Jornadas mundiales de Oración por las Vocaciones

TODA VOCACION VERDADERA NACE DE LA FE

QUE NINGUN FIEL SE SIENTA AJENO A ESTE PROBLEMA

            Con motivo de la Jornada de las Vocaciones, que se celebró el domingo 24 de abril, el Santo Padre ha invitado al pueblo de Dios a la reflexión sobre el valor, sobre el significado y sobre la necesidad de las vocaciones y a la oración, a fin de que sean muchos los jóvenes que respondan a la llamada divina, con el siguiente mensaje:

            A todos los hermanos e hijos de la Iglesia católica:

            Con espíritu de cristiana alegría celebramos la XIV Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. La celebramos con la serena certeza de que Cristo Resucitado es el Viviente, el Maestro, el Pastor, el Amigo, que «está con nosotros todos los días» (Cf. Mt., 28, 20), y nos habla y nos llama: he aquí que estoy a la puerta y llamo. «Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, Yo vendré a él» (Cf. Apoc., 3, 30).

Fe y vocación.

            Como sucedió aquella mañana en la que el Señor Resucitado se presentó en la orilla del lago de Tiberiades, habló amistosamente con sus discípulos e invitó nuevamente a Pedro a seguirlo (Cf. Jn. 21, 4 ss.). El sugestivo Evangelio de la tercera dominica de Pascua presenta, en efecto, el tema de nuestro afectuoso y angustiado mensaje dirigido a almas nobles y generosas; un mensaje de fe, de amor, de sacrificio.

            Un primer hecho nos impresiona en este Evangelio. Después de la pesca prodigiosa, el discípulo al que Jesús amaba, dijo a Pedro «¡Es el Señor!». Y Pedro, apenas oyó que era el Señor, se «lanzó» al lago para correr a su encuentro (Cf. Jn., 21, 7). A la luz de la fe, Juan reconoce al Señor Resucitado; con la fuerza de la fe, Pedro se lanza hacia adelante impetuosamente para llegar a El.

            El Señor premia aquella fe sencilla y generosa, dirigiendo a los apóstoles la amorosa invitación: «Venid a comer» (Jn.   21, 12). Observad su delicado ofrecimiento de amistad, de la que aquella invitación es una señal humanísima. Nos os decimos con las palabras del Concilio: «La fe ilumina todo con una luz nueva y descubre las intenciones de Dios sobre la vocación integral del hombre» (Cf. «Gaudium et Spes», número 11). Sí, toda vocación verdadera nace de la fe; una fe sentida y vivida diariamente, con sencillez y generosidad de espíritu, en confianza y amistad con el Señor. Nadie, en efecto, sigue a un extraño; nadie ofrece su vida por un desconocido. Si hay una crisis de vocaciones, ¿no existe, acaso, y en primer lugar, una crisis de fe? Un deber extraordinariamente sagrado pesa sobre los pastores de almas, sobre los padres, sobre los educadores cristianos de guiar a la juventud moderna hacia el conocimiento profundo de Cristo, a la fe en El, a la amistad con El.

El amor y la fe.

            Después el Señor exige a Pedro una reiterada profesión de fe: «¿Me amas? ¿Me amas tú más que éstos?» (Jn., 21, 15-17). Conocéis la respuesta: «Ciertamente, Señor, Tú sabes que yo te amo». Toda vocación es acto de amor, de doble amor, del Señor que llama y del que responde. Muy grande es el don de amor por parte de Dios, cuando se trata de vocación especialmente consagrada a su servicio y al de su Iglesia; vocación al presbiterado, al diaconado, a la vida religiosa, a los ideales de los Institutos seculares, a la entrega misionera. Tanto mayor, pues, debe ser la capacidad de amar por parte de quien recibe aquella privilegiada y exigente llamada.

            Vosotros, aspirantes al presbiterado, escucharéis un día la exhortación del obispo ordenante: «Realizad, pues, el oficio de Cristo Sacerdote con gozo permanente en verdadera caridad» («Munus ergo Christi Sacerdotis perenni gaudio in vera caritate explete» («Cf. Pontifícale Romanum, «De Ordínatione Presbyterorum», n. 14). Vosotros, aspirantes a la profesión de los consejos evangélicos, sabed que debéis «dejar todas las cosas por amor a Cristo» (Cf. «Perfectae Caritatis», n. 5). Vosotros, aspirantes a la vida misionera, conocéis la medida de vuestro compromiso: «Con caridad misionera, deberéis dar testimonio del Señor hasta derramar, si fuere necesario, vuestra sangre» (Cf. «Ad Gentes, dívinitus», número 24).

Futuro de sacrificio.

            Así, pues, cultivad en vosotros el amor. Aprended a amar más al Señor, a amar más a su Iglesia; a amada «como Cristo la amó y se entregó a Si mismo por ella» (Cf. Efes., 5, 25); a amada en su misterio inefable, en su estructura visible, en su realidad histórica actual. Hay, acaso, crisis de amor, antes de que se produzca crisis de vocaciones. A vosotros, pastores, padres, educadores, recomendamos; ayudad a los jóvenes mejores, a las almas más generosas, a cultivar el amor de Cristo y de su Iglesia.

            El Evangelio nos reserva todavía una sorpresa. El Señor Resucitado no teme inquietar la atmósfera alegre y amistosa de su encuentro pascual y anuncia a Pedro un futuro de sacrificio y de martirio: «Otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» Jn., 21, 18). Después reitera su llamada a Pedro: «Sígueme» (Id., 21, 19). Tampoco Nos dudamos en deciros; la vocación es también sacrificio. Sacrificio, desde el tiempo de la primera búsqueda seria, que ya exige ciertas renuncias. Sacrificio, en el momento de una decisión consciente de las consecuencias que se derivan de ella. Sacrificio, en el largo camino de la preparación necesaria. Sacrificio, además, durante el resto de la vida, porque toda la existencia no será otra cosa que la actualización coherente de una vocación dada por Dios, pero libre e íntimamente aceptada y vivida. La crisis de vocaciones, ¿oculta acaso el miedo de este sacrificio? Pastores, padres y educadores; sabed también guiar a los jóvenes y a otras almas generosas a la libre y gozosa aceptación del sacrificio.

            Nuestra reflexión sobre el Evangelio ahora se convierte en oración.

Invitación a la plegaria.

            Oremos, con las palabras de los apóstoles, a fin de que el Señor «aumente la fe» (Cf. LC. 17,5) en nuestras comunidades cristianas y particularmente en aquellos que El ha querido y querrá llamar a su servicio.

            Oremos, con las palabras del apóstol Pablo, a fin de que la «caridad de Cristo» (Cf. 2 Cor., 5, 14) despierte la llamada divina en muchos y óptimos jóvenes, y en otras almas nobles y generosas, e impulse a los vacilantes a la decisión y conserve en la perspectiva a los que ya han hecho su opción.

            Oremos, a fin de que todos seamos fuertes y estemos dispuestos, como Cristo paciente, a hacer no la voluntad propia, sino la voluntad del Padre (confróntese Lc., 22, 42), cuando El quiere o permite que el peso del sacrificio se una al regalo jubiloso de su llamada. Que los consuele en todo momento la alegría pascual del Cristo Resucitado.

            Al dirigir esta nuestra ya acostumbrada invitación a la plegaria, alimentamos la inmensa esperanza de que toda la comunidad eclesial sepa compartir nuestra inquietud apostólica y aprovechar la ocasión propicia para una reflexión voluntariosa y profunda sobre el valor, el significado y la necesidad de las vocaciones en la Iglesia y para la Iglesia. Que ningún fiel se sienta ajeno a este problema, sino que cada uno se interpele a sí mismo y mida las propias responsabilidades. Y, a fin de que el Señor responda a nuestros deseos y a los de todo el pueblo de Dios, con efusión, de corazón, impartimos la propiciadora bendición apostólica.

Desde el Vaticano, 30 de diciembre de 1976.

PABLO PP. VI

(«O. R.» 17 de abril de 1977; original italiano;

traducción de ECCLESIA.)