Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

LA IGLESIA Y EL MUNDO NECESITAN HOY MAS VOCACIONES

La V Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos pide un mensaje para la fecha de su próxima celebración (28 de abril).

Nuestro mensaje consta de dos palabras: la primera es: necesidad. Sí, necesidad, como es sabido, porque la economía de la salvación necesita para realizarse personas que consagren su vida al desarrollo de su plan. Esta necesidad arranca del pensamiento de Dios, que quiso que Cristo fuera la única fuente de salvación y de santidad y que fuera perpetuada y difundida la misión de aquél mediante hombres escogidos que participaran en el sacerdocio de Cristo, como ministros indispensables de la palabra y de la gracia entre los demás hombres. El ministerio eclesiástico es de institución divina, como nos recuerda el Concilio (Cont. Lumen gentium, 28) y si dicho ministerio falta, el plan divino de salvación sufre las consecuencias y deja de cumplirse por parte de la humanidad.

Esta necesidad es de plena evidencia en la tarea que la Iglesia está llamada a realizar. La Iglesia es apostólica; es decir, tiene necesidad de apóstoles que personifiquen el testimonio y que cumplan su misión. La Iglesia es católica; es decir, universal, y si quiere ser fiel a la función que le ha sido confiada de ser instrumento para todos los hombres de la llegada del reino de Dios, debe estar en una continua tensión expansiva y tiene, por tanto, necesidad de nuevos y cada vez más numerosos ministros. A esta necesidad constitucional se añade hoy una necesidad funcional que tanto da que pensar y que sufrir a quienes tienen responsabilidad en la Iglesia de Dios: hoy los ministros del Evangelio son insuficientes porque disminuye su número, según las estadísticas, y porque crecen los campos abiertos a su trabajo.

El sacerdocio común no debe oscurecer al sacerdocio jerárquico.

Es una suerte que debemos al Concilio la del honor tributado al sacerdocio de los fieles; pero sería una desgracia para la Santa Iglesia si esta cuidadosa y justa exaltación del sacerdocio común a todo el pueblo de Dios nos hiciera situar en la sombra el sacerdocio ministerial o jerárquico por el cual el sacerdocio común es formado y dirigido (Cf. Lumen gentium, 10). Añadiremos aún que cuanto más sea estimado el sacerdocio común, tanto más este mismo tiene necesidad del ministerio del sacerdocio jerárquico, y tanto más la función confiada a ésta muestra su imprescindible necesidad.

Queremos decir que la Iglesia tiene necesidad de ministros; tiene necesidad de vocaciones; el destino de la Iglesia, y la salvación cristiana del mundo, no puede nadie pensar que se funde en fenómenos o movimientos carismáticos, ya que estos mismos necesitan el ministerio y el reconocimiento del sacerdocio jerárquico; sino sobre personas entregadas y consagradas, adornadas del carácter potestativo, que viven y perpetúan en sí mismas el sacrificio de Cristo y que, en virtud del sacramento del orden, renuevan su incruenta celebración. Esta exigencia se deduce igualmente de las condiciones espirituales del mundo moderno: cuanto éste tiende más a secularizarse y a perder el sentido de lo sagrado y deja de tener en cuenta la insuprimible relación religiosa entre Dios y el hombre tanto mayor resulta la necesidad de una presencia cualificada, especializada, consagrada en medio del mundo profano, de "dispensadores de los misterios de Dios" (l Cor. 4, 1); Y esta afirmación debemos repetirla ante los mayores compromisos que la Iglesia va asumiendo al servicio de la humanidad, compromisos que a la larga carecerían de fuerza y rectitud sin sacerdotes capaces de contemplación, no menos que de acción, y dotados de la virtud santificadora y de la autoridad pastoral propias del sacerdocio ministerial.

Necesidad. Hacen falta, por tanto, a la Iglesia ministros nuevos, en número y en calidad; se necesitan vocaciones.

Vocaciones libres y espontáneas.

Y pasemos ahora a nuestra segunda palabra: libertad la necesidad implicada en los planes divinos se encuentra con la libertad en el plano humano. Entendemos aquí por libertad la oblación personal y voluntaria a la causa de Cristo y de su Iglesia. La llamada está proporcionada a la respuesta. No pueden existir vocaciones que no sean libres; sin que sean ofrendas espontáneas de sí, conscientes, generosas, totales.

Cuanto decimos se aplica igualmente a las vocaciones al sacerdocio ministerial y a las vocaciones religiosas, de las que la Iglesia tiene también una inmensa necesidad; vale, igualmente, para las vocaciones masculinas y femeninas; estas últimas las aprecia y desea la Santa Iglesia no menos que a las primeras.

Decimos ofrendas: aquí está prácticamente el verdadero problema. ¿Cómo podrá tener la Iglesia todavía hoy la ofrenda de vidas jóvenes que se consagren a su servicio? El mundo de la religión ya no tiene los sugestivos alicientes de otros tiempos; en ciertos ambientes es un mundo desacreditado por el ateísmo oficial y de masa, o por el hedonismo convertido en ideal de vida; es un mundo sin recursos económicos y sin gloria; es un mundo que se ha vuelto casi incomprensible para la psicología de las generaciones jóvenes.

Sin embargo, la Iglesia, movida, como decíamos, por su característica necesidad, espera, pide, llama. Llama especialmente a la juventud porque la Iglesia sabe que los jóvenes tienen todavía buenos oídos para escuchar su voz. Es la voz que invita a las cosas difíciles, a las cosas heroicas, a las cosas verdaderas. Es la voz que implora comprensión y ayuda para innumerables necesidades de hermanos privados de quien les hable de Cristo y de Dios; de hermanos pequeños, enfermos, pobres; de hermanos lanzados a la grande y equívoca conquista científica, técnica, económica, social, política del mundo temporal, necesitados ellos también de fuerza, de luz, de transfiguración ideal. Es la voz humilde y penetrante de Cristo que dice, hoy como ayer y aún más que ayer: Ven.

La libertad se siente situada en su riesgo supremo: el de la oblación, de la generosidad y del sacrificio.

Existen aún almas generosas.

Pensamos que aún hay en la actualidad almas fuertes, capaces de "oír lo que el Espíritu Santo dice a la Iglesia" (Cf. Apoc., 2, 7) Y nuestro mensaje dirigido principalmente a ella. Pero no sólo a ella; lo dirigimos a las familias cristianas, para las cuales es un sacrificio, sí, pero muy meritorio y honroso, contribuir ofreciendo un hijo propio o una hija, a la Iglesia, a Cristo.

            Lo dirigimos también a los pastores de almas y a los educadores, para que sepan descubrir, orientar y guiar a las vocaciones nacientes en los corazones juveniles.

            Lo dirigimos a las personas que ya tienen experiencia de la vida y que piensan en las realidades supremas: las vocaciones adultas son hoy una esperanza nueva para la Iglesia que comprende su valor, atiende a su psicología y aprecia su ayuda.

            Y, finalmente' pedimos a todo el pueblo de Dios que reflexione sobre el gran problema de las vocaciones, haciendo nuestra la advertencia del Concilio, que dice: "El deber de dar incremento a las vocaciones... corresponde a toda la comunidad cristiana". Por esto le pedimos a ella el concurso espiritual y moral que ofrece el ambiente sociológico favorable al florecimiento de las vocaciones y que es fruto "sobre todo de una vida plenamente cristiana" y de "la fervorosa oración" (Decr. Optatam totius, número 2).

            A cuantos escuchan este nuestro mensaje, llegue nuestra bendición apostólica.

Del Vaticano, 19 de abril de 1968.

PABLO PP. VI

(Texto italiano en "L'Osservatore Romano" del 21 de abril de 1968.)