Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones-Vigilias


Sé de quién me he fiado

El Señor os dará

su Espíritu Santo,

ya no temáis,

abridle el corazón.

Derramará todo su amor.

Entrada

Saludo: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. La paz esté con vosotros. Y con tu Espíritu.

Monición: Sed bienvenidos todos los que venís a participar en esta vigilia de oración, con motivo de la Jornada de Oración por las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada. La existencia de estas vocaciones pone de manifiesto una realidad preciosa de nuestra fe: Dios no realiza nuestra salvación sin contar con nosotros, sino que quiere ofrecernos el don de participar en esta hermosa tarea. Más aún: “Su iniciativa libre requiere nuestra respuesta libre”. Dios nos abre así una puerta a descubrir que en su llamada está también nuestra felicidad, y la forma elegida por Él para que esta se realice se llama cooperación. Cuanto mayor sea la sinergia entre el Espíritu Santo de Dios y nosotros, mayor será nuestra divinización y nuestra felicidad. Esa cooperación es también la que nos ayuda a descubrir nuestra vocación divina y la capacidad de llevarla a término. Hoy rezamos para que cada vez sean más los que descubran esa invitación de Dios a cooperar con Él en el sacerdocio y la vida consagrada, y para que aquellos que ya lo han descubierto se dejen hacer cada día más por Él y alcancen la plena felicidad, la plena presencia de Dios en ellos.


PRIMERA PARTE:

EL PADRE ENTREGA AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO COMO DON

Oración colecta:

Oremos. Queridos hermanos: alcemos nuestros ojos al Cielo para  ver la Gloria de nuestro Salvador: cómo ensalza a la Virgen para que le conciba, cómo premia a la Madre cuando le da a luz.

Él se ha hecho al mismo tiempo don e hijo; infundido en ella le otorga lo que a ella le falta, nacido de ella no se lleva lo que a ella le ha dado. No le priva del honor de llevarlo en su seno, ni la entristece con los dolores del parto. Acalla el gemido materno cuando va a nacer y deja que se manifieste la ternura hacia el ya nacido. Pues no estaría bien que gimiera de dolor la que alumbraba el gozo de todo el universo, o que el origen de la alegría conociera la opresión del dolor.

En lo profundo del corazón, la fe acoge con calor el anuncio del ángel, el oído recibe la palabra que no deja lugar a dudas y la seguridad de su fe queda confirmada con la esperanza de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete. Así el alma concibe lo que la fe le enseña, así el espíritu alcanza en plenitud lo que ha elegido. No nos diferencia de nuestro Redentor la verdad de su naturaleza humana, sino su poder.

¡Oh inefable acción de Dios!, dentro se experimenta el crecimiento del poder divino, y fuera no se pierde la perfecta virginidad. El Hijo Unigénito de Dios sale de las entrañas maternas sin abrir la vía natural del parto. Al ser concebido y al ser alumbrado sella el seno de la Virgen y lo deja intacto.

En esto, por lo que se refiere a nuestra salvación, la misma naturaleza humana resulta una victoria, pues con este parto ha vencido al enemigo no menos que lo hará con el duro combate, y es que por el misterio de su concepción el enemigo se ha dado cuenta de que el que nace viene para reinar.

Un hombre de tal categoría tiene poder de dar la vida con la que va a dotar a los demás; y no la ha recibido de nadie, sino que la tiene por sí mismo. Nadie se extrañe de que al nacer acoja a los que creó, si antes de nacer era dueño de los que redimió.

Todos responden: Amén.

El obispo añade la siguiente conclusión: Por la misericordia de Dios, nuestro Dios, que es bendito y vive y todo lo gobierna por los siglos de los siglos.

Todos responden: Amén. 

Liturgia de la Palabra

Entronización de la Palabra de Dios

Primera lectura: Lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11)

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: "¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua."

Salmo responsorial: Sal 39

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,

y, en cambio, me abriste el oído;

no pides sacrificio expiatorio,

entonces yo digo: "Aquí estoy." R.

"-Como está escrito en mi libro-

para hacer tu voluntad."

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación

ante la gran asamblea;

no he cerrado los labios:

Señor, tú lo sabes. R.

No me he guardado en el pecho tu defensa,

he contado tu fidelidad y tu salvación,

no he negado tu misericordia y tu lealtad

ante la gran asamblea. R.

Aleluya

Evangelio: Lectura del Evangelio según san Lucas (Lc 1,26-38)

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo." Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin." Y María dijo al ángel: "¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?" El ángel le contestó: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible." María contestó: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Y la dejó el ángel.

Homilía

Exposición del Santísimo

QUE LA LENGUA HUMANA.

 1.- Que la lengua humana
cante este misterio:
la Preciosa Sangre
y el Preciosa Cuerpo.

Quien nació de Virgen,
Rey del Universo,
por salvar al mundo
dio su Sangre en precio.

Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la Palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.     bis

2.- Adorad postrados                                           
este Sacramento,
cesa el viejo rito,
se establece el nuevo;
dudan los sentidos
y el entendimiento;
que la fe los supla
con asentimiento.

Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria
y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno,
y al divino Espíritu
que procede de ellos.      bis

Adoración

Silencio

SEGUNDA PARTE:

EL ESPÍRITU SANTO ES DON PARA NOSOTROS

Corresponsabilidad

Oración en silencio

Textos de apoyo

«El Espíritu Santo es el 'Consolador', el Espíritu de bondad, que el Padre enviará en el nombre del Hijo, don del Señor resucitado», «para que permanezca siempre con vosotros».

El Espíritu llega a ser el amigo de todo discípulo, el guía de mirada solícita sobre Jesús y sobre los llamados, para hacer de estos testigos contracorriente del acontecimiento más desconcertante del mundo: Cristo muerto y resucitado. El, en efecto, es «memoria» de Jesús y de su Palabra: «Os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho»; más todavía, «os guiará hacia la verdad completa».

La permanente novedad del Espíritu está en guiar hacia un conocimiento gradual y profundo de la verdad, verdad que no es concepto abstracto, sino el designio de Dios en la vida de cada discípulo. Es la transformación de la Palabra en vida y de la vida según la Palabra.

De este modo, el Espíritu llega a ser el animador de toda vocación, el que acompaña en el camino para que llegue a la meta, el artista interior que modela con creatividad infinita el rostro de cada uno según Jesús.

        Su presencia está siempre junto a cada hombre y a cada mujer, para guiar a todos en el discernimiento de la propia identidad de creyentes y de llamados, para forjar y modelar tal identidad exactamente según el modelo del amor divino. Este «molde divino», el Espíritu santificador trata de reproducirlo en cada uno, como paciente artífice de nuestras almas y «óptimo consolador».

Pero sobre todo el Espíritu prepara a los llamados, al «testimonio»: «El dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio». Este modo de ser de cada llamado constituye la palabra convincente, el contenido mismo de la misión. El testimonio consiste en guardar a Jesús en el corazón y en anunciarle a El como vida del mundo.

Y, así, la cuestión acerca del salto de calidad que imprimir a la pastoral vocacional hoy, llega a ser interrogante que sin duda empeña a la escucha del Espíritu: porque es El quien anuncia las «cosas futuras», es El quien da una inteligencia espiritual nueva para comprender la historia y la vida, a partir de la Pascua del Señor, en cuya victoria está el futuro de cada hombre.

Por consiguiente, resulta legítimo preguntarse: ¿dónde está la llamada del Espíritu Santo para estos tiempos nuestros? ¿Qué debemos rectificar en los caminos de la pastoral vocacional?

Pero la respuesta vendrá sólo si acogemos la gran llamada a la conversión, dirigida a la comunidad eclesial y, en ella, a cada uno, como un verdadero itinerario de ascética y renovación interior, para recuperar cada uno la fidelidad a la propia vocación.

Hay una «primacía de la vida en el Espíritu», que está en la base de toda pastoral vocacional. Esto exige la superación de un difundido pragmatismo y de aquella superficialidad estéril que conduce a olvidar la vida teologal de la fe, de la esperanza y de la caridad. La escucha profunda del Espíritu es el nuevo hálito de toda acción pastoral de la comunidad eclesial.

La primacía de la vida espiritual es la premisa para responder a la nostalgia de santidad que, como ya hemos dicho, atraviesa también esta época de la Iglesia de Europa. La santidad es la vocación universal de cada hombre, es la vía maestra donde convergen los diferentes senderos de las vocaciones particulares. Por tanto, la gran cita del Espíritu para estos tiempos de la historia postconciliar es la santidad de los llamados.

Pero tender eficazmente hacia esta meta significa adherirse a la acción misteriosa del Espíritu en algunas concretas direcciones, que preparan y constituyen el secreto de una verdadera vitalidad de la Iglesia del 2000.

Al Espíritu Santo se atribuye el eterno protagonismo de la comunión que se refleja en la imagen de la comunidad eclesial, visible a través de la pluralidad de los dones y de los ministerios. Es, precisamente, en el Espíritu, en efecto, donde todo cristiano descubre su completa originalidad, la singularidad de su llamada, y, al mismo tiempo, su natural e imborrable tendencia a la unidad. Es en el Espíritu donde las vocaciones en la Iglesia son tantas, siendo todas ellas una misma única vocación a la unidad del amor y del testimonio. Es también la acción del Espíritu la que hace posible la pluralidad de las vocaciones en la unidad de la estructura eclesial: las vocaciones en la Iglesia son necesarias en su variedad para realizar la vocación de la Iglesia, y la vocación de la Iglesia —a su vez— es la de hacer posibles y factibles las vocaciones de y en la Iglesia. Todas las diversas vocaciones, pues, tienden hacia el testimonio del ágape, hacia el anuncio de Cristo único salvador del mundo. Precisamente ésta es la originalidad de la vocación cristiana: hacer coincidir la realización de la persona con la de la comunidad; esto quiere decir, todavía una vez más, hacer prevalecer la lógica del amor sobre la de los intereses privados, la lógica de la copartición sobre la de la apropiación narcisista de los talentos.

La santidad llega a ser, por tanto, la verdadera epifanía del Espíritu Santo en la historia. Si cada Persona de la Comunión Trinitaria tiene su rostro, y si es verdad que los rostros del Padre y del Hijo son bastante familiares porque Jesús, haciéndose hombre como nosotros ha revelado el rostro del Padre, los santos llegan a ser el icono que mejor habla del misterio del Espíritu. Así, también, todo creyente fiel al Evangelio, en la propia vocación personal y en la llamada universal a la santidad, esconde y revela el rostro del Espíritu Santo.

(Nuevas vocaciones para una Nueva Europa, 18)

Es necesario que en primer lugar tú guardes tu rango de hombre, y entonces podrás participar de la gloria de Dios. No eres tú el que hace a Dios, sino que Dios te hace a ti. Por tanto, si eres obra de Dios aguarda la mano del artífice, que hace todas las cosas a su tiempo, el tiempo oportuno con respecto a ti, que eres obra de otro. Ofrécele tu corazón blando y moldeable, y guarda la figura que te dio el artífice, conservando en ti las huellas de sus dedos. Si guardas esta configuración, llegarás a la perfección, ya que será el arte de Dios lo que encubrirá lo que hay en ti de barro. Su mano fabricó tu substancia: él te cubrirá por dentro y por fuera con oro puro y plata, y te adornará de tal manera que el mismo rey codiciará tu hermosura. Pero si te endureces en seguida, y opones resistencia a su arte, y te muestras descontento porque te ha hecho hombre, haciéndote ingrato a Dios habrás perdido a la vez su arte y tu vida. Porque el hacer es propio de la bondad de Dios, y el ser hecho es propio de la naturaleza del hombre. Por tanto, si le entregas a él lo que es tuyo, que es la fe en él y la sumisión, recibirás el efecto de su arte y serás una obra perfecta de Dios. Pero si no te confías a él y te escapas de sus manos, la causa de tu imperfección estará en ti que no te sometiste, no en aquel que te llamó. Porque aquel envió a que invitaran a la boda; pero los que no aceptaron la invitación a sí mismos se privaron de la cena del rey.

No es que el arte de Dios sea deficiente, ya que tiene poder para suscitar de las piedras hijos de Abraham; sino que aquel que no se somete a su arte se constituye en causa de su propia imperfección. No es imperfección de la luz el que haya quien se cegó a sí mismo, sino que permaneciendo la luz tal como es, los que se han cegado por su culpa se encuentran en las tinieblas. La luz no hace coacción alguna para someter a nadie, y Dios tampoco obliga a nadie que no esté dispuesto a someterse a su arte. Así pues, los que se apartaron de la luz del Padre y traspasaron la ley de la libertad, se separaron por su culpa, pues habían sido constituidos libres y dueños de sus actos.

(San Ireneo de Lyon)

Bendigamos al Señor,

Dios de toda la creación,

por habernos regalado su amor.

Su bondad y su perdón,

y su gran fidelidad,

por los siglos de los siglos durarán.

EL ESPÍRITU DE DIOS HOY ESTÁ SOBRE MÍ,

ÉL ES QUIEN ME HA UNGIDO PARA PROCLAMAR

LA BUENA NUEVA A LOS MÁS POBRES,

LA GRACIA DE SU SALVACIÓN (2)

Enviados con poder…

El Señor es mi fuerza y roca,

El Señor es mi pastor.

Él nos da la salvación,

en Él confío no temo yo (bis)


Ven ahora

Santo Espíritu,

ven y toma tu lugar (2).

Somos Sión,

Tú eres Rey,

ven y úngenos, Señor,

ven ahora,

ven a mí (2).

Ven Espíritu de Dios sobre mí.

Me abro a tu presencia,

cambiarás mi corazón (2).


Quiero llenar tu trono de alabanza
Quiero llenar tu trono de adoración
Quiero adorar postrado en tu presencia
Y proclamarte Señor

Testimonio y acción de gracias

Tu fidelidad es grande

Tu fidelidad incomparable es

Nadie como Tú, bendito Dios

Grande es Tu fidelidad.

Testimonio y acción de gracias

Tu fidelidad es grande

Tu fidelidad incomparable es

Nadie como Tú, bendito Dios

Grande es Tu fidelidad

Testimonio y acción de gracias

Tu fidelidad es grande

Tu fidelidad incomparable es

Nadie como Tú, bendito Dios

Grande es Tu fidelidad

Peticiones a Cristo presente en la eucaristía para los hombres

Acuérdate, Señor, del pueblo rescatado por tu sangre: concédele el espíritu de justicia, paz y concordia, haz que termine la división en tu Iglesia y danos el espíritu de caridad.

Kyrie, eleison.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia santa, católica y apostólica, extendida por todo el universo: concédele, según tu misericordia infinita, los dones del Espíritu Santo y poder cantar eternamente tus alabanzas.

Kyrie, eleison.

Acuérdate, Señor, de nuestro Santo Padre el Papa y de todos los obispos, que proclaman la Palabra de Dios, de los sacerdotes de nuestras comunidades y de toda la Iglesia, de los diáconos y de todos los ministros, de todos los consagrados y consagradas y de toda la familia humana.

Kyrie, eleison.

Acuérdate, Señor, de los que gobiernan las naciones, frena a los pueblos que buscan la guerra, inspira en sus corazones la defensa de la vida y de la familia, ayuda y fortalece a los cristianos: para que llevemos una vida honesta y pacífica, glorificando tu nombre.

Kyrie, eleison.

Acuérdate, Señor, de todos los necesitados, los ancianos, los inválidos, los enfermos, los prisioneros, los emigrantes, los desterrados, los que a causa de tu nombre son perseguidos, y de todos los que sufren.

Kyrie, eleison.

Acuérdate, Señor, en tu gran misericordia, de nosotros, pobres pecadores e indignos servidores tuyos, y ven a socorrernos, para que donde abundó nuestro pecado sobreabunde tu gracia.

Kyrie, eleison.

Acuérdate, Señor, de aquellos a quienes hoy recordamos especialmente: concede el don de la fidelidad y el de la santidad a los que en el sacerdocio y en la vida consagrada entregan cada día su vida por el honor de tu nombre, y anima en el corazón de muchos el deseo de responder libremente a tu libre llamada y de entregarse igualmente para siempre por ti.

Kyrie, eleison.

Padre nuestro

Oración conclusiva:

                    Oh Espíritu Santo que procedes del Padre y del Hijo, enséñanos a practicar la verdad, de forma que nos asocies en el amor invisible a aquellos de quienes tan inefablemente procedes.

                           Todos responden: Amén.

                Por tu misericordia, oh Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas, por los siglos de los siglos.

                           Todos responden: Amén.