Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

         Al igual que todos los años, con ánimo lleno de alegría y de esperanza, nos  dirigimos a todos nuestros hijos de la gran familia  católica para pedirles su participación espiritual, fervorosa, unánime, voluntariosa en la Octava Jornada Mundial de oraciones  por las Vocaciones. Y aprovechamos la ocasión para invitarles a reflexionar no solamente sobre la grandeza de la vocación, sino sobre el deber que a todos nos incumbe de favorecer su crecimiento por todos los medios posibles: es un coloquio que deseamos entablar anualmente con cada uno de nuestros obispos, sacerdotes y fieles, para disponer juntos nuestros corazones a las efusiones de la gracia divina que a todos nos llama al compromiso más alto y más sagrado que cualquier otro: el de pedir al Señor de la mies que envíe -en número suficiente para las crecientes necesidades de la Iglesia y del mundo- los operarios necesarios para su mies (CFA. Mt 9, 38). Y este coloquio nos viene facilitado por la particular atmósfera ofrecida por las celebraciones litúrgicas.  De hecho, la Jornada vuelve a celebrarse este año entre nosotros en el mismo día en el que la liturgia ofrece a nuestra meditación la imagen viva del Buen Pastor.

El pastor, hombre escogido, hombre de gran fe.

            Cuando Jesús se presentaba a Sí mismo como el Pastor Bueno, se apoyaba en una larga tradición bíblica, ya familiar a sus discípulos y a otros oyentes suyos. El Dios de Israel, en efecto, se había manifestado siempre como el Pastor Bueno de su pueblo. El había escuchado su lamento (Ex 3, 7), lo había liberado de la esclavitud (Dt 5, 6), «y había guiado en su bondad al pueblo salvado por El» (Ex 15, 3) durante el fatigoso peregrinar por el desierto hacia la patria prometida (Sal 78 (77), 52 ss.). Con la alianza del Sinaí lo había constituido como pueblo de su propiedad, reino sacerdotal, gente santa,(Ex 19, 5 s.). Siglo tras siglo el Señor había continuado guiándolo, más aún, llevándolo sobre sus brazos como el pastor lleva a los corderos (Is 40, 11). Lo habla llevado incluso tras  el castigo del exilio, llamando nuevamente y reuniendo a las ovejas dispersas para llevarlas de nuevo a la tierra de sus mayores (Is 49, 8 ss.; 56, 8; Zac 10, 8).

            Por esta causa los antiguos creyentes se dirigían filialmente a Dios,  llamándole su Pastor: «El Señor es mi Pastor, no carezco de nada; me hace descansar en pastizales de hierba; me lleva a las aguas restauradoras, recrea mi alma; me conduce por senderos justos» (Sal. 23 (22), 1 ss.; Cf. 80 (79), 2). Ellos sabían que el Señor era un Pastor bueno, paciente, a veces severo, pero siempre misericordioso para su pueblo, más aún, para todos los hombres.

            El Señor había llamado también a hombres, para que fueran pastores de su grey y la condujesen en su nombre y según su corazón: hombres escogidos, hombres de gran fe, como Moisés y Aarón (Sal. 77 (76), 21), Josué (Núm 27, 15 S8.), David (2 Sm 5, 2) Y numerosos otros jefes de su pueblo.

            Aquellos hombres, sin embargo, con todas las debilidades humanas, no eran otra cosa que figuras y anticipas de los tiempos que debían venir después. Además, ellos no podían dar aquella seguridad y aquella paz, que era la aspiración profunda de los espíritus, y por esta causa el pueblo elegido no encontró a quien verdaderamente dirigiese sus pasos sobre el camino de la verdad, en la sumisión a la justicia, en el respeto de la palabra divina. Finalmente, el Señor, por mediación de los profetas, anunció la venida de un nuevo David, del único Pastor, que guiaría a su pueblo con absoluta fidelidad (Ez 34, 23; Cf. todo el 34) y respondería a sus aspiraciones más profundas.

Jesús se ha presentado como el buen pastor.

            Y, en efecto, cuando en la plenitud de los tiempos vino Jesús, encontró a su pueblo «como un rebaño sin pastor», y experimentó una pena profunda por ellos (Mt 9, 36). En El se cumplían las profecías y terminaban los tiempos de la espera. Con las mismas palabras de la tradición bíblica (Cf. Ez 34, 11-16) Jesús se ha presentado como el Pastor Bueno, que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre y da su vida por ellas (Jn l0, 11 ss.). Y así «se hará un solo rebaño y un solo pastan» (Jn l0, 16). En estos términos Jesús revela su programa de acción en las almas, que no se desarrollará con violencia o con coacción, sino con dulzura, con persuasión, con amor (Mt 11, 28-30).

            Los apóstoles, fieles al recuerdo de Jesús, se alegraban con los nuevos creyentes, porque habían encontrado en El al Pastor de sus almas (1 Ped 2, 25), mejor todavía, al Príncipe de los Pastores (1 Ped 5, 4).

            Llegada después la hora de retornar al Padre, dejando este mundo, Jesús quiso escoger para Sí y llamar a otros pastores según su corazón. Lo hizo por su libre elección (Mc 3, 13), a fin de que continuasen su misma misión en todo el mundo, hasta el final de los tiempos (Mt 28, 18 ss.). Ellos serán sus invitados, sus mensajeros, sus apóstoles. Ellos no serán pastores sino en su nombre, para el bien de la grey y en virtud de su Espíritu, al que deberán permanecer fieles. El primero entre todos, Pedro, el cual, tras su triple profesión de amor hacia Jesús, es nombrado pastor de sus ovejas y de sus corderos (Jn 21, 15-17). Después todos los apóstoles. Y después de ellos, otros todavía, pero todos en el mismo Espíritu. Y todos, en todo tiempo, deberán conducir la grey del Señor, confiada a ellos no como dominadores, sino como ejemplos de la grey, con pleno desinterés, con ímpetu del corazón (l Ped 5, 2 ss.). Sólo de esta forma ellos podrán recibir un día el premio merecido, cuando venga de nuevo el Príncipe de los Pastores (l Ped 5, 4).

Cada uno debe medir la propia responsabilidad.

            La misión de Jesús, pues, continúa. El permanece siempre con nosotros (Mt 2B, 20 b): el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán (Mt 24, 35). Jesús, el Pastor Bueno, continúa, pues, llamando a quien quiera colaborar con El para realizar su misma misión. Todos nosotros hemos recibido el bautismo de Jesús. En esta vocación común para ser cristianos cada uno de nosotros está llamado a desarrollar una función particular para la realización del designio de Dios (Rm 12, 4-7; 1 Cor 12, 4 ss.). Todos, por tanto, debemos acercamos con confianza a Cristo, a su vida, a sus palabras, para descubrir nuevamente la voluntad de Dios sobre nosotros, y poner al servicio de los demás, de la Iglesia, de la humanidad, los dones que cada uno ha recibido (l Ped 4, 10 ss.).

            Ahora bien, Jesús ha querido que su Iglesia tenga hasta el fin de los tiempos pastores que participan en el sacerdocio de El, de modo que el acto salvador de Jesús se haga presente y eficaz en toda la humanidad y para todas las generaciones «Lumen Gentium», 2B). En estos tiempos en los que la humanidad busca a oscuras su camino y los hombres son como «ovejas errantes» (l Ped 2, 25; Cf. Mat 9, 36), el Corazón de Cristo está más próximo que nunca a ella, para prevenir los peligros que la amenazan, los pasos falsos y fatales, y para estimular su generosidad.

            Esta es la causa por la que cada uno debe medir la propia responsabilidad y prestarse atención para descubrir en sí y aceptar las señales posibles de la llamada a una misión «pastoral», más próxima a la acción del Sumo Pastor, en su palabra y en su sacrificio.

Infinidad de manos se tienden a los representantes de Cristo.

            La vida debe ser consagrada a algo grande. No se puede permanecer inertes e insensibles cuando se piensa en las innumerables manos que se alzan desde los cinco continentes hacia quien, representando a Cristo en medio de ellas, puede colmar sus anhelos y responder a sus esperanzas. Son manos de niños y de jóvenes que esperan a quienes les enseñe el camino de la verdad y de la justicia; manos de hombres y de mujeres a los que la aspereza dura de la vida cotidiana hace sentir más acusadamente la necesidad de Dios; manos de ancianos, de pacientes, de enfermos, que esperan a quien se interese por ellos, se incline sobre sus tribulaciones, consuele sus amarguras, abriendo al alma cansada la esperanza del cielo; manos de hambrientos, de leprosos, de marginados de la sociedad, que piden auxilio.

            Para esto son necesarios sacerdotes y religiosos, son necesarias hermanas, son necesarias almas consagradas en los institutos seculares, y desgraciadamente con frecuencia faltan justamente allí donde la necesidad es mayor y de día en día se hace más trágica. Por esto nos dirigimos al pueblo de Dios: a cada uno el Señor puede hacer oír su voz, y serán retribuidos con el mismo salario de amor eterno tanto los operarios de la primera como los de la última hora (Cf. Mat 20, 9-16).

Llamamiento especial a los jóvenes.

            Pero principalmente nos dirigimos a los jóvenes, porque, hoy como ayer, son ellos los elegidos preferentemente por Jesús y llamados a ser sacerdotes según su corazón, a los que, se  dirige como a «sus amigos» (Jn 15, 9-15); a ellos el Señor los escoge e invita a ser testigos de su caridad sedienta almas, en los diversos estados de la vida religiosa y de la espiritualidad consagrada. El mundo de hoy, al igual que ti necesidad de pastores, tiene también necesidad de aquellos símbolos vivientes en los que brilla con destellos más luminosos el admirable designio de Dios sobre la humanidad; tiene, necesidad de aquellas vidas que el Espíritu Santo ha suscitado desde el origen de la Iglesia y que, en virtud de una consagración total al Señor y de una inmolación integral de sí  al servicio de Dios y de los hermanos, manifiestan a los ojos todos lo que Dios espera de cada uno y lo que El prepara para todos: su reino de amor. Nuestra difícil época necesita también de religiosos y de religiosas. Todos los jóvenes de corazón generoso deben preguntarse, a fin de saber si el Señor Jesús no «está hablando justamente a su corazón» (Cf. Os. 2, 16). No existen límites para esta generosidad y este don de sí: más allá de la patria de cada uno se abren a la evangelización los campos ilimitados donde crecen las mieses del Señor  (Cf. «Lumen Gentium», 44; «Perfectae Caritatis», 1; «Ad gentes», 3).

            A vosotros, por tanto, jóvenes e hijas creyentes, deseamos repetir las palabras de la parábola: «¿Por qué estáis ociosos?» (Mt 20, 6). Hoy no hay necesidad de palabras, sino de obras no de veleidad, sino de generosidad concreta, que se manifieste en hechos. No de contestaciones estériles, sino de sacrificio personal que, comprometiéndose directamente, transforme el mundo angustiado. Solamente los jóvenes pueden comprender esta necesidad, y a los mejores entre ellos se puede abrir el campo inmenso del apostolado sacerdotal, misionero, caritativo, asistencial del que están necesitados los hermanos. Escuchad voz de Cristo que os llama entre sus operarios: imprimid un sentido a la vida haciendo vuestras las preocupaciones de la Iglesia para la elevación y el progreso de los pueblos. La Iglesia, en efecto, comprende verdaderamente y a fondo los deseos de vuestro corazón generoso, y solamente ella no los desilusiona, no los aprovecha para fines secundarios, no los hace vanos.

Deber de todo el pueblo cristiano.

            Pero es también todo el pueblo cristiano el que está invitad, a contribuir, cada uno según sus posibilidades, al objeto de ofrecer al Señor estos pastores y estas almas consagradas, de los que el mismo pueblo cristiano tiene necesidad para vivir y para desarrollarse. Todos tienen el deber de cooperar la edificación del Cuerpo Místico de Cristo. El Concilio Vaticano II ha subrayado vigorosamente este deber: «Si en la Iglesia no todos marchan por el mismo camino, todos, sin embargo, están llamados a la santidad y les ha correspondido por suerte la misma fe en virtud de la justicia de Dios (Cf. 2 Ped 1,1). Aunque algunos, por la voluntad de Cristo, sean constituidos doctores y dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe, sin embargo, entre todos una verdadera igualdad con respecto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en la edificación del Cuerpo de Cristo. La distinción, en efecto, hecha por el Señor entre los sagrados ministros y el resto del pueblo de Dios, implica un vínculo, por el hecho de que los pastores y los demás fieles están unidos por una comunidad de relaciones; los pastores de la Iglesia, a ejemplo de Cristo, están al servicio unos de otros y al servicio de los demás fieles, y éstos, a su vez, prestan voluntariosos su colaboración a los pastores y a los maestros. De este modo, en la variedad, todos dan testimonio de la admirable humildad del Cuerpo de Cristo» («Lumen Gentium», 32). De aquí la necesidad del apostolado, de la colaboración misionera y, sobre todo, de la oración por las vocaciones.

            Corresponde a todo el pueblo cristiano preparar, en sus familias ejemplares, el buen terreno donde la semilla pueda germinar y producir. Corresponde a todo el pueblo cristiano manifestar su expectación y su estima hacia el sacerdote, hacia el religioso, hacia la religiosa, creando de este modo el clima favorable para que los jóvenes puedan abrirse a las cosas de Dios. Corresponde a todo el pueblo cristiano pedir a Dios humildemente lo que sólo Dios puede dar, orando, según el mandato del Maestro, para que envíe operarios a su mies (Mt 9, 38). Todo el pueblo; pero los primeros, entre todos, los mismos sacerdotes y los religiosos, de cuyo ejemplo, fervor y fidelidad depende todo el futuro de la Iglesia.

            Tenemos la certeza de que nuestras palabras encontrarán eco en el corazón de nuestros hijos e hijas de la catolicidad universal, suscitando en ellos más ardiente la necesidad de la plegaria, más intenso el ofrecimiento del sacrificio, más fiel la correspondencia a la voluntad divina que a todos llama a comprometerse en el amor para la edificación de la Iglesia. Nadie rechace este deber, y a fin de que no falte la buena disposición, de corazón impartimos nuestra bendición apostólica, de modo particular a cuantos siguen la sagrada vocación, a las familias que los han ofrecido al Señor y a cuantos con la oración, con el sufrimiento, con la ayuda material los sostienen, en el arduo y alegre camino.

Del Vaticano, 12 de marzo de 1971, VIII de nuestro Pontificado.

PABLO PP. VI