Nuevas vocaciones para una nueva Europa


« …cada uno los oía hablar en su propia lengua »(Hch 2,6)

Las orientaciones concretas de la pastoral vocacional no nacen sólo de una correcta teología de la vocación, sino que atraviesan algunos principios operativos, en los que la perspectiva vocacional es el alma y el criterio unificador de toda la pastoral.

A continuación se indican los itinerarios de fe y los lugares concretos en los que la propuesta vocacional debe llegar a ser compromiso de todo pastor y educador.
El análisis de la situación nos ha ofrecido, en la primera parte, el cuadro de la realidad vocacional europea actual; la segunda parte, en cambio, ha propuesto una reflexión teológica sobre el significado y sobre el misterio de la vocación, partiendo de la realidad de la Trinidad hasta extraer de ella el sentido en la vida de la Iglesia.
Es precisamente, este segundo aspecto el que ahora quisiéramos profundizar, especialmente desde el punto de vista de la aplicación pastoral.

En la audiencia concedida a los participantes en el Congreso, Juan Pablo II afirmó: « La actual situación histórica y cultural, que ha cambiado bastante, exige que la pastoral de las vocaciones sea considerada uno de los objetivos primarios de toda la Comunidad cristiana ».(54)

La imagen de la Iglesia primitiva
24. Cambian las situaciones históricas, pero permanece idéntico el punto de referencia en la vida del creyente y de la comunidad creyente, el punto de referencia representado por la palabra de Dios, en especial allí donde narra los sucesos de la Iglesia de los orígenes. Tales sucesos y el modo de vivirlos por la comunidad primitiva, constituyen para nosotros el « exemplum », el modo de ser de la Iglesia. Incluso para cuanto concierne a la pastoral vocacional. Tomemos algunos elementos esenciales y particularmente ejemplares, tal como los narra el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que la Iglesia de los comienzos era numéricamente pequeña y débil. La pastoral vocacional tiene los mismos años que la Iglesia; nace entonces, junto a ella, en aquella pobreza de improviso habitada por el Espíritu.

En los albores de esta historia singular, en efecto, que es, por tanto, la de todos nosotros, está la promesa del Espíritu Santo, hecha por Jesús antes de subir al Padre. « No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano; pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra » (Hch 1,7-8). Los Apóstoles están reunidos en el cenáculo, « perseveraban unánimes en la oración… con María, la madre de Jesús » (1,14), e inmediatamente se ocupan de llenar el puesto dejado vacío por Judas con otro elegido entre los que desde el principio habían permanecido con Jesús: para que « sea testigo con nosotros de su resurrección » (1,22) Y la promesa se cumple: desciende el Espíritu, con efectos sorprendentes, y llena la casa y la vida de aquéllos que antes eran tímidos y miedosos, como un estruendo, un viento, un fuego… « Y comenzaron a hablar en otras lenguas… y cada uno les oía hablar en su propia lengua » (2,4-6). Y Pedro pronuncia el discurso en el que narra la Historia de la salvación: « en pie… y en voz alta » (2,14), un discurso que « traspasa el corazón » de quien lo escucha y provoca la pregunta decisiva de la vida: « ¿qué debemos hacer? » (2,37).

En este punto los Hechos describen cómo era la vida de la primera comunidad, provista de algunos elementos esenciales, como la asiduidad en escuchar la enseñanza de los Apóstoles, la unión fraterna, la fracción del pan, la oración, la coparticipación de los bienes materiales; pero conjuntamente también los dones y bienes del Espíritu (cfr. 2,42-47).

Mientras tanto Pedro y los Apóstoles continúan haciendo prodigios en el nombre de Jesús y anunciando el kerigma de la salvación, a menudo con riesgo de la vida, pero siempre sostenidos por la comunidad, dentro de la que los creyentes forman « un solo corazón y una sola alma » (4,32). En ella, por otra parte, comienzan también a aumentar y a diversificarse las exigencias, por lo que se instituyen los diáconos para hacer frente a las necesidades, incluso materiales, de la comunidad, en especial de los más necesitados (cfr. 6,1-7).

El testimonio audaz y valiente no puede sino provocar la persecución de las autoridades, y por ello, he aquí al primer mártir, Esteban, subrayando que la causa del Evangelio compromete todo del hombre, incluso la vida (cfr. 6,8; 7,60). A la sentencia que condena a Esteban consiente también Saulo, el perseguidor de los cristianos, el que, poco después, será elegido por Dios para anunciar a los paganos el misterio escondido en los siglos y ahora revelado.

Y la historia continúa, siempre como historia sagrada: historia de Dios que elige y llama a los hombres a la salvación de maneras, a veces, imprevisibles, e historia de los hombres que se dejan llamar y elegir por Dios.

Estas notas de la comunidad primitiva nos pueden ser suficientes para trazar las líneas fundamentales de la pastoral de una Iglesia enteramente vocacional: sobre métodos y contenidos, principios generales, itinerarios que recorrer y estrategias concretas que seguir para realizarla.

Aspectos teológicos de la pastoral vocacional
25.¿Pero qué teología fundamenta, inspira y motiva la pastoral vocacional en cuanto tal?
La respuesta es importante en nuestro contexto, porque hace de elemento mediador entre la teología de la vocación y una praxis pastoral coherente con ella, que nazca de aquella teología y vuelva a ella. Sobre esta cuestión, en efecto, el Congreso manifestó la necesidad de una reflexión posterior de estudio, a fin de descubrir los motivos que unen intrísecamente personas y comunidades con la labor vocacional y para poner de relieve una mejor relación entre teología de la vocación, teología de la pastoral vocacional y praxis pedagógico-pastoral.

« La pastoral de las vocaciones nace del misterio de la Iglesia y está a su servicio ».(55) El fundamento teológico de la pastoral de las vocaciones, por tanto, « puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como mysterium vocationis ».(56)

Juan Pablo II recuerda claramente, al respecto, que la « dimensión vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la Iglesia », es decir, a su vida y a su misión.(57) La vocación define, en cierto sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes que su actuar. En su mismo nombre, « Ecclesia », se indica su fisonomía vocacional íntima, porque es verdaderamente « convocatoria », esto es, asamblea de los llamados.(58) Justamente, por eso, el Instrumentum laboris del Congreso dice que « la pastoral unitaria se funda en la vocacionalidad de la Iglesia ».(59)

Por consiguiente, la pastoral de las vocaciones, por su naturaleza, es una actividad ordenada al anuncio de Cristo y a la evangelización de los creyentes en Cristo. He aquí, por tanto, la respuesta a nuestra pregunta: precisamente en la llamada de la Iglesia a comunicar la fe, se fundamenta la teología de la pastoral vocacional. Esto concierne a la Iglesia universal, pero se atribuye de modo particular a cada comunidad cristiana,(60) especialmente en el actual momento histórico del viejo continente. « Para esta sublime misión de hacer florecer una nueva era de evangelización en Europa se requieren hoy evangelizadores especialmente preparados ».(61)

A este propósito conviene señalar algunos puntos firmes, indicados por el actual magisterio pontificio, para que sean puntos de partida de la praxis pastoral de las Iglesias particulares.

a) Una vez puesta de relieve la dimensión vocacional de la Iglesia, se comprende cómo la pastoral vocacional no es un elemento accesorio o secundario, con el solo fin del reclutamiento de agentes pastorales, ni un aspecto aislado o sectorial, motivado por una situación eclesial de emergencia, sino más bien una actividad unida al ser de la Iglesia y, por tanto, también íntimamente inserta en la pastoral general de cada Iglesia particular.(62)

b) Toda vocación viene de Dios, pero termina en la Iglesia, y pasa, siempre, por su mediación. La Iglesia (« ecclesia ») que por innata constitución es vocación, es al mismo tiempo generadora y educadora de vocaciones.(63) Por consiguiente, « la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a todos los estamentos del Pueblo de Dios ».(64)

c) Todos los miembros de la Iglesia, sin excluir a ninguno, tienen la gracia y la responsabilidad de fomentar las vocaciones. Es un deber que entra en el dinamismo de la Iglesia y en el proceso de su desarrollo. Solamente sobre la base de esta convicción, la pastoral vocacional podrá manifestar su rostro verdaderamente eclesial y desarrollar una acción coordinada, sirviéndose también de organismos específicos y de instrumentos adecuados de comunión y de corresponsabilidad.(65)

d) La Iglesia particular descubre la propia dimensión existencial y terrena en la vocación de todos sus miembros a la comunión, al testimonio, al servicio de Dios y de los hermanos… Por eso, debe respetar y promover la diversidad de carismas y de ministerios, por tanto, de las diversas vocaciones, todas manifestaciones del único Espíritu.

e) Fundamento de toda la pastoral vocacional es la oración mandada por el Salvador (Mt 9,38). Ella compromete no sólo a cada persona, sino también a todas las comunidades eclesiales.(66) « Debemos dirigir una constante plegaria al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia, para hacer frente a las exigencias de la nueva evangelización ».(67)

Pero la auténtica oración vocacional, es preciso recordar, merece este nombre y llega a ser eficaz, sólo cuando hace que haya coherencia de vida en el que ora, ante todo, y se inserta con los demás de la comunidad creyente, mediante el anuncio explícito y la catequesis adecuada, para favorecer en los llamados al sacerdocio y a la vida consagrada, así como a cualquier otra vocación cristiana, la respuesta libre, pronta y generosa, que hace operante la gracia de la vocación.(68)

Principios generales de la pastoral vocacional
26. En muchas partes se advierte la necesidad de dar a la pastoral una claro planteamiento vocacional. Para alcanzar este objetivo programático trataremos de delinear algunos principios teórico-prácticos, que extraemos de la pastoral vocacional y, en particular, de los « puntos finales » a ella unidos. Concentramos estos principios en torno a algunas afirmaciones temáticas.

a) La pastoral vocacional es la perspectiva originaria de la pastoral general
El Intrumentum laboris del Congreso sobre las vocaciones afirma de modo explícito. « Toda la pastoral, y en particular la juvenil, es originariamente vocacional »;(69) en otras palabras, decir vocación es tanto como decir dimensión constituyente y esencial de la misma pastoral ordinaria, porque la pastoral está desde los comienzos, por su naturaleza, orientada al discernimiento vocacional. Es éste un servicio prestado a cada persona, a fin de que pueda descubrir el camino para la realización de un proyecto de vida como Dios quiere, según las necesidades de la Iglesia y del mundo de hoy.(70)

Esto ya se dijo en el Congreso latinoamericano para las vocaciones de 1994.
Pero el concepto se amplía: vocación no es sólo el proyecto existencial, sino que lo son cada una de las llamadas de Dios, evidentemente siempre relacionadas entre sí en un plan fundamental de vida, de cualquier modo diseminadas a lo largo de todo el camino de la existencia. La auténtica pastoral hace al creyente vigilante, atento a las muchísimas llamadas del Señor, pronto a captar su voz y a responderle.

Es precisamente la fidelidad a este tipo de llamadas diarias que hace al joven capaz de reconocer y acoger « la llamada de su vida », y al adulto del mañana no sólo de serle fiel, sino de descubrir cada vez más su juventud y belleza. Cada vocación, en efecto, es « mañanera », es la respuesta de cada mañana a una llamada nueva cada día.

Por esto la pastoral debe estar impregnada de atención vocacional, para despertarla en cada creyente; partirá del intento de situar al creyente ante la propuesta de Dios; se ingeniará para provocar en el sujeto la aceptación de responsabilidad en orden al don recibido o a la Palabra de Dios escuchada; en concreto, tratará de conducir al creyente a comprometerse ante este Dios.(71)

b) La pastoral vocacional es, hoy, la vocación de la pastoral
En tal sentido se puede muy bien decir que se debe « vocacionalizar » toda la pastoral o actuar de modo que toda expresión de la pastoral manifieste de manera clara e inequívoca un proyecto o un don de Dios hecho a la persona, y suscite en la misma una voluntad de respuesta y de compromiso personal. O la pastoral cristiana conduce a esta confrontación con Dios, con todo lo que ello supone en términos de tensión, de lucha, a veces de fuga o de rechazo, pero también de paz y gozo unidos a la acogida del don, o no merece tal nombre.

Hoy esto se manifiesta de modo muy particular, hasta el punto de que se puede afirmar que la pastoral vocacional es la vocación de la pastoral: constituye, quizá, su objetivo principal, como un desafío a la fe de las Iglesias de Europa. La vocación es problema grave de la pastoral actual.
Y por tanto, si la pastoral en general es « llamada » y espera, hoy, ante este desafío, debe ser probablemente más valiente y leal, más explícita para llegar al interior y al corazón del mensaje-propuesta, más dirigida a la persona y no sólo al grupo, más hecha de compromiso concreto y no de vagos reclamos a una fe abstracta y alejada de la vida.

Quizá deberá ser también una pastoral más provocadora que consoladora; capaz, en todo caso, de transmitir el sentido dramático de la vida del hombre, llamado a hacer algo que ningún otro podrá realizar en su lugar.

En el párrafo de los Hechos, citado más arriba, esta atención y tensión vocacional son evidentes: en la elección de Matías, en el discurso valiente (« en pie y en alta voz ») de Pedro a la muchedumbre, en el modo en el que el mensaje cristiano es anunciado y acogido (« se sintieron compungidos de corazón »).

Sobre todo aparece claro en su capacidad para cambiar la vida de quienes se les unen, como resulta de las conversiones y del tipo de vida de la comunidad de los Hechos.

c)La pastoral vocacional es gradual y convergente
Hemos visto, al menos implícitamente, que en el hombre durante el transcurso de su vida, existen varios tipos de llamadas: a la vida, ante todo, y, después, al amor; a la responsabilidad de la donación, por lo tanto a la fe; al seguimiento de Jesús; al testimonio personal de la propia fe; a ser padre o madre; y a un servicio particular en favor de la Iglesia y de la sociedad.

Lleva a cabo animación vocacional quien tiene presente, en primer lugar, el rico conjunto de valores y significados humanos y cristianos de los que nace el sentido vocacional de la vida y de todo viviente. Ellos permiten abrir la vida misma a numerosas posibilidades vocacionales, tendiendo después hacia la definitiva opción vocacional.

En otras palabras, para una correcta pastoral vocacional, es necesario respetar una cierta graduación, y partir de los valores fundamentales y universales (el bien extraordinario de la vida) y de las verdades que lo son para todos (la vida es un bien recibido que tiende por su naturaleza a convertirse en bien dado), para pasar después a una especificación progresiva, siempre más personal y concreta, creyente y revelada, de la llamada.

En el plano propiamente pedagógico es importante formar antes al sentido de la vida y al agradecimiento por ella, para después transmitir la fundamental actitud de responsabilidad en las confrontaciones con la existencia, que requiere por sí misma una respuesta lógica por parte de cada uno en la línea de la gratuidad. De aquí se remonta a la transcendencia de Dios, Creador y Padre.

Sólo en este momento es posible y convincente una propuesta valiente y radical (como lo debería ser siempre la vocación cristiana), como la de la dedicación a Dios en la vida sacerdotal o consagrada.

d) La pastoral vocacional es general y específica
La pastoral vocacional, en suma, parte necesariamente de un conceptoamplio de vocación (y de la consiguiente llamada dirigida a todos), para, después, restringirse y precisarse según la llamada de cada uno. En tal sentido, la pastoral vocacional es primero general y después específica, según un orden que no parece razonable invertir y que desaconseja, en general, la propuesta inmediata de una vocación particular, sin algún tipo de catequesis gradual.

Por otro lado, siempre según tal orden, la pastoral vocacional no se limita a subrayar de modo general el significado de la existencia, sino que estimula a un compromiso personal en una opción concreta. No es separación, y mucho menos contraste, entre una llamada que resalta los valores comunes y fundamentales de la existencia y una llamada a servir al Señor « según la medida de la gracia recibida ».

El animador vocacional, todo educador en la fe, no debe temer proponer opciones valientes y de entrega total, aunque sean difíciles y no conformes a la mentalidad del mundo.

Por tanto, si todo educador es animador vocacional, todo animador vocacional es educador, y educador de cada vocación, respetando de ella lo específico del carisma. Toda llamada, en efecto, va unida a otra, la presupone y la exige, mientras todas en conjunto remiten a la misma fuente y al mismo objetivo, que es la historia de la salvación. Pero cada una tiene su peculiaridad particular.

El verdadero educador vocacional no sólo señala las diferencias entre una y otra llamada, respetando las diferentes inclinaciones de cada uno de los llamados, sino que deja entrever y remite a aquellas « supremas posibilidades » de radicalidad y dedicación, que están abiertas a la vocación de cada uno e innatas en ella.

Educar en profundidad a los valores de la vida, por ejemplo, significa proponer (y aprender a proponer) un camino que naturalmente desemboca en el seguimiento de Cristo y que puede conducir a la opción del seguimiento típica del apóstol, del sacerdote o del religioso, del monje que abandona el mundo, o del laico consagrado en el mundo.

Por otra parte, proponer tal seguimiento calificado como objetivo de vida exige, por su naturaleza, una atención y una formación previa a los valores fundamentales de la vida, de la fe, del agradecimiento, de la imitación de Cristo exigidos a todo cristiano.

De ello resulta una estrategia vocacional teológicamente mejor fundamentada y también más eficaz en el plano pedagógico. Hay quien teme que la ampliación del concepto de vocación pueda perjudicar a la específica promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; en la realidad sucede exactamente lo contrario.

La gradación en el anuncio vocacional, en efecto, permite moverse de lo objetivo a lo subjetivo, de lo genérico a lo específico, sin anticipar ni quemar las propuestas, sino haciéndolas converger entre ellas y hacia la propuesta decisiva para la persona, para indicar el tiempo apropiado y paracalibrar con prudencia, según un ritmo que tenga en cuenta al destinatario en su situación concreta.

El orden armónico y gradual hace mucho más provocadora y accesible la propuesta decisiva a la persona. En concreto, cuanto más formado esté el joven para pasar con sencillez de la gratitud por el don recibido de la vida a la gratuidad del bien que se da, tanto más será posible proponerle la entrega radical de sí mismo a Dios como salida normal y para algunos ineludible.

e)La pastoral de las vocaciones es universal y permanente
Se trata de una doble universalidad: en relación a las personas a las que se dirige, y respecto a la edad de la vida en que se hace.

Ante todo la pastoral vocacional no conoce fronteras. Como ya se ha dicho antes, no se dirige a algunas personas privilegiadas o que ya han hecho una opción de fe, ni únicamente a aquéllos de los que parece lícito esperar un asentimiento positivo, sino que va dirigida a todos, precisamente porque se fundamenta en los valores básicos de la existencia. No es pastoral de élite, sino de todo el mundo; no es un premio a los mejores, sino una gracia y un don de Dios a cada persona, porque todo viviente es llamado por Dios. Ni va entendida como algo que sólo algunos podrían comprender y considerar de interés para su vida, porque todo ser humano no puede por menos que desear conocerse y conocer el sentido de la vida y el propio puesto en la historia.

Además, tampoco es propuesta que sea hecha una sola vez en la vida (bajo el emblema del « tomar o dejar »), y que viene retirada tras un rechazo por parte del destinatario. Debe ser, por el contrario, como una continua solicitación, hecha de diferentes modos y propuesta inteligentemente, que no se rinde ante un inicial desinterés, que a menudo es sólo aparente o defensivo.

Se debe desechar asimismo la idea de que la pastoral vocacional es exclusivamente juvenil, porque en toda edad de la vida resuena una invitación del Señor a seguirle, y sólo en el momento de la muerte una vocación puede decirse íntegramente realizada. Y aunque la muerte es la llamada por excelencia, hay una llamada en la vejez, en el paso de una a otra etapa de la vida, en las situaciones de crisis.

Hay una juventud del espíritu que perdura en el tiempo, en la medida en la que el individuo se siente continuamente llamado, y busca y encuentra en cada ciclo vital una tarea diferente que desarrollar, un modo específico de ser, de servir y de amar, una novedad de vida y de misión que llevar a término.(72) En tal sentido, la pastoral vocacional está unida a la formación permanente de la persona, que ella misma es permanente. « Toda la vida y cada vida es una respuesta ».(73)

En los Hechos, Pedro y los Apóstoles no hacen absolutamente ningunaacepción de personas, hablan a todos, jóvenes y ancianos, hebreos y extranjeros: partos, medos y elamitas precisamente prueban la gran muchedumbre sin diferencias ni exclusiones a la que se dirige el anuncio y la pro-vocación, con el arte de hablar a cada uno « en su propia lengua », según las necesidades, problemas, esperanzas, recelos, edad o etapa de la vida.

Es el milagro de Pentecostés y, por tanto, don extraordinario, del Espíritu. Pero el Espíritu está siempre con nosotros…

f) La pastoral vocacional es personalizada y comunitaria
Puede parecer una paradoja, pero en realidad este principio atestigua la naturaleza ambivalente, en cierto sentido, de la pastoral vocacional, capaz cuando es auténtica- de conjuntar los dos polos: sujeto y comunidad. Desde el punto de vista del animador vocacional es hoy urgente pasar de una pastoral vocacional llevada a cabo por un solo agente, a una pastoral concebida siempre más comoacción comunitaria, de toda la comunidad en sus diversas expresiones: grupos, movimientos, parroquias, diócesis, institutos religiosos y seculares…

La Iglesia está llamada cada vez más a ser hoy toda vocacional: dentro de ella « cada evangelizador debe adquirir conciencia de llegar a ser una « lámpara » vocacional, capaz de suscitar una experiencia religiosa que lleve a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos a la relación personal con Cristo, en cuyo encuentro se descubren las vocaciones específicas ».(74)

Del mismo modo el destinatario de la pastoral vocacional es, sin embargo, toda la Iglesia. Si es toda la comunidad eclesial la que llama, es también toda la comunidad eclesial la que es llamada, sin excepción alguna. Polo emisor y polo receptor en algún modo se identifican en el interior de las diversas articulaciones ministeriales del entramado eclesial. Pero el principio es importante; es el reflejo de aquella misteriosa identificación entre el que llama y el llamado en el interior de la realidad trinitaria.

En tal sentido la pastoral vocacional es comunitaria. Y es maravilloso, siempre en tal sentido, que sean todos los Apóstoles los que se dirijan a la muchedumbre el día de Pentecostés y que, después, Pedro tome la palabra en nombre de los doce. Incluso, cuando se trata de elegir a Matías o a Esteban y más tarde a Bernabé y a Saulo, toda la comunidad toma parte en el discernimiento, con la oración, el ayuno y la imposición de las manos.

Pero, al mismo tiempo, es cada uno quien debe hacerse intérprete de la propuesta vocacional, es el creyente quien, en virtud de su fe, debe en cierto modo hacerse cargo de la vocación del otro.
No atañe, pues, sólo a los presbíteros o a los consagrados el ministerio del llamamiento vocacional, sino a cada creyente, a los padres, a los catequistas, a los educadores. Si es cierto que la llamada va dirigida a todos, también es igualmente cierto que la misma llamada va personalizada, dirigida a una persona concreta, a su conciencia, dentro de una relación del todo personal.

Hay un momento en la dinámica vocacional en el que la propuesta va de persona a persona, y necesita de todo aquel clima particular que sólo la relación individual puede garantizar. Es cierto, por tanto, que Pedro y Esteban hablan a la muchedumbre; pero Saulo tiene necesidad de Ananías para discernir lo que Dios quiere de él (Hch 9,13-17), como la tuvo el eunuco de Felipe (Hch 8,26-39).

g) La pastoral vocacional es la perspectiva unitaria-sintética de la pastoral
Como es el punto de partida, así también es el punto de llegada. En cuanto tal, la pastoral vocacional se presenta como la categoría unificadora de la pastoral en general, como el destino natural de todo trabajo, el punto de llegada de las varias dimensiones, como una especie de elemento de verificación de la pastoral auténtica.
Repetimos: si la pastoral no llega a « conmover el corazón » y a poner al oyente ante la pregunta estratégica (« ¿qué debo hacer? »), no es pastoral cristiana, sino hipótesis inocua de trabajo.

Por consiguiente, la pastoral vocacional está y debe estar en relación con todas las demás dimensiones, por ejemplo con la familiar y cultural, litúrgica y sacramental, con la catequesis y el camino de fe en el catecumenado, con los diversos grupos de animación y formación cristiana (no sólo con los adolescentes y los jóvenes, sino también con los padres, con los novios, con los enfermos y con los ancianos) y de movimientos (del movimiento por la vida a las varias iniciativas de solidaridad social).(75)

Sobre todo la pastoral vocacional es la perspectiva unificadora de la pastoral juvenil.

No se debe olvidar que esta edad evolutiva es fuertemente la edad de los proyectos; y una auténtica pastoral juvenil no puede eludir la dimensión vocacional; al contrario, la debe asumir, porque proponer a Jesucristo significa proponer un concreto proyecto de vida.

De aquí, la necesidad de una fecunda colaboración pastoral, aunque distinguiendo los dos ámbitos: sea porque la pastoral juvenil abarca otras problemáticas además de la vocacional, sea porque la pastoral vocacional no mira sólo el mundo juvenil, sino que tiene un horizonte mucho más amplio y con problemáticas concretas.

Pensamos, además, en cuán importante podría ser una pastoral familiar que educase gradualmente a los padres a ser los primeros animadores-educadores vocacionales; o cuán valiosa sería una pastoral vocacional entre los enfermos, que no los invite simplemente a ofrecer los propios sufrimientos por las vocaciones sacerdotales, sino que les ayude a vivir el hecho de su enfermedad, con todo el peso de misterio que ella encierra, como vocación personal, que el enfermo-creyente tiene el « deber » de vivir por y en la Iglesia, y el « derecho » a ser ayudado a vivir por la Iglesia.

Este nexo facilita el dinamismo pastoral porque de hecho le es connatural: las vocaciones, como los carismas, se buscan entre ellas, se iluminan recíprocamente, son complementarias unas de otras. Llegan a ser incomprensibles, por el contrario, si permanecen aisladas; no hace pastoral de Iglesia quien permanece encerrado en el propio sector especializado.

Naturalmente el razonamiento es válido en doble sentido: es la pastoral general la que debe confluir en la animación vocacional para favorecer la opción vocacional; pero es la pastoral vocacional la que a su vez debe permanecer abierta a las otras dimensiones, insertándose y buscando salidas en aquellas direcciones.

Ella es el punto final que sintetiza las varias propuestas pastorales y permite realizarlas en la vicisitud existencial de cada creyente. En definitiva, la pastoral de las vocaciones requiere atención, pero en cambio ofrece una dimensión destinada a hacer verdadera y auténtica la iniciativa pastoral de cada sector. ¡La vocación es el corazón palpitante de la pastoral unitaria!(76)

Itinerarios pastorales vocacionales
27. La imagen bíblica en torno a la que hemos articulado nuestra reflexión nos permite avanzar un paso, procediendo de los principios teóricos a la identificación de algunos itinerarios pastorales vocacionales.
Estos son caminos comunitarios de fe, correspondientes a concretas funciones eclesiales y a dimensiones clásicas del ser creyente, a lo largo de los cuales madura la fe y se hace siempre más evidente o se afianza gradualmente la vocación de cada uno, para servicio de la comunidad eclesial.

La reflexión y la tradición de la Iglesia manifiestan que normalmente el discernimiento vocacional tiene lugar a lo largo de algunos caminos comunitarios concretos: la liturgia y la oración, la comunión eclesial, el servicio de la caridad, la experiencia del amor de Dios recibido y ofrecido en el testimonio.

Gracias a ellos, en la comunidad descrita en los Hechos, « se multiplicaba grandemente el número de los discípulos en Jerusalén » (Hch 6,7).

La pastoral debería, también hoy, seguir estas vías para estimular y acompañar el camino vocacional de los creyentes. Una experiencia personal y comunitaria, sistemática y empeñativa en estas direcciones podría y debería ayudar al creyente a descubrir la llamada vocacional.
Y esto haría a la pastoral verdaderamente vocacional.

a) La liturgia y la oración
La liturgia significa e indica al mismo tiempo la manifestación, el origen y el alimento de cada vocación y ministerio en la Iglesia. En las celebraciones litúrgicas se hace memoria de aquel hacer de Dios por Cristo en el Espíritu al que remiten todas las dinámicas vitales del cristiano. En la liturgia, que culmina con la Eucaristía, se manifiesta la vocación-misión de la Iglesia y de cada creyente en toda su plenitud.

De la liturgia parte siempre una llamada vocacional para quien participa.(77) Cada celebración es un evento vocacional. En el misterio celebrado el creyente no puede dejar de reconocer la propia vocación personal, ni puede desoir la voz del Padre que en el Hijo por el poder del Espíritu lo llama a darse a su vez por la salvación del mundo.

También la oración llega a ser camino para el discernimiento vocacional, no sólo porque Jesús invita a rogar al dueño de la mies, sino porque es en la escucha de Dios donde el creyente puede llegar a descubrir el proyecto que Dios mismo ha diseñado: en el misterio contemplado el creyente descubre la propia identidad, « escondida con Cristo en Dios » (Col 3,3).

Y, además, es sólo la oración la que puede avivar las disposiciones de confianza y de abandono indispensables para pronunciar el propio « sí » y superar temores e incertidumbres. Toda vocación nace de la in-vocación.
Pero, también, la experiencia personal de la oración, como diálogo con Dios, pertenece a esta dimensión: incluso si es « celebrada » en la intimidad de la propia « celda » es relación con la paternidad de la que proviene la vocación. Tal dimensión es muy evidente en la experiencia de la Iglesia de los orígenes, cuyos miembros eran perseverantes « en la fracción del pan y en la oración » (Hch 2,42); cada elección, sobre todo para la misión, tenía lugar en un contexto litúrgico (Hch 6, 1-7; 13,1-15).

Es la lógica orante que la comunidad había aprendido de Jesús cuando « a la vista de las muchedumbres cansadas y decaídas como ovejas sin pastor, exclamó: La mies es mucha pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies » (Mt 9,37-38; Lc 10,2).
Las comunidades cristianas de Europa han puesto en práctica estos años múltiples iniciativas de oración por las vocaciones, que encontraron amplio eco en el Congreso.

La oración en las comunidades diocesanas, religiosas y parroquiales, hasta el punto ser « incesante » en muchos casos, día y noche, es uno de los caminos principalmente seguidos para crear una nueva sensibilidad y una nueva cultura vocacional favorable al sacerdocio y a la vida consagrada.

La imagen evangélica del « Dueño de la mies » conduce al corazón de la pastoral de la vocaciones: la oración. Oración que sabe « mirar » con sabiduría evangélica al mundo y a cada hombre en la realidad de sus necesidades de vida y de salvación. Oración que manifiesta la caridad y la« compasión » (Mt 9,36) de Cristo para con la humanidad, que también hoy aparece como « un rebaño sin pastor » (Mt 9,36).

Oración que manifiesta la confianza en la voz poderosa del Padre, el único que puede llamar y mandar a trabajar a su viña. Oración que manifiesta la esperanza viva en Dios, que no permitirá jamás que falten a la Iglesia los « obreros » (Mt 9,38) necesarios para llevar a término su misión.
En el Congreso despertaron mucho interés los testimonios sobre la experiencia de lectio divina en perspectiva vocacional. En algunas diócesis están muy extendidas las « escuelas de oración » o las « escuelas de la Palabra ». El principio en el que se inspiran es el ya clásico, contenido en la Dei Verbum: « Todos los fieles adquieran la sublime ciencia de Jesucristo por la lectura frecuente de la Divina Escritura, acompañada de la oración ».(78)

Cuando tal ciencia llega a ser sabiduría que se nutre con asiduidad, los ojos y los oídos del creyente se abren al reconocer la Palabra que llama sin descanso. Entonces el corazón y la mente están en grado de acogerla y vivirla sin temor.

b) La comunión eclesial
La primera función vital que brota de la liturgia es la manifestación de la comunión que se vive en el interior de la Iglesia, como pueblo reunido en Cristo a través de su cruz, como comunidad en la que toda división se supera siempre en el Espíritu, que es Espíritu de unidad (Ef 2,11-12; Gal 3, 26-28; Jn 19,9-26).

La Iglesia se propone como el espacio humano de hermandad en el que todo creyente puede y debe adquirir experiencia de la unión entre los hombres y con Dios que es don de lo alto. De esta dimensión eclesial son espléndido ejemplo los Hechos de los Apóstoles, donde se describe una comunidad de creyentes profundamente marcada por la unión fraterna, por la coparticipación de los bienes espirituales y materiales, de los afectos y sentimientos (Hch 2,42-48), hasta el punto de formar « un solo corazón y una sola alma » (Hch, 4,32).

Si toda vocación en la Iglesia es un don que vivir para los otros, como servicio de caridad en la libertad, entonces es también un don que vivir con los otros. Por lo que sólo se descubre viviendo en hermandad.

La hermandad eclesial no es sólo virtud de comportamiento, sino itinerario vocacional. Sólo viviéndola se la puede elegir como componente fundamental de un proyecto vocacional, o sólo disfrutándola es posible abrirse a una vocación que, en todo caso, será siempre vocación a la hermandad.(79)

Por el contrario, no puede sentir ninguna atracción vocacional quien no experimenta alguna hermandad y se cierra a toda relación con los otros o considera la vocación sólo como perfección privada y personal.
La vocación es relación; es la manifestación del hombre que Dios ha creado abierto a la relación; e incluso, en el caso de una vocación a la intimidad con Dios en la vocación al claustro, supone una capacidad de apertura y de coparticipación que sólo se puede adquirir con la experiencia de una hermandad real. « La superación de una visión individualista del ministerio y de la consagración, de la vida en cada una de las comunidades cristianas, es una aportación histórica decisiva ».(80)

La vocación es diálogo; es sentirse llamado por Otro y tener el valor de responderle. ¿Cómo puede madurar esta capacidad de diálogo en quien no ha aprendido, en la vida de todos los días y en las relaciones diarias, a dejarse llamar, a responder, a reconocer el yo en el tú? ¿Cómo puede hacerse llamar por el Padre quien no se preocupa de responder al hermano?
La coparticipación con el hermano y con la comunidad de los creyentes llega a ser entonces camino, a lo largo del cual se aprende a hacer partícipes a los otros de los proyectos propios, para aceptar, en fin, para sí el plan diseñado por Dios. Que será siempre y en todos los casos un proyecto de hermandad.

Una experiencia de coparticipación en torno a la Palabra, señalada por algunas Iglesias europeas, son los centros de escucha, esto es, grupos de creyentes que se reúnen periódicamente en sus casas para redescubrir el mensaje cristiano e intercambiar las respectivas experiencias y los dones de interpretar la Palabra misma.

Para los jóvenes, estos centros adquieren una connotación vocacional de la Palabra que llama, en la catequesis y en la oración vivida de manera más personal y comprometedora, más espontánea y creativa. El centro de escucha llega a ser de este modo estímulo a la corresponsabilidad eclesial, porque aquí se pueden descubrir los diferentes modos de servir a la comunidad y, a menudo, pueden madurar vocaciones específicas.

Otra experiencia positiva de itinerario vocacional en las Iglesias particulares y en los diversos Institutos de vida consagrada es la comunidad de acogida, que pone en práctica la invitación de Jesús: « Venid y veréis ». Invitación que el Papa Juan Pablo II define como la « regla de oro de la pastoral vocacional ».(81) En estas comunidades o centros de orientación vocacional, gracias a una experiencia muy específica e inmediata, los jóvenes pueden hacer un verdadero y gradual camino de discernimiento. Se les acompaña, por tanto, para que en el momento oportuno estén en grado no sólo de identificar el proyecto de Dios sobre ellos, sino de decidir escogerlo como propia identidad.

c) El servicio de la caridad
Es una de las funciones más típicas de la comunidad eclesial. Consiste en vivir la experiencia de la libertad en Cristo, en el vértice supremo que es el servicio. « Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros sea vuestro servidor » (Mt 20,26), « quien quiera ser el primero sea el servidor de todos » (Mc 9,35). En la Iglesia primitiva esta lección parece que fue aprendida muy pronto, dado que el servicio aparece como una de las componentes estructurales de la misma, hasta el punto de que se instituyen los diáconos precisamente para « el servicio de las mesas ».

Precisamente porque el creyente vive por don la experiencia de la libertad en Cristo, está llamado a ser testigo de la libertad y agente de liberación para los hombres. De la liberación que se logra no con la violencia o el dominio, sino con el perdón y el amor, con la donación de sí mismo y el servicio a ejemplo de Cristo Siervo. Es la práctica de la caridad, cuyas maneras de ejercitarse no tienen límite.

Es, quizá, el camino regio, en un itinerario vocacional, para discernir la propia vocación, porque la experiencia de servicio, especialmente donde está bien preparada, orientada y comprendida en su significado más auténtico, es experiencia de grande humanidad, que lleva a conocerse mejor a sí mismo y la dignidad de los otros, así como la grandeza de dedicarse a los otros.

El auténtico servidor de la caridad en la Iglesia es aquél que ha aprendido a tener como un privilegio lavar los pies de los hermanos más pobres, es aquél que ha conquistado la libertad de perder el propio tiempo por las necesidades de los otros. La experiencia del servicio es una experiencia de gran libertad en Cristo.

Quien sirve al hermano, inevitablemente encuentra a Dios y entra en una particular sintonía con El. No le será difícil descubrir su voluntad sobre él y, sobre todo, sentirse impulsado a cumplirla. Que, en cualquier caso, será una vocación de servicio para la Iglesia y para el mundo.
Así ha sido para muchísimas vocaciones en estos últimos decenios. La animación vocacional del post-Concilio ha pasado gradualmente de la « pastoral de la propaganda » a la « pastoral del servicio », en especial para con los más necesitados.

Muchos jóvenes han encontrado a Dios y a sí mismos, la finalidad del vivir y la felicidad verdadera, entregando tiempo y cuidados a los hermanos, hasta decidir dedicarles no sólo una parte de su vida, sino toda su existencia. La vocación cristiana es, en efecto, existir para los otros.

d) El testimonio-anuncio del Evangelio
Este es la proclamación de la cercanía de Dios al hombre a lo largo de la historia de la salvación, especialmente en Cristo, y, por tanto, también, de las entrañas misericordiosas del Padre para el hombre, a fin de que tenga la vida en abundancia. Tal anuncio es el comienzo del camino de fe de todo creyente. La fe, en efecto, es un don recibido de Dios y atestiguado por el ejemplo de la comunidad creyente y de tantos hermanos y hermanas dentro de ella, así como mediante la instrucción catequística sobre las verdades del Evangelio.

Pero la fe debe ser transmitida, y llega el tiempo en el que todo testimonio llega a ser donación activa: el don recibido se convierte en don dado a través del testimonio personal y del personal anuncio.
El testimonio de fe compromete todo el hombre y sólo puede ser dado con la totalidad de la existencia y de la propia humanidad, con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, hasta la entrega, incluso cruenta, de la vida.

Es interesante este aumento de significados del término; aumento que en el fondo lo encontramos en el párrafo bíblico que nos está orientando: ved el testimonio-catequesis de Pedro y de los Apóstoles el día de Pentecostés, así como la valiente catequesis de Esteban que culmina en su martirio (Hch 6,8; 7,60), y de los mismos Apóstoles « contentos por haber sido ultrajados por amor del nombre de Jesús » (Hch 5,41).

Pero todavía es más interesante descubrir cómo este testimonio-anuncio evangélico llega a ser específico itinerario vocacional.
El conocimiento agradecido por haber recibido el don de la fe, debería traducirse normalmente en deseo y voluntad de transmitir a los otros cuanto se ha recibido, sea por el ejemplo de la propia vida, sea mediante el ministerio de la catequesis. Esta, pues, está destinada a iluminar las múltiples situaciones de la vida enseñando a cada uno a vivir la propia vocación cristiana en el mundo.(82) Y si el catequista es también ante todo un testimonio, dicha dimensión vocacional resultará todavía más evidente.(83)

El Congreso afirmó la importancia de la catequesis en perspectiva vocacional y señaló la celebración de la Confirmación como un extraordinario itinerario vocacional para adolescentes y jóvenes. La edad de la confirmación podría ser precisamente « la edad de la vocación », adecuada, en los planos teológico y pedagogico, para el discernimiento, la puesta en práctica y el pedagógico testimonio del don recibido.

La labor catequística debería favorecer la capacidad de reconocer y manifestar el don del Espíritu.(84)

El encuentro directo de creyentes que viven con fidelidad y valor su vocación, de testigos creíbles que ofrecen experiencias concretas de vocaciones realizadas, puede ser decisivo para ayudar a los confirmandos a descubrir y acoger la llamada de Dios.
La vocación, en todo caso, tiene siempre su origen en el conocimiento de un don, y en un conocimiento tan agradecido que encuentra totalmente lógico poner al servicio de los otros la propia experiencia a fin de responsabilizarse de su crecimiento en la fe.
Quien vive con cuidado y generosidad el testimonio de la fe, no tardará en aceptar el designio que Dios tiene sobre él, y emplear todas sus energías en llevarlo a cabo.

De los itinerarios pastorales a la llamada personal
28. Podríamos decir, en síntesis, que en las dimensiones de la liturgia, de la comunión eclesial, del servicio de la caridad y del testimonio del Evangelio se condensa la condición existencial de cada creyente. Esta es su dignidad y su vocación fundamental, pero también es la condición para que cada uno descubra su peculiar identidad.

Todo creyente, pues, debe vivir el común evento de la liturgia, de la comunión fraterna, del servicio caritativo y del anuncio del Evangelio, porque sólo mediante tal experiencia global podrá identificar su particular modo de vivir estas mismas dimensiones del ser cristiano. Por consiguiente estos itinerarios eclesiales deben ser los preferidos; representan un poco la vía-maestra de la pastoral vocacional, gracias a la cual puede desvelarse el misterio de la vocación de cada uno.

Por otra parte, son itinerarios clásicos, que pertenecen a la vida misma de cada comunidad que quiera decirse cristiana y descubren, al mismo tiempo, la solidez o precariedad de la misma. Precisamente por esto, no sólo representan un camino obligado, sino que, sobre todo, ofrecen garantía a la autenticidad de la búsqueda y del discernimiento.

Estas cuatro dimensiones y funciones, en efecto, por un lado, provocan un compromiso global del sujeto y, por otro, lo llevan a los umbrales de una experiencia muy personal, de una confrontación urgente, de una llamada imposible de ignorar, de una decisión que tomar, que no se puede aplazar « sine die ». Por esto la pastoral vocacional deberá ayudar expresamente a hacer obra de relevación mediante una experiencia profunda y globalmente eclesial, que lleve al creyente « al descubrimiento y asunción de la propia responsabilidad en la Iglesia ».(85) Las vocaciones que no nacen de esta experiencia y de esta inserción en la acción comunitaria eclesial, corren el riesgo de estar viciadas en su raíz y de ser de dudosa autenticidad.

Obviamente tales dimensiones estarán todas presentes, armónicamente coordinadas por una experiencia que podrá ser decisiva sólo si es global.

A menudo, en efecto, hay jóvenes que favorecen espontáneamente (una u otra) de estas funciones (o únicamente comprometidos en el voluntariado, o demasiado atraídos por la dimensión litúrgica, o grandes teóricos un tanto idealistas). Será importante, en estos casos, que el educador vocacional incite en el sentido de un compromiso que no sea a medida de los gustos del joven, sino según la dimensión objetiva de la experiencia de fe, la cual, por definición, no puede ser algo acomodable. Es sólo el respeto a esta dimensión objetiva el que puede dejar entrever la propia dimensión subjetiva.

La objetividad, en tal sentido, precede a la subjetividad, y el joven debe aprender a darle la precedencia, si verdaderamente quiere descubrirse a sí mismo y aquello que está llamado a ser. O sea, debe primeramente realizarlo que se exige a todos, si quiere ser él mismo.

No sólo, pero lo que es objetivo, regulado sobre la base de una norma y de una tradición y que mira a un objetivo preciso que trasciende la subjetividad, tiene una notable fuerza de atracción y arrastre vocacionales. Naturalmente la experiencia objetiva deberá también llegar a ser subjetiva, o ser reconocida por el individuo como suya. Siempre, sin embargo, que se parta de una fuente o de una verdad que no es el sujeto quien la determina y que se aprovecha de la rica tradición de la fe cristiana. En definitiva, « la pastoral vocacional tiene las etapas fundamentales de un itinerario de fe ».(86) Y también esto está indicando la gradación, así como la convergencia de la pastoral vocacional.

De los itinerarios a las comunidades cristianas
a) La comunidad parroquial
29. El Congreso europeo se propuso, entre otros, un objetivo: llevar la pastoral vocacional a lo más vivo de las comunidades cristianas parroquiales, allí donde la gente vive y donde los jóvenes en particular están comprometidos más o menos significativamente en una experiencia de fe.

Se trata de hacer salir la pastoral vocacional del ámbito de los dedicados a los trabajos para alcanzar los muros periféricos de la Iglesia particular.
Pero mientras tanto, es ya urgente superar la etapa experimental, actual en muchas Iglesias de Europa, para pasar a verdaderos caminos pastorales insertos en el entramado de las comunidades cristianas, valorando lo que ya es vocacionalmente significativo.
Particular atención ha de prestarse al año litúrgico, que es una escuela permanente de fe, en el que cada creyente, ayudado por el Espíritu Santo, es llamado a crecer en Jesús. Desde el Adviento, tiempo de esperanza, a Pentecostés y al tiempo ordinario, el camino del año litúrgico recorrido cíclicamente, celebra y presenta un modelo de hombre llamado a medirse en el misterio de Jesús, « primogénito entre muchos hermanos » (Rom 8,29).

La antropología que el año litúrgico lleva a indagar es un proyecto auténticamente vocacional, que apremia al cristiano a responder siempre más a la llamada, para una precisa y personal misión en la historia. De aquí la atención que se debe prestar a los itinerarios diarios en los que toda la comunidad cristiana está comprometida. La prudencia pastoral pide en especial a los pastores, guías de las comunidades cristianas, un cuidado diligente y un atento discernimiento para hacer hablar a los signos litúrgicos, vividos en la experiencia de fe, porque es por la presencia de Cristo en la vida diaria del hombre, donde tienen lugar las llamadas vocacionales del Espíritu.

No se debe olvidar que el pastor, sobre todo el presbítero, responsable de una comunidad cristiana, es el « cultivador directo » de todas las vocaciones.

En verdad, no en todas partes se reconoce la plena titularidad vocacional de la comunidad parroquial; mientras que son precisamente « los Consejos Pastorales diocesanos y parroquiales, en relación con los Centros vocacionales nacionales… los órganos competentes en todas las comunidades y en todos los sectores de la pastoral ordinaria ».(87)

Se debe, por tanto, favorecer la iniciativa de aquellas parroquias que han creado grupos propios de responsables de la animación vocacional y de las varias actividades para resolver « un problema que está en el corazón mismo de la Iglesia »(88) (grupos de oración, jornadas y semanas vocacionales, catequesis y testimonios y cuanto pueda mantener viva la preocupación vocacional).(89)

b)Los « lugares-signos » de la vida-vocación
En este delicado y urgente paso, de una pastoral vocacional de las experiencias a una pastoral vocacional de los itinerarios, es necesario hacer hablar no sólo a las llamadas vocaciones provenientes de los itinerarios que atraviesan la vida ordinaria de la comunidad cristiana, sino que es bueno hacer eficaces los lugares-signo de la vida como vocación y los lugares pedagógicos de la fe. Una Iglesia está viva si, con los dones del Espíritu, sabe comprender y valorar tales lugares.

Los lugares-signo de la vocacionalidad de la existencia en una Iglesia particular son las comunidades monásticas, testimonio del rostro orante de la comunidad eclesial, las comunidades religiosas apostólicas, los institutos seculares y las sociedades de vida consagrada.

En un contexto cultural fuertemente volcado sobre las cosas penúltimas e inmediatas, y penetrado del viento gélido del individualismo, las comunidades orantes y apostólicas abren a dimensiones verdaderas de vida auténticamente cristiana, sobre todo para las últimas generaciones claramente más atentas a los testimonios que a las palabras.
Signo especial de la vocacionalidad de la vida es la comunidad del seminario diocesano o interdiocesano. Este vive una singular situación en el interior de nuestras Iglesias. Por una parte es un signo fuerte, pues constituye una promesa de futuro. Los jóvenes que viven en él, hijos de esta generación, serán los sacerdotes del mañana. No sólo, sino que el seminario está testimoniando concretamente la vocacionalidad de la vida y la necesidad apremiante del ministerio ordenado para la existencia de la comunidad cristiana.

Por otra parte, el seminario es un signo débil, pues exige la constante atención de la Iglesia particular; requiere una seria pastoral vocacional para recomenzar cada año con candidatos nuevos. También la solidaridad económica puede ser una circunstancia pedagógica para formar al pueblode Dios en la oración por todas las vocaciones.

c) Lugares pedagógicos de la fe
Además de los lugares-signos son valiosos los lugares pedagógicos de la pastoral vocacional, constituidos por los grupos, por los movimientos, por las asociaciones, y por la escuela misma.
Más allá de la diversa configuración sociólogica de dichas formas de asociación, sobre todo a nivel juvenil hay que apreciar su valor pedagógico, como lugares en los que las personas pueden ser sabiamente ayudadas a alcanzar una verdadera madurez de fe.
Esto puede ser eficazmente promovido, si se tienen en cuenta tres dimensiones de la experiencia cristiana: la vocación de cada uno, la comunión de la Iglesia y la misión con la Iglesia.

d) Figuras de formadores y de formadoras
Otra atención pedagógica pastoral viene propuesta con particular insistencia en este preciso momento histórico: la formación de concretas figuras educadoras.
En efecto, es sabido, por doquier, la debilidad y la problématica de los lugares pedagógicos de la fe, puestos a dura prueba por la cultura del individualismo, de la asociación espontánea, o por las crisis de las instituciones.

Por otro lado, emerge, sobre todo en los jóvenes, la necesidad de confrontación, de diálogo, de puntos de referencia. Las señales al respecto son muchas. Hay, en suma, urgencia de maestros de vida espiritual, de figuras significativas, capaces de evocar el misterio de Dios y dispuestos a la escucha para ayudar a las personas a entablar un serio diálogo con el Señor.

Las personalidades espirituales fuertes no son sólo algunas personas particularmente dotadas de carisma, sino que son el resultado de una formación especialmente atenta a la primacía absoluta del espíritu.
En el cuidado de las figuras educadoras de nuestra comunidad hay que tener presente que, por una parte, se trata de hacer explícita y prudente la conciencia educadora vocacional en todas aquellas personas que ya trabajan en la comunidad junto a los adolescentes y a los jóvenes (sacerdotes, religiososas y laicos). Por otra, se debe formar y animar cuidadosamente la ministerialidad educadora de la mujer, para que sea sobre todo junto a las jóvenes, una figura de referencia y una guía prudente. De hecho la mujer está ampliamente presente en las comunidades cristianas y son más que sabidas la capacidad intuitiva del « genio femenino » y la amplia experiencia de la mujer en el campo educativo (familia, escuela, grupos, comunidades).

La aportación de la mujer ha de considerarse como muy importante, por no decir decisivo, sobre todo en el ámbito juvenil femenino, no asimilable al masculino, porque necesita de una reflexión más atenta y específica, especialmente en el aspecto vocacional.
Quizá también esto forma parte de aquel cambio que caracteriza la pastoral vocacional. Mientras que en el pasado las vocaciones femeninas surgían de figuras significativas de padres espirituales, aunténticos guías de personas y comunidades, hoy las vocaciones « a lo femenino » tienen necesidad de referencias femeninas, personales y comunitarias, capaces de hacer concreta la propuesta de modelos y de valores.

e) Los organismos de pastoral vocacional
La pastoral vocacional para proponerse como perspectiva unitaria y síntesis de la pastoral general, debe manifestar, primero en su interior, la síntesis y la comunión de los carismas y de los ministerios.
Desde tiempo atrás se advertía en la Iglesia la necesidad de esta coordinación(90) que, gracias a Dios, ha dado ya apreciables frutos: Organismos parroquiales, Centros vocacionales diocesanos y nacionales que ya funcionan desde hace tiempo con gran provecho.

No obstante, no sucede así por todas partes. El Congreso lamentó, en ciertos casos la ausencia, o la escasa incidencia de estas estructuras en algunas naciones europeas,(91) e hizo votos para que cuanto antes sean instituidas regularmente o potenciadas adecuadamente.

También se observa en diversas partes que, mientras los Centros nacionales parecen garantizar una notable aportación de estímulos constructivos para la pastoral vocacional de conjunto, no todos los Centros diocesanos parecen animados por la misma voluntad de trabajar y colaborar verdaderamente por las vocaciones de todos.

Existe un cierto proyecto general de pastoral unitaria que todavía se resiste en llegar a ser praxis de la Iglesia local, y parece en algún modo embarazarse cuando de las propuestas generales se pasa a llevarlas en detalle a la realidad diocesana o parroquial. En ellas, en efecto, no han desaparecido del todo miras y prácticas particularistas y poco eclesiales.(92)

Por cuanto atañe a los Centros diocesanos y nacionales, más que reafirmar aquí cuanto ya de manera ejemplar subrayan varios documentos sobre su función, parece necesario recordar que no se trata meramente de una cuestión de organización práctica, cuanto de coherencia con un espíritu nuevo que impregne la pastoral de las vocaciones en la Iglesia y, en particular, en las Iglesias de Europa. La crisis vocacional es también crisis de comunión en favorecer y hacer crecer las vocaciones. No pueden nacer vocaciones allí donde no se vive un espíritu auténticamente eclesial.

Además de recomendar la reanudación del compromiso en tal campo y una más estrecha coordinación entre el Centro nacional, Centros diocesanos y organismos parroquiales, el Congreso y este Documentodesean que tales organismos tomen muy a pecho dos cuestiones: la promoción de una auténtica cultura vocacional en la sociedad civil y eclesial, anteriormente indicada, y la formación de los educadores-formadores vocacionales, verdadero y propio elemento fundamental y estratégico de la actual pastoral vocacional.(93)

El Congreso, además, pide que se tome seriamente en consideración la creación de un organismo o Centro unitario de pastoral vocacional supranacional, como signo y manifestación concreta de comunión y coparticipación, de coordinación e intercambio de experiencias y personas entre cada una de las Iglesias nacionales,(94) salvaguardando la peculiaridad de cada una de ellas.

NOTAS
(54) Discurso de Juan Pablo II a los participantes al Congreso sobre el tema « Nuevas vocaciones para una nueva Europa », en « L´Osservatore Romano », 11V1997, n. 107.
(55) DC, 5.
(56) La expresión está en la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II Pastores dabo vobis, n. 34. El mismo documento delinea claramente los motivos fundamentales que unen intrínsecamente la pastoral vocacional a la Iglesia.
(57) Ibidem.
(58) Ibidem.
(59) IL, 58.
(60) La expresión « comunidad cristiana » designa, por sí misma, tanto una Iglesia particular o local, como una parroquia. La forma un grupo de cristianos que viven en un lugar y representa a la Iglesia de manera actual, cuando se reúne para rezar y servir, para dar testimonio del amor de Cristo en medio de ellos. La expresión « comunidad eclesial », en cambio, tiene un significado más concreto, porque manifiesta los elementos que constituyen la Iglesia, a partir de la centralidad del misterio eucarístico; propiamente se aplica a la diócesis y a las parroquias que son comunidades eclesiales eucarísticas gracias a la presencia del ministerio ordenado; las otras son por extensión del significado. cfr. al respecto DC, 13-16.
(61) Juan Pablo II, Discorso al VI Simposio delle Conferenze Episcopali Europee, 11X1985.
(62) Pastores dabo vobis, 34.
(63) Ibidem, 35.
(64) Ibidem, 41.
(65) Cfr. Ibidem, 41.
(66) Ibidem, 64.
(67) Vita consecrata, 64.
(68) Ibidem.
(69) IL, 59.
(70) Cfr. Declaración, 26.
(71) Cfr. Proposiciones, 25.
(72) Vita consecrata, 70.
(73) Proposiciones, 4.
(74) Proposiciones, 13.
(75) Proposiciones, 10.
(76) Cfr. Proposiciones, 10.
(77) « La liturgia es por sí misma una llamada. Ella es el momento privilegiado donde todo el pueblo de Dios se encuentra y se realiza el misterio de la fe » (Proposiciones, 13).
(78) Dei Verbum, 25.
(79) « El primer lugar de testimonio es la vida de una Iglesia que se descubre « comunión » y donde las parroquias y las diversas asociaciones son vividas como comunión de comunidad » (Proposiciones, 14).
(80) Proposiciones, 21.
(81) Vita consecrata, 64.
(82) Cfr. Lumen gentium, 12; 35; 40-42.
(83) Catechesi tradendæ, 186.
(84) Proposiciones, 35, donde se recuerda una vez más a los Obispos la gran oportunidad que les ofrece la celebración de la Confirmación para « llamar » a los jóvenes que reciben dicho sacramento.
(85) Proposiciones, 10.
(86) Proposiciones, 11.
(87) Proposiciones, 10.
(88) Pastores dabo vobis, 41.
(89) Cfr. indicaciones sobre el tema en el Documento conclusivo del II Congreso Internacional de 1981, DC, 40.
(90) Optatam totius, 2; DC, 57-59; cfr. también en Desarrollo de la pastoral, 89-91.
(91) Cfr. Proposiciones, 10.
(92) « A veces, —se dijo en el Congreso— se observa cierta dificultad en la relación entre Iglesia y vida religiosa. Es importante salir de una lectura funcional de la vida religiosa misma, aunque ya se vislumbran signos de nuevas orientaciones tras el Sínodo sobre la vida consagrada. Lo mismo vale para los Institutos Seculares » (Proposiciones, 16).
(93) « En una situación religiosa que cambia rápidamente, llega a ser indispensable formar a los animadores de base: catequistas, párrocos, diáconos, consagrados, obispos…, y cuidar su formación permanente » (Proposiciones, 17).
(94) Cfr. Proposiciones, 29, donde, hablando de este Centro vocacional europeo se expresa el deseo de que el mismo, como gesto de caridad y de intercambio de dones, « constituya incluso un “banco” de personas cualificadas para colaborar en la formación de los formadores ». Sobre la creación de tal organismo hay una petición en el Instrumentum laboris, 83 y 90h. Una experiencia positiva ya es realidad desde hace algunos años en América Latina. En Bogotá (Colombia), en la sede del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), trabaja de manera permanente el « Departamento de Vocaciones y Ministerios » (DEVYM). Este organismo fue el punto de referencia para la preparación y celebración del I Congreso Continental, celebrado para la América Latina en Itaicí (San Pablo del Brasil) del 23-27V1994.