Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

Queridos hijos e hijas de la Iglesia:

            «La mies es mucha, pero los obreros pocos» (Mt 9; Lc 10, 2). ¿Quién de vosotros no siente la actualidad palpitante de estas palabras del Señor?

         Es un hecho que todos vosotros conocéis: la necesidad sacerdotes, religiosos y almas consagradas es inmensa. Si en algunas partes comienza a notarse un aumento lleno de esperanza, en muchas regiones ha aparecido un descenso inquietante de las vocaciones, que se hará notar seriamente en el futuro.

Reacción alentadora.

            Ciertamente, esta disminución de vocaciones provoca, a veces, un saludable despertar de las comunidades cristianas: los catequistas, los miembros de la Acción Católica y muchos otros seglares de fe y testimonio admirables asumen responsabilidades o aseguran ciertos «ministerios» que favorecen la vitalidad cristiana de sus hermanos y encarnan el mensaje cristiano en lo más profundo de las realidades cotidianas. Su papel es insustituible. El Espíritu Santo les anima. Nos, somos el primero en alegrarnos de esta promoción del laicado y en alentarla.

            Pero todo ello -no haría falta decirlo-- no suple el ministerio indispensable del sacerdote, ni el testimonio específico de las almas consagradas. Al contrario, los reclama. Sin ellos, la vitalidad cristiana corre el peligro de cegarse en sus fuentes; la comunidad, de desmoronarse, y la Iglesia, de secularizarse. Descuidar el problema de las vocaciones haría correr un peligro muy grande a la Iglesia. Sería alejarse de la voluntad evidente del Señor, que dijo a sus apóstoles: «Seguidme y yo os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17) -de hecho, ellos dejaron sus redes para seguirle--- y a otros discípulos suyos: « Ve, vende cuanto posees, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme» (Mc 10,21).

Dios sigue llamando.

            Esta llamada del Señor es una gracia inestimable. El Señor, estamos seguros de ello, sigue haciéndola resonar en el corazón de muchos jóvenes y adultos. Por medio de la Iglesia, Cristo se presenta, hoy como ayer, como aquel que anuncia el amor sin medida del Padre; que ofrece el perdón, sana el corazón, da la plenitud de su vida; que invita a construir con El, un mundo nuevo fundado en la verdad y en el amor, un mundo de hijos de Dios y de hermanos. Esta es la Buena Nueva, propuesta, por otra parte, a la fe de todo cristiano.

            Pero cuando el Señor llama de manera particular a alguien, por medio de una luz interior y por la voz de la Iglesia, a servirle como sacerdote, religioso, miembro del Instituto secular, suscita en él y le pide una preferencia absoluta por su persona y la obra de su Evangelio: «Sígueme».

Respuesta a la llamada.

            Esta preferencia es seductora, y es capaz de colmar verdaderamente el corazón humano. Y supone una actitud de fe muy firme. Aquí está, amados hijos, el nudo del problema de las vocaciones. En nuestro tiempo, cuando la serenidad de los mismos creyentes se halla trastornada, debido a las circunstancias, la voluntad de un compromiso total y definitivo a seguir a Cristo parece todavía más difícil. Hay que tener una confianza total para abandonarse a la llamada de Cristo. Esta preferencia supone también una voluntad de ruptura, primeramente con el pecado -mentira, impureza, egoísmo, odio-, pero también con algunos valores humanos que se refieren al orden de los medios: las satisfacciones del amor humano, la riqueza el éxito profesional, el placer, el triunfo, el poder.

            En un alma profunda, recta y generosa, han de prevalecer los valores del Reino: la alegría pura y sencilla, la sed de Dios hallada en la oración, el servicio a los demás, el cuidado de sus necesidades espirituales. Sigue siendo necesario despegarse del ambiente materialístico para hacer este enjuiciamiento y tomar esta decisión. Es, pues, todo un clima lo que hay que renovar para que las vocaciones puedan germinar y consolidarse. Ello es deber de los llamados. Y con ellos, de toda la comunidad cristiana. El Año Santo constituye en ese sentido un tiempo verdaderamente propicio: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

El mensaje del Papa en este Año Santo nos responsabiliza a todos.

            Bajo el signo de este Año Santo, año de conversión y de renovación en la fe, Nos, sucesor del apóstol Pedro, encargado como él de confirmar a nuestros hermanos, os dirigimos este mensaje, lleno de significación y de esperanza, para la Jornada Mundial de las Vocaciones.

            Os lo dirigimos a vosotros, nuestros hermanos en el Episcopado, de quienes compartimos la preocupación por la abundancia de mies y de escasez de obreros.

            Lo dirigimos a vosotros, sacerdotes, a fin de que, reavivando en vosotros el legítimo orgullo de servir a Cristo, con las tribulaciones y las alegrías del apóstol, suscitéis la estima y el deseo del sacerdocio. Vuestra fidelidad, vuestra esperanza, así como la unión entre vosotros, testimonian que se trata de una gracia incomparable.

            Lo dirigimos a vosotros, religiosos y religiosas, para que la libertad y la gratuidad de vuestra consagración exclusiva a Cristo, con entrega abierta a todo lo que ella permite, ofrezcan ampliamente saborear el Reino de Dios, haciendo el Evangelio actual creíble, atractivo.

            Lo dirigimos a vosotros, educadores, y, sobre todo, a vosotros, padres y madres de familia, a fin de que la firmeza de vuestra fe, la profundidad de vuestra generosidad, vuestro amor a la Iglesia, os consienta preparar almas fuertes, capaces de escuchar la llamada del Señor.

            Lo dirigimos especialmente a vosotros, jóvenes y adolescentes, a quienes atrae el mensaje de Cristo y a quienes mueven las necesidades espirituales de vuestros hermanos El hombre no vive sólo de pan. Examinaos en presencia de Cristo.

            Lo dirigimos también a vosotros, niños. Cristo os ama con predilección. Vosotros estáis ya en condiciones de dar una preferencia a Dios que os permita adiestrar toda vuestra vida en el seguimiento a Jesús. Buscadlo de todo corazón, por medio de la plegaria fervorosa, en el ofrecimiento de vuestra vida, en un apostolado a la medida de vuestras fuerzas.

            Ojalá todos pidan al Señor de la mies: «Señor, ven en auxilio de tu Iglesia». Las necesidades son inmensas; es mucha la generosidad. La llamada y la gracia del Señor no faltan nunca.  ¡Que no faltemos nosotros!

            Os bendecimos a todos en el nombre del Señor.

PABLO PP. VI

(Texto íntegro, facilitado por PA.).