenido la gracia de conocer a Cristo, la palabra de salvación que se nos ha manifestado. La vida de la Iglesia es oportunidad para que todos los hombres conozcan a Cristo y la llamada que Él les hace. Por ello, también podemos hablar de todo lo que compone esta vida de la Iglesia: 4) Los sacerdotes, presencia de Cristo en medio de los hombres, 5) la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, etc…

María no contaba con algunos de estos elementos, y sin embargo pudo reconocer y seguir la llamada que Dios le hacía. María reconoció una llamada particular, y María era plenamente consciente de que esa llamada era para ella, nada más que para ella, era personal. Aquí es necesario dejar de lado la particularidad de que sólo María fue llamada por Dios para ser la madre de Jesús, pero no por ello podemos dejar de generalizar: María recibe una llamada única también porque en esa llamada de Dios se ve influida toda su vida: todo su pasado recibirá un pleno sentido, y todo su futuro mira ya en una sola dirección, pues es la llamada de Dios la que marca definitivamente su vida. Esta vocación nace en un contexto (Nazaret, el ambiente propio de su tiempo…), influye a los que tienen algo que ver con ella (sus amigos, su familia, su prima Isabel, sus padres…) y también marcará a los que la conozcan en adelante (especialmente a partir de la misión pública de Jesús: pensar en la relación de María con los apóstoles, con Juan, con las otras mujeres…). María tendría pensada para ella una vida en su tiempo, según el ambiente que la rodeaba, quería que su vida transcurriera de una forma… que Dios decide alterar, y a la que ella no se niega, sino que se entrega de pleno. Todo podía haber seguido su curso, su ritmo natural, lógico… pero para Dios no hay otra lógica que amarlo y confiar en Él.

De alguna manera, esto no es muy diferente de lo que nos puede pasar a nosotros. Todos tenemos –más o menos- un plan para nuestra vida, una idea de cómo queremos que transcurra… a veces esta es algo tan simple como “a ver qué pasa”… pero Dios no irrumpe en nuestra vida para darnos complicaciones, o para que tengamos un local en el que juntarnos unos cuantos, o para tener un amigo cura… Dios ofrece a cada uno de nosotros un plan, que está elegido por Él desde el principio, y que por eso puede suponer un cambio muy fuerte en nuestra vida, porque a lo mejor no tiene nada que ver con lo que estamos viviendo ahora. Y entonces, cuando descubrimos este plan… tenemos que responder. Así, podemos continuar nuestra vida sin que esta novedad entre en ella, o podemos arriesgar, porque está claro que desvelar algo oculto es un riesgo, pero también que si no arriesgamos viviremos y moriremos de forma mediocre, habiendo dejado que nuestra vida pase sin lo más bonito que se nos ofrece: ¡una semilla que Dios ha plantado en nosotros desde la eternidad! Una semilla que supera con creces lo que tenemos, o podamos imaginar que tenemos, o lo que queremos… porque el plan de Dios es más maravilloso que todo eso. Él nos lo repite constantemente, y nosotros podemos fiarnos o no fiarnos.

En el aceptar o no este plan, en como vivamos este diálogo con Dios que Él nos ofrece se funda la posibilidad para cada uno de crecer según las características propias (que de Dios hemos recibido como don) y que pueden dar sentido a la historia y a las relaciones de su existir cotidiano, en camino hacia la plenitud de la vida.

PARA QUE LE CONOZCAS Y GOCES DE SU AMISTAD, VAMOS A REZAR UN RATO

Este tiempo es también muy importante: como hemos visto, es en el tiempo que cada uno dedique a la oración en el que puede realizar un discernimiento serio, profundo, de la propia vocación, poniéndose a la escucha de lo que Dios nos dice, así dice Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3, 10). Sólo afrontando con esta actitud este tiempo podremos responder como María: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Así que empezaremos poniéndonos en actitud de oración, en silencio, en presencia de Dios, para que sea Él quien guíe este rato.

Podemos empezar leyendo el pasaje de la Anunciación (Lc 1, 26-38).

Ahora viene un tiempo en silencio, en el que podemos aprovechar para releer la hoja o las notas que hemos ido tomando, repensar sobre lo que hemos estado hablando… Algunas ideas sobre este texto que te pueden ayudar en esta reflexión, aunque no hace falta utilizarlas, ni utilizarlas todas, son estas:

En su tiempo, ¿cómo reacciona María a lo que le dice el ángel?

¿Qué entendió María de lo que le iba a ocurrir?

¿Qué pudo entender de cómo iba a cambiar su vida?

¿Cómo de fuerte sería esta experiencia para María, que la acepta pese a saber que no vendrían buenos momentos?

¿Por qué acepta?

¿Cómo ilumina esto tu vida?¿O no tiene nada que ver contigo?

¿Qué tiene de actual esta historia?

Otra cosa que puede resultar interesante es que, en este tiempo, escriban. Puede ayudarles a centrarse o a profundizar en algo que hayan escuchado en la reunión. Y puede aclarar sus ideas. Por último estaría muy bien que intentaran sacar aquí el compromiso que luego tendrán que poner en común de cara a la próxima reunión. El Espíritu puede suscitar en ellos valientes y decididas acciones de cara al conocimiento y a la profundización en la propia vocación.

Puede estar bien intercalar algún canto tranquilo, repetitivo, que centre al que esté un poco más despistado y anime a dar una respuesta a lo que están rezando, por ejemplo: “Nada te turbe”, etc…

Para terminar, que hagan un momento de alabanza y acción de gracias, en el que agradezcan a Dios su cercanía y su luz en este rato.

Y AHORA, TÚ ¿QUÉ DICES?

Ahora es necesario asumir algún compromiso personal, evaluable, concreto que modifique efectivamente la propia situación vital, según lo que hayamos descubierto en el tema o en la oración. Si no lo hacemos, la reunión pasará sin llevarnos a ningún lado.

Este compromiso personal será dicho en voz alta, para que todo el grupo pueda ayudar a que cada uno cumpla lo que se propone. Habrá que insistir en que este compromiso es la consecuencia que se sigue lógicamente para aquel que ha descubierto algo en lo que quiere profundizar. Pueden aquí proponerse, en caso de fracaso o “bloqueo” más actividades vocacionales, lectura bíblica (lectio divina), animar a la dirección espiritual, a la vida de oración orientada a descubrir la propia vocación, etc…