Nuevas vocaciones para una nueva Europa


« La mies es mucha, pero los obreros pocos » (Mt 9,37)
Esta primera parte constituye una mirada sapiencial sobre Europa, consciente de su complejidad cultural, en la que parece predominar un modelo antropológico de « hombre sin vocación ». La nueva evangelización debe reanunciar el sentido fuerte de la vida como « vocación », en su fundamental llamada a la santidad, recreando una cultura favorable a las distintas vocaciones y apta para promover un verdadero salto cualitativo en la pastoral vocacional.

« Nuevas vocaciones para una nueva Europa »
10. El tema del Congreso (« Nuevas vocaciones para una nueva Europa ») incide directamente en el meollo del problema: hoy, en una Europa nueva respecto al pasado, hay necesidad de vocaciones igualmente « nuevas ». Es necesario explicar esta afirmación para comprender el sentido de esta novedad, y sacar de ella la relación con la pastoral « tradicional » de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No nos limitaremos, por lo tanto, a exponer la situación y a ofrecer datos, sino que procuraremos indicar en qué dirección va la novedad y la necesidad de vocaciones que de ella se derivan.
Al mismo tiempo, leeremos la situación que se limita al presente, partiendo de la exclamación de Jesús ante la misión que le esperaba: « La mies es mucha, pero los trabajadores pocos » (Mt 9,37). Estas palabras continúan siendo válidas y constituyen una preciosa clave para la lectura de la actualidad. De alguna manera encontramos en ellas la exacta medida de nuestro trabajo y la justa proporción (o desproporción) entre una mies que siempre sobreabundará y nuestras pocas fuerzas. Evitando toda interpretación pesimista del presente, como también toda hipotética autosuficiencia para el mañana.

Nueva Europa
11. Ya el Documento de trabajo presentó un cuadro de la situación europea sobre la problemática vocacional fuertemente marcado por elementos novedosos. Aquí los resumimos apenas, según el análisis que hizo de ellos el Congreso mismo, tratando de recoger los más significativos, destinados a orientar por largo tiempo la mentalidad y la sensibilidad juveniles y, por tanto, también la praxis pastoral y las estrategias vocacionales.

a) Una Europa diversificada y compleja
Ante todo un hecho se da por descontado: es prácticamente imposible reflejar de modo único y permanente la situación europea, por lo que concierne a la situación juvenil y a las inevitables repercusiones vocacionales. Estamos ante una Europa diversificada, resultante de los diversos acontecimientos histórico-políticos (ver la diferencia entre Este y Oeste), y también de la pluralidad de tradiciones y culturas (greco-latina, anglosajona y eslava).

Todo ello, sin embargo, constituye también su riqueza y hace significativa, en contextos diversos, experiencias y opciones. Así, si en los países de la parte oriental se presenta el problema de cómo administrar la libertad recuperada, en los de la parte occidental se nos pregunta sobre cómo vivir la auténtica libertad.

Tal heterogeneidad es también ratificada por el desarrollo de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, no sólo por la diferencia existente entre el florecimiento vocacional de la Europa oriental y la crisis generalizada que invade el occidente, sino porque en lo profundo de tal crisis hay signos de recuperación vocacional, particularmente en aquellas Iglesias en las que la labor postconciliar asidua y constante ha abierto un surco profundo y eficaz.(5)

Si, pues, en Oriente es necesario poner en marcha una verdadera pastoral orgánica al servicio de la promoción vocacional, desde la animación a la formación, sobre todo, de las vocaciones, en Occidente es indispensable una atención diferente. Aquí se debe preguntar sobre la real consistencia teológica y sobre la orientación aplicativa de ciertos proyectos vocacionales, sobre el concepto de vocación que está en la base y sobre el tipo de vocaciones que se derivan de él. En el Congreso se oyó insistentemente la pregunta: « ¿Por qué determinadas teologías o praxis vocacionales no producen vocaciones, mientras que otras sí las producen? ».(6)

Otro aspecto caracteriza la actualidad socio-cultural europea: la abundancia de posibilidades, de ocasiones, de solicitudes, frente a la carencia de enfoques, de propuestas, de proyectos. Es como un último contraste que aumenta el grado de complejidad de este tiempo histórico, con recaída negativa en el plano vocacional. Como la Roma antigua, la Europa moderna se asemeja a un panteón, a un gran « templo » en el que todas las « divinidades » tienen cabida, o en los que cada « valor » tiene su puesto y su hornacina.

« Valores » diversos y contrarios están presentes y coexisten, sin una jerarquización precisa; códigos de lectura y de valoración, de orientación y de comportamiento totalmente diferentes unos de otros.

Resulta difícil, en tal contexto, tener un concepto o una visión del mundo unitarios, y llega a ser, por tanto, débil también la capacidad proyectiva de la vida. Cuando una cultura, en efecto, no define ya las supremas posibilidades de significado, o no logra la convergencia en torno a algunos valores como particularmente capaces para dar sentido a la vida, sino que pone todo al mismo plano, pierde toda posibilidad de opción proyectiva y todo llega a ser indiferente y sin importancia.

b) Los jóvenes y Europa
Los jóvenes europeos viven en esta cultura pluralista y ambivalente, « politeísta » y neutra. Por un lado, buscan apasionadamente autenticidad, afecto, relaciones personales, amplitud de horizontes; y por otro, se sienten fundamentalmente solos, « heridos » por el bienestar, engañados por las ideologías, confusos por la desorientación ética.

Y todavía: « de muchos sectores del mundo juvenil se resalta una clara simpatía por la vida entendida como valor absoluto, sagrado… »,(7) pero, a menudo y en muchas partes de Europa tal apertura respecto a la existencia se ve contrarrestada por políticas no respetuosas del derecho a la vida misma, sobre todo, para los más débiles. Políticas que arriesgan hacer al « viejo continente » más viejo todavía. Si, por tanto, por un lado estos jóvenes constituyen un capital apreciable para la Europa de hoy, que sobre ellos apuesta grandemente para construir su futuro, por otro no siempre las expectativas juveniles son acogidas con coherencia por el mundo de los adultos o por los responsables de la sociedad civil.

Como quiera que sea, dos aspectos nos parecen de capital importancia para comprender la actitud actual de los jóvenes: la reivindicación de la subjetividad y el deseo de libertad. Son dos instancias dignas de atención y típicamente humanas. A menudo, sin embargo, en una cultura débil y compleja como la actual, dan lugar —al encontrarse— a combinaciones que deforman el significado de las mismas: la subjetividad se convierte entonces en subjetivismo, mientras que la libertad degenera en arbitrariedad.
En tal contexto, merece que se preste atención a la relación que los jóvenes europeos establecen con la Iglesia. El Congreso dice con valentía y realismo en una de sus Proposiciones finales: « Los jóvenes con frecuencia no ven en la Iglesia el objeto de su búsqueda, ni el lugar de respuesta a sus interrogantes y expectativas. Se resalta que no es Dios el problema, sino la Iglesia. La Iglesia es consciente de su dificultad en comunicar con los jóvenes, de la carencia de auténticos planes pastorales…, de la debilidad teológico-antropológica de ciertas catequesis. En un amplio sector de jóvenes perdura el temor a que una experiencia en la Iglesia coarte su libertad »,(8) mientras que para otros muchos la Iglesia permanece o está llegando a ser el más autorizado punto de referencia.

c) « Hombre sin vocación »
Este juego de contrastes se refleja inevitablemente en el plano de proyectar el futuro, que es visto —por parte de los jóvenes— en una óptica consecuente, limitada a las propias ideas, en función de intereses estrictamente personales (la autorrealización).

Es una lógica que reduce el futuro a la elección de una profesión, a la situación económica o a la satisfacción sentimental-afectiva, dentro de horizontes que de hecho reducen la voluntad de libertad y las posibilidades de la persona a proyectos limitados, con la ilusión de ser libres.

Son opciones sin ninguna apertura al misterio y al trascendente, y quizá también con escasa responsabilidad respecto a la vida, propia y ajena, de la vida recibida como don y para transmitir a otros. Es, en otras palabras, una sensibilidad y mentalidad que corren el peligro de diseñar una especie de cultura antivocacional. Que es tanto como decir que, en la Europa culturalmente compleja y privada de precisos puntos de referencia, semejante a un gran panteón, el modelo antropológico prevalente fuese el del « hombre sin vocación ».
He aquí una posible descripción de éstos: « Una cultura pluralista y compleja tiende a producir jóvenes con una identidad imperfecta y frágil con la consiguiente indecisión crónica frente a la opción vocacional. Muchos jóvenes ni siquiera conocen la « gramática elemental » de la existencia, son nómadas: circulan sin pararse a nivel geográfico, afectivo, cultural, religioso; « ellos lo intentan ».

En medio de la gran cantidad de informaciones, pero faltos de formación, aparecen distraídos, con pocas referencias y pocos modelos. Por esto tienen miedo de su porvenir, experimentan desasosiego ante compromisos definitivos y se preguntan acerca de su existencia. Si por una parte buscan, a toda costa, autonomía e independencia, por otra, como refugio, tienden a ser dependientes del ambiente socio-cultural y a conseguir la gratificación inmediata de los sentidos: de aquello que « me va », de lo que « me hace sentirme bien » en un mundo afectivo hecho a medida ».(9)

Produce una inmensa pena encontrar jóvenes, incluso inteligentes y dotados, en los que parece haberse extinguido la voluntad de vivir, de creer en algo, de tender hacia objetivos grandes, de esperar en un mundo que puede llegar a ser mejor también gracias a su esfuerzo. Son jóvenes que parecen sentirse superfluos en el juego o en el drama de la vida, como dimisionarios en relación con ella, extraviados a lo largo de senderos truncados y aplanados en los niveles mínimos de la tensión vital. Sin vocación, pero también sin futuro, o con un futuro que, todo lo más, será una fotocopia del presente.

d) La vocación de Europa
No obstante, esta Europa de muchas almas y de cultura tan débil (pero que todavía se impone con fuerza) da señales de poseer energías insospechadas, está más viva que nunca y llamada a desempeñar un rol importante en el contexto mundial.
Nunca como en este momento, el viejo continente, no obstante muestre todavía las heridas de recientes conflictos y de contraposiciones también violentas en su interior, ha sentido fuerte la llamada a la unidad. Una unidad que todavía se debe construir, a pesar de que se hayan abatido algunos muros, y que deberá extenderse a toda Europa y a quien en ella pide hospitalidad y acogida. Unidad que no podrá ser sólo política o económica, sino también y, ante todo, espiritual y moral. Unidad, además, que deberá superar viejos rencores y antiguos recelos, y que podría encontrar precisamente en las primitivas raíces cristianas un motivo de convergencia y una garantía de entendimiento. Unidad que incumbe realizar, consolidar y acabar especialmente a la actual generación juvenil, del Oeste al Este, del Norte al Sur, defendiéndola de cualquier tentación contraria de aislamiento y de encerramiento en sus propios intereses, y proponiéndola al mundo entero como ejemplo de serena convivencia en la diferencia.

¿Serán capaces estos jóvenes de asumir una tal responsabilidad?
Si es cierto que el joven de hoy corre el peligro de estar desorientado y de encontrarse sin un preciso punto de referencia, la « nueva Europa » que está naciendo podría llegar a ser una meta y ofrecer un adecuado estímulo a los jóvenes que, en realidad, « tienen nostalgia de libertad y buscan la verdad, la espiritualidad, la autenticidad, la propia originalidad personal y la transparecia, que juntos tienen deseos de amistad y de reciprocidad », que buscan « compañía » y quieren « construir una nueva sociedad, fundada en valores tales como la paz, la justicia, el respeto del medio ambiente, la atención a las discrepancias, la solidaridad, el voluntariado y la igual dignidad de la mujer ».(10)

En último análisis, los más recientes estudios presentan a los jóvenes europeos como desorientados, mas no desesperados; impregnados de relativismo ético, pero también deseosos de vivir una « vida buena »; conscientes de su necesidad de salvación, aunque sin saber dónde buscarla.
Su problema más grave es probablemente la sociedad éticamente neutra en la que les ha tocado vivir, pero cuyos recursos no se han agotado. Especialmente en un tiempo de transición hacia nuevas metas como el nuestro. De ello dan fe tantos jóvenes animados por una sincera búsqueda de espiritualidad, valientemente comprometidos en lo social, confiados en sí mismos y en los otros y comunicadores de esperanza y de optimismo.

Nosotros creemos que estos jóvenes, a pesar de las contradicciones y del « peso » de un cierto ambiente cultural, pueden construir esta nueva Europa. En la vocación de su madre-tierra se trasluce también su propia vocación.

Nueva Evangelización
12. Todo esto abre nuevos caminos y requiere nuevo impulso al mismo proceso de evangelización de la vieja y nueva Europa. Hace tiempo que la Iglesia y el actual Pontífice vienen pidiendo una profunda renovación de los contenidos y del método del anuncio del Evangelio, « para hacer a la Iglesia del siglo XX siempre más idónea para anunciar el Evangelio a la humanidad del siglo XX ».(11) Y como nos recordó el Congreso, « no hay que tener miedo de vivir en una época de paso de una orilla a la otra ».(12)

a) El « semper » y el « novum »
Se trata de unir el « semper » y el « novum » del Evangelio para ofrecerlo a las nuevas exigencias y condiciones del hombre y de la mujer de hoy. Es, pues, urgente proponer de nuevo el núcleo o centro del kerigma como « noticia perennemente buena », rica de vida y de sentido para el joven que vive en Europa, como anuncio capaz de dar respuestas a sus expectativas y guiar su búsqueda.

En torno a estos puntos se concentran especialmente la tensión y el desafío. De esto dependen la imagen de hombre que se quiere construir y las grandes decisiones de la vida, el futuro de la persona y de la humanidad; el significado de la libertad y la relación entre subjetividad y objetividad, el misterio de la vida y de la muerte, el amar y el sufrir, el trabajo y el descanso.

Es preciso aclarar la conexión entre praxis y verdad, entre momento histórico personal y futuro definitivo universal o entre bien recibido y bien dado, entre conocimiento del don y opción de vida. Somos conscientes de que precisamente en torno a estos puntos gira también una cierta crisis de significado, de la que derivan, por tanto, una cultura antivocacional y una imagen de hombre sin vocación. Por consiguiente, de aquí debe partir o aquí debe arribar el camino de la nueva evangelización, para evangelizar la vida y el significado de la vida, la exigencia de libertad y de subjetividad, el sentido del propio ser en el mundo y del relacionarse con los otros.

De aquí podrá emerger una cultura vocacional y un modelo de hombre abierto a la llamada. Para que a una Europa, que va cambiando en profundidad su imagen, no le llegue a faltar la buena noticia de la pascua del Señor, en cuya sangre los pueblos dispersos se han reunido y los alejados se han aproximado, « destruyendo el muro de enemistad que los separaba » (Ef 2,14). O mejor, podemos decir que la vocación es el corazón mismo de la nueva evangelización en los umbrales del tercer milenio, es la llamada de Dios al hombre para un tiempo nuevo de verdad y libertad, y para una nueva construcción ética de la cultura y de la sociedad europeas.

b) Nueva santidad
En este proceso de inculturación de la buena nueva, la Palabra de Dios se hace compañera de viaje del hombre y le sale al encuentro a lo largo de los caminos para revelarle el designio del Padre como condición para su felicidad. Y es exactamente la Palabra extraída de la carta de Pablo a los cristianos de la Iglesia de Efeso, la que nos guía también hoy a nosotros, pueblo de Dios en Europa, a descubrir cuanto quizá no es inmediatamente visible a primera vista, pero que es evento, es donación, es vida nueva: « Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, antes bien, sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios » (Ef 2,19).

No es, evidentemente, palabra nueva, pero es palabra que hace ver de un modo nuevo la realidad de la Iglesia del viejo continente, que está lejos de ser « Iglesia vieja ». Es comunidad de creyentes llamados a la « juventud de la santidad », a la vocación universal a la santidad, subrayada con fuerza por el Concilio(13) y reafirmada, en diversas ocasiones, por el Magisterio subsiguiente.

Es tiempo, ahora, de que aquella llamada adquiera fuerza y llegue a todo creyente, « a fin de que alcancéis a comprender juntamente con todos los santos cuál sea la anchura y la longitud, la altura y la profundidad » (Ef 3,18) del misterio de gracia confiado a la propia vida.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada suscite nuevos modelos de santidad, porque Europa tiene necesidad, sobre todo, de la santidad que el momento exige, original por tanto y, en algún modo, sin precedentes.

Se necesitan personas, capaces de « echar puentes » para unir cada vez más a las Iglesias y a los pueblos de Europa y para reconciliar los espíritus.
Son precisos « padres » y « madres » abiertos a la vida y al don de la vida; esposos y esposas que testimonien y celebren la belleza del amor humano bendecido por Dios; personas capaces de diálogo y de « caridad cultural » para transmitir el mensaje cristiano mediante los lenguajes de nuestra sociedad; profesionales y personas sencillas capaces de imprimir al compromiso en la vida civil y a las relaciones de trabajo y amistad, la transparecia de la verdad y la fuerza de la caridad cristiana; mujeres que descubran en la fe cristiana la posibilidad de vivir plenamente su condición femenina; sacerdotes de corazón grande, como el del Buen Pastor; diáconos permanentes que anuncien la Palabra y la libertad del servicio para con los más pobres; apóstoles consagrados, capaces de sumergirse en el mundo y en la historia con corazón contemplativo, y místicos tan familiarizados con el misterio de Dios como para saber celebrar la experiencia de lo divino y hacer ver a Dios presente en la vorágine de la acción.
Europa necesita nuevos confesores de la fe y del gozo de creer, testigos que sean creyentes creíbles, valientes hasta la sangre, vírgenes que no sean tales sólo para sí mismas, sino que sepan decir a todos que la virginidad reside en el corazón de cada uno y reenvía inmediatamente al Eterno, manantial de todo amor.

Nuestra tierra está ávida no sólo de personas santas, sino de comunidades santas, de tal forma enamoradas de la Iglesia y del mundo que sepan presentar al mundo mismo una Iglesia libre, abierta, dinámica, presente en la historia diaria de Europa, cercana a los sufrimientos de la gente, acogedora con todos, promotora de la justicia, solícita para con los pobres, no preocupada por su minoría numérica ni por las barreras puestas a su acción, no asustada por el clima de descristianización social (real pero quizá no tan radical ni generalizado), ni de la escasez (a menudo sólo aparente) de los resultados.
¡Será ésta la nueva santidad capaz de reevangelizar a Europa y de construir la nueva Europa!

Nuevas vocaciones
13. Se impone, en este momento, un razonamiento nuevo sobre la vocación y sobre las vocaciones, sobre la cultura y sobre la pastoral vocacional. El Congreso ha creído percibir una cierta sensibilidad, ya largamente extendida respecto a estos temas, proponiendo, sin embargo, al mismo tiempo, una « sacudida » adecuada para abrir tiempos nuevos en nuestras Iglesias.(14)

a) Vocación y vocaciones
Como la santidad es para todos los bautizados en Cristo, así también existe una vocación específica para todo viviente; y así como la primera tiene su fundamento en el Bautismo, la segunda está vinculada al simple hecho de existir. La vocación es el pensamiento providente del Creador sobre cada criatura, es su idea-proyecto, como un sueño que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente la criatura. Dios-Padre lo quiere distinto y específico para cada viviente.

El ser humano, en efecto, es « llamado » a la vida y al venir a la vida, lleva y encuentra en sí la imagen de Aquél que le ha llamado.
Vocación es propuesta divina a realizarse según esta imagen, y es única-singular-irrepetible precisamente porque tal imagen es inagotable. Toda criatura significa y es llamada a manifestar un aspecto particular del pensamiento de Dios. Ahí encuentra su nombre y su identidad; afirma y pone a seguro su libertad y su originalidad.
Si, pues, todo ser humano tiene su propia vocación desde el momento de su nacimiento, existen en la Iglesia y en el mundo diversas vocaciones que, mientras en el plano teológico manifiestan la imagen divina impresa en el hombre, a nivel pastoral-eclesial responden a las varias exigencias de la nueva evangelización, enriqueciendo la dinámica y la comunión eclesial: « La Iglesia particular es como un jardín florido, con gran variedad de dones y carismas, funciones y ministerios. De aquí la importancia del testimonio de la comunión entre ellos, abandonando todo espíritu de competencia ».(15)

Más aún, se dijo explícitamente al Congreso, « hay necesidad de apertura a los nuevos carismas y ministerios, sin duda distintos de los habituales. La valoración y el puesto de los seglares es un signo de los tiempos que, en parte, está todavía por descubrir y que se está manifestando cada vez más fructífero ».16

b) Cultura de la vocación
Estos elementos están penetrando progresivamente la conciencia de los creyentes, pero no todavía hasta el punto de crear una verdadera y propia cultura vocacional,(17) capaz de traspasar los confines de la comunidad creyente. Por esto el Santo Padre, en su Discurso a los participantes al Congreso les desea que la constante y paciente atención de la comunidad cristiana al misterio de la llamada divina promueva una « nueva cultura vocacional en los jóvenes y en las familias ».(18)

Ella es una componente de la nueva evangelización. Es cultura de la vida y de la apertura a la vida, del significado del existir, pero también del morir.
En especial hace referencia a valores un tanto olvidados por cierta mentalidad emergente (« cultura de la muerte », según algunos), tales como, la gratitud, la aceptación del misterio, el sentido de lo imperfecto del hombre y, a la vez, de su apertura a lo trascendente, la disponibilidad a dejarse llamar por otro (o por Otro) y preguntar por la vida, la confianza en sí mismo y en el prójimo, la libertad de turbarse ante el don recibido, el afecto, la comprensión, el perdón, admitiendo que aquello que se ha recibido es inmerecido y sobrepasa la propia capacidad, y fuente de responsabilidad hacia la vida.
También forma parte de esta cultura vocacional la capacidad de soñar y anhelar, el asombro que permite apreciar la belleza y elegirla por su valor intrínseco, porque hace bella y auténtica la vida, el altruismo que no es sólo solidaridad de emergencia, sino que nace del descubrimiento de la dignidad de cualquier ser humano.

A la cultura del ocio, que corre el peligro de perder de vista y anular los interrogantes serios en el montón de palabras, y se opone una cultura capaz de encontrar valor y gusto por las grandes cuestiones, las que atañen al propio futuro: son las grandes preguntas, en efecto, las que hacen grandes las pequeñas respuestas. Pero son precisamente las pequeñas y cotidianas respuestas las que provocan las grandes decisiones, como la de la fe; o que crean cultura, como la de la vocación.

En todo caso, la cultura vocacional, en cuanto conjunto de valores, debe pasar cada vez más de la conciencia eclesial a la civil, del conocimiento de lo particular o de la comunidad a la convicción universal de no poder construir ningún futuro, para la Europa del 2000, sobre un modelo de hombre sin vocación. En efecto, dice el Papa: « La crisis que atraviesa el mundo juvenil revela, incluso en las nuevas generaciones, apremiantes interrogantes sobre el sentido de la vida, confirmando el hecho de que nada ni nadie puede ahogar en el hombre la búsqueda de sentido y el deseo de encontrar la verdad. Para muchos éste es el campo en el que se plantea la búsqueda de la vocación ».(19)

Precisamente esta pregunta y este deseo hacen nacer una auténtica cultura de la vocación; y si pregunta y deseo están en el corazón del hombre, también de quien los rechaza, entonces esta cultura podría llegar a ser una especie de terreno común donde la conciencia creyente encuentra la conciencia seglar y se confronta con ella. A ésta dará con generosidad y transparencia la sabiduría que ha recibido de lo Alto.

De esta forma dicha nueva cultura será verdadero y propio terreno de evangelización, donde podría nacer un nuevo modelo de hombre y florecer también una nueva santidad y nuevas vocaciones para la Europa del 2000. La escasez, en efecto, de vocaciones específicas —las vocaciones en plural— es, sobre todo, carencia de conciencia vocacional de la vida —la vocación en particular—, o bien, carencia de cultura de la vocación.

Esta cultura llega a ser hoy, probablemente, el primer objetivo de la pastoral vocacional(20) o, quizá, de la pastoral en general. ¿Qué pastoral es, en efecto, aquella que no cultiva la libertad de sentirse llamados por Dios, ni produce cambio de vida?

c) Pastoral de las vocaciones: el « salto de calidad »
Hay otro elemento que une entre sí la reflexión del pre-congreso con el análisis del congreso. Es el conocimiento de que el congreso de las vocaciones se encuentra ante la exigencia de un cambio radical, de un « »impacto » idóneo », según el documento de trabajo,(21) o de « un salto de calidad », como el Papa recomendó en su Discurso al final del Congreso.(22) Todavía una vez más nos encontramos ante una convergencia evidente que ha de comprenderse en su significado auténtico, en este análisis de la situación que estamos proponiendo.

No se trata sólo de una invitación a reaccionar ante una sensación de cansancio o de desaliento por los escasos resultados; ni con estas palabras se pretende incitar a renovar simplemente ciertos métodos o a recuperar energía y entusiasmo, sino que, substancialmente se quiere indicar que la pastoral vocacional en Europa ha llegado a una articulación histórica, a un paso decisivo. Existe una historia, con una prehistoria, seguida de fases que se han sucedido lentamente a los largo de estos años, como estaciones naturales, y que ahora deben necesariamente avanzar hacia el estado « adulto » y maduro de la pastoral vocacional.

Por tanto, no se trata ni de subestimar el sentido de este paso, ni de culpar a nadie por lo que se haya hecho en el pasado; al contrario, nuestro propósito y el de toda la Iglesia es de sincero reconocimiento a aquellos hermanos y hermanas que, en condiciones verderamente difíciles, han ayudado con generosidad a tantos adolescentes a buscar y encontrar la propia vocación. De todas formas, en cualquier caso, se trata de comprender de una vez la orientación que Dios, Señor de la historia, está dando a nuestra historia, también a la rica historia de las vocaciones en Europa, hoy ante una encrucijada decisiva.

— Si la pastoral de las vocaciones nació como emergencia debida a una situación de crisis e indigencia vocacional, hoy ya no se puede pensar con la misma incertidumbre y motivada por una coyuntura negativa; al contrario, aparece como expresión estable y coherente de la maternidad de la Iglesia, abierta al designio inescrutable de Dios, que siempre engendra vida en ella;
— si en un tiempo la promoción vocacional se orientaba exclusiva y principalmente a algunas vocaciones, ahora se debería dirigir cada vez más a la promoción de todas la vocaciones, porque en la Iglesia de Dios o se crece juntos o no crece ninguno;
— si en sus comienzos la pastoral vocacional trataba de circunscribir su campo de acción a algunas categorías de personas (« los nuestros », los más próximos a los ambientes de Iglesia, o a aquéllos que parecían manifestar inmediatamente un cierto interés, los más buenos y estimados, los que habían hecho ya una opción de fe, etc.), ahora se siente cada vez más la necesidad de extender con valor a todos, al menos en teoría, el anuncio y la propuesta vocacionales, en nombre de aquel Dios que no hace acepción de personas, que elige a pecadores en un pueblo de pecadores, que hace de Amós, que no era hijo de profeta sino tan solo recogedor de sicómoros, un profeta, que llama a Leví, y entra en la casa de Zaqueo, que es capaz de hacer nacer incluso de las piedras hijos de Abraham (cfr. Mt 3,9);
— si anteriormente la actividad vocacional nacía en buena parte del miedo (a la desaparición, a la disminución) y de la pretensión de mantener determinados niveles de presencia o de obras, ahora el miedo, siempre pésimo consejero, cede el puesto a la esperanza cristiana, que nace de la fe y se proyecta hacia la novedad y el futuro de Dios;
— si una cierta animación vocacional es, o era, perennemente insegura y tímida, casi hasta aparecer en condiciones de inferioridad respecto a una cultura antivocacional, hoy hace aunténtica promoción vocacional sólo quien está animado por la convicción de que toda persona, sin excluir a ninguna, es un don original de Dios que espera ser descubierto;
— si el fin, un tiempo, parecía ser el reclutamiento, o el método de propaganda, a menudo con resultados obtenidos forzando la libertad del individuo o con episodios de « competencia », ahora debe ser cada vez más claro que el fin es la ayuda a la persona para que sepa discernir el designio de Dios sobre su vida para la edificación de la Iglesia, y reconozca y realice en sí misma su propia verdad;(23)
— si en época aún no muy lejana había quien se engañaba creyendo resolver la crisis vocacional con opciones discutibles, por ejemplo « importando vocaciones » de allende las fronteras (a menudo desarraigándolas de su ambiente), hoy nadie debería engañarse con resolver la crisis vocacional vagando de un lado a otro, porque el Señor continúa llamando en cada Iglesia y en cada lugar;
— e igualmente, en la misma línea, el « cirineo vocacional », solícito y a menudo improvisador solitario, debería cada vez más pasar de una animación hecha con iniciativas y experiencias episódicas a una educación vocacional que se inspire en la seguridad de un método de acompañamiento comprobado para poder prestar una ayuda apropiada a quien está en búsqueda;
— en consecuencia, el mismo animador vocacional debería llegar a ser cada vez más educador en la fe y formador de vocaciones, y la animación vocacional llegar a ser siempre más acción coral,(24) de toda la comunidad, religiosa o parroquial, de todo el instituto o de toda la diócesis, de cada presbítero o consagradoa o creyente, y para todas las vocaciones en cada fase de la vida;
— es tiempo, por fin, de que se pase decididamente de la « patología del cansancio »(25) y de la resignación, que se justifica atribuyendo a la actual generación juvenil la causa única de la crisis vocacional, al valor de hacerse los interrogantes oportunos y ver los eventuales errores y fallos a fin de llegar a un ardiente nuevo impulso creativo de testimonio.

d) Pequeño rebaño y misión grande(26)
Será la coherencia con la que se proceda en esta línea la que ayudará cada vez más a descubrir la dignidad de la pastoral vocacional y su natural posición de centralidad y síntesis en el ámbito pastoral.
También aquí venimos de experiencias y concepciones que han arriesgado marginar, en algún modo, en el pasado, la misma pastoral de las vocaciones, considerándola como menos importante. Ella, tal vez, presenta un rostro no convincente de la Iglesia actual o es considerada como un sector de la pastoral teológicamente menos fundamentado que otros, consecuencia reciente de una situación crítica y contingente.

La pastoral vocacional vive, quizá, todavía en una situación de inferioridad, que, si por un lado puede dañar su imagen e indirectamente la eficacia de su acción, por otro puede llegar a ser también un contexto favorable para trazar y experimentar con creatividad y libertad —libertad incluso para equivocarse— nuevos caminos pastorales.
Sobre todo dicha situación puede recordar aquella otra « inferioridad » o pobreza de la que hablaba Jesús mirando al gentío que le seguía: « La mies es mucha, pero los obreros pocos » (Mt 9,37). Frente a la mies del Reino de Dios, frente a la mies de la nueva Europa y de la nueva evangelización, los « obreros » son y serán siempre pocos, « pequeño rebaño y misión grande », para que resalte siempre más que la vocación es iniciativa de Dios, don del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

NOTAS
(5) Cfr. IL, 18.
(6) Cfr. Proposiciones conclusivas del Congreso Europeo sobre las vocaciones al sacerdocio y a la Vida Consagrada, n. 8. Dicho texto será citada como Proposiciones.
(7) IL, 32.
(8) Proposiciones, 7.
(9) Proposiciones, 3.
(10) Proposiciones, 4.
(11) Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 2. También, Juan Pablo II, Christifideles laici, 33-34, y Redemptoris missio, 33-34.
(12) Proposiciones, 19.
(13) Lumen gentium, 32; 39-42 (cap. V).
(14) IL, 6.
(15) Proposiciones, 16.
(16) Proposiciones, 19.
(17) La « cultura vocacional » fue el tema del Mensaje Pontificio para la XXX Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, celebrada el 2V1993 (cfr. « L´Osservatore Romano », 18XII1992; cfr. también, Congregación para la Educación Católica P.O.V.E., Messaggi Pontifici per la Giornata mondiale di preghiera per le vocazioni, Roma 1994, pp. 241-245).
(18) Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso sobre las vocaciones en Europa, en « L´Osservatore Romano », 11V1997, 4.
(19) Ibidem.
(20) Proposiciones, 12.
(21) IL, 6.
(22) Discurso del Santo Padre, en « L´Osservatore Romano », 11V1997.
(23) Cfr. Proposiciones, 20.
(24) Cfr. Juan Pablo II, Vita consecrata, 64.
(25) IL, 85.
(26) Una expresión análoga usa el Documento conclusivo del II Congreso Internacional de Obispos y otros responsables de las vocaciones eclesiásticas, cfr. Desarrollo, 3. Será citado con las siglas DC (documento conclusivo).