Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

              La Jornada Mundial de Oraciones en favor de las vocaciones ha llegado a su décima edición. Una vez más tenemos la alegría, y sentimos la responsabilidad de dirigimos a todos vosotros, hijos queridísimos, en este día bendito, en mitad del tiempo pascual, con la luz de Cristo resucitado y a la espera de Pentecostés. Os lo decimos a vosotros, venerables hermanos en el Episcopado; a vosotros, sacerdotes y diáconos; a vosotros, religiosos y religiosas; a vosotros, misioneros esparcidos por todo el orbe; a vosotros, padres y educadores creyentes, y a vosotros, principalmente jóvenes queridísimos, que estáis buscando los caminos de vuestro futuro.

Asamblea litúrgica.

            Nuestra voz acaso os llegue durante la asamblea litúrgica, en el momento más íntimo y profundo de la participación común en el misterio Eucarístico, donde Cristo está presente entre vosotros en su sacrificio y en el anuncio de su palabra (Cf. "Sacrosanctum Concilium", 7). Desearíamos, pues, inspiramos en el Evangelio, a fin de que: sea Él el que os hable mientras os hablamos. Lo hacemos siguiendo nuestro rito romano, con la seguridad, no obstante, de que los hijos queridísimos pertenecientes a otros ritos encontrarán igual inspiración mediante la palabra del Señor, de acuerdo con las venerables tradiciones de sus Iglesias.

La vocación, un misterio.

            ¡Qué riqueza de enseñanzas nos ofrece la inolvidable página evangélica que nos presenta la figura del buen pastor, del verdadero pastor, del único pastor! La figura del Señor Jesús que ofrece su vida -y la ofrece libremente- por sus ovejas; que las conoce y es conocido por ellas; que piensa en las que no están todavía en su redil, y a las que también debe guiar, y que escucharán su voz, y formarán un solo rebaño y un solo pastor (Cf. Jn 10, 11-18).

            Pero, entre tanta riqueza de pensamientos, nos gustaría seleccionar uno solo, que sea como el lema y el recuerdo de la X Jornada Mundial. Y es éste: "Yo ofrezco mi vida..., pero la ofrezco voluntariamente" (1. c., 17 s.). Es impresionante ver cómo nuestro Evangelio vuelve e insiste en este punto: "generosidad" plena al entregarse, con "perfecta" libertad. ¡Qué lección, hijos queridísimos, qué ejemplo!

Manifestación del Espíritu Santo

            Como sabéis, la "vocación", en el sentido completo que nosotros, cristianos, atribuimos a esta palabra, es un misterio grande de fe. Es, en efecto, Dios Padre, Creador y Señor del Cielo y de la Tierra, el que llama todas las cosas a la existencia, toda criatura viviente a la vida, todo ser espiritual al conocimiento y al amor de El. Y llama también al hombre a colaborar con El para dominar y completar la creación: "Lo has hecho poco inferior a los ángeles, de gloria y de honor lo has coronado; le has dado poder sobre las obras de tus manos" (Sal 8, 6 - ss; Cf. "Gaudíum et Spes", 12 y 67). Es Jesús Salvador el que llama a todos a su Reino: "Venid a Mi todos vosotros..." (Mt 1,17), y llama a algunos a participar más directamente en su misión de salvación: "Seguidme, Yo os haré pescadores de hombres" (Mc 1,17). Es el Espíritu del Padre y de Jesús el que continúa haciendo que se oigan en la intimidad de cada uno las llamadas más personales: "El Espíritu Santo que, 'distribuyendo a cada uno sus dones como quiere' (1 Cor 12,11), concede también a los fieles de todo orden gracias especiales, con las que hace estén preparados y dispuestos para asumir diversas tareas y cometidos para la renovación y la más amplia edificación de la Iglesia, porque "a cada uno es dada una manifestación particular del Espíritu Santo para la utilidad común" (1 Cor 12,7 ) ("Lumen Gentium", 12).

Una invitación especial.

            Así, pues, el Señor os ha confiado todo; todo lo ha dejado en vuestras manos: las cosas que conciernen a este mundo y las que están relacionadas con la edificación de su Iglesia y el anuncio de su Evangelio de salvación universal. Pero una sola cosa es necesaria: que a tanta generosidad de Dios en ofrecer corresponda vuestra generosidad en colaborar. Como hizo, en primer lugar. Cristo: "Yo ofrezco mi vida..... (1. c.).

            Es una invitación a la generosidad que os afecta a todos, cualquiera que haya sido la elección que hayáis hecho o queráis hacer, porque es precisamente del misterio mismo de vuestro bautismo de donde viene constantemente la llamada a una vida cristiana plena, en la fe y en las obras: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). Es una invitación a la generosidad, que os afecta, de forma especial, a vosotros, que habéis elegido una consagración para el servicio de la Iglesia, en virtud de una llamada singular. Y, por consiguiente, esta llamada os sigue, os apremia, para que vuestra respuesta sea cada día mejor que el pasado: "En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto" Jn 15, 8). Debéis dar mucho porque mucho se os ha dado. Si os decimos esto es también porque sabemos que los jóvenes se fijan en vosotros. Es, finalmente, una invitación a la generosidad, la cual os dirigimos, con afecto particular, a vosotros, jóvenes, que no habéis hecho todavía una elección definitiva. Muchas son las llamadas, muchos son los caminos que se abren ante vosotros, incluso para el servicio de la Iglesia, pueblo de Dios. Os han hablado de ellos. Los conocéis. ¿Serán llamadas sin respuesta? ¿Caminos desiertos? ¿De quién y de qué tenéis miedo? Sois generosos; sed también generosos en esto.

Los pobres esperan.

            Nada parece poder resistir a la llamada de Dios: "¿Quién puede, en efecto, resistir a su deseo?" (Rom 9,19). Y, sin embargo, no es así. Dios se detiene con respeto frente a la libertad de sus hijos, a los que ha creado libres. Su llamada, cualquier llamada, adquiere, pues, la fuerza y dulzura de una invitación que nada pierde de su divino poder, y nada quita a vuestra libertad. Sois libres: decidid, pues. Como lo hizo Cristo el primero: "Ofrezco mi vida por mi propia voluntad" ("1. c.").

            Queridísimos jóvenes. Os lo decimos a todos vosotros, hijos queridísimos, jóvenes y menos jóvenes: no permitáis que personas, o ideas, o acontecimientos, consigan bloquear vuestras elecciones y vuestras decisiones. ¿Por qué deteneros y esperar? Mientras, la imagen de este mundo se transforma rápidamente. Otras muchedumbres de hombres llegan a la Tierra. El Evangelio debe ser anunciado a todos. A los pobres de ayer se añadirán los de mañana. Tenemos y tendremos a los hambrientos, los sedientos, los encarcelados, los enfermos de cuerpo y de espíritu. Ellos os esperan: en ellos os espera Cristo (Cf. Mt 25, 35 ss.). Hay trabajo para todos. Hay para vosotros un puesto también.

            Que el Señor os bendiga en este día de meditación y de plegaria. Que os bendiga en vuestra generosidad y en vuestra libertad. Que haga mayor vuestra generosidad y libere vuestra libertad de todo obstáculo que la pueda detener.

            Y, como prenda, os llegue, llena de afecto, nuestra bendición apostólica.

Sede del Vaticano. 13 marzo 1973.

PABLO. PAPA VI