DÍA DEL SEMINARIO


Madrid, 9 de marzo de 2016

Enviados a reconciliar para desvelar quién es el hombre

El lema del Día del Seminario, de este año 2016 para la Iglesia que camina en España, dice así: Enviados a reconciliar. Es un lema que nos remite a descubrir en este Año de la Misericordia que vive la Iglesia lo que un sacerdote está llamado a ser y a vivir. Como nos dice el Papa Francisco en la bula Misericordiae Vultus, «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. [...] Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret» (n. 1). Por otra parte, al comenzar este curso, me dirigía a todos los cristianos con una carta pastoral, que llevaba por título Jesús rostro de la misericordia, camina y conversa con nosotros en Madrid. Misericordia, compasión, reconciliación, entrega, amor, dar la vida por todos, acercarnos al camino de los hombres.... son palabras y expresiones que nos hacen ver dimensiones reales de lo que Jesús reflejó en sí mismo, de lo que tenía que ser el rostro definitivo del sacerdote. Los apóstoles fueron los primeros investidos de este rostro, que está destinado a continuarse en todos los períodos de la historia.

Hoy quiero recordar a nuestros seminaristas de Madrid, a quienes han sido llamados por el Señor al ministerio sacerdotal. Es la llamada más bella y la que puede entregar la mayor belleza a este mundo, pues consiste en reflejar, ser, entregar, manifestar el rostro de Jesucristo en esta historia. Los seminaristas habéis sido llamados a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo. Estáis preparándoos para ser presbíteros, seréis en la Iglesia y para la Iglesia una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor; proclamaréis con autoridad su palabra; renovaréis los gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación; ejerceréis hasta el don total de vosotros mismos el cuidado de los hombres, un cuidado con el amor mismo del Señor, para congregarlos en la unidad, para hacer una sola familia.

Queridos seminaristas que habéis tomado la decisión de responder a una llamada que estaba en lo más profundo de vuestro corazón y a la que cada uno habéis dado respuesta en edades y momentos diferentes de vuestra vida. Queridos jóvenes que sentís en lo más profundo de vuestra vida y de vuestro corazón que el Señor os llama. Sed valientes. ¡Qué maravilla es vuestra vida vivida y pensada para ser enviados a reconciliar, para ser enviados a ayudar, a acoger, cultivar y promover la misericordia, cuyo rostro es el mismo Jesucristo! ¿Se puede haber recibido algo más grande que esa gracia singular de Jesucristo, de haber sido escogidos gratuitamente por el Señor como instrumento vivo de la obra de salvación? Os estáis preparando para sentir compasión por todos los hombres. Pero ello requiere que vuestra vida esté ocupada, de manera total, por el hambre del Evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio; por las personas cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36); buscando como lo hizo el Señor a las que están dispersas y descarriadas (cf. Mt 18, 12-14), y haciendo siempre una gran fiesta al encontrarlas. Las recogeréis, y las defenderéis, las conoceréis y las llamaréis una por una (cf. Jn 10,3). ¡Qué trabajo más necesario conducir a todos los hombres con obras y palabras a pastos frescos y a beber agua! (cf. Sal 22). Tomad conciencia desde ahora de lo que hizo el Señor: alimentó a los hombres con su propia vida.

Queridos cristianos, ayudadme a sostener el seminario. Ayudadme a formar hombres para vivir la misma misión de Jesucristo, enviados a reconciliar. Ello requiere unos seminarios que digan, a quienes llegan a esa institución de formación, las mismas palabras que Jesús dijo los discípulos: «Venid y lo veréis» (cf. Jn 1, 39). Y que puedan ver. Y unos seminaristas que vuelquen tal presencia de Jesucristo que, cuando salen a ver a sus amigos, a su familia, a sus comunidades parroquiales, puedan tener la alegría del Evangelio, dada por esta experiencia transformadora: se fueron con Él, vieron donde vivía y pasaron aquel día con Él. Una alegría que nace del encuentro con Dios; que cuando salgan cada día digan con más fuerza lo que dijeron los discípulos del Señor: «Hemos encontrado al Mesías», y los lleven a Jesús. Ayudadme con vuestra aportación económica a que puedan vivir el dinamismo de la vocación, su desarrollo, buscar a Jesús, seguirlo y permanecer en Él. Nunca tengáis miedo de que vuestros hijos sean sacerdotes según el corazón de Cristo, para ser enviados a reconciliar, a ser rostro de la misericordia. El compromiso de toda la Iglesia en esta tarea no es un elemento secundario o accesorio.

Hablar de hombresenviados a reconciliar, de hombres enviados a ser rostro de la misericordia, es volver a entrar en el mismo itinerario de Jesús, es seguir las huellas de Jesús, ¿no recordáis las palabras con las que el Señor inicia su presencia pública en este mundo? Nos dijo y sigue diciendo: «Convertíos y creed en el Evangelio» (cf. Mc1, 15), es decir, nos invita a acoger la Buena Nueva del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad. Y ¿por qué hay que seguir diciendo esto en este mundo? Es cierto que muchos miran la realidad como historiadores, sociólogos, filósofos, teólogos, psicólogos, humanistas, poetas, o místicos. Estas miradas son necesarias, pero no cambian la raíz donde se produce el problema. Pueden ayudar si buscan la belleza, pero no cambian. Hay una mirada que es la más importante. Es la mirada preocupada por cambiar el corazón humano, pero cargada de una gran esperanza porque sabe quién es el que cambia el corazón. Es la mirada que tuvo Jesús, el Buen Pastor, y es la que sigue pidiendo a los sacerdotes; es la mirada del pastor, que sabe decir «conviértete y cree en el Evangelio»; es la mirada que ama incondicionalmente, es la que apuesta por el hombre siempre, la que une, crea puentes, elimina muros.

Más que nunca es necesaria esta mirada del pastor, imagen y semejanza de cómo miraba Jesús las diversas situaciones de los hombres. Y urge la misma propuesta y realización. Esta mirada es mucho más amplia, más penetrante: se atreve a mirar a los despedazados que están en el mundo, los descartes y las indiferencias, las divisiones y los conflictos que en lugar de resolverse por el diálogo, se agudizan en la confrontación y en el contraste. Y además, indaga las causas de los elementos que son generadores de división: desigualdades, antagonismos ideológicos, intereses económicos, polarizaciones, las presiones contra la libertad de personas y colectividades, las violencias y el terrorismo. Es la mirada de quien pierde la propia vida para que el otro la tenga. Es la mirada de quien se ha despojado del hombre viejo y se ha revestido del hombre nuevo. Es la mirada que cambia el corazón y pasa a las obras.

No tengáis miedo los enviados a reconciliar. Vuestra presencia es más urgente y necesaria cuando se da una ruptura con Dios, pues de esta se derivan todas las formas de ruptura en lo más íntimo del hombre y en su entorno. Defender un humanismo haciendo abstracción de Dios es un suicidio del hombre. El amor que Dios tiene al hombre no se para ante nuestro pecado, no se echa atrás ante nuestras ofensas, al contrario, se hace más cercano, solícito y generoso. Mostrar el rostro de quien es la Misericordia es la tarea más bella y también la más importante como servicio a los hombres.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos, arzobispo de Madrid