Estado de Vida


Testimonio  de un sacerdote:

Querido lector:

Me han pedido que te cuente mi experiencia vocacional y tengo que confesar que no me resulta nada fácil. En primer lugar, porque cada vez percibo con mayor asombro la carga de “don" y de “misterio" que encierra la llamada  al sacerdocio. Y en segundo lugar, porque aún me veo muy lejos de vivir a la altura de la vocación que he recibido y sé que sólo cuando la viva plenamente comprenderé de qué se trata (sólo los santos comprenden -dejándose prender por él- el Misterio). Aun así, intentaré 'balbucear' una experiencia que, pese a mi torpeza, quizá sirva para aclararte o animarte un poco (si es que lo necesitas, claro).

            Empezaré diciéndote, que la llamada de Dios irrumpió en mi vida un buen día sin previo aviso, “sin pedir permiso", con tal evidencia y urgencia que se me hizo tan difícil de cuestionar o de aplazar como de justificar ante los demás. Por supuesto, tampoco fue algo fortuito, desconectado de esa 'historia de salvación' que, a trancas y barrancas, Dios iba llevando a cabo en mi vida: motivado por la educación religiosa que había recibido en mi familia y en el Colegio (en Ejercicios Espirituales y en un Grupo de Confirmación), me había incorporado a la pastoral de la Parroquia del Pilar de Juan Bravo y, además de participar en el Grupo de Jóvenes, estaba trabajando con un grupo de preadolescentes aficionados a “esnifar" pegamento, cosa que, como imaginarás, me traía bastante de cabeza. Por otro lado, los estudios de Medicina me exigían una dedicación cada vez mayor, y por ello, al comenzar 4º (el curso 80-81) me planteé la necesidad de dejar mis actividades en la parroquia para dedicarme de lleno a la carrera. Sin embargo, por la dificultad de encontrar alguien que me sustituyera, accedí a seguir con el grupo de “preas", intentando simultanearlo con una mayor dedicación a los estudios (que, sin ánimo de presumir, te diré que me iban muy bien). De hecho, por entonces, comencé a pasar consulta con un médico amigo, neurólogo militar, que trabajaba en el Hospital del Aire. Así las cosas, ocurrieron dos acontecimientos importantes que, seguramente, influyeron en que las cosas no salieran como yo las había planeado. -En Septiembre, antes iniciar el curso, fui con la Parroquia a Taizé (Francia) y allí pude descubrir, desde el contacto con jóvenes cristianos de toda Europa, el valor de la oración y hasta qué punto mi vida sólo podía tener sentido y consistencia desde Dios, lo que -dicho sea de paso- me ayudó a vivir con serenidad la ruptura con una chica por la que estaba bastante "colado". Un poco después, en Diciembre, mi hermano Rafa, que llevaba tres años en México formándose con los Misioneros del Espíritu Santo, venía a pasar dos semanas en casa, coincidiendo justamente con los exámenes de la Facultad, por lo que, ni corto ni perezoso y ante la sorpresa de mis compañeros (lo que me hizo ganar alguna cena), decidí dejar los parciales para mejor ocasión y sacar el máximo partido a su breve estancia con nosotros, escuchando atento su experiencia vocacional y observando pasmado su manera de actuar (tan distinta a lo que yo recordaba de él): ahora, no sólo como hermano carnal, sino "en el Espíritu", como religioso y futuro sacerdote, llamado a acompañar espiritualmente a los hermanos y, por ello, dispuesto también a alumbrar o avivar en nosotros, desde su propia experiencia (contada y cantada), la inquietud, el deseo... el amor de Dios.

Como ves, algo se estaba cociendo, Dios estaba trazando y entretejiendo la trama de mi vida desde hacía ya algún tiempo, y yo aún no lo sabia (como casi siempre, el interesado es el último en enterarse... porque la vocación no viene de uno, sino de Dios). Mi vida, como una olla a presión, empezaba a pitar y a echar vapor: vivía cada vez con más tensión mi dedicación a los estudios y a la pastoral de la parroquia, y, al mismo tiempo, rechazaba visceralmente, e incluso cuestionaba teóricamente, un sacerdocio que, considerado abstractamente, apenas tenía sentido o atractivo para mí. Por fin, un domingo por la tarde, algo cambió radicalmente. Es uno de esos recuerdos, y son pocos (por lo desmemoriado que soy), que conservo vivamente: esa tarde me encontraba, sin saber por qué, sin motivos aparentes, especialmente insatisfecho, inquieto, nostálgico, como anhelando algo que no sabía definir, presintiendo que algo estaba ocurriendo, algo que yo era incapaz de interpretar. De improviso, se hizo la luz, se adueñó de mí una súbita certeza y me invadió una paz profunda: hasta entonces, había querido ser médico para vivir la vida como un servicio en nombre de la fe, para devolver la salud física y mental al hombre enfermo (de hecho, quería ser psiquiatra); ahora, descubría con sorpresa, pero también con gozo, que Dios me llamaba a servir de otra forma, a curar una "enfermedad mortal" que aflige a tantos hombres sin saberlo (y sin buscar remedio): la falta de sentido, el extravío y el vacío existencial, la desesperación y la perdición definitiva... Y esto, no por mí mismo, apoyándome en mis propios recursos, sino "dando gratis lo que había recibido gratis", llevando a otros la Buena Nueva (Evangelio) que estaba dando sentido, y "salvando" literalmente, mi propia vida. Me sentía llamado, sin apenas dudas, “a consagrar” a esta tarea, no ya ciertos momentos de mi vida, el tiempo sobrante de una ocupación profesional, sino todo mi persona, la vida entera, “todo el corazón, todos las fuerzas, toda la mente", sin reservas, sin sentirme interiormente dividido, sin volver la vista atrás...

De ahí que, desde un principio, aceptando la primacía de la llamada que Dios me dirigía, decidiera resolver desde dentro (desde el mismo proceso vocacional) la conveniencia o no de terminar la carrera, y así, aunque seguí asistiendo a clase y a las prácticas hospitalarias, mi preocupación dominante y prioritaria consistiera desde aquel momento en discernir y confirmar la vocación, tanto en contacto con el Seminario como en diálogo con amigos de la Facultad y de la Parroquia, tratando de afrontar, con sinceridad, las reservas y exigencias que pudieran plantearme. Al final de curso, con mayor seguridad y con una gran ilusión (no exenta de miedos, por supuesto), me decidí a ingresar en la Etapa de Formación y dar así un vuelco radical a mi vida, contando, como puedes suponer, con el visto bueno del Seminario y cargando, aunque por poco tiempo, con la oposición de mis padres, empeñados en que terminara la carrera (por si acaso la vocación no era más que “el sueño de una noche de verano").

Después, como podrás imaginar, vinieron muchos 'novedades' (la teología, la vida espiritual y litúrgica, la experiencia comunitaria, la inserción en una nueva parroquia...) y un montón de 'descubrimientos' que iban confirmando la llamada inicial y enriqueciéndola con nuevas perspectivas, desvelando ese carácter de 'don' y de "misterio" del que te hablaba al principio. El primero y fundamental fue en los Ejercicios Espirituales de Septiembre, meditando un texto (1 Re 19) en el que Elías, cansado de huir de los soldados de Jezabel, se desea la muerte y, en esa situación límite, experimenta el amor providente de Dios que, no sólo le alimenta, sino que le interroga (“Elías, ¿qué haces ahí?"), avivando -con su propia respuesta- la conciencia del amor primero (“Abrasarme de celo por tí, Señor de los Ejércitos") y renovando el deseo incontenible de adentrarse en su Misterio, que experimenta como una .suave brisa". Me di cuenta desde aquel momento que, en realidad, la llamada que Dios me dirigía no era sólo a trabajar por El, a prestar un servicio, a llevar a cabo una misión, por muy exigente que pudiera resultar, sino a entregarme a Él y a gozar de Él, a consagrarle toda mi vida, a dejarme conquistar por ese Amor celoso que yo también me sentía llamado a 'representar' (hacer presente) sacramentalmente para todos... Por eso, ya no tenía tanta importancia la tarea que la Iglesia pudiera encomendarme en el futuro, el lugar el que pudiera destinarme, las personas que quisiera confiarme..., pues, en palabras de san Juan de la Cruz, Dios me había descubierto que "no tengo otro oficio", pues “sólo el amor es mi ejercicio".

Quizás ahora, al final de este 'pestiño', entenderás algo mejor eso de que la vocación es un “misterio" insondable y un “don" inagotable, una realidad de la que yo, sinceramente, no dejo de sorprenderme y de dar gracias a Dios cada día. ¡Ojalá que también tú, desde cualquier vocación a la que Dios pueda llamarte, lo descubras! Un fuerte abrazo

Juan Carlos.

1.- El sacerdote un llamado.

El sacerdote, antes que nada, es una persona elegida por Cristo para que su acción salvadora llegue a todos. Por tanto el sacerdocio es un don de Jesucristo a toda la Iglesia. Jesús mismo es quien llama desde las circunstancias ordinarias de la vida, sin buscar cualidades extraordinarias, así lo vemos en el Evangelio:

“No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido a vosotros" (Jn 15, 16)

“Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo:

-Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.

Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre, Zebedeo, en la barca con los jornaleros y se marcharon con él" (Mc 1, 16-20)

Hoy, como entonces, como siempre, Dios también llama a hombres en su vida concreta, en sus circunstancias actuales y les hace la misma invitación que a los discípulos: "venid conmigo y os haré pescadores de hombres". Hoy, como entonces, como siempre, hay hombres que responden libremente a la llamada de Dios y dejándolo todo le siguen y consagran su vida a ser "pescadores de hombres", esto es, a llevar el evangelio de Cristo y el amor de Dios a todos los hombres en cualquier situación y en cualquier lugar. La llamada de Cristo hace que, más allá de las debilidades y pecados del sacerdote, éste pueda cumplir con su misión en medio de la Iglesia.

2.- El sacerdote llamado para...

“Designó entonces a doce, a los que llamó apóstoles, para estar con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios..." (Mc 3, 14-15)

De entre los discípulos Jesús escoge a doce, a los que llamó apóstoles (enviados) para dos cosas: para estar con él y para enviarlos a predicar. Estos dos aspectos nos dicen mucho de lo que es ser sacerdote:

Para estar con Él: No pueden predicar sino están con Él, porque la predicación no es una teoría sobre algo, sino predicar al propio Cristo, palabra de Dios para siempre. Por eso el sacerdote debe estar muy unido a Cristo, es imprescindible para su tarea. Por tanto, para el sacerdote es imprescindible la oración, es su primera obligación, el sacerdote necesita contemplar a Cristo, meditar su palabra, renovar cada día la llamada que le hace ser sacerdote en todo momento y circunstancia. Sin estar con Cristo es imposible ser sacer­dote. Por eso el sacerdote debe ser un hombre de Dios, y, aunque parezca algo innecesario decirlo, un hombre profundamente creyente.

Para enviarlos a predicar. Toda llamada, toda vocación en la Iglesia, lleva aparejada una misión. La llamada al sacerdocio lógicamente también. Estar con Cristo es para llevarlo a los demás, no se puede concebir de otra manera. El sacerdote es un hombre consagrado, dedicado por entero a predicar, a llevar a Jesucristo a los demás. Toda su vida está para esto. Por eso la vocación al sacerdocio exige una respuesta libre y total de la persona, no puede ser de otra manera, la vida del sacerdote queda "expropiada", dedicada por entero a la tarea de predicar, de anunciar a Jesucristo. El sacerdote es para esta tarea, toda su vida es para esto. Por eso el sacerdote no lo es a ratos, o sólo cuando preside las celebraciones sacramentales, toda su vida es para esta tarea, el sacerdote es sacerdote siempre, en todo momento y circunstancia. Jesús encomienda a los apóstoles la misma misión que Él recibió del Padre: anunciar el evangelio a todos los hombres: "Como el Padre me envió a mi, así os envío yo a vosotros..." (Jn 20,21) y se reconoce presente en la predicación de éstos: “El que os escucha a vosotros me escucha a mí; y el que os rechaza a vosotros me rechaza a mí" (Lc 10, 16). Jesús realiza su misión con obras y palabras, anuncia el Evangelio y lo realiza, por eso da a sus apóstoles "poder para expulsar demonios" es decir para expulsar todo aquello que aleja a la persona de Dios. Jesús predica y está al lado de los enfermos, de los que sufren, de los desesperanzados, a los apóstoles les pide y les da poder para lo mismo. Hoy en la Iglesia los sucesores de los apóstoles, los que tienen esta tarea son los obispos, y los sacerdotes son sus colaboradores necesarios en esta tarea confiada por el mismo Cristo.

3.- El sacerdote realiza su misión en medio de la Iglesia.

El sacerdote realiza la misión que Jesucristo le confía en medio de la comunidad cristiana con tres funciones íntimamente relacionadas entre sí. Se puede decir que son tres aspectos inseparables de la única misión del sacerdote.

El sacerdote ministro de la Palabra de Dios. Debe anunciar y explicar la Palabra de Dios a todos, para que cada persona pueda acercarse al Dios de Jesucristo, para que cada persona pueda sentirse amada por Dios y llamada a vivir como Hijo de Dios siguiendo a Jesucristo. Por eso la necesidad fundamental de que el sacerdote rece y tenga gran familiaridad con la Palabra de Dios. El sacerdote es el primer “creyente" en la palabra y así tiene plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son “suyas" sino de Aquél que lo ha enviado. El sacerdote nunca es el dueño de la Palabra de Dios, es su servidor. No es el único poseedor de esta Palabra. es deudor ante el Pueblo de Dios, de una Palabra que él también ha recibido en y a través de la Iglesia. Por eso para poder evangelizar, el sacerdote, como toda la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado.

El sacerdote ministro de los sacramentos. En la celebración de los sacramentos, el sacerdote, presidente de esta celebración, renueva las palabras y gestos de Cristo para comunicar la salvación a los hombres. Así lo vemos en el evangelio: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos" (Jn 20, 23) "Luego tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “esto es mi cuerpo es entregado por vosotros; haced esto en conmemoración mía" (Lc, 22, 19). En la celebración de los sacramentos el sacerdote actúa “en la persona de Cristo" porque por la presencia del Espíritu es ministro de Cristo, cabeza de la Iglesia. Para el sacerdote, como para toda la Iglesia, la Eucaristía ocupa un lugar central en su vida, porque en ella se contiene “todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que mediante su carne, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres" (Concilio Vaticano II, Presbiterorum Ordinis 5).

El sacerdote guía de la comunidad cristiana. El sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el servicio de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia animando y guiando a la comunidad cristiana. Esta misión incluye la atención particular a cada persona y también a las diversas vocaciones que se dan en la Iglesia. El sacerdote está llamado a entregarse por amor al servicio de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, como hizo el mismo Jesucristo. San Pablo lo describe así: “En nuestra ternura hacia vosotros, hubiéramos querido entregaros, al mismo tiempo que el Evangelio de Dios, nuestra propia vida. ¡Tanto os queríamos!" (1 Tes 2, 8). El sacerdote es parte de la Iglesia, pero también está puesto al frente de la Iglesia, para animar y llevar a toda la Iglesia a Cristo, para que cumpla su misión de ser signo y presencia de Cristo en medio de nuestro mundo. El sacerdote debe también, como parte de su tarea, rezar por todos, poner delante de Dios a las personas que le han sido confiados con sus circunstan­cias y necesidades. Así se lo dice Son Pablo a Timoteo, “Te ruego, lo primero de todo, que hagas oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres" (1 Tim 2,1)

El sacerdote dedica toda su vida a esto, por eso renuncia a muchas cosas, trabajo, familia... cosas buenas en sí mismas pero a las que el sacerdote renuncia para poder estar con Cristo y predicar el evangelio, para cumplir su misión en medio de la Iglesia y del mundo. El sacerdote confía siempre en la promesa de Cristo:


"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (M t 28, 20) y dedica toda su existencia a ser signo vivo de esta presencia.

Pistas para nuestra reflexión:

  1. ¿Cómo se valora a los sacerdotes en tus ambientes
  2. ¿Crees que es importante lo que hacen los sacerdotes?
  3. ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención del testimonio del sacerdote?
  4. ¿Te parece que el sacerdote es alguien que puede ex           plicarte y hacerte cercana la palabra de Dios?
  5. ¿Te llama la atención la vida de los sacerdotes que conoces? ¿por qué?
  6. ¿Te has planteado alguna vez ser sacerdote? ¿Te gustaría serio?
  7. ¿Estás abierto a descubrir lo que Dios quiere de ti, sin excluir nada, tampoco ser sacerdote?