Vida de Santos y ejemplos de vida cristiana


CRONOLOGÍA 

1902: Nace en Barbastro (Huesca) el 9 de enero.  Tuvo cinco hermanos

1915: Quiebra el negocio comercial del padre y se trasladan a Logroño

      1917: Ve unas huellas en la nieve de los pies descalzos de un religioso e intuye que Dios desea algo de él.

      1920: Ingresa en el Seminario Sacerdotal de San Carlos en Zaragoza. Simultáneamente estudia Derecho en la universidad civil.

1924: Muere su padre, don José Escrivá

1925: Ordenación sacerdotal el 28 de marzo.

1927: Se traslada a Madrid, con permiso de su obispo, para obtener el doctorado en Derecho

1928: El 2 de octubre, ve qué es lo que Dios le pide, y funda el Opus Dei.

1931: Comienza la II República y la violencia anticlerical se encrudece

1936: Estalla la guerra civil de España (1936-1939)

1943: Aprobación del Opus Dei por la Santa Sede

1946: Fija su residencia en Roma

1965: Clausura del Concilio Vaticano II

      1974: Viajes por América Central y del Sur para impulsar el establecimiento del Opus Dei en esos lugares

      1975: Fallece en Roma el 26 de junio.  Miles de personas solicitaron que se abriera su proceso de Beatificación y Canonización.

1982: La Santa Sede erige el Opus Dei como Prelatura Personal

1992: Beatificación de Josemaría Escrivá el 17 de mayo

 

UN HOGAR CRISTIANO 

Dios me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención.  Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a uno de religiosas, y desde los siete a otro de religiosos.

             Me da mucha alegría decir que no recuerdo que mi padre me pegara más que en una ocasión.  Era muy pequeñín, muy pequeñín.  Fue una de las pocas veces que me sentaba a la mesa con los mayores, en una de aquellas sillas altas.  Debió de ser una tozudez mía.  Yo soy muy tozudo, soy aragonés: y eso, llevado a lo sobrenatural, no tiene importancia; al contrario, es bueno, porque hay que insistir en la vida interior, ¿verdad?  Total, que me dio un cachete.  No me volvió a tocar en la vida; nunca más: siempre me trató con dulzura, y me vino muy bien.  Tengo un recuerdo encantador de mi padre, que se hizo amigo mío.  Y por eso, yo aconsejo lo que he vivido: haceos amigos de vuestros hijos.

Su madre fue un ejemplo vivo de laboriosidad.No recuerdo haberla visto nunca desocupada; siempre estaba atareada en alguna cosa: hacía una labor de punto, cosía o recosía prendas de ropa, leía... No tengo memoria de haber visto jamás a mi madre ociosa.  Y no era una persona rara: era una persona corriente, amable.  Era una madre de familia, de familia cristiana, y sabía aprovechar el tiempo.

La vida de los Escrivá fue humanamente difícil.  Mi padre se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la gracia de Dios y buen humor. ¿Veis que bueno fue eso?  Ahora quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los negocios, porque así sé lo que es la pobreza si no, no lo hubiera sabido. Siento un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y estoy seguro de que goza de un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana.

Yo he hecho sufrir siempre mucho a los que tenía alrededor. No he provocado catástrofes, pero el Señor, para darme a mí, que era el clavo -perdón, Señor-, daba una en el clavo y ciento en la herradura.  Y vi a -mi padre como la personificación de Job.  Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna. Yo sentí el zarpazo de mis pequeños colegas; porque los niños no tienen corazón o no tienen cabeza, o quizá carezcan de cabeza y de corazón.

El Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente.

 

LA VOCACIÓN SACERDOTAL"el corazón me pedía algo grande y que fuese amor."

¿Qué quieres que te haga? Señor que vea" (Lc 18,41)

En casa continuaron mi educación, para darme una carrera universitaria, a pesar de la ruina familiar, cuando muy bien pudieron, en justicia, haberme puesto a trabajar en cualquier cosa.

Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, ni en dedicarme a Dios.  No se me había presentado ese problema, porque creía que no era para mí.  Más aún: me molestaba el pensamiento de poder llegar al sacerdocio algún día, de tal manera que me sentía anticlerical.  Amaba mucho a los sacerdotes, porque la formación que recibí en mi casa era profundamente religiosa; me habían enseñado a respetar, a venerar el sacerdocio.  Pero no para mí: para otros.  Recuerdo que, cuando cursaba el bachillerato, estudiábamos latín en el colegio.  A mí no me gustaba; de una manera necia -¡estoy ahora tan dolido de eso!- decía: el latín para los curas y los frailes... ¿Veis que estaba bien lejos de ser sacerdote?

¡La vocación sacerdotal! ¿Dónde estaría yo ahora, si no me hubieras llamado?  Sería, probablemente un abogado presuntuoso, un literatillo engreído, o un arquitecto pagado de mis obras.

Nunca pensé en dedicarme a Dios.  No se me había presentado el problema, porque pensaba que eso no era para mí.  Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente.  A mí, Jesucristo no me pidió permiso para meterse en mi vida.  Si a mí me dicen, en ciertos tiempos, que iba a ser cura... ¡Y aquí estoy!

El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que Él se valía para meter en mi alma esa inquietud divina.  Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor.  También a mí me han sucedido cosas de ese estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión y a la penitencia.

"Al pasar vio a Leví el de Alfeo sentado al telonio, y le dijo: Sígueme.  El, levantándose, le siguió." (Mc 2, 14)

Un día de fuerte helada, en pleno invierno de Logroño, Josemaría aún adolescente- vio las huellas de un Carmelita sobre la nieve.  Estas huellas removieron su corazón, que se encendió en deseo de un amor grande.  Ante el sacrificio, por amor de Dios, de aquel fraile, Josemaría se preguntaba qué hacía él por su Dios. ¿Cuál ha sido el origen de mi vocación sacerdotal? -Una cosa aparentemente fútil: la huella de los pies descalzos de un carmelita sobre la nieve.

Las pisadas en la nieve eran del padre José Miguel. Tomando, pues aquella blanca ruta, el muchacho se fue al carmelita, en busca de dirección espiritual.- Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección.  Ya vendría lo que fuera.

No era, sin embargo, el camino de los religiosos lo que Dios le pedía.  Lo vio pronto y con claridad,- y así se lo dijo al carmelita.  Después, con una generosidad increíble, y con una fe gigantesca, decidió hacerse sacerdote. ¿Por qué me hice sacerdote?  Porque creí que así sería más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho antes de mi ordenación la barruntaba, pero no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928.  Por eso me hice sacerdote.

Josemaría habló con su padre.  Don José Escrivá oyó, sorprendido, sus confidencias.  Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló.  Me dijo:

-Hijo mío, piénsalo bien.  Los sacerdotes tienen que ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra.  Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré.

Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño.

Se trasladó a Zaragoza para comenzar en el Seminario de San Carlos.  Entretanto, Josemaría seguía sin vislumbrar esa otra cosa que atisbaba del amor de Dios.  Estudiaba, rezaba, y se ponía en manos de la Virgen, en sus visitas diarias a Nuestra Señora del Pilar: La sigo tratando con amor filial.  Con la misma fe con que la invocaba por aquellos tiempos, en torno a los años veinte, cuando el Señor me hacía barruntar lo que esperaba de mí.  Medio ciego, siempre esperando el porqué: ¿por qué me hago sacerdote?  El Señor quiere algo, ¿qué es?  Y cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: ¡Señor, que vea!  Que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro.  Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino.

El 28 de marzo de 1925 se ordenó de sacerdote.  A los dos días celebró su primera Misa: en la Santa capilla ante un puñado de personas, celebré sin ruido mi Primera Misa.

LA FUNDACION DEL OPUS DEI“una visión nueva de la vida”

"Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt 5,48) "Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tes 4, 3)

Sus primeros destinos como sacerdote fueron los pueblos alejados de Zaragoza: He estado dos veces en parroquias rurales. ¡Qué alegría, cuando me acuerdo!  Me enviaron allí para fastidiarme, pero me hicieron un gran bien.  También entonces algunos procuraban molestar. ¡Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

En los primeros meses de 1927 se traslada a Madrid, para cursar los estudios de doctorado en Derecho Canónico.  Una vez en Madrid, desarrolla una amplia labor sacerdotal atendiendo los barrios más pobres, y en los hospitales de tuberculosos: Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir agradables a Dios.  Entretanto, rezaba y seguía esperando que la Voluntad divina se le manifestase claramente.

Así le sorprendió el 2 de octubre de 1928.  Fue en esta fecha, haciendo unos días de retiro en la casa de los Paúles de la calle García de Paredes de Madrid, cuando vino al mundo el Opus Dei.  Siempre guardó una comprensible reserva sobre este maravilloso suceso y sus circunstancias personales.  Justamente tres años más tarde describirá el meollo de lo ocurrido: Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles (en los que apuntaba las inspiraciones divinas).  Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nra.  Sra. de los Ángeles.  Bajo la luz potente e inefable de la gracia se le mostró la Obra en su conjunto; "vi" es la palabra que usaba siempre al definir este hecho.

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre.  Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el 2 de octubre de 1928.  Jamás se me había pasado por la cabeza, antes de aquel momento, que debería llevar una misión entre los hombres.

"Nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio." (2 Tim 1, 9.)

Por fin descubrió lo que Dios quería de él. Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida.  Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio.  Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.

La vocación nos lleva -sin damos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte.  Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia.  Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada.

Desde ese momento no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos.

Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más.  Pero así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.  Había que crear toda la doctrina teológico y ascética, y toda la doctrina jurídica.  Me encontré con una solución de continuidad de siglos: no había nada.  La Obra entera, a los ojos humanos, era un disparate.  Por eso, algunos decían que yo era un hereje, y tantas cosas más.

El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar.  Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierten en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.  El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima -olvidada durante siglos por muchos cristianos- de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino.  En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.

Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras.  A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto [Mt 5, 48]. Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.  Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del Opus Dei ha venido a subrayar.  Pero más importante aún es el influjo del Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el cristianismo.

UN CORAZÓN UNIVERSAL, UN CORAZÓN DE HIJO“A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando”.

"Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios."(Rom 8, 14)

Pasó el tiempo.  Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.  Horas y horas por todos los lados, todos los días.  Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se puede llamar casas a aquellos tugurios... Eran gente desamparada y enferma; algunos, con una enfermedad que entonces era incurable, la tuberculosis.

De modo que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios.  Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor.  Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas... Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin damos cuenta.  La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.  Yo les pedía que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos con la gente joven. ¡Y ésas fueron nuestras armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar! ¡Y esa fue la fuerza para ir adelante!  Y el Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía, gracias a los enfermos, que son un tesoro.

El Opus Dei se encuentra tan a gusto -en Inglaterra como en Kenya, en Nigeria como en Japón; en los Estados Unidos como en Austria, en Irlanda como en México o Argentina; en cada sitio es un fenómeno teológico y pastoral enraizado en las almas del país.  No está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia.

"Y, puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba!, ¡Padre!" (Gal. 4, 6-7.)

La raíz y el motor de toda esta actuación y expansión se encuentra en el saberse hijo pequeño de Dios.  Ocurrió en 1931, cuando tuvo una oración elevada en medio de la calle.  En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible -de lo que hoy contempláis hecho realidad-, sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: ¡Abba! ¡Padre!  Estaba yo en la calle, en un tranvía: la calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.  Probablemente hice la oración en voz alta.  Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo.  Me debieron tomar por loco.  Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca.

Como vivía la filiación divina, podía predicar la llamada a la santificación de todo hombre y mujer a través de las tareas ordinarias de la vida.  Os aseguro que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios.  Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día.  En la línea del horizonte parecen unirse el cielo y la tierra.  Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...

En 1975, meses antes de ir al Cielo, contaba a sus más íntimos: A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada.  Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.  El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad.  Hemos de vivir pendientes de Él., de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Una mirada atrás... Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías.  Y ahora, todo alegrías, todo alegrías... Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista, que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el otro Cristo que debemos ser.

Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias!  Te las he dado; habitualmente te las he dado.  Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

ACTIVIDADES A REALIZAR TRAS LA LECTURA DEL TEXTO 

A) La oración

Vemos con detenimiento la importancia de la oración en el camino que recorrió Josemaría.

¿En qué momentos resultó decisiva la oración para sus vidas?

¿Cómo hacía oración? ¿Es difícil hacer así oración?

¿Qué le digo yo a Jesús? ¿Cómo hago oración? ¿Creo que la oración es para todo el mundo o sólo para los curas y monjas? 

B) El sentimiento

Hoy en día parece que aquello que no sentimos, es que no existe.  Todo se centra en el sentimiento.  Sin embargo Josemaría, pasó a veces malos ratos y supo ver a Dios en esas situaciones.

Josemaría abría los ojos ante lo que le ocurría y así notaba el paso de Dios en su vida. ¿Voy aprendiendo a ver a Dios en las pequeñas cosas? ¿Me doy cuenta de que tratar a Jesús es algo que se aprende poco a poco?

¿Me dejo ayudar por mis padres, catequistas, sacerdotes,... para descubrir en mi vida el paso de Dios?

¿Me doy cuenta de que el sentimiento se va, tan pronto como llega, y que Jesús sin embargo no se va? ¿Le pido ayuda para ver más claro? 

C) La santidad

Esto sí que parece raro.  Debe ser una cosa para los que son muy espirituales, pero no para la gente normal como yo.

¿Qué tiene que ver la santidad con los deberes de clase que tengo que hacer, o con los recados que me manda mi madre? ¿Qué tiene que ver la santidad con tu novio/a?

¿Todavía no me he enterado de que la santidad es lo que quiere Dios para mí? ¿Todavía no sé qué Dios me quiere perfecto en el amor?

  

BIBLIOGRAFÍA 

BERNAL, S., Mons.  Josemaría Escrivá de Balaguer.  Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1977

GONDRAND, F., Al paso de Dios.  Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1985

URBANO, P., El hombre de Villa Tevere.  Plaza & Janés, Madrid

VAZQUEZ DE PRADA, A., El fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1997