Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

EL PAPA INSTA A LOS JOVENES A CONSAGRARSE A ALGO QUE MEREZCA LA PENA

              A vosotros venerables hermanos en el Episcopado, que habéis  sido puestos por el Espíritu Santo para gobernar la Iglesia  de Dios (Cf. Hechos, 20, 28); a vosotros, sacerdotes y religiosos, íntimos e indispensables colaboradores del orden episcopal; a vosotras, religiosas; a vosotros, miembros de los Institutos Seculares, a vosotras, familias cristianas que formáis el tejido conjuntivo de la Santa Iglesia; a vosotros laicos católicos de toda edad, profesión y trabajo; pero especialmente a vosotros, jóvenes, a los que Cristo ama particularmente, nos dirigimos, con inmensa confianza y esperanza, en ocasión de la IX Jornada Mundial de Oración en favor de las Vocaciones, para cumplir, como Pedro, también en esta circunstancia nuestra misión de "lanzar la red para la pesca" (Lc., 5, 4), recordando el mandado del Señor  de marchar e instruir a todas las gentes (Cf. 28, 19) y de ser sus testigos en todas partes (Cf. Hechos, 1, 8).

            Es un deber, cuyo impulso sentimos en nuestro corazón, de pastor, y deseamos ardientemente, como todos los años, aprovechar esta ocasión para comunicaros nuestras inquietudes apostólicas que sabemos compartís profundamente, como nos lo habéis demostrado con la respuesta dada hasta ahora por toda la comunidad eclesial a esta nuestra ya acostumbrada invitación a la oración en favor de las vocaciones y a la  meditación voluntariosa y profunda sobre su valor, sobre su significado, sobre su necesidad en la Iglesia y para Iglesia.

El cuadro de las múltiples vocaciones.

            Se abre en estos momentos,  ante nuestra mirada, el cuadro múltiple de las vocaciones al servicio directo de Cristo y de la Iglesia; a las que se ofrece una inmensa posibilidad de aplicación y de trabajo. Nadie está excluido, y toda categoría,  toda edad de uno y otro sexo puede dar en este campo su valiosa colaboración; existen y existirán siempre las almas generosas que tienen oídos para oír (Cf. Mt., 19. 12), que estiman la belleza de la entrega total de si, porque ven cuán insustituible y necesario es en el mundo su testimonio exclusivo del amor ardiente hacia Dios y hacia las almas.

            Principalmente, nuestro pensamiento se dirige a aquellos que, respondiendo a la vocación sacerdotal, están destinados a renovar en el mundo, de forma completamente particular, la presencia de Cristo Salvador, que "ha hecho participes de su consagración y de su misión" a los obispos, y a aquellos a los que éstos han confiado el oficio de su ministerio ("Lumen Gentium", n. 28; "Presbyterorum Ordinis", 2). Tal misión es amplísima, porque, como ha subrayado el Concilio Vaticano II, "todo ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los apóstoles" ("Presbyterorum Ordinis", 10). ¿Y cómo podremos, en primer lugar, no pensar en los sacerdotes, para Nos queridísimos a los cuales y a sus problemas hemos querido que se dedicasen, en primer término, las sesiones de la reciente II Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el pasado octubre?

Las demás vocaciones, al lado de la sacerdotal.

            Nuestros hermanos en el Episcopado, haciendo suya nuestra invitación, han dedicado su laboriosa meditación al tema y, justamente, han querido escribir, en el documento final a Nos sometido sobre el sacerdocio ministerial que "el  sacerdote es la señal del divino y anterior designio, que es proclamado hoy y es eficaz en la Iglesia. Hace presente sacramentalmente a Cristo, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos y, precisamente, tanto en su vida personal cono en su vida social. Es garante, tanto de la primera proclamación del Evangelio, a fin de que se unifique la Iglesia, como de la incansable renovación de la Iglesia ya unificada.

            Al faltar la presencia y la acción del ministerio que se recibe mediante la imposición de las manos y con la oración, la Iglesia no puede tener la plena certeza de su propia fidelidad y de su propia continuidad visible" (Parte primera, 4). Todos ven la gravedad y la urgencia de las vocaciones sacerdotales en el momento presente, en el que crecen las necesidades de la Iglesia y del mundo, mientras que el número de las personas generosas, que pueden venir a remediar tantos y tan graves problemas, continúa siendo insuficiente para las necesidades.

Vocaciones masculinas y femeninas.

            Pero al lado de los sacerdotes, he aquí toda la gama de las demás vocaciones; las vocaciones masculinas y femeninas, en la vida consagrada mediante voto, que en sus miembros presenta mejor "a Cristo a los fieles y a los infieles; o cuando El está en contemplación sobre el monte, o anuncia el Reino de Dios a las turbas, o sana de nuevo a los enfermos y a los débiles y convierte a una vida mejor a los pecadores, o bendice a los niños y hace el bien a todos, y siempre obedece la voluntad del Padre que lo ha enviado" (“Lumen Gentium", 46); las vocaciones a los Institutos Seculares, forma de vida consagrada a Dios y a la elevación del mundo, de las que tanto esperamos; las vocaciones misioneras a las que se ha abierto un campo ilimitado, en el que las mieses maduras esperan a los obreros enviados por el Señor (cf. Jn., 4, 34-38); y junto a éstos deseamos asociar en el pensamiento también a sus colaboradores laicos, esplendida floración que está destinada a crecer; médicos, profesores, catequistas, técnicos, obreros especializados, que se ponen al servicio del Evangelio en los países en los que es necesaria su labor, renunciando a puestos mejores en la patria por amor de Cristo Crucificado, por el servicio del Evangelio.

Necesidad de plegarias por las vocaciones.

            Una oleada de alegría y de emoción nos invade el corazón al pensar en tantas personas como se entregan sin reserva con una función única de ejemplo y, digamos, de saludable reactividad en toda la Iglesia; y nos dirigimos a ellas con las palabras de Pablo: "¿Cómo podremos dar gracias a Dios suficientemente por vosotros y por toda la alegría que por vuestra causa experimentamos ante nuestro Dios?" (1 Test., 3, 9).

            A nuestra gratitud y a la gratitud de toda la Iglesia debe unirse la súplica, a fin de que la voz del Señor, que llama constantemente, sea escuchada con generosidad por grupos cada vez más ardientes y numerosos de jóvenes, que sean almas de sólida piedad eucarística, de iluminada devoción mariana, a fin de que sepan explotar sus talentos (Cf. Mt.. 25, 14 ss.) y vivir intensamente la vida, que ellos ansían gastar para hacer más justo el mundo, consagrándola a algo que merece la pena.

            Esta es la causa por la que, al comienzo, nos hemos dirigido a ellos más particularmente; pero, al igual que todos los años, dirigimos una invitación no menos apremiante a todos nuestros hijos, porque todos están llamados a colaborar, cada uno en su propio puesto y de acuerdo con su propia misión. Efectivamente, el problema de las vocaciones es un problema que interesa a toda la sociedad viviente de la Iglesia, fundada por Cristo para la salvación del mundo; es un problema de Iglesia (Cf. "Gaudium et Spes", 25; "Optatam totios", 2), y, entre todos, uno de los más importantes, como señal de su visibilidad, confirmación de su credibilidad, garantía de su vitalidad, seguridad de su futuro. Todos, en virtud de su vocación bautismal, son fundamentalmente solidarios y corresponsables de los destinos de la Iglesia, a fin de que "los bautizados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, sean consagrados a formar un templo espiritual y un sacerdocio santo, para ofrecer, mediante todas las actividades del cristiano, sacrificios espirituales, y hacer conocer los prodigios de Aquel, que de las tinieblas los llamó a su luz admirable" ("Lumen Gentium", 10).

Exhortación a las familias y la escuela.

            Si la índole propia de la Iglesia es la de comunión, por la íntima relación de los lazos que en ella estrechan a toda la sociedad humana, tal problema debe ser sentido especialmente hoy, cuando es tan vivo el deseo comunitario, de modo que nadie se considere extraño al mismo. La vocación es un compromiso serio, que exige una disponibilidad, una actitud interior y, digamos también, un riesgo, una rotura con todo proyecto de cálculos y de humana prudencia, tanto por parte de los llamados como de los que los rodean. ¿Qué hacemos para favorecerla? Cuando el Señor llama, en el ámbito de las familias, de las escuelas, de las parroquias, nosotros, comunidades eclesiales de hoy, ¿estamos plenamente dispuestos a que uno de los nuestros se ponga al servicio de la Iglesia? ¿Damos en nuestras conversaciones la impresión de una alta estima de la vocación? ¿Somos capaces de desarrollar la intimidad y la confianza de los adolescentes y de los jóvenes hacia el Señor, y el deseo de un servicio cada vez mayor?

            Por ello, exhortamos a las familias, que son el "primer seminario" ("Optatam totius", 2), y la insustituible reserva de nuevas vocaciones para la Iglesia, a fin de que en ellas se conserven y se vigilen los valores primarios de la fe, de la piedad, de la fidelidad gozosa de la ley divina; de este modo, confiamos en los educadores, de todo orden y grado, de los que, tanto dependen la formación integral humana y cristiana de los alumnos, sobre los que se fija la llamada de Dios; familia y escuela son los ambientes favorables, para que los jóvenes escuchen la voz del Señor, respondan a ella y perseveren; pensamos, en general, en todo el laicado católico, que acepta generosamente sus compromisos en el seno de la Iglesia y del que tanto esperamos.

Confianza en el porvenir.

            Pero, sobre todo, una vez más y siempre, pedimos la ayuda  de los obispos, a fin de que, ayudados por sus sacerdotes, consagren los primeros y más celosos cuidados de su ministerio a la Pastoral de las Vocaciones. Acaso una tentación de duda o de crisis habrá podido desalentar a algunos de ellos ante las reales dificultades de hacer llegar a la sociedad y al mundo juvenil la voz de la Iglesia. Pero ¡tengamos confianza! Dios no nos engaña. El nos lo ha prometido, y su promesa no puede ser vana: hasta el fin de los tiempos (Mt. 28. 20), hasta el fin del mundo El irá en busca de las almas de buena voluntad. Su Hijo ha muerto por ellas; ¿y cómo podrá abandonadas? (Cf. Rom.. 8. 32). Él ha hablado ¿cómo podrá contradecir su palabra?

            Nos corresponde prestar ayuda a la llamada que Dios hace llegar a sus hijos, incluso en el barullo de la vida tecnificada, hasta en la angustia de los hombres, en el deseo de paz que los aflige, en la aspiración profunda a la fraternidad, que tan fatigosamente tiende a hacerse realidad. La llamada de Dios busca acaso un punto de encuentro en el corazón puro de un niño al que el mundo no ha deslumbrado todavía, y que podrá encontrar en un servicio más alto todas sus aspiraciones más profundas. Tal llamada se dirige acaso hacia el corazón de un joven o de una joven, perdidos en la búsqueda de un ideal cuyo nombre desconocen, y en clara reacción contra un mundo que se les presenta corrompido y engañador, hasta tal punto que estarían acaso dispuestos a la entrega total de sí, y no a la vida cómoda.  Esta llamada divina, sí se atiende, sería la única y verdadera respuesta a tantas esperanzas,  a veces cruelmente decepcionadas, o que inclinan a la desesperación o al cinismo

Poder de la oración.

            Solamente la oración puede, hacer que la voz sea escuchada de verdad. Por ello pidamos al Maestro que envíe operarios a su mies (Cf. Jn, 4. 35). Roguemos al Maestro, a fin de que nadie se sienta extraño, sino más bien que cada uno se pregunte a sí mismo y mida las propias responsabilidades. Pidamos al Maestro que la llamada de cuantos están lejos encuentren una respuesta, y la Iglesia jamás se vea  privada de estos hombres, de estas mujeres, que, particularmente, hablan de Jesucristo con toda su vida de consagración y de caridad.

            Oremos todos; oremos juntos, como un solo corazón alrededor del altar de la Eucaristía. Y, para que el Señor responda a nuestros deseos y a los de toda la Iglesia, con gran efusión impartimos nuestra propiciadora bendición apostólica.

Del Vaticano. 18 de marzo de 1972, noveno año de nuestro Pontificado.

PABLO PP. VI