Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

MENSAJE DEL PAPA A LOS JOVENES

             Pablo a los jóvenes. A vosotros, jóvenes. Sí, especialmente. Henos aquí, también este año, ante la Jornada de las Vocaciones.

            ¡Jornada mía! Es decir, Jornada del Pescador. Porque éste el primer aspecto real de la Jornada que hoy se celebra; hoy se cumple, casi con visible realismo, una palabra, una promesa de Jesucristo. La dijo a Pedro y a su hermano Andrés, quienes siendo pescadores estaban tirando sus redes en el lago de Galilea y Jesús, caminando junto a la orilla, los vio y les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores hombres». ¿Qué acento tenía aquella voz? ¿Qué figura tenía en aquellos momentos el joven Maestro, al que los dos pescadores ya habían encontrado poco antes cerca de la desembocadura del Jordán, en la misteriosa atmósfera de la predicación mesiánica de Juan, el Bautista? ¿Quién lo sabe? El hecho es que los dos pescadores -¡fijaos!- abandonaron al instante las redes y se pusieron a caminar siguiendo al recién conocido Maestro. Pocos pasos y la escena se repite con otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos del Zebedeo; también ellos dejan sus redes, dejan incluso al padre, la barca y los ayudantes y se van con Jesús, que arrastra consigo aquella pequeña comitiva (Cf. Mt 4, 18-22) para predicar la llegada del reino de los cielos.

            Escena simbólica; escena profética. ¿Será demasiado fantástico pensar que ella se refleja en mi situación actual? Imaginad al Papa, que tan imperfectamente refleja el perfil de Jesús o la figura de Pedro; y sin embargo, es el sucesor de Pedro y es el Vicario de aquel mismo Cristo. El Papa no está a la orilla de un lago tranquilo, sino de un río, en crecida e impetuoso: el río de la historia, el río de la arrolladora vida moderna en el que estáis vosotros, jóvenes de esta desbordante generación, arrastrados por la exaltadora violencia de nuestro tiempo, en el que vosotros -como todos- pescáis, como por sorpresa, inagotables experiencias, estupendas o tremendas.

            Yo llamo. Yo os llamo. Sé que es una audacia la mía, quizá vana, quizá inoportuna; pero yo debo lanzar mi voz, como Jesús: venid en pos de mí. Diré más: mi voz es una voz grave. Venir conmigo comporta una donación extremadamente preciosa, la donación personal de vosotros mismos al Señor; comporta un sacrificio sin reservas. Pero así es; yo debo ser sincero: mi voz, que quiere ser llamada para vosotros, es arrolladora y exigente. (Después os diré, y vosotros mismos lo comprenderéis, cuán afectuosa quiere ser esta voz; quien la siga hará esta paradójica experiencia: la vocación, penetrante, profunda, es suavísima, es extasiante en el secreto de la conciencia; ninguna cosa, ningún placer, ningún amor lo puede superar. Pero esto vendrá después). Ahora me basta gritar: ¿Hay alguien que quiera venir? ¿Hay alguno que, en medio del alboroto de las mil voces de nuestro mundo, advierte y escucha la mía?

Llamada a la humanidad.

            Pues bien, no rechacéis al menos esta invitación: ¡tratad de escucharla!

            Me preguntáis: escuchar ¿qué? Escuchar en mi llamada, como primera invitación, la llamada de la humanidad. Aquella llamada que brota de la humanidad que todavía hoy invoca, que manifiesta sus más auténticas exigencias y generalmente las expresa sufriendo. Invoca verdad, invoca luz, invoca amor, invoca interés, invoca guía, invoca socorro... ¿No sentís en esa invocación el gemido de una esperanza, seguida del lamento de la desilusión, del extravío, del sufrimiento, de la desesperación? ¿No sentís el gemido de tantos niños infelices, de tantos pobres desolados, de tantos enfermos necesitados, de tantos débiles oprimidos?

            ¿No os dais cuenta de la tímida y apremiante llamada de quien no sabe a quién confiar algún delicado y doloroso secreto propio? Y ¿no os importa también el clamor de quien trabaja, de quien estudia, de quien se agita, sin saber al final por qué? El porqué de la vida, ¿quién lo puede desvelar? ¿Quién puede decir a su hermano: «El que camina en pos de mí no camina en tinieblas»? (Cf. Jn 12, 35) ¿Quién puede consolar a la humanidad por la inutilidad de sus esfuerzos, por la ridiculez de sus vanidades, por la fugacidad de sus días? ¿Quién puede dar sentido y valor al saber humano, purificar y fortalecer el amor, enseñar el verdadero secreto de la belleza, captar el valor de las lágrimas, abrir la puerta de la tan soñada posibilidad de una vida sobrenatural?

            Porque la sinfonía de la vocación se compone de estas y muchas otras preguntas, encaminadas a dar un valor superior de sublimación a la vida humana. Dios llama con la palabra de la humanidad que aspira a la trascendente plenitud de su vida, que sin esta llamada faltaría. ¿Quién sabe escuchar este coro implorante? Este es el primer momento característico de la vocación moderna: momento sociológico-religioso.

            ¿Teméis la fascinación de un pietismo humano?

            Jóvenes, escuchad aún. Pero esta vez hay que escuchar otra voz amiga y sapiente. He aquí el segundo momento: sicológico-religioso. Hace falta el especialista, es decir, el maestro del alma, el director espiritual, hace falta el amigo experto en los secretos del corazón.

            Así pues, jóvenes, hoy la Jornada de las Vocaciones se hace vuestra, y se hace Jornada de la Iglesia; hablemos ahora de la Iglesia-maestra.

            Jornada vuestra, os lo digo a vosotros, jóvenes, a cuantos seáis capaces de entender el lenguaje de una vocación extraordinaria, la de la donación total de sí mismo al amor y al servicio de Cristo. Se trata de interceptar las señales más misteriosas del Espíritu. No es fácil. Se necesita estar iniciados (perdonad la expresión) en una técnica de la adivinación; esto es, hay que poseer la discretio spirituum (discreción de espíritus), es decir, el discernimiento de la fenomenología espiritual; podríamos valernos de un término, hoy de moda, adaptándolo al campo religioso para decir: es necesario un sicoanalista del Evangelio. Diremos más: hace falta un carisma (confróntese 1 Cor 12, 10). Exigencia indispensable, pero de no difícil solución, si la elección del intérprete deseado recae en una persona prudente y santa, que ciertamente no falta en la Iglesia de Dios.

            Pero entonces, sí, la cuestión se hace dramática en el sentido de que la voz que llama se duplica, en sonido ajeno, externo, humano, y, a la vez, en sonio personal, interno, inspirador. ¿Cuál prevalece? ¿Cuál es más autorizado? Esta es la fase decisiva para lograr la seguridad de la vocación, de la que puede depender el destino de una vida con todas sus consecuencias. Se produce una tensión. Pero no hay motivo para temer, por dos razones tranquilizadoras:

            La primera proviene de una experiencia característica en esta aflictiva, pero sólo aparente, ambigüedad, porque cuando la vocación es auténtica las dos voces coinciden pronto y su armonía origina una certeza indecible. Podríamos citar el comentario de San Beda, el venerable a la vocación del apóstol Leví Mateo, narrada por el evangelista Marcos. «El mismo Señor que llamó a éste (Levi) externamente por medio de palabra humana para que lo siguiera, encendió en su interior la divina inspiración para que siguiese prontamente al que llamaba» (Cf. Beda, Venerabilis; «P. L.», 92, 150).

            La otra razón proviene del hecho que la llamada divina al sacerdocio se manifiesta, en definitiva, a través de la voz responsable y tranquilizadora de la jerarquía y la imposición, de las manos del obispo, el cual deberá, ciertamente, comprobar si el candidato procede con recta intención y tiene las indispensables aptitudes para el ministerio sacerdotal (confróntese 1 Cor 12, 7; y Cf. la controversia sobre el padecer  del Can. Lahitton, decidida por autoridad de San Pío X 1912). Nos movemos en el campo personal de la libertad, comprometida en una elección muy importante y responsable, porque, rigurosamente hablando, una vocación no constituye de suyo ni obligación imperativa ni derecho opcional. El vinculo moral nace de la sincera voluntad de tender hacia un ideal más alto y de obtener un premio más grande: «Si quieres perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; y ven y sígueme» (Mt 19, 21). Es un tercer momento que se puede definir: canónico-religioso.

La llamada de Jesús exige donación total al amor y servicio de Cristo.

            Pero la incertidumbre problemática de las vocaciones -decidlo vosotros, jóvenes- se manifiesta hoy no en otros momentos, sino en otros sectores, y aquí deberíamos detenernos más, invitándoos a profundizar en vuestra reflexión. Pero simplifiquemos: estos sectores son tres, y en ellos se manifiestan objeciones tan fuertes contra una vocación que ésta, aunque fuese hipotéticamente posible, se agosta hoy fácilmente como el grano infecundo de la parábola.

            ¿Cuáles son estos sectores? El primero es el específicamente religioso y atañe no sólo a las vocaciones propiamente sacerdotales, sino también a aquellas consagradas a un estado perfección, sean masculinas o femeninas. La objeción se formula con una pregunta trivial: ¿Vale la pena?, pero después alcanza tanto al análisis crítico de la religión, esto es, de la verdad de nuestra fe, hoy atacada y embestida por las mas radicales contestaciones filosóficas y bíblicas, como a la valoración moral de los sacrificios que comporta una vocación. ¿Vale la pena jugarse la propia existencia en una forma de vida que la Iglesia presenta como interpretación segura de fidelidad absoluta en el seguimiento de Cristo? Y, ¿quién es Cristo para que tenga yo que hacerle oblación incondicional de mi vida? Esta es una objeción tan fuerte y compleja que empeña todas las reservas exploratorias, especulativas y morales, necesarias para alcanzar una certeza, una verdad victoriosa. Esta, jóvenes, no es, después de todo, tan difícil de conseguir mediante el estudio, la reflexión, el consejo, la oración y, sobre todo, mediante la gracia. La vocación es una gracia. Por su naturaleza supone y exige que una voz se haga oír, la voz precisamente del Padre, por Cristo, en el Espíritu, la inefable invitación: ¡Ven! Esta es una gracia que tiene en sí el poder de atracción, de convicción, de certeza. En el fondo, no se trata sino de comprobarla y después aceptarla generosamente.

Dificultades insuperables.

            ¿Y cuál es el otro sector de objeciones, de dificultades, de obstáculos que muchas veces parecen paralizantes e insuperables? Es el del ambiente social. El nos detiene, nos absorbe, nos condiciona de tal manera que resulta hay día dificilísimo liberarse y escapar de él con una actitud, un estilo o un compromiso de Iglesia. En otro tiempo este «respeto humano» no era tan fuerte y general. Hoy es quizá el impedimento sicológico y práctico más grave. Los jóvenes sienten cuán fuera de moda, ridículo, inverosímil, es para ellos salirse de lo común y profesar una vocación sacerdotal o religiosa sin compromisos mundanos indecorosos en semejantes vocaciones. Esta salida es un momento fuerte. Una angustia para algunos. Pero es el momento más libre, más amoroso, más generoso, que pueda cualificar una vida; una vida cristiana. Y es tan sólo un momento, un momento de valentía personal.

            Y entramos en el tercer sector: la Iglesia; sí, la Iglesia en su prosaica realidad humana, histórica, visible y canónica. La Iglesia con su permanente contradicción entre el ideal y la realidad, contradicción tanto más fastidiosa cuanto más sublime, evangélico, sagrado, divino, se presenta el ideal, mientras que no pocas veces la realidad aparece mezquina, estrecha, defectuosa y en ocasiones hasta egoísta y degenerada. Pero, ¡es la Iglesia! aquella institución social que cada uno, perteneciendo a ella, puede transfigurar y que, por humana y mezquina que tal vez pueda ser, es siempre «el signo y el instrumento» de nuestra salvación, es siempre la dispensadora de los mismos divinos; es la verdadera, la Santa Madre Iglesia, por la cual Cristo dio su amor y su sangre (Cf. Ef., 5, 29). Es siempre digna de ser amada y elegida por vosotros, jóvenes. Sí os pone la cruz sobre las espaldas; pero es la cruz de Cristo, que espera al Cirineo que se asocie a El para soportar su peso; es el drama heroico de la gloria de Dios, de la salvación del mundo, del incomparable honor al que vosotros, jóvenes, estáis llamados.

            No queremos añadir ahora más. Aunque sería necesario extendernos más en este mensaje.

Exhortación a todos los miembros del pueblo de Dios.

            Pues no podemos olvidar a todos los demás destinatarios a quienes el mensaje debería ir dirigido, quizá con más motivo, ya que tiene carácter de exhortación. ¿A quién debería ir dirigido principalmente?

            A los obispos. Pero a ellos la Sagrada Congregación para la Educación Católica ya ofrece este año los resultados del Congreso del pasado noviembre, que tuvo por objeto el tema de las vocaciones, ampliamente estudiado por las Conferencias Episcopales, y discutido por los miembros de dicho Congreso (obispos, educadores, religiosos y religiosas).

A las familias.

            A los padres, a las familias. Sí, para ellos sería necesaria una palabra especial; sin embargo, ellos mismos podrán deducirla, por lo que se refiere a los aspectos principales del problema de las vocaciones, de este mismo mensaje dirigido a la juventud.

            A los superiores de los seminarios y, en general, a todos los sacerdotes, religiosos y también religiosas, a quienes está confiada la educación de las vocaciones. También para ellos el problema requiere una específica consideración, que por ahora dejamos a su prudencia, asegurando a todos nuestra especial oración por el incremento de tan alto, urgente y delicado ministerio.

            Sabed, hijos y amigos, y vosotros, amadísimos jóvenes, que es el Papa quien os habla mirándoos con inmenso afecto, con trepidante esperanza y con gran alegría. Y al saludaros a todos vosotros, destinatarios de este mensaje lleno de esperanza, repite como suya y como dirigida a vosotros la palabra del apóstol Pablo: «Ahora ya vivimos, sabiendo que estáis firmes en el Señor. Pues, ¿qué gracias daremos a Dios en retorno de todo este gozo que por vosotros disfrutamos ante nuestro Dios, orando noche y día con la mayor instancia por ver vuestro rostro y completar lo que falte a vuestra fe?» (I Tesalonicenses 3,8-10).

            Os impartimos a todos nuestra bendición apostólica.

PABLO PP. VI