Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

EL SACERDOTE, EN EL CENTRO MISMO DE LA PRODIGIOSA AVENTURA DE LA EVANGELIZACION

Tarea permanente y determinante de la vida de la Iglesia: la evangelización.

            Una vez más, en este domingo dedicado a la celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, sentimos necesidad de dirigimos a vosotros con espíritu de afectuosa y confiada comunión, para asociarnos no sólo a la invocación que hoy brota de vosotros hacia el Señor, sino también para comunicaros las intenciones y los sentimientos que abriga nuestro corazón.

          Os hablamos, en efecto, en nombre de una tarea esencial y, por lo mismo, permanente y determinante en la vida de la Iglesia; os hablamos tomando nuevamente en nuestras manos el texto de la exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi», que, al culminar el Año Santo, os dirigimos en medio del fervor de ese despertar religioso suscitado por el acontecimiento jubilar; os hablamos bajo la impresión siempre fresca y saludable de las palabras mismas de la lectura evangélica de hoy.

Relación esencial entre vocación y evangelización.

            «Tengo otras ovejas..., y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz» (Jn 10, 16). Y, ¿cómo oirán -podemos preguntarnos con San Pablo- si nadie los predica, si no hay quien predique y evangelice? Cf. Rm 10, 14-15). La voz de Jesús, Verbo de Dios, Palabra viviente del Padre, existe siempre; pero es también necesario -y: esto constituye un aspecto admirable del misterio de la Iglesia- que haya hombres y mujeres que la recojan y la repitan, la transmitan y la difundan, procurando que resuene en el curso de cada generación y en todas panes del mundo. Como queriendo ilustrar de una manera genuina la trabazón existente entre vocación y evangelización, Jesús nos ofreció en sí mismo un incomparable ejemplo, haciendo oír su voz, durante toda su vida pública, entre los suyos y en su patria; «Yendo por ciudades y aldeas, predicaba y evangelizaba el reino de Dios» (Lc 8, 1). El fue, pues, el primero y el mayor evangelizador (confróntese exhortación apostólica citada, número 7). Cuando más tarde dejó este mundo, quiso que su Palabra y su Evangelio quedasen siempre con nosotros: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35); quiso que su voz continuara siendo escuchada por la humanidad: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Y, para que esto pudiera ocurrir, congregó al nuevo pueblo de Dios, que «es asumido por El como instrumento de redención universal y es enviado a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra» (Constitución dogmática «Lumen Pentium», número 9). De esta manera «toda la Iglesia es misionera y la obra de evangelización es deber fundamental del pueblo de Dios» (Decr. «Ad Gentes», n. 35).

Empeño unitario y complementario.

            Ahora, pues, nos toca a nosotros, a nuestra generación de creyentes, escuchar la voz del Señor y hacer que sea escuchada; acoger su Palabra y ofrecerla; vivirla y dar testimonio de ella; ser evangelizados y evangelizar. Se trata de un empeño unitario, cuyos componentes son inseparables como partes complementarias de una misma misión.

            Reflexionemos juntos ahora, hermanos e hijos. Sabéis que en la Iglesia existe esta unidad de misión, pero que son diversos los oficios, los ministerios, los servicios: hay, pues, variedad de vocaciones.«Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12, 4-7).

Centro de la aventura evangelizadora: la misión del sacerdote.

            Dentro de esta variedad de llamadas se distingue, sobre todo, de una manera inconfundible, por estar en el centro mismo de la prodigiosa y perenne aventura de la evangelización, la misión del sacerdote. ¡Ser sacerdotes! «En virtud del sacramento del Orden, los sacerdotes han sido consagrados para predicar el Evangelio. Participando del oficio del único Mediador, Cristo, anuncian a todos la divina Palabra. Se afanan en la predicación y en la enseñanza, creyendo aquello que leen cuando meditan la ley del Señor, enseñando aquello que creen, imitando lo que enseñan» (Cf. Consto Dogmática «Lumen Gentium», n. 28). Próvidas cooperadores del Orden episcopal, deben también santificar y guiar a los hermanos en la fe después de haberla anunciado.

El diácono: al servicio del pueblo de Dios en el ministerio de la Palabra.

            En esta variedad de llamadas, ocupan un lugar distinguido los diáconos. ¡Ser diácono! Son ordenados «para servir al pueblo de Dios, en comunión con los obispos y con los sacerdotes»; prestan servicio de manera particular «en el ministerio de la palabra divina», enseñando, exhortando, evangelizando, «mientras caminan en la verdad del Señor» (confróntese ibídem, n. 29).

Vida consagrada: hacer creíble el Evangelio mediante diversas formas de caridad y el testimonio de santidad.

            En esta variedad de llamadas, ocupan un lugar privilegiado las personas consagradas  mediante los votos religiosos. ¡Ser personas consagradas! Esto quiere decir ofrecer la vida al servicio del Evangelio «frecuentemente en la primera línea de la misión», y hacer creíble el Evangelio mediante muchas formas de caridad y el testimonio de santidad cristiana (Cf. exhortación apostólica citada, número 69). Es una nobilísima tarea que se propone a todos, hombres y mujeres sin distinción; es un campo vastísimo que se abre no sólo al celo generoso y a la reconocida capacidad de trabajo de los religiosos, sino también al espíritu de entrega, a la peculiar sensibilidad y a la inventiva de las religiosas.

Los seglares son colaboradores indispensables de la evangelización

            Dentro de esta variedad de llamadas, no podemos olvidar a los seglares, los cuales están precisamente «llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, ejerciendo ministerios muy diversos, según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles», cooperando de esta manera en la misión evangelizadora (Ibíd n. 73).

Vocación misionera: avanzadilla de la evangelización.

            Tampoco olvidamos a quienes quieren ejercer su vocación de sacerdotes, de diáconos, de personas consagradas, de seglares en las condiciones particulares y tan difíciles de la vida misionera para anunciar directamente el Evangelio de Cristo Señor.

Toda vocación es don de Dios: oremos juntos.

            Por tanto, amadísimos hijos e hijas, oremos todos juntos. Hemos hablado de gracias y de carismas: toda vocación dentro de la Iglesia es un don de Dios y sólo El posee el tesoro y el secreto de sus dones.

            ¡Cuántos caminos se abren ante nosotros! Pero sabemos que estos caminos quedan vacíos si no nos decidimos a recorrerlos. Y sabemos también que esta decisión no depende solamente, de la libre elección: es necesaria la gracia del Señor, que nos llama, nos ilumina, nos anima. Por eso, ahora debemos orar:

            Te pedimos, Señor, que sigas bendiciendo y enriqueciendo a tu Iglesia con los dones de tus vocaciones. Te pedimos que sean muchos los que escuchen tu voz y sigan alegrando a la Iglesia con la generosidad y la fidelidad de sus respuestas. Así sea.

            Esta invocación, dictada por las crecientes exigencias del anuncio evangélico resonará hoy en todas las comunidades eclesiales esparcidas por el mundo: parroquias y diócesis, seminarios e Institutos, familias religiosas y grupos seglares reunidos juntos en el nombre de Cristo. Que sea ella la expresión ejemplar de: esfuerzo solidario de quien se siente parte de un único cuerpo y testimonio de comunión recíproca en la fe y en las obras. De esta manera se renovará, en la madurez del siglo veinte, la misma realidad consoladora de la primitiva Iglesia, cuando «todos perseveraban unánimes en la oración» (Act 1, 14) Y «diariamente acudían unánimemente al templo, mientras el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvados» (Ibidem 2, 46-47).

            Es una invitación y, a la vez, un deseo que corroboramos con nuestra bendición apostólica.

Mensaje Pontificio ante la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 19 de mayo de 1976

(«B. O. de Madrid-Alcalá» del 8 de abril de 1976.)