Estado de Vida


TESTIMONIO DE DOS NOVIOS

            Quisiéramos comunicaros con sencillez nuestra experiencia comenzando por decir que la vocación matrimonial no hace sino especificar la vocación original del Bautismo por la que estamos llamados a ser hijos de Dios.

         La primera sorpresa para nosotros ha sido la dinámica de esta vocación. Ésta no se nos ha presentado nunca como una relación de amo a criado o de jefe a subalterno. Dios llama, pero no grita, no manda. Nosotros hemos sentido, en esta llamada, toda la iniciativa de Dios y, al mismo tiempo, de un modo que no sabemos expresar toda nuestra libertad.

         La segunda sorpresa fue que nuestra vocación, no era para hacer algo. Era principalmente una llamada a ser alguien.

         ¿Qué debíamos ser nosotros dos?, nos hemos preguntado.

         Debíamos ser amor, mejor, nuestra existencia a dúo “en” el Señor debía hablar de amor a los hombres.

         Hablar de amor a los hombres quiere decir hablar de Dios, pues Dios es amor. Nuestro amarnos debía y debe hablar de Dios a los hombres.

         Enseguida vimos claro que una vocación de esta importancia no se puede en absoluto improvisar. Debíamos dedicarle nuestras mejores energías o, más exactamente, nuestra existencia completa. Sentimos la necesidad de crear una espiritualidad, o se  un estilo de vida que marcase las etapas y modalidades de nuestro camino y que, en cotejo con la Palabra de Dios, no dejar sin respuesta el problema de la oración, diese una impronta a la vida afectiva y sexual, produjera una opción de pobreza y , por fin, asumiera nuestra condición de laicos. De laicos compañeros de la Iglesia y profundamente compañeros de los hombres.

         En breve nos casaremos. Aun sabiendo que estrenaremos una realidad del todo nueva y diversa; aun haciendo desde ahora proyectos sobre nuestra familia, proyectos de apertura, de hospitalidad, de sobriedad en el uso de las cosas, del dinero, proyectos de acogida de los hijos que queremos tener... la única profecía que osamos hacer es que el matrimonio no podrá sino seguir en continuidad con el noviazgo y llevar a término el camino que ahora estamos recorriendo.

         Hemos deseado contaros nuestra experiencia y nuestro intento de vivir en conformidad con el Evangelio para testimoniaros esta convicción: el matrimonio radicalmente vivido en el Señor y con el Señor es un camino de santidad.

Cristina y Roberto

EL MATRIMONIO SACRAMENTO

1.– El matrimonio sacramento del amor de Dios.

            Dios es amor y se siente impulsado a dar el ser, la vida, a otros seres a quienes amar y por quienes ser amado. Dios crea a sí al ser humano, a su imagen y semejanza. “A su imagen los creó, hombre y mujer los creó”. La pareja humana es la imagen de Dios. El amor humano es la imagen y semejanza del amor de Dios. Por eso el ser humano lleva marcado hasta en su cuerpo, por el sexo, por su condición de ser para otro, de estar creado para el amor. El hombre es para la mujer; en su cuerpo lo lleva. La mujer es para el hombre. El hombre no puede encontrar en sí mismo el principio de su realización de su plenitud. Cuando se da, cuando ama, cuando es para, entonces lo consigue. Tanto más plenamente será él cuanto más total sea su donación.

            El hombre o mujer consagrados viven en otra dimensión su ser para. En una dimensión de universalidad: es para todos especialmente para los más desasistidos; es para Dios. Esta dimensión del consagrado recuerda a los esposos dos cosas:

Que su amor conyugal es “efímero”. Es decir, un día la muerte los separará. Que en definitiva están hechos para Dios. Que no pueden adorarse uno a otro. Que aman a Dios en el otro y construyen así lo eterno con lo temporal.

Que su amor conyugal, aunque es exclusivo, debe significar apertura: “en ti amo yo a todos” y no encerrarse en un egoísmo a dos.

            Desde el principio el amor de pareja fue un signo del amor de Dios a los hombres. Era una realidad de la creación que hablaba de Dios. Por todo el Antiguo Testamento vemos como los profetas se sirven de esta realidad natural para hacernos entender que es un Dios que nos ama.

            En la plenitud de los tiempos (cuando nos lo habló todo por Jesucristo) quiso que el amor conyugal fuera un sacramento, un lugar de encuentro, una presencia suya, por el consentimiento, si los esposos se dejan transformar. El amor de Dios, por el Espíritu, “habita y transfigura” el amor de los esposos y toda su realidad.

2.– Vosotros sois un sacramento.

            El matrimonio no es un sacramento tan sólo en el momento del consentimiento, ni es algo que se recibe como un añadido de la persona, sino que transforma a la pareja humana y permanece para siempre: sois un sacramento; vosotros como personas y como pareja sois un lugar de encuentro con el amor de Dios para los demás.

            Pero del mismo modo que no todos los signos con que os relacionáis en la vivencia de vuestro amor os hacen sentiros igualmente presentes el uno al otro, así también hay sacramentos, hay signos que de un modo privilegiado, no sólo nos hablan de Dios, sino que causan su presencia. Así el matrimonio no sólo nos habla del amor que Dios nos tiene, sino que causa su presencia amorosa en ti y en mí para todos.

            Y así resulta que tú eres para mí el sacramento, la posibilidad de encuentro con el amor de Dios, y yo lo soy para ti. Es Él quien en mí te ama, te comprende, te perdona... Y nunca soy más yo, más plenamente yo, que cuando es Él quien con mi vida, mis manos, mis labios y mi corazón se acerca a ti.

            Y no termina aquí la realidad de este sacramento. Tú y yo, marido y mujer, somos sacramento para nuestros hijos. El primer “lugar” desde el que nuestro buen Dios se les va a acercar, les va a llamar, bendecir, proteger, hacer libres...

            Y aún más: nuestro hogar, esta “primera” Iglesia, deberá ser para cuantos allí lleguen, sacramento, posibilidad de encuentro con Dios. Un “lugar” desde el que nuestro buen Dios pueda acoger, comprender, escuchar, atender... a cuantos vengan.

            Él será en mi para ti la fuerza del don sin reservas, del perdón permanente, de la comprensión y de la ternura, de la exigencia y de la fidelidad. Él será en mí todo para ti y en ti todo para mí. El será cada día en mí una nueva oportunidad para ti, porque Él en mí siempre cree en ti y te espera y te ama.

            Y los dos lo seremos para nuestros hijos y nuestro hogar lo será para todos.

3.– Si os dejáis transformar.

            El sacramento tiene como fin la comunión. Ser en Cristo una sola cosa. Hay que dejarse transformar por Jesucristo. En la lectura del Evangelio lo vamos conociendo, en la oración vamos profundizando en su intimidad; en los sacramentos alimentamos y restauramos la comunión de amor.

            Hay que dejarse transformar porque nuestro amor necesita ser curado. Son muchas las heridas del amor en cada uno. Hay que dejarse transformar porque la vida no es fácil y fácilmente podemos rompernos.

            Sois un sacramento desde ya. Pero vedlo también como un proyecto de futuro: “Algún día lo seremos más perfectamente”. El diálogo conyugal en verdad. El vivir uno para el otro en las pequeñas cosas. El cultivar diariamente vuestro amor, recreándolo. El  dedicar tiempo a lo que es importante: la oración conjunta y la escucha común de la Palabra de Dios... Todo eso hará que cada día seáis más transparentemente un sacramento, que cada día más puramente Dios esté presente en vosotros y llegue a través de vosotros a cuantos se os acerquen.

EL MATRIMONIO VOCACIÓN

            Hemos restringido excesivamente en su uso el término vocación. Cuando se dice de alguien que tiene vocación, entendemos será religiosa, religioso o sacerdote.

            Pero hay que recuperar su sentido universal. Tener vocación significa estar llamado a algo. Por el bautismo los cristianos somos llamados a ser hijos de Dios, a vivir la vida de Dios que se nos da gratuitamente. Esta llamada se nos da en la llamada de Jesús a seguirle para que encontremos en Él la plenitud y la dicha.

            Llamados a vivir, llamados a ser nosotros mismos, llamados a hacer de nuestra vida un don en Jesús, descubrimos un horizonte lleno de luz, capaz de saciar la búsqueda de sentido de cualquier criatura.

            Esta llamada universal a todos se concreta en dos grandes llamadas, dos modos de ser cristiano en seguimiento de Jesús, dos grandes vocaciones en las que se resume la vida cristiana:

La consagración a Dios en el sacerdocio o en cualquiera de tantas formas de vida consagrada.

El matrimonio vocación específica. El matrimonio, opción vital que pone en juego toda la vida, en una ofrenda para siempre, sacramento que hace presente el amor y la ternura de Dios.

            Así la vocación matrimonial es una llamada de Dios en la que podemos distinguir las siguientes notas:

Llamada a vivir la santidad. Cada miembro de la pareja debe dejar que su yo muera para que surja el “nosotros” en el que su yo particular alcanza su plenitud. El camino en el amor lleva a cada uno a dejar de lado egoísmos, caprichos, perezas y a saber ceder, a poner en juego su generosidad lo mejor de sí mismo. Es una llamada a “más”, al don total, a la ofrenda sin reservas, a la radicalidad del amor.

Llamada a ver en el otro un don que Dios te hace, en el que Dios mismo se te da. Es un don que se confía a tus cuidados, a tu amor, a tu verdad, para que lo recrees, para que lo hagas caminar hacia su plenitud.

Llamada a ser uno y hacer presente así a nuestro Dios que es comunión de amor, uno en la Trinidad. A ser uno sin dejar de ser cada uno el que es.

Llamados a vivir, a hacer real un acontecimiento: la alianza de Dios con los hombres. Debéis llegar, desde el por ti, a amaros de tal manera que quienes os vean puedan comprender el amor personal de Dios por cada ser humano.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL Y EN GRUPO

¿Tu experiencia de Dios te lleva a afirmar sin vacilaciones que Dios es amor?

¿Tu experiencia vital te lleva a afirmar que cuanto más amas más feliz eres?

¿Te has planteado alguna vez el matrimonio como llamada de Dios para tu vida?

¿Has pensado que para una persona casada el lugar primero de la presencia de Dios es su pareja?

¿Conoces algún matrimonio en el que veas claro que son reflejo del amor de Dios? ¿En qué lo notas?

¿Consideras importante que un matrimonio rece y escuche la Palabra de Dios en común? ¿Por qué?

¿Cómo definirías con tus palabras la llamada a la santidad en el matrimonio?

PARA REZAR

            Queridísimos jóvenes:

            !Cristo es la Vida! Estoy seguro que cada uno de vosotros ama la vida, no la muerte. Vosotros deseáis vivir la vida en plenitud, animados de la esperanza que nace de un proyecto de amplios horizontes. Es justo que tengáis  sed de vida, de vida plena. Sois jóvenes precisamente por esto. Pero ¿en qué consiste la vida? ¿Cuál es el sentido de la vida y cuál es el mejor modo de llevarlo a cabo?

            Cristo, queridísimos jóvenes, es el único interlocutor válido a quien podéis hacer las preguntas esenciales sobre el valor y el sentido de la vida. ¡Preguntadle a Él, escuchadle a Él! El  sentido de la vida, Él os lo dirá, está en el amor. Sólo quien sabe amar hasta olvidarse de sí mismo para darse al hermano realiza plenamente la propia vida y expresa en grado máximo el valor de su propia aventura terrena.

            Es la paradoja evangélica de la vida que se salva perdiéndose, una paradoja que encuentra su plena luz en el misterio del Cristo muerto y resucitado por nosotros.

            Queridos jóvenes, en la dimensión del don de uno mismo –paradoja evangélica de la vida que se rescata perdiéndose (Jn 12, 25)- se presenta la perspectiva madura de una vocación humana y cristiana. Esto es importante sobre todo para la vocación religiosa, en la que un hombre o una mujer, mediante la profesión de los consejos evangélicos, hace suyo el programa que Cristo mismo realizó sobre la tierra para el reino de Dios...

            Jóvenes que me escucháis, la llamada de Cristo no se dirige únicamente a religiosos, religiosas y sacerdotes. Él llama a todos; también a aquellos que riéndose del amor, se encaminan a la meta del matrimonio, pero sin amor.

            Es Dios, de hecho, quien ha creado al ser humano, hombre y mujer, introduciendo en la historia aquella singular “duplicidad”, gracias a la cual el hombre y la mujer, en la igualdad sustancial de los derechos, se caracterizan por el maravilloso complemento de los atributos, que fecunda la atracción recíproca.

            En el amor que nace del encuentro de la masculinidad con la feminidad se encarna la llamada de Dios mismo, quien ha creado al hombre “a su imagen y semejanza”, exactamente, como “hombre y mujer”.

            Esta llamada Jesucristo la ha hecho propia enriqueciéndola de nuevos valores en la alianza definitiva de la cruz. Pues bien, queridos amigos, en el amor de cada bautizado, él desea poder expresar su amor hacia la Iglesia, por la cual se ha sacrificado a sí mismo. (Ef 5, 27)

            Queridísimos jóvenes, a cada uno de vosotros, como a cualquiera de los de vuestra edad, a los cuales se refiere el Evangelio, Cristo renueva la invitación: “¡Sígueme!”. A veces esta palabra significa: “Te llamo a un amor total por Mí”; pero con mucha frecuencia Jesús quiere decir: “Seguidme a Mí, que soy el Esposo de la Iglesia”; aprende a amar a tu esposa y a tu marido, como yo he amado a la Iglesia.

            Hazte partícipe también tú de aquel Misterio, de aquel Sacramente del cual en la carta a los Efesios se dice que es “Grande” en referencia a Cristo y a la Iglesia. (Ef 5, 32).

NOTA BIBLIOGRÁFICA

            El testimonio de los novios y el desarrollo de esta catequesis ha sido recogido del capítulo cinco del libro Vivir en pareja de Manuel Iceta (Ediciones SM, decimotercera edición, Madrid 1998).