Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones-Vigilias


“HAZ LATIR EL CORAZÓN DEL MUNDO”

Saludo

            Sed bienvenidos todos en esta noche en la que, siguiendo la recomendación del Papa, nos reunimos en la Capilla Mayor del Seminario, en el marco de su primer centenario, para orar al Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Dice el Papa: “Cabe afirmar que «el amor eucarístico» motiva y fundamenta la actividad vocacional de toda la Iglesia, porque las vocaciones al sacerdocio y a los otros ministerios y servicios florecen dentro del pueblo de Dios allí donde hay hombres en los cuales Cristo se vislumbra a través de su Palabra, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía”.

Dentro del tiempo de Pascua, en el que la Iglesia celebra con alegría la resurrección del Señor, hoy nos disponemos a orar ante su presencia permanente con nosotros en la Eucaristía: en ella se ha querido quedar con nosotros como muestra de su amor. Nos enseña Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis: “La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz”. Esta Iglesia, nacida del costado abierto de Cristo en la Cruz, ha de ser Iglesia comunión para favorecer así el don de las diversas vocaciones que de ella brotan, pues en ella también “todo ministerio y carisma ha de estar orientado hacia la plena comunión”.

Pongámonos en oración, en el Espíritu de Cristo, para que el Padre mande obreros a su mies que fortalezcan la comunión de la Iglesia y conceda la santidad a los que ya viven en respuesta a la llamada de Dios.

Canto eucarístico. JESÚS RESUCITA HOY

Mirad, Jesús resucita hoy,
mirad, la tumba está vacía.
El Padre ha pensado en Él,
de los hombres es Señor,
de la vida Salvador.
Mirad, Jesús resucita hoy,
mirad, vive a nuestro lado.
La muerte no tiene poder,

proclamad por la fe que está vivo
y somos libres porque...


ÉL RESUCITA HOY,
ÉL VIVE ENTRE NOSOTROS.
ES CRISTO EL SEÑOR,
ALELUYA, ALELUYA. (2)


Mirad, Jesús resucita hoy,
nos da la paz con su palabra.
El gozo vuelve al corazón,
con su Espíritu de amor
nuestra vida cambiará.
Mirad, Jesús resucita hoy,
su amor no nos dejará.
su fuerza nos empujará,
Él será guía y luz,
fortaleza y esperanza porque...
 

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

PRIMERA ESTACIÓN:

EL SEÑOR RESUCITADO SALE AL ENCUENTRO DE MARÍA MAGDALENA

Del Evangelio según San Juan

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: - «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les contesta: - «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: - «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: - «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.» Jesús le dice: - «¡María!» Ella se vuelve y le dice: - «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» Jesús le dice: - «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."» María Magdalena fue y anunció a los discípulos: - «He visto al Señor y ha dicho esto.»

Homilía

Canto de acción de gracias /resurrección

¡Aleluya! ¡Cristo vivo está!

¡Aleluya! ¡Cristo vivo está!

Triunfó sobre la muerte,

al sepulcro Él venció;

vivirá por siempre.

¡Vivo está!   ¡Vivo está!

Es el Alfa y la Omega,

el principio y el fin.

El pecado ha derrotado

para damos libertad;

el Cordero ha vencido.

¡Vivo está!  ¡Vivo está!

¡Aleluya.. .

¡Vivo está!  ¡Vivo está!

¡Aleluya! ¡Cristo vivo está!

Oremos:

Señor Jesús, que quisiste aparecerte a la Magdalena en la mañana de Pascua,

nosotros no lloramos, pues sabemos de tu victoria sobre la muerte,

pero sí que estamos necesitados de un amor como el de María

para poder seguirte hasta el final,

para poder reconocerte;

ayúdanos a escucharte pronunciar nuestro nombre como pronunciaste el de María,

para que también nosotros seamos dispuestos y valientes

a la hora de hacer tu voluntad.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

SEGUNDA ESTACIÓN:

PEDRO Y JUAN CONTEMPLAN EL SEPULCRO VACÍO

Del Evangelio según San Juan

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le hablan cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Para la oración:

Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua empieza con las palabras: “he resucitado y siempre estoy contigo; tú has puesto sobre mí tu mano”. La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes. La mano del Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido levantarse, resucitar.

En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto la Iglesia puede considerar justamente la palabra de agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida al Padre: “Sí, he hecho el viaje hasta lo más profundo de la tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la luz; y ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos”. Pero estas palabras del Resucitado al Padre se han convertido también en las palabras que el Señor nos dirige: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz”.

(Benedicto XVI)

Oremos:

Señor Jesús, cuya ausencia muerto del sepulcro

fue signo de tu presencia vivo para Pedro y Juan;

tú has querido que el anuncio de María

pusiera a los discípulos en el camino de tu gran noticia,

por eso te pedimos su misma prontitud para acudir a tu llamada

y su misma docilidad para creer ante los signos

que nos ayudan a reconocer tu grandeza y a confiar en ti.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Canto: Nada es imposible para ti

¿Por qué tengo miedo,

si nada es imposible para ti?.
¿Por qué tengo miedo,
       

si nada es imposible para ti?


¿
Por qué tengo miedo,    

si nada es imposible para ti?.        

¿Por qué tengo miedo,

si nada es imposible para ti?

¿Por qué tengo tristeza

si nada es imposible para ti?
Nada es imposible para ti...
Nada es imposible para ti...

¿Por qué tengo dudas,                    

si nada es imposible para ti?         

Nada es imposible


Enséñame a amar

porque nada es imposible para ti

Enséñame a perdonar

porque nada es imposible para ti

 Nada es imposible para ti...
 
Tú te hiciste hombre

porque nada es imposible para ti  
 
Tu venciste a la muerte

porque nada es imposible para ti 

Tu estas entre nosotros

porque nada es imposible para ti

 Nada es imposible para ti...

Por que tengo miedo

si nada es imposible para ti.  

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

TERCERA ESTACIÓN:

EN EL CAMINO DE EMAÚS

Del Evangelio según San Lucas

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detu­vieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: ¿Eres tú el único forastero en Jerusa1én, que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: ¿Qué? Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo.  Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a Él no le vieron. Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes Sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída. y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció. Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Testimonio

Canto de acción de gracias  ÍBAMOS DOS ( Renacer)   

Íbamos dos camino de Emaús,

entristecidos discutiendo,

y sucedió que vimos a Jesús

y no supimos conocerlo.

 

El preguntó qué cosas discutís

dijimos lo del Nazareno

muerto en la cruz en plena juventud

aún no podemos comprenderlo.

 

Era Él el Mesías de Israel

muchos llegamos a creerlo

y ahora que ya hace tres días que fue

sacrificado por el pueblo.

 

El respondió que así debía ser

que estaba escrito su tormento

y reavivó nuestra apagada fe

el corazón ardía por dentro.

Quédate con nosotros quédate

ven y comparte nuestro techo

quédate con nosotros quédate

la oscuridad está cayendo.

 

El sonrió y entró para cenar

partiendo el pan y bendiciendo

nos lo entregó diciendo nada más

tomad comed esto es mi Cuerpo.

 

Y después ya no le pudimos ver

pero sabíamos que dentro

El está con nosotros y esta vez

resucitado de los muertos.

 

Quédate con nosotros quédate

y cúranos que estamos ciegos

para ver con los ojos de la fe

así te reconoceremos.

 

Quédate con nosotros a comer

reanima nuestro desaliento.

Quédate con nosotros quédate

y deja que se pase el tiempo  

Oremos:

Señor Jesús, que te apareciste en el camino a los discípulos que se dirigían hacia Emaús

para convertir su luto en danzas,

te pedimos que también hoy te muestres a tu Iglesia en el camino de la vida

para que, iluminados por tu Palabra y fortalecidos por la Eucaristía,

podamos reconocerte incluso en las decepciones

y ser enviados alegres a anunciar la buena noticia de tu resurrección a todos los hombres.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

 

CUARTA ESTACIÓN:

JESÚS FORTALECE LA FE DE TOMÁS

 Del Evangelio según San Juan

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: - «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: - «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: - «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: - «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Para la oración:

Es muy conocida, incluso es proverbial, la escena de la incredulidad de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Pascua. En un primer momento, no había creído que Jesús se había aparecido en su ausencia, y había dicho: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». En el fondo, estas palabras ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca.

Como sabemos, ocho días después, Jesús vuelve a aparecerse a sus discípulos y en esta ocasión Tomás está presente. Y Jesús lo interpela: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás reacciona con la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío». A este respecto, san Agustín comenta: Tomás «veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien ni veía ni tocaba. Pero lo que veía y tocaba lo llevaba a creer en lo que hasta entonces había dudado». El evangelista prosigue con una última frase de Jesús dirigida a Tomás: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que crean sin haber  visto». Esta frase puede ponerse también en presente: «Bienaventurados los que no ven y creen». En todo caso, Jesús enuncia aquí un principio fundamental para los cristianos que vendrán después de Tomás, es decir, para todos nosotros.

El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros al menos por tres motivos: primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerdan el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él.

(Benedicto XVI)

Canto CONFÍO EN TI

Confío en ti, de ti me fié,

no andaré tus pasos si no es desde la fe.

Justo he de vivir si en ti confié.

Dame, Dios, tu espíritu, dame tú la fe.

Confío en ti, de ti me fié,

no andaré tus pasos si no es desde la fe.

 Justo he de vivir si en ti confié.

Dame, Dios, tu espíritu, dame tú la fe.

Oremos:

Señor Jesús, que te apareciste a Tomás para hacerlo fuerte en la fe

mostrándole tus llagas gloriosas,

danos testigos del Resucitado que,

entregándote su vida, nos inviten a creer en ti aun sin verte,

y a querer, como ellos, siguiendo el ejemplo de los discípulos,

anunciar a nuestros hermanos que tú estas en medio de nosotros

hasta el día en que vuelvas desde el Padre con tus llagas.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

QUINTA ESTACIÓN:

JESÚS CONFIRMA A PEDRO EN EL AMOR

 Del Evangelio según San Juan

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.» Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Testimonio

Canto Qué sería de mí

¿Qué sería de mi si no me hubieras alcanzado,

dónde estaría hoy si no me hubieras perdonado?

Tendría un vado en mi corazón,

vagaría sin rumbo y sin dirección,

si no fuera por tu gracia y por tu amor (bis)

Sería como un pájaro herido que se muere en el suelo,

sería como un ciervo que brama por agua en un desierto,

si no fuera por tu gracia y por tu amor,

si no fuera por tu gracia y por tu amor.

Oremos:

Señor Jesús, que tras las tres negaciones

ofreciste a Pedro la ocasión para que también por tres veces confesara su fe,

te pedimos que frente a nuestra debilidad y nuestros pecados

también sepamos descubrir tu misericordia

que nos llama a entregarnos a ti

con la nueva fidelidad que llevó a Pedro

a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.

Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

SEXTA ESTACIÓN:

JESÚS ENCARGA SU MISIÓN A LOS APÓSTOLES Y ASCIENDE AL CIELO

De los Hechos de los Apóstoles

Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.»

Para la oración:

En la homilía durante la Celebración eucarística con la que he iniciado solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: « Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él ». Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: « Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera ». También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: « Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros ». Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana.

La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz; vino para dar testimonio de la verdad. (…) El culto agradable a Dios implica también interiormente esta disponibilidad, y se manifiesta en el testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana coherente allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.

(Benedicto XVI)

Canto  Yo abriré una puerta

Yo abriré una puerta          

Si tú cierras

La del pasado                                             

Hago hoy cosas nuevas,

Como en nuevo

Pentecostés.

 

Oremos:

Señor Jesús, que has querido precedernos al cielo

para abrirnos las puertas eternas, cerradas a Adán y Eva,

ayúdanos a trabajar constantemente en la misión de preparar y adelantar tu vuelta,

reconociendo tu voluntad sobre nuestras vidas

para que, realizándola, anunciemos al mundo entero el amor de Dios

y tu presencia constante por el Espíritu en medio de nosotros.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona

Tu fidelidad es grande.

Tu fidelidad incomparable es.

Nadie como tú, bendito Dios.

Grande es tu fidelidad.

SÉPTIMA ESTACIÓN:

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO EN PENTECOSTÉS

De los Hechos de los Apóstoles

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

Para la oración:

La Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II describe la Iglesia como «un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», en el cual se refleja el misterio mismo de Dios. Esto comporta que en él se refleja el amor trinitario y, gracias a la obra del Espíritu Santo, todos sus miembros forman «un solo cuerpo y un solo espíritu» en Cristo. Sobre todo cuando se congrega para la Eucaristía ese pueblo, orgánicamente estructurado bajo la guía de sus Pastores, vive el misterio de la comunión con Dios y con los hermanos. La Eucaristía es el manantial de aquella unidad eclesial por la que Jesús oró en la vigilia de su pasión: «Padre… que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado». Esa intensa comunión favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino.

Para promover vocaciones es por tanto importante una pastoral atenta al misterio de la Iglesia−comunión, porque quien vive en una comunidad eclesial concorde, corresponsable, atenta, aprende ciertamente con más facilidad a discernir la llamada del Señor. El cuidado de las vocaciones, exige por tanto una constante «educación» para escuchar la voz de Dios, como hizo Elí que ayudó a Samuel a captar lo que Dios le pedía y a realizarlo con prontitud. La escucha dócil y fiel sólo puede darse en un clima de íntima comunión con Dios, que se realiza ante todo en la oración. Según el explícito mandato del Señor, hemos de implorar el don de la vocación, en primer lugar, rezando incansablemente y juntos al «dueño de la mies». El buen Pastor nos invita pues a rezar al Padre celestial, a rezar unidos y con insistencia, para que Él envíe vocaciones al servicio de la Iglesia−comunión.

(Benedicto XVI)

Canto  Ven ahora

Ven ahora (ven ahora),

Santo Espíritu (Santo Espíritu)

Ven y toma (ven y toma)                        

Tu lugar (tu lugar)

Somos Sión. Tú eres Rey,

Ven y úngenos, Señor.                  

Ven ahora,          

Ven a mí.

Oremos:

Señor Jesús, que enviaste el don de tu Espíritu Santo

sobre la Iglesia reunida en oración en el cenáculo

para que ella misma se entregara a ti totalmente

movida por tus fuerzas y según tu voluntad,

envía también hoy, según tu promesa,

sobre tu Iglesia orante tu Espíritu,

que haga latir el corazón del mundo con el fuego de tu amor,

para que toda la humanidad te escuche y crea,

y se realice en ella el don de la unidad.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración. Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu Redención. Por nuestro Señor Jesucristo.

Bendición con el Santísimo

PROCESIÓN FINAL

Tuya es la victoria

Porque tuya es la victoria,

porque tuyo es el poder,

porque tuya es la fuerza,

mi Dios, te bendeciré.

Porque tuya es la gloria,

porque tuyo es el honor;

tú mereces alabanza,

yo te alabo, mi Señor.

Gloria, honra y alabanzas

son el trono de mi Dios,

donde se sienta el Cordero

que nos trae la salvación.

Ahora es tiempo

Ahora es tiempo de alabar a Dios,

en la presencia del Consolador.

Concéntrate en Él,

empieza a cantar,

su presencia con poder descenderá.

¡Gloria a Dios! (¡oh, gloria a Dios!) (2)

Él mora en la alabanza de su pueblo;

se goza al oír nuestro clamor.

Concéntrate en Él,

empieza a cantar,

su presencia con poder descenderá.

¡Gloria a Dios…

Salida  Alabándote

¿Cómo podré agradecer tanta bendición?

¿Cómo podré responder a tu amor?

Levantando mis manos, Señor.

Declarando que tú eres Dios

y dejándome llevar por el soplo de tu amor.

y alabándote, y alabándote              

y alabándote Señor, mi Dios.

Quiero adorarte, Señor, desde el corazón

y descalzarme ante ti, Santo Dios.

Tu perfume me inunda, Señor.

Tu presencia está dentro de mí

y tu gracia se derrama por todo este lugar.

y alabándote...

 

Oración a la Virgen

Virgen y Madre, Santa María,

que animaste a la primera comunidad, en la que

«todos perseveraban unánimes en la oración»,

ayuda a la Iglesia a ser en el mundo de hoy icono de la

Trinidad, signo elocuente del amor divino

a todos los hombres.

Virgen María, que respondiste con prontitud a la

llamada del Padre diciendo:

«Aquí está la esclava del Señor»,

intercede para que no falten en el pueblo cristiano

servidores de la alegría divina:

Sacerdotes que, en comunión con sus Obispos,

anuncien fielmente el Evangelio y celebren

los sacramentos, cuidando al pueblo de Dios, que estén

dispuestos a evangelizar a toda la humanidad.

Que aumente el número de las personas consagradas,

que vayan contracorriente, viviendo los consejos

evangélicos de pobreza, castidad y obediencia,

y den testimonio profético de Cristo

y de su mensaje liberador de salvación.

María, que comprendiste mejor que nadie el sentido

de las palabras de Jesús: «Mi madre y mis hermanos son los

que escuchan la palabra de Dios y la ponen

en práctica», haz que los hermanos y hermanas a los

que el Señor llama a vocaciones particulares en la Iglesia,

aprendan a escuchar a tu divino Hijo.

Ayúdanos a todos, a decir con la vida:

«Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad».