Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

MENSAJE DEL PAPA: A LA SAGRADA CONGREGACIÓN DE SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES 

Este año, el 9 de abril, domingo segundo después de Pascua, iluminado por el Evangelio del Buen Pastor, toda la Iglesia celebra la "Jornada Mundial de oración por las vocaciones". Este término de "vocación" tiene en realidad un significado muy amplio, y se aplica a toda la humanidad llamada a la salvación cristiana (cf. Conc. Ec. Gravissimum proemio; Gaudium et Spes 13, 19, 21), pero luego se especifica en orden a particulares aptitudes y a obligaciones especiales, que determinan la elección que cada uno hace para dar a su vida un sentido ideal; cada estado de vida, cada profesión, cada dedicación puede caracterizarse como vocación, que le confiere por ello mismo una dignidad superior y un valor transcendente. Pero la palabra vocación adquiere plenitud de significado, que tiende a ser, aunque no exclusivo, específico y perfecto, al tratarse de una vocación doblemente especial; porque viene de Dios directamente, como rayo de luz que llega a los más íntimos y profundos recodos de la conciencia, y porque se expresa prácticamente en una entrega total de la vida al único y sumo amor; al amor de Dios y al de los hermanos, que de él se deriva y forma una sola cosa con él. La vocación en este sentido especial es un hecho tan delicado, tan singular y tan sagrado, que no puede prescindir de la intervención de la Iglesia; la Iglesia lo estudia, lo fomenta, lo educa, lo verifica y lo hace suyo.

            ¿Porqué demuestra tanto interés la Iglesia por las vocaciones? Precisamente por el valor excepcional que toda vocación sagrada lleva consigo. ¿Cómo podría permanecer indiferente o despreocuparse la Iglesia, madre y maestra de las almas, ante un fenómeno espiritual de tal naturaleza, en el que se manifiestan las más preciosas virtualidades de un alma, y en el que entra en acción la gracia del Espíritu Santo en forma y medida maravillosas? Pensamos, a este respecto, en la parábola de la piedra preciosa (Mt 13,46); pensamos en la advertencia del Concilio, que pone en relación la función santificadora de los obispos con la ayuda que deben dispensar a las vocaciones. Toda vocación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia merece la más viva atención por parte de quien la cultiva, o de quien contempla el jardín de las almas; esta realiza en grado eminente el florecimiento del Reino de Dios en el mundo, eclecial y profano; es un signo de la presencia del Amor que viene de lo alto; es un comienzo del diálogo entre Cristo vivo y el pueblo -la familia, la parroquia, la diócesis- de cuyo seno es llamado el elegido. Un juicio de valor obliga a la Iglesia a ocuparse de las vocaciones.

Pero hay más. Un juicio de necesidad redobla esta obligación. Las vocaciones son la esperanza de la Iglesia en orden a su consistencia institucional y a su eficacia espiritual. La Iglesia, cual Cristo la ha querido, no vive sin ministros. La evangelización los necesita; la difusión del Evangelio está condicionada por el número, la santidad, la obra de los ministros, llamados y consagrados al más sublime, al más indispensable servicio, el servicio de la salvación. Recordemos las palabras, dignas de ser esculpidas, de San Pablo: "Todo el que invocare el nombre del Señor, será salvo. Pero ¿cómo invocarán a Aquel a quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído hablar de El? Y ¿cómo oirán, si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rm 10, 13-15). No se puede expresar en términos más perentorios la exigencia de un ministerio cualificado para la erradiación de la verdad y de la gracia traídas por Cristo al mundo. Aquí está el drama, la Iglesia no manda para este sagrado servicio a profesionales mercenarios; no organiza una red de propagandistas de oficio; la Iglesia envía voluntarios, envía hombres libres y no ciertamente pagados por lo que supone de esfuerzo, de riesgo y de mérito su trabajo; envía hombres singulares, pobres y generosos, libres de toda coacción externa, y vinculados interiormente por el más sacrosanto de los vínculos, el del amor consagrado único, casto y perenne. Envía a los seguidores de Cristo, que le consagran todo a El; envía jóvenes llenos de fuego y fantasía que han instituido la más elevada definición de la vida, una aventura del amor divino; envía héroes humilde que creen en el Espíritu Santo y que por la Iglesia de Cristo están dispuestos, como Cristo, a dar la vida: "Cristo amó a la Iglesia y se sacrificó a sí mismo por ella" (Ef. 5, 25); son los elegidos que el obispo acoge, experimenta, instruye, y luego "ordena", es decir, les encarga con eficacia sacramental de potestad y de dones tremendos e inefables, y los envía. Los envía al pueblo de Dios, a los pequeños, a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los discípulos del reino, y también más allá, a las misiones, a los alejados, a todos; y van: ¡qué belleza!

¿Pero dónde están estos elegidos? ¿Quiénes y cuántos son?" la sociología eclesiástica muestra en todas partes estadísticas preocupantes, incluso desoladoras. ¿Dónde están estas vocaciones, que parecen decidir la suerte del cristianismo en nuestro mundo y en nuestro tiempo? Este es el drama; Cristo mismo lo advirtió: "La mies es mucha, pero los operarios son pocos" (Mateo 9, 37). Pero sí, todavía hay vocaciones en la Iglesia de nuestro siglo. Nuestros seminarios están llenos de gozo. Con frecuencia el número queda suplido por la singularidad de las vocaciones, son hombres ya conscientes y maduros; saben lo que escogen. Nos es grato en estos momentos enviar a todos estos llamados -al sacerdocio, a la vida religiosa: hombres y mujeres (¡qué discurso merecerían las mujeres "llamadas"!)- enviar a todos nuestro afectuoso saludo; que todos les seminaristas sepan, que sepan todas las vocaciones adultas, todos los novicios y novicias de las familias religiosas, que el Papa está con ellos, que ora por ellos y que, llorando de gozo y esperanza, los bendice a todos y cada uno en nombre de ese Cristo, a cuyo encuentro se dirigen.

Sin embargo, nuestro espíritu no se ve libre todavía de una gran preocupación; hay demasiados puestos vacíos en los cuadros de los servicios que la Iglesia necesita: es demasiado exiguo el número de las vocaciones con relación a las necesidades -diríamos más a las posibilidades- del ministerio; demasiado insensible nos parece a veces esta o aquella comunidad de fieles con respecto al problema del reclutamiento y la formación del clero como para que se consuele nuestro espíritu. Quisiéramos llegar con palabras discretas pero claras a los humbrales de muchas familias cristianas, ¿tenéis alguna vocación entre vuestros hijos? Quisiéramos llegar a cada párroco, a cada maestro del espíritu, ¿estáis vigilantes para descubrir los signos de una llamada divina entre las personas confiadas a vuestro cuidado? Quisiéramos dar las gracias y alentar a los superiores y profesores de nuestros seminarios y decirles el mérito de tantas solicitudes suyas. Pero luego quisiéramos, como los mensajeros de la parábola evangélica, por los caminos del mundo, ir diciendo a todos los jóvenes ¿sabéis que Cristo tiene necesidad de vosotros? ¿Sabéis que su llamada es para los fuertes; para los rebeldes contra la mediocridad y la vileza de la vida cómoda e insignificante?; ¿para aquellos que todavía conservan el sentido del Evangelio y sienten el deber de regenerar la vida eclesial pagando personalmente y llevando la cruz?

¿Quién sabe si nuestro grito será escuchado? Pero entre tanto, todos los miembros de la Santa Iglesia de Dios aceptad nuestra invitación y haced una cosa al menos, hacer lo que Cristo mismo ha ordenado: "Rogad al Señor de la mies, para que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38). Se ve que la oración es parte esencial de esta divina economía", Y precisamente la "Jornada" invita a la oración al clero y a los fieles de todo el mundo; a la oración por las vocaciones.

Con nuestra exhortación paternal; con nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, dominica "Laetare", 5 de marzo de 1967, cuarto año de nuestro pontificado.

PAULUS PP. VI.

(Texto italiano en "L'Osservatore Romano" del 18 de marzo de 1967.)