Carta a un joven que no sabe que es llamado (por Amadeo Cencini)


             Autor: Amedeo Cencini

             Fuente: Extracto del libro "Alguien te llama"

 

ALGUIEN TE LLAMA: Carta a un joven que no sabe que es llamado

Querido Andrea:

Como nos vemos todos los días, probablemente te sorprenda que me dirija a ti con una carta. En la era de las comunicaciones inme­diatas y «multimedia» en tiempo real, que parecen acortar cada vez más el intervalo entre la propuesta y la respuesta o, mejor aún, entre la palabra pensada y la palabra pronunciada, puede parecer extraño recurrir al medio más antiguo de que dispone el hombre para comu­nicarse (la palabra, y concretamente la palabra escrita) y en la forma más tradicional y hoy un tanto desusada (la carta). Pero lo cierto es que hay comunicaciones que requieren su tiempo. Un «tiempo real» para pensar, para interrogar y escuchar al corazón; un tiempo para elegir la forma más adecuada y expresarla con esmero; un tiempo para confiar los propios pensamien­tos e intenciones a la libertad y la aceptación del otro. El tiempo del corazón y de la razón.

Y es precisamente con el corazón y la razón, mí querido Andrea, como te escribo en este momento de tu vida.

¿Por qué? El motivo te lo diré enseguida; la verdadera motivación ya irá mostrándose por sí sola.

La otra tarde, al concluir el encuentro de programación del nuevo año con el grupo de pastoral, me llamó la atención el extraño clima de inercia colectiva; la atmósfera un tanto densa, que delataba una cierta desconfianza; la actitud general, no precisamente dispuesta a inventar algo, a encarar el futuro con el opti­mismo típico del creyente que se deja condu­cir por el Espíritu Santo; la descabellada y a la vez serena fantasía de Dios. Y me pareció tam­bién que tú, normalmente creativo y capaz de arrastrar a los demás, te dejaste condicionar, hasta cierto punto, por aquella atmósfera lán­guida y deprimida.

Te confieso que tampoco yo tardé en sen­tirme un poco harto, como si advirtiera en mí una resistencia natural a desempeñar el acos­tumbrado papel clerical del cura que al final lo soluciona todo y remedia cualquier emergen­cia, sustituyendo a los ausentes, a los que escurren el bulto y a los indolentes, con tal de que funcionen las cosas. Sé de hermanos míos en el sacerdocio que, en estos casos, no se lo piensan dos veces y toman en sus manos las riendas de todo; también sé de otros que inclu­so disfrutan, aunque lo disimulen, cuando se producen estas situaciones, porque, según ellos, confirman ciertos prejuicios suyos («ya decía yo que los laicos no son de fiar...»), y con una cierta suficiencia y un mal disimulado heroísmo se disponen a tapar agujeros y suplir omisiones ajenas, creyendo tener los arrestos suficientes para cargar con la cruz y cantar a grito pelado en la fatigosa procesión de nues­tro pueblo hacia la tierra prometida, aun a ries­go de sufrir un mal día un infarto.

Una pregunta candente

Por lo que a mí respecta, y con la poca virtud con que me siento, no me atrae en lo más mínimo el papel de «metomentodo», y no sólo por evitar problemas cardíacos. Hace ya tiempo que he comprendido que sólo vivo debidamente mi vocación cuando permito que los demás descubran y acepten su propia y perso­nal llamada.

            En la Iglesia de Dios, quien es llamado debe, a su vez, ser alguien que llama. Y es pre­cisamente el haber comprendido esto lo que me produce ahora una tremenda crisis: ¿a cuántos creyentes o fieles he pedido que to­men conciencia de su vocación de este modo?; ¿qué proporción hay en mí entre mi condición de llamado y mi condición de «llamante»? Si supieras cómo me queman por dentro estas preguntas...

            Con estas premisas, por tanto, puedes tener la seguridad de que no pretendo hacerte repro­che alguno ni tratar de... animarte. Pero tam­poco quisiera obviar el problema recurriendo a las habituales excusas que los curas de este final de milenio solemos emplear para expli­car nuestros fallos y nuestra falta de aliento en el servicio de la animación cristiana en esta estratégica fase de cambio. Más aún, te asegu­ro que esta carta tiene bastante de examen de conciencia; o que responde, cuando menos, a una necesidad de claridad conmigo mismo, de confrontación sobre temas que me parecen cada vez más ineludibles y esenciales y que me pregunto sinceramente si soy capaz de transmitirlos; más aún, si soy capaz de vivirlos en su ineludibilidad y esencialidad. No sé, en este momento, si saldré bien librado de esta verificación personal; de lo que sí estoy segu­ro es de que tengo que hacerla, y de que será dolorosa. Te agradezco no sólo que hayas supuesto para mí el estímulo para ello, sino tam­bién que en este momento puedas ayudarme, lo quieras o no, a ser sincero y a hacer la luz tanto dentro como fuera de mí.

            Ahora bien, estoy firmemente convencido de que es también una exigencia tuya; de que también tú necesitas preguntarte qué estás haciendo con tu vida, cómo ves el futuro, qué cartas estás jugando y qué actitud estás asu­miendo para aceptar como protagonista el reto de la existencia. Hay quienes dicen que este lenguaje ya no está hoy de moda en una cultu­ra a la que no le agradan los tonos fuertes y con una generación desilusionada o resignada, a la que ya no le atraen los grandes proyectos (y en un país –Italia– que ya sólo es tierra de poetas, santos y navegantes... a escala virtual). En cualquier caso, y por encima de las pala­bras y las imágenes, creo que es un derecho y un deber de cada uno de nosotros tratar de comprender adónde nos dirigimos y decidir libre y responsablemente acerca del sentido y el carácter de nuestra existencia. O preguntarnos sobre nuestra vocación.

Una cuestión de felicidad

            Como ves, no es cuestión de sermones cleri­cales, ni de intereses partidistas o de parroquia, ni de asuntos de puro comportamiento o recomendaciones morales, ni de objetivos par­ciales –como nuestro programa para el próxi­mo año– ni demasiado generales –como el proyecto cultural con vistas al nuevo mile­nio–; de lo que se trata aquí es de tu felicidad, de tu autorrealización, de esa sensación de plenitud que tiene que ver no sólo con la conciencia de haber avanzado por el camino correcto o de haber llegado a dar lo mejor de ti, sino con el descubrimiento de una dignidad personal inédita, de unas posibilidades impen­sadas y en absoluto imposibles de hacer reali­dad, de una nueva belleza que da esplendor a la vida y confiere un gusto siempre nuevo por la vida. Además de la posibilidad de seguir siendo joven (o de llegar a serlo de veras). Y tú sabes perfectamente que para nosotros, los creyentes, esta sensación de juventud y de felicidad está relacionada con una condición muy precisa: realizar el plan de Dios. Nuestro Dios no es un Dios triste ni desea que estemos tristes; le preocupa tanto nuestra felicidad que nos indica un camino o nos llama a realizar un proyecto, su proyecto, gracias al cual partici­pamos de su misma alegría, y fuera del cual sólo nos queda la inquietud.

            Pero ¿tú eres feliz, Andrea?

            Disculpa mi indiscreción. Te aseguro que no me gusta nada entrometerme, pero en este punto sí querría leer correctamente junto a ti la realidad, tu realidad y la de la generación a la que perteneces y que, de alguna manera, vive y revive en ti, tanto en sus aspectos positivos como en otros que resultan un tanto ambiguos. A veces me parece que, en el caso de muchos jóvenes, esa felicidad se parece, más que a un proyecto, a esa «línea de sombra» de la que habla uno de tus cantautores preferidos en una de sus canciones más hermosas: una línea de sombra con respecto a la cual nunca se sabe

«qué es la valentía,

si tomarlo todo o renunciar a todo,

si optar por la huida

o afrontar esta realidad

tan difícil de interpretar»[1].

            Me parece que también tú, mi querido Andrea, participas de esta sensación de incer­tidumbre.

            En suma, y te lo digo sinceramente: no me pareces un joven feliz. O, al menos, no lo eres en la medida en que podrías serlo. No quiero decir que seas un joven triste y deprimido, huraño e insociable. Sencillamente, creo que tu vida resulta un tanto falta de relieve y, en el fondo, mediocre, previsible y como «instalada» en el equilibrio. Eres una persona seria y hasta bondadosa, y en el grupo de las madres de la parroquia, siempre en conflicto con sus hijos, muchas te consideran el hijo ideal; y me consta que apareces en los sueños de bastantes muchachas. Eres culto y lo tienes casi todo para poder afirmarte personalmente; pertene­ces a una buena familia, y la vida te ha tratado con enorme generosidad; practicas el volunta­riado con discapacitados y participas en la vida parroquial; en el fondo, estás satisfecho de ti mismo y no tienes grandes dudas...

            Sí, ya sé que en la universidad no te van las cosas demasiado bien y que ello no te quita el sueño: te encuentras suficientemente a gusto con los tuyos y no pareces tener demasiada prisa por independizarte ni por formar una fa­milia; oficialmente, tu pareja es Simona, pero hay quienes se preguntan –piensa en ello– si sois novios o únicamente amigos, y nunca te he oído hablar de proyectos futuros; estás bien integrado y no tienes mucha experiencia de lo que es el sufrimiento ni el esfuerzo de luchar solo contra las dificultades o de buscar el pro­pio camino; pero quizá no sea tuya toda la culpa de que, hasta ahora, la vida no te lo haya exigido; si acaso, el problema es saber si estás preparado para hacerlo, si eres lo bastante fuerte para resistir el choque, si tienes la sufi­ciente curiosidad como para intentar nuevos caminos y hacerte las preguntas adecuadas, las que pueden llevarte a descubrir el sentido de tu vida.

            El otro día, un amigo mío, profesor de pe­dagogía, me dio una curiosa definición de los padres de hoy: según él, estaríamos ante la última generación de hijos que, en su día, obe­decieron a sus padres, y la primera generación de padres que obedecen a sus hijos... No sé cómo tomarían tus padres esta definición; ni siquiera sé si puede aplicarse a esas estupen­das personas que son tu padre y tu madre. Pero tampoco importa demasiado, porque ahora es­toy escribiéndote a ti, no a ellos. Naturalmen­te, si así son las cosas, si los padres de hoy son unos padres «obedientes» que, en buena medida, renuncian a desempeñar su papel natural, cabe esperar un cierto trastrueque no sólo de los papeles, sino también de las personalidades.

«El gran "bueno..."»[2]

            De todos modos, el problema no es únicamen­te tuyo. Se trata del clásico problema o con­flicto generacional, aparentemente resuelto hoy —por lo que se refiere a la relación con los padres— de un modo no conflictivo, pero no por ello menos problemático. Seguramente eres consciente de que la imagen que dan de los jóvenes las investigaciones y las encuestas sociológicas no es demasiado halagüeña. ¿Quieres que echemos un vistazo a algunas de las definiciones y etiquetas que los sociólogos de turno os endosan y que, por curiosidad, he recogido a partir de mis lecturas? Reconozco que no es una tarea agradable, pero sí puede ser clarificadora, aunque no atribuyamos de­masiada importancia a las diferentes encuestas ni las demos por buenas sin más.

            Agárrate fuerte, pues, que vienen curvas: la vuestra sería una «generación sin padres ni maestros»[3], una «generación de lo cotidiano»[4], una «generación de lo privado»[5]; y vosotros seríais «jóvenes sin recuerdos»[6], «muchachos sin tiempo»[7], jóvenes del «vacío»[8], jóvenes se­mejantes a «ecos del silencio»[9], «chicos sin tutela»[10], «corazones violentos»[11] «edad inacabada»[12], «jóvenes desaprovechados»[13], «ge­neración en éxtasis»[14] e incluso «generación invisible»[15]... Pero, además, he visto otros cali­ficativos aplicados a la masa juvenil: «los no esenciales», «los sacrificados», «los no parti­cipantes», «los confusos», «los resignados», «los extraviados en los laberintos afectivos y sexuales», los que no saben lo que quieren ni lo que no quieren[16]. Quizá la imagen más expresiva de esta generación juvenil la ofrezca precisamente el libro de Jovanotti (¡otra vez él!) que vi en tus manos la otra tarde: es la generación de «El gran "bueno..."», donde el «"bueno..." es el lugar donde se dan cita tanto los síes como los noes. Los incluye a ambos, pero no es ni lo uno ni lo otro... Creo –sigue diciendo este improvisado maítre-á-penser­ que no vivimos en una época de síes o de noes, que resultan sumamente débiles e insignifi­cantes. Cuesta creer en algo, y entonces queda el "bueno...", que es pura indecisión»[17]: iguali­to –me atrevería a decir– que la generación de los jóvenes de hoy. Según otro estudio des­criptivo, «...la de los años noventa es una ju­ventud sin grandes aspiraciones ni altos ideales, instalada en la perspectiva del bienestar y resignada; una juventud pragmática, más inte­resada en vivir lo mejor posible el momento presente que en proyectar y preparar el futuro. Es una now generation»[18], caracterizada por una sustancial ignorancia del «sentido del misterio que atraviesa la vida»[19], poco dada a apasionarse, con escasa capacidad de renun­cia, muy insegura con respecto al futuro...

El miedo a elegir

            Perdóname, Andrea, si me olvido de que ésta es una carta confidencial, no una conferencia con sus referencias y sus citas (el vicio habi­tual del cura instruido); pero ¿no te parece que este rápido recorrido nos puede ayudar a entender un poco mejor la situación que tú mis­mo estás viviendo? No estoy diciendo que suscriba tan triste panorama; más aún, frente a esta y otras encuestas, me pregunto por qué, cuando pensamos en los jóvenes, tenemos que insistir siempre en su aspecto menos atractivo y amable. Es obvio que tú no eres ni desarrai­gado ni violento, que no eres fruto del caos y del vacío, que has tenido unos padres y unos maestros, que tienes una historia y un tiem­po... Pero tú sabes muy bien que la que hemos descrito es la cultura juvenil actual (o la cultu­ra que los adultos hemos creado para los jóve­nes, con el peligro cierto de... «envejeceros»), y que la cultura es algo parecido al aire (o al «smog»), que penetra por todas partes, que lo respiramos todos aunque no nos demos cuen­ta; la cultura se convierte en parte de nosotros y condiciona nuestras opciones... o nuestras no opciones, que éste parece ser el problema fundamental de los jóvenes de hoy: el miedo (o la incapacidad) de elegir.

            En un libro de Enrico Brizzi, otro ilustre coetáneo tuyo, he leído un pasaje que ayuda a comprender lo que significa el «miedo a elegir». El autor pone en labios de Ermanno, el joven protagonista de su novela, esta refle­xión: «Hace tiempo, cuando no era más que un mocoso imberbe, creía que la máxima libertad consistía en poder elegir en cualquier circunstancia. Luego he comprendido que el verdadero bienestar consiste en poner la pro­pia vida en manos de directores de escena capaces de emocionarte»[20]. Naturalmente, la novela habla de un protagonista verdaderamente paradójico y de una situación límite, pero esto nos permite llegar al corazón del problema o, por lo menos, a lo que a mí me parece que constituye el corazón de tu proble­ma: ese extraño temor, esa especie de alergia a la decisión, y en particular la decisión que compromete la vida, que imprime una orienta­ción fundamental a tu existencia, que marca tu historia para siempre.

            Quizá te parezca presuntuoso y hasta demasiado seguro de mi diagnóstico, que pro­bablemente a ti no te convencerá del todo. En realidad, no se trata de un miedo explícito y confesado, consciente y analizado. Si así fue­ra, sería más fácil comprender sus causas y componentes, afrontarlo y combatirlo; pero, en general, se hace caso omiso del asunto, sin más, o se explica de tal forma que no se moleste al directamente interesado ni le exi­ja cambio alguno de vida y de perspectiva existencial.

            Discúlpame, pues, si sigo insistiendo en un discurso que puede parecer meramente teóri­co. No recuerdo quién decía —creo que era Lonergan— que no hay nada más práctico que una buena teoría. Yo también lo creo así, aunque no me considere en absoluto un especula­tivo. Te propongo, por tanto, dos tipos de observación: una a nivel general, relacionada con el contexto cultural de la sociedad en que vivimos, y otra más específica y relacionada con la situación de vosotros, los jóvenes, en dicho contexto. Por supuesto que se puede disentir de estos análisis, pero no del hecho de tenerlos que hacer a pesar de todo, ni de la idea de que se trata de algo muy cercano a la vida de todos. Quiero decir que también en nuestro territorio y en el pequeño mundo de nuestra parroquia intervienen condicio­namientos culturales genéricos y específi­cos, tanto más incontrolables cuanto más invisibles.

¿«New Age» o viejo Panteón?

            La primera observación, y voy directamente al grano, es la siguiente: ¿no te parece que la sociedad contemporánea se está haciendo cada vez más extrañamente semejante a la anti­gua Roma? En aquella sociedad, un gran tem­plo acogía a casi todas las divinidades conoci­das en la época, y los dioses y sus respectivos fieles convivían en una atmósfera de paz, al menos aparente, que, en el fondo, permitía a cada cual profesar tranquilamente su fe y rea­lizar sus proyectos (o buscar sus intereses) sin código universal de referencia alguno. A ese gran templo, lleno de nichos, lo llamaban Panteón, y en él reinaba una alegre confusión.

            Hoy lo llaman New Age, pero la música es la misma: ya no existe el templo como edificio material, pero la filosofía subyacente sigue proclamando el valor máximo del yo, que debe conseguirlo todo en la tómbola de la vida, y de la tolerancia recíproca, que algunos llaman «libertad»; ya no hay nichos ni capite­les ni olor a incienso, pero cada cual sigue impertérrito construyéndose su propio dios —sin importarle lo pequeño que sea ni el que carezca de verificación objetiva— y confeccio­nándose su propia religión, en medio de un increíble caos en el que se mezclan iluminis­mo y pensamiento débil, subjetivismo román­tico y superstición primitiva, asentimiento incondicional a gurus improvisados y esponta­neísmo instintivo, dogmas malamente calcados de las denostadas religiones tradicionales y estrellas o signos del zodiaco, cuando no cartas y «tarots», magos y péndulos...

            A mí me parece más bien (como alguien ha observado ya) una old age, por lo mucho que todo ello apesta a increíblemente viejo, como una moda en absoluto original, como un fenó­meno en sí realmente antiguo, como un viejo panteón, sencillamente. ¡Imagina qué «novedad del espíritu para la recuperación de nuestra humanidad», como pomposamente anuncia la publicidad de la new age! Y piensa en el engaño que supone para los jóvenes, a los que se sirve este potaje recalentado como si acabara de cocinarse con ingredientes frescos.

            Ya sé, Andrea, que tú no eres ningún devo­to de Acuario; pero el humus cultural del que obtiene su savia y que contribuye a alimentarlo es el mismo en el que tú vives y respiras. Se trata de un humus, o caldo de cultivo, en el que «coexisten valores diversos y hasta contrarios, sin una jerarquización precisa; códigos de lec­tura y de valoración, de orientación y de com­portamiento, totalmente diferentes unos de otros»[21]. En otras palabras: hay un clima gene­ralizado de embotamiento cultural y de indife­rencia en el terreno de los valores, por lo que se puede decir y profesar todo y lo contrario de todo, pues ya no existe una verdad objetiva, entre otras razones porque el pensamiento es débil e incapaz –así se considera, al menos– de percibir lo que es intrínsecamente verdadero-bello-bueno, que convenza al corazón y baste por sí solo para dar sentido a la vida. Lo más que se concede al pensamiento es la capa­cidad de repetir y reasumir lo que otros dicen, pero sin llegar jamás a una síntesis inteligente y personal, a una síntesis veritativa. Exactamente lo que dice una reciente canción de Samuele Bersani:

«Podría, pero no quiero, fiarme de ti,

no te conozco y, en el fondo,

no piensas nada de lo que dices;

no eres más que

la copia de mil resúmenes...».

            No me digas que no es desolador ver a tantos jóvenes reducidos a meras copias o fotoco­pias, como un diskette de ordenador repleto de informaciones y fácilmente reproducible... Pero la culpa no es única ni principalmente de los jóvenes. Las instancias educativas tradicio­nales, desde la escuela hasta la familia, son siempre más reticentes al respecto; informan más que forman, en lo referente al sentido de la vida; se parecen más a lugares de entreteni­miento que de tensión educativa; enseñan —cuando conviene— más la urbanidad que la pasión de vivir; proponen resúmenes que lo ponen todo confusamente en el mismo plano, no síntesis vitales y articuladas lo bastante atractivas como para hacerlas propias. Hay quienes hablan de que los adultos (padres, maestros, etc.) se han instalado en una especie de «encasillado educativo», declarándose exentos de las responsabilidades formativas que en realidad les corresponden. Y yo me pregunto —y aquí viene el examen personal— si no se puede decir lo mismo en relación con la Iglesia, no ya en el plano teórico, sino en nues­tro modo práctico de ser comunidad creyente (desde la catequesis hasta la celebración de la liturgia, desde la afirmación de la esperanza hasta el servicio a los más débiles, etc.), acaso con la pretensión o la excusa —con buena (e ingenua) fe— de no ser asertivos ni oponernos al «siglo presente»; de no hacer pesar en exce­so nuestra verdad y tender puentes; de caminar juntos buscando lo que nos une, sin hacer uso de excesivas sutilezas si al final el denomina­dor común es mínimo...

            Que quede claro que no estoy deplorando la lógica de los alineamientos y que no tengo la menor duda de que se debe dialogar, ¡y de qué manera!, con la historia y la cultura en que vivimos; únicamente quiero llamar tu atención sobre las consecuencias de un cierto clima general que te afecta muy de cerca. Porque ¿qué sucede, en estos casos, como resultado de ese sustancial neutralismo en relación con la cultura y con los valores? Permíteme una cita más, que viene aquí como anillo al dedo, tomada del documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada: «Resulta difícil, en tal contexto, tener una concepción o una visión del mundo unitaria, y por eso se hace también débil la capacidad proyectiva de la vida. En efecto, cuando una cultura no define ya las supremas posibilidades de significado o no consigue crear la convergencia en torno a algunos valores como particularmente capaces de dar sentido a la vida, sino que lo pone todo en el mismo plano, se esfuma toda posibilidad de opción proyectiva, y todo se vuelve indife­rente y sin relieve»[22].

            En suma, del neutralismo en relación a los valores a la indiferencia vocacional, o de la feria de las vanidades al hombre sin vocación.

            Para elegir hay que poder percibir algo que sea «más» que alguna otra cosa: más hermoso, más fuerte, más verdadero, más capaz de dar sentido a la propia historia y a la propia deci­sión, más objetivo y, por tanto, también más subjetivo (no es un juego de palabras, y ya veremos por qué). De lo contrario, si todo es plano e incoloro, todas las elecciones son iguales y cada cual es libre de elegir sus pro­pios criterios valorativos o dejar que sea la vida la que, en un determinado punto, le señale a uno el camino... o se le venga encima. Y entonces, ¿para qué amargarse la vida tratando de buscar y escrutar dentro de sí, tomando decisiones impopulares y complicadas, com­prometiéndose para toda la vida con un ideal poco menos que inaccesible, recurriendo in­cluso a otro (o a Otro), a una voz misteriosa que llama por caminos desconocidos? Lo im­portante es que cada cual tome sus decisiones o «haga su juego», como dice el incombustible Mike en cualquiera de sus mil concursos de televisión. Pero luego, en el Panteón, en ese moderno y acogedor supermercado en el que no falta absolutamente de nada y en el que hay sitio para todo y para todos, basta con acomo­darse, o bien –literalmente– estar y sentirse a gusto...

Elegir por elegir

            Pasemos a otro tipo de observaciones, aunque siempre estrechamente relacionadas con la general.

            La cultura del Panteón, como hemos visto, es éticamente neutra, y la sociedad ya no propone reglas fijas y universales. Es un dato de experiencia. Cada cual debe arreglárselas por sí solo. Para algunos (incluso dentro de nues­tro grupo, lo que confirma que la cultura es una atmósfera que lo invade todo) se trata de un paso adelante en la conquista de las libertades individuales. Pero yo no estoy tan seguro de ello, sobre todo después de haber leído que «la planificación social y tecnocientífica... estaría hoy totalmente sustraída al dominio de los individuos, pues la tecnoestructura, como lo recuerdan ciertos análisis unánimemente aceptados, sería autorreferencial y autogenera­dora; en este contexto, el individuo y sus op­ciones carecen de toda influencia»[23]. Dicho de un modo más sencillo: el individuo puede ele­gir lo que quiera, por un lado, sin temor a que nadie le prohíba hacer nada, pero, por otro, sin ver ni pretender consecuencia alguna de lo que hace en el ambiente que le rodea.

Tratemos de ejemplificar estos dos puntos, verdaderamente estratégicos:

– Uno puede y debe escoger un tipo de escuela, un trabajo, un proyecto de vida (al menos en teoría), unos amigos, una familia, una pareja, un partido, una conducta moral, un grupo social, un tipo de consumo, una religión, etc., pero se ve obligado a hacer todas estas cosas fundamentalmente por sí solo, sin red alguna de protección ni indicadores ni brú­julas que le orienten en relación al valor moral de su elección. Por supuesto que habrá ocultos y no tan ocultos condicionamientos sociales (por ejemplo, la publicidad en los medios de comunicación), pero con unas intenciones incluso demasiado evidentes (de intereses eco­nómicos), mientras que no hay nada positivo o propositivo que oriente hacia la elección hacia lo bello, lo bueno y lo verdadero, hacia un objetivo que sea tal objetiva e intrínsecamen­te. Más aún, el actual «pacto» cultural invita explícitamente a desconfiar de todo lo que se proponga como absoluto, definitivo y vincu­lante para todos, y adoptar hacia las cosas y los valores una mirada irónica y distante, sin pasión ni implicación alguna. El hombre ideal es hoy el tipo indiferente.

Pero también, y precisamente por esto, es absolutamente in-influyente. En efecto, quien elige ya sabe, de entrada, que su elección no va a cambiar el curso de los acontecimientos sociales, sino que será prácticamente insignificante para los demás y para el contexto en el que se mueve[24]. Por eso, ya no cuenta ni el qué ni el por quién o por qué de la elección, sino la elección en cuanto tal; no son ni el objeto ni el motivo ni el tipo de elección los que dan entidad y valor a la decisión misma, sino el mero hecho de que ésta se haya tomado, como algo autosuficiente en sí mismo, con una autoreferencialidad que no evoca responsabilidad alguna hacia quienquiera que sea. Y de dicha decisión sale el individuo cada vez más ensi­mismado, sin relación, sin vocación...

De donde se siguen tres consecuencias en el ámbito, concretamente, de la decisión juve­nil en una perspectiva vocacional.

El eterno presente

El primer efecto de todo ello es que tu modo de elegir, como el de los jóvenes de tu edad, se sitúa en una especie de eterno presente[25]. Lo que cuenta es el aquí y ahora, sin relación alguna con lo que has sido ni com­promiso de ningún tipo con lo que podrás ser, tal vez debido precisamente a la decisión que estás tomando. «La vida es ahora», canta (y nos hace cantar) un ídolo de masas juveniles como C. Baglioni, del mismo modo que en otro contexto (el del Primer Congreso Interna­cional de Jóvenes Religiosos, hace ahora un año) resonó con fuerza esta singular protesta dirigida a sus hermanos mayores o más ancia­nos: «Dejad ya de decirnos que somos el futu­ro de la vida religiosa; nosotros somos el pre­sente, y como realidad de hoy queremos que se nos trate...».

¿Te das cuenta, Andrea, de que también el lenguaje juvenil se conjuga siempre en pre­sente? Cuando habláis, parece como si hubie­rais olvidado el uso de los tiempos del matiz y la incertidumbre evolutivos (los pretéritos im­perfecto, indefinido y perfecto; los futuros), que en vuestro discurso aparecen cada vez menos; y no digamos nada del subjuntivo, a punto casi de desaparecer del lenguaje juvenil, y del condicional, el tiempo por excelencia del deseo proyectado en el tiempo o frenado todavía por alguna realidad. Si no te sintieras ofen­dido, te diría que adolecéis de una ignorancia de origen escolar (basta con observar la confusión constante entre el subjuntivo y el con­dicional) que demuestra la pérdida de una cierta medida del tiempo interior y psicológi­co, una especie de extravío de las dimensiones histórico-temporales de la propia identidad. Todo se ve en presente, acumulado en el aquí y ahora, en un presente cuasiconcentrado y elevado a potencia, absorbente y voraz como un agujero negro que engulle el pasado y el futuro hasta hacerlos irrelevantes, en un peli­groso proceso de amnesia de lo que ha sido y de incapacidad de imaginar y proyectar lo que será.

Yendo más a fondo, la consecuencia más deletérea de esta tendencia, en el ámbito de la elección vital, es la incapacidad de pensar y tomar una decisión que abarque toda la vida, motivada por un pasado que va en una determinada dirección y proyectada hacia un futu­ro que deberá hacerla realidad de manera pro­gresiva. Lo que quiero decirte es que una exis­tencia cada vez más centrada en el momento presente se convierte cada vez más en un flujo de instantes sucesivos, independientes los unos de los otros, y todos ellos autosuficien­tes. Pero entonces se esfuma, como evaporán­dose, incluso la conciencia de la contradicción personal; si cada instante, convertido en abso­luto, está prácticamente desconectado tanto del instante que lo precede como del que lo sigue, entonces se puede elegir un momento después aquello que se ha rechazado un mo­mento antes, desaparece la coherencia de las opciones en el tiempo como expresión siem­pre nueva de una única y gran opción (la lla­mada fidelidad creativa), y resulta imposible construir el sentido del yo como una identidad narrativa orgánica y significativa, como si, para mantener unida y constante en el tiempo la identidad de la persona, no quedara más que su sustrato biológico-físico.

Y entonces desaparece también todo con­cepto de la vida como historia, y más aún como historia de salvación. Y un hombre sin historia, o un Andrea sin una historia con un proyecto redentor, sería también, necesaria y trágicamente, un Andrea sin vocación...

Una elección sólo o principalmente emotiva

«En su inmensa mayoría, las elecciones que efectúan las nuevas generaciones parecen más el resultado obligado de una emoción psí­quica del sujeto que el producto de una repre­sentación intencional y abstracta de los ele­mentos implicados en la elección: causa efi­ciente, causa material, causa formal y causa final»[26].

Espero, Andrea, que este lenguaje un tanto técnico no te impida reconocer en esta afirma­ción la naturaleza de muchas elecciones juve­niles, incluidas las tuyas, en las que —deberás reconocerlo— desempeña un papel muy impor­tante, por no decir exclusivo, el dictado de las emociones, lo que sientes en tu interior, lo que te gusta o te atrae, lo que parece más fácil y abordable, más habitual y sencillo... De este modo, la elección corre el riesgo de ser más la manifestación de un impulso irresistible y apenas controlable —de hecho, no lo contro­las— que el resultado de un interés creativo y moral que te atrae ofreciéndose a tu mirada y a tu corazón y que trasciende lo que tú eres y realizas. El peligro consiste en que tu elección, en este punto, no sea demasiado li­bre y creativa, sino que más bien venga deter­minada por unas fuerzas, a menudo oscuras e inconscientes, que más o menos ignoras, pero que, sin embargo, te empujan.

La decisión vocacional no puede dejar de verse comprometida por el poder añadido de este dinamismo emotivo, ya que por su propia naturaleza es trascendente, no identificable sin más con tu sensación instintiva ni con las preferencias de tu talante. La elección voca­cional es un proceso opcional a lo largo del cual la libertad aprende fatigosamente a supe­rarse y a tender hacia arriba, donde se enrare­ce el aire y se siente el vértigo, no un instante de fácil atracción impulsiva que te da tan sólo la ilusión de la libertad o que no es más que un sucedáneo de la misma.

De la autorrealización a la homologación

Disculpa el esfuerzo intelectual que te estoy pidiendo, pero creo que merece la pena, pues sólo identificando los pasos equivocados o ambiguos se puede corregir la ruta.

Y el tercer paso es, de alguna manera, la síntesis de los dos primeros. Si las cosas, en efecto, son como hemos descrito, entonces es forzoso constatar que una franja cada vez ma­yor de jóvenes, más que elegir, acaba siendo ella elegida por una infinidad de... agentes de decisión más o menos evidentes: por los mecanismos psíquicos, por las circunstancias, por los caprichos, por las seducciones más o menos intencionales, por los requerimientos externos, por las diversas «agencias de coloca­ción» (como pueden ser los padres, el mercado, los índices de agrado social, etc.), para quienes, una vez más, «el máximo de subjetivismo expresivo se vierte en el máximo de homologación objetivadora: se elige lo que convencionalmente es elegido, sin saber ya ni querer saberpor qué, convirtiéndose en objetode unas dinámicas que se sustraen a la libertad individual»[27].

De hecho, tú también habrás notado, Andrea, que el grupo de los iguales ya no es hoy, como en otro tiempo, la pandilla, en la que había una serie de papeles y personalida­des diversas que interactuaban espontáneamente entre sí, dando lugar a un crecimiento mutuo en virtud precisamente de la alteridad (a veces con derivaciones conflictivas dentro y fuera del grupo), sino más bien el rebaño, donde todos los que lo componen son iguales al yo de cada uno, y cada uno se elige porque es espejo (narcisista) del otro[28]. Por eso todos, no sólo los jóvenes, tenemos hoy el peligro de convertirnos en rebaño: rebaño de consumidores (de los mismos productos), de telespecta­dores (de los mismos programas), de transgresores (de las mismas normas sociales) o, peor aún, rebaño de adoradores (de los mismos ídolos), todos perfectamente ordenados para desempeñar la tarea tácitamente asignada: ad­quirir el producto anunciado y firmado, aplau­dir la consabida estupidez televisiva sobre el sexo, burlarse con amanerada suficiencia de las diversas reglas sociales y profesar los mis­mos pseudovalores. «De tal modo, todos si­guen siendo lo que son, sin ayudarse unos a otros, obligados a repetir un eterno presente entumecido que no conoce ya transiciones ni transacciones de maduración distintas del mero desarrollo biopsíquico»[29]. Se trata del fenómeno emergente del neoaborregamiento o del «teatrillo de marionetas», como prefie­ras. Y lo más cómico (o lo más triste) es que en todo esto mucha gente se siente origi­nal y anticonformista, cuando lo que realmen­te impera es el conformismo más convencio­nal y sumiso, propio de alumnos buenos y obedientes.

Lo cual, por lo demás –y perdona que insis­ta–, es la consecuencia inevitable de lo que decíamos antes: si ya no hay límites evidentes entre lo que es bueno y lo que es malo, entre el «sí» y el «no», Si todo es dudoso, indetermi­nado e indiferenciado, entonces la libertad jamás se sentirá provocada a elegir, o temerá hacerlo precisamente porque faltan los puntos de referencia y no están claros los criterios para la toma de decisiones; de ahí la incapaci­dad de decidir o la desorientación de la inten­ción y la acción. Para evitar esto, o para no tener que admitir esa incapacidad, nada mejor que la pasividad social, o bien el refugio conformista patéticamente travestido de su contrario...

Imagina lo banal que resulta así la existen­cia y lo insignificantes que son las relaciones. Y, una vez más, piensa en la fingida libertad y la falsa autonomía de las opciones de tantos «rebaños juveniles». Y no me refiero únicamente a las extravagancias de la «cultura del aturdimiento» del fin de semana por la noche, ni al aburrimiento y la absoluta falta de fanta­sía de los jóvenes que ni siquiera saben cómo divertirse el domingo por la tarde, ni a esa necesidad patológica de emociones y nuevos estímulos que llevan a tantos jóvenes de hoy a jugar incluso con la muerte; también me refie­ro a nuestro grupo juvenil de la parroquia, y me pregunto hasta qué punto es en verdad lugar y experiencia de relación que hace cre­cer a cada uno en su individualidad irrepetible y en su capacidad de elegir a la luz de la fe, o en qué medida, por el contrario, puede tam­bién él degenerar en rebaño, en el que se buscan unos a otros sobre todo para encontrarse a sí mismos[30] y en el que la fe se convierte en un tranquilizante para todos (incluido el cura...).

En el rebaño, y con este estilo de relación, es verdaderamente difícil, por tanto, que pueda nacer una disponibilidad de opción vocacional. La vocación es el descubrimiento del propio rostro, del proyecto de vida, del nombre que Dios ha dado a cada uno de nosotros, del papel que a cada cual se le ha confia­do en la vida; un papel pensado a la medida de cada cual y un nombre absolutamente único, singular e irrepetible, que no puede ser «co­piado» por nadie y que se refiere indistintamente a cada ser humano. Por eso la vocación, cristianamente entendida, señala el máximo nivel de afirmación de la propia identidad y es condición inexcusable de la felicidad de cada uno de nosotros.

Cultura de la vocación

            Si tal es la situación, habrá que intervenir, no con proyectos de corto alcance ni con presio­nes psicológicas sobre el individuo o sobre la masa; se impone la creación de una nueva cultura, una auténtica cultura de la vocación. Ya sé que el término resulta sumamente sospe­choso en el mundo juvenil, porque huele a curas y a seminarios; porque evoca un mundo que a ti mismo te resulta caduco y lejano; por-que suscita la idea de sacrificio y de renuncia a la libertad, al disfrute de la vida, a la afectividad y a ciertas exigencias sumamente inten­sas y naturales... ¿Qué te parece, entonces, si procedemos a una aclaración, a una purifica­ción-liberación de todas las adherencias reli­gioso-clericales que tienen hoy el peligro de reducir el sentido y oscurecer el enorme valor antropológico del término?

Ahora caigo en la cuenta por primera vez de que nunca hemos hablado tú y yo de este tema, fuera del contexto de la celebración anual en la parroquia del «día del seminario», una jornada que muchas veces constituye la única actividad vocacional explícita en nues­tras comunidades y que sirve a menudo para tranquilizar la conciencia de muchos creyen­tes adultos (con su donativo para el semina­rio)[31] y de demasiados curas (incapaces o te­merosos de «llamar»); una jornada, además, que, a la vez que refuerza la equívoca y reduc­tiva conexión entre vocación y seminario, no inquieta en absoluto ni efectúa llamada alguna a ninguno de nuestros jóvenes. Todo ello me parece ahora muy extraño y me hace sentirme avergonzado, porque ¿qué finalidad tiene la pastoral sino la de suscitar en todo bautizado la conciencia de su vocación?; ¿de qué sirve anunciar la Palabra si el creyen­te no sabe reconocer en ella su llamada perso­nal?; ¿cómo puede llamarse «cristiana» una catequesis que no engendra creyentes respon­sables del designio de Dios sobre ellos, de su salvación y la de los demás?

El sueño de Dios

La vocación es precisamente esto: «el pen­samiento providente del Creador sobre cada una de las criaturas, su idea-proyecto, una especie de sueño que anida en el corazón de Dios, el cual ha dado su corazón a la criatu­ra»[32], a toda criatura. Dios, cuando ama, llama; y todo ser viviente, por el simple hecho de existir, está «llamado» por Dios a ser su ima­gen de un modo absolutamente original y a expresar tal semejanza con su modo de ser, con su elección de unos determinados valores, criterios de decisión, estilo de vida, orienta­ción profesional... Todo está comprendido en la llamada de Dios. Y del mismo modo que quien no existe todavía es «llamado» a la vida por la benevolencia divina, así también toda ulterior llamada por parte de Dios es manifes­tación de su amor, de su preocupación de Padre creador, que no sólo nos ha dado la exis­tencia, sino que además nos indica un camino concreto a lo largo del cual hemos de realizarnos plenamente para ser plenamente felices.

            Nosotros creemos en este Dios que se pre­ocupa de nosotros, Andrea; un Dios que, cuando ama, llama. ¿Y cuál es el sueño que tiene sobre ti ese Dios que (ll)ama? Ante todo, que te tomes  muy en serio todo esto; que creas de veras que Dios te llama y sigue llamándote, sin duda alguna; que pienses en tu vida y tu futuro desde esta perspectiva, no como un pro­yecto sólo (o aparentemente) tuyo, ni pensado de acuerdo con unos criterios limitados y mez­quinos (como, por ejemplo, los criterios de la perspectiva económica, del bienestar material, de la satisfacción afectiva, de la «escalada» profesional, de la recomendación, de la conde­coración y el aplauso, etc.), sino como respuesta y aceptación de un proyecto que viene de lo alto, que nace del amor del Eterno, de su sueño misterioso... y que luego se te confía a ti; más aún, que está tan cerca de ti que puedes descubrirlo si aprendes a mirar con atención en tu interior y en torno tuyo.

El sueño del hombre

Si Dios, cuando ama, llama, el hombre, cuando se deja amar, responde. Se trata del diálogo vocacional entre la libertad de Dios y tu propia libertad. Dios no te obliga, Andrea, puedes estar tranquilo; su amor es «débil», como todo amor verdadero; no te violenta en lo más mínimo ni te impone prestación alguna como contrapartida; no deja de amarte aunque le vuelvas la espalda; te deja libre, más aún, te hace libre, libre para responderle.

Pero, si decides escucharlo y aceptar su benevolencia, entonces se abrirá de par en par ante ti un horizonte increíble, capaz en verdad de producirte vértigo. Entonces entrarás poco a poco en el mundo de los sueños de Dios, aprenderás a soñar como él, a tener sus mis­mos deseos. E irás descubriendo paulatinamente tu vocación y cómo ésta amplía enor­memente los espacios de tu realización; y oirás cómo eres llamado por tu nombre, un nombre nuevo, pensado y soñado por Dios precisamente para ti y para tu rostro. Es la re­velación de tu misterio. Y a partir de ese ins­tante sabrás que sólo serás feliz si haces reali­dad ese designio y eres fiel a ese nombre.

Pero descubrirás también que esa felicidad es plenamente humana y plenamente divina; que es desconocida para muchos jóvenes, peroque a ti te permite ser joven para siempre; que te procura un gozo íntimo y sereno, pero que te permite hacer cosas imposibles o que hasta ahora pensabas que lo eran. ¿Recuerdas la his­toria de los doce llamados por Jesús, tímidos y torpes pescadores de profesión, a los que la llamada convierte en valientes y audaces apóstoles, capaces de desobedecer a la autoridad constituida (cuando ésta entra en conflicto con la llamada) y de ignorar las amenazas de los poderosos? Ésa es la historia de todos los lla­mados, desde los profetas hasta María, desde los mártires de la Iglesia primitiva hasta los dehoy, más o menos famosos. Espero que sepas disculpar mi atrevimiento si te digo que —obviamente, en mi pequeña escala— ésa es también mi historia. La vocación es siempre también transformación; es sueño capaz de transformar la realidad.

Lo quequiero decir es que la vocación no se adecua necesariamente a las cualidades, no es una fotocopia exacta de lo que uno sabe hacer, no se elige en función de las propias dotes y cualidades ni de un «test» de aptitud. Dios llama en función de su proyecto y para realizar un designio que, por lo general, va mucho más allá de lo que el ser humano sabe hacer o en lo que está seguro de tener éxito. Dios pide siempre el máximo... y aún más, si es posible. Por eso nadie puede excusarse ale­gando que no es capaz, que no se siente con fuerzas, que el compromiso es excesivo, que  no tiene la competencia necesaria, que le da miedo, que no coincide con sus gustos, etc. Tampoco tú, Andrea, puedes excusarte de ese modo frente a una propuesta que viene del Eterno. Más aún, si sientes en tu interior que el proyecto te supera y te asusta..., buena se­ñal: quiere decir que al menos no procede de ti ni es fruto de tu emotividad asustadiza, sino que muy probablemente viene de lo alto.

Paradójicamente, incluso en el plano meramente humano, es mejor el miedo a no estar a la altura, o la conciencia de la propia pobreza ante un ideal digno de tal nombre, que la elec­ción de un objetivo abordable y la presunción de poder conseguirlo. Y precisamente con esta paradoja coincide lo que afirma el poeta y narrador Max Jacob: la verdad de uno mismo es casi siempre inverosímil, mientras que lo verosímil es el cliché; es, por consiguiente, falso[33]. O lo que dice Paúl Valéry: «Lo que hay de más verdadero en un individuo es el "plus" de sí mismo...». En otras palabras: si eliges como ideal de vida algo inferior, aunque sea mínimamente, a tus posibilidades, o algo fá­cilmente asequible a tus medios, o algo sim­plemente acorde con tus capacidades y tu medida, no te construirás a ti mismo ni tu futu­ro, no descubrirás tu verdad y no conseguirás felicidad alguna, sino que estarás condenándo­te, simplemente, a repetirte y... a clonarte, ayuno de toda novedad y sumido en el aburrimiento del sinsentido, peligrosa y frecuente antesala de la desesperación, incluso juvenil[34].

Recuérdalo, Andrea: sólo Dios puede pe­dirte el máximo y darte, al mismo tiempo, la fuerza necesaria para realizarlo.

El sueño de la humanidad

Demos un paso más: del individuo a la humanidad en general; del sueño de uno solo a la utopía vocacional de todos. En este punto me doy cuenta, de hecho, de que esta carta podría ir dirigida a cualquier joven, al Andrea que vive en tu mismo bloque, que no frecuen­ta la iglesia ni forma parte de nuestro grupo juvenil, pero que también debe pensar en su futuro..., o a todos esos jóvenes, chicos y chi­cas, que tú y yo conocemos y que, a raíz de la confirmación, han dicho adiós a todo lo que huela a iglesia y a sacristía, porque piensan que la religión no tiene nada que ver con su felicidad; más aún, que, con todo su bagaje de obligaciones y mandamientos, la religión para ellos no acarrea más que tristeza y, como mu­cho, puede valer para gente mayor y sin ilu­siones en la vida, no para personas jóvenes y deseosas de vivir.          

¡Cuántos errores circulan por ahí acerca de Dios...! Errores que tal vez tengan algo que ver también con el testimonio negativo o insu­ficiente de los creyentes (y, ante todo, de noso­tros, los curas), no siempre capaces de expre­sar con nuestra vida que nuestro Dios es «joven» y alegra y hace perenne nuestra juventud; que no es, por tanto, enemigo de nuestra felicidad, sino todo lo contrario: Él es la fuente de todo gozo y quiere que todos seamos felices, cada cual con sus peculiaridades, porque cada cual es expresión de su inconteni­ble fantasía de amor o de su deseo igualmente incontenible de darse.

            Los errores generan el caos y fomentan la confusión en ese gran «bazar» que es el viejo Panteón de la cultura actual, apenas recién barnizado. Y errores como éste, además de fal­sificar la idea de Dios, tienen la virtud de embotarlo todo, de oscurecer toda belleza y eliminar toda poesía, incluso en lo referente a lo humano, anulando toda perspectiva trascen­dente, todo sueño y toda voluntad de superarse, de liberarse del «cliché» excesivamente manido de la mera auto-repetición, que hace anónima la vida y opaco y sin brillo el futuro.

            En cambio, son precisamente sueños lo que necesita nuestra humanidad para salir de su mediocridad y su depresión. Y el sueño por excelencia consistiría en que cada cual redescubriera su dignidad y creyera en sí mismo, desempeñando el papel que le corresponde y ocupando el lugar que sólo él puede ocupar, para bien suyo y de la colectividad. Nadie, Andrea, cree tanto en el hombre como Dios y como aquel que cree en Dios y que, precisamente porque se fía del Eterno, tiene el valor de pensar que ese lugar está preparado desde toda la eternidad y de soñar que todo hombre puede descubrirlo para su plena felicidad y realización.

            Sólo la fe sueña, efectivamente, y el sueño de la fe en estos albores del nuevo milenio es que toda vida humana responda al proyecto para el que ha sido pensada, que la elección del futuro no se reduzca a la elección (más o menos impuesta) de una profesión o de un ofi­cio, sino que sea, ante todo, opción por un determinado sentido de la existencia, y que cada elección sucesiva (desde la sentimental hasta la profesional, desde la del uso del di­nero hasta la del empleo del tiempo libre) esté iluminada por ese sentido, que se convierte progresivamente en razón para vivir y abarca todos y cada uno de los ámbitos de esa existencia.

            Así entendida, la vocación ya no es algo que concierna únicamente a los curas, los frai­les y las monjas, sino algo que señala el cami­no y marca la elección de todo aquel que se deja llamar por el Creador. Tampoco es la vo­cación un concepto referido exclusivamente al individuo y su personal proyecto de vida, sino que, por el contrario, quien es fiel a su llamada, además de realizarse a sí mismo, colabora al bien de todos; mientras que quien no acoge su llamada hace que le falte algo a la armonía general: algo que sólo él habría podido apor­tar, algo que faltará para siempre –¿lo entien­des, Andrea?– en esa lógica relacional del intercambio de dones que caracteriza a la con-vivencia humana en esta vida.

            Por lo demás, la fidelidad a la vocación no es sólo condición para acceder a la vida eter­na, sino factor que incide ya desde ahora en la calidad de las relaciones, en la vida de todos, en la construcción de una convivencia habita­ble... La vocación, en suma, es un hecho hu­mano y divino, individual y comunitario, terreno y celeste, eclesial y civil.

Por consiguiente, la fe sueña siempre con que nazca una auténtica cultura vocacional, como  cultura de la vida y de la apertura a la vida, del significado del vivir y de todo cuan­to se opone a esa cultura de muerte que todo lo invade en nuestros días: la gratitud; la acogida del misterio; la conciencia de que no se po­seen las claves para descifrar dicho misterio; el sentido de incompleción del hombre y, al mismo tiempo, de su apertura a lo trascenden­te; la disponibilidad a ser llamado por otro (o por Otro) y a dejarse interpelar por la vida; la confianza en sí y en el prójimo; la libertad para conmoverse ante el don recibido, ante el afecto, la comprensión y el perdón, descu­briendo que lo que se ha recibido es siempre inmerecido, excede las propias posibilidades y es fuente de responsabilidad para con la vida. Y, además, la capacidad para desear a lo grande: ese estupor que permite apreciar la belleza y elegirla por su valor intrínseco, porque hace bella y auténtica la vida; ese altruismo que no es únicamente solidaridad de emergencia o de fachada, sino que nace del descubrimiento de la dignidad de todos y cada uno de los hermanos[35].

Vocación significa todo esto. Y no se diga que es algo difícil y complejo, porque todo  ello se encuentra ya en el corazón del hombre, es exigencia universal, es expectativa de cual­quier joven, en particular porque cuanto he­mos dicho es, en el fondo, la respuesta a la pregunta fundamental de la vida: la del senti­do del vivir y del morir, pues —como dice Juan Pablo II— «nada ni nadie puede ahogar en el hombre la búsqueda de sentido y el deseo de verdad»[36]

El sueño de la fe, por consiguiente, está destinado a hacerse uno con el sueño de la humanidad entera, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Lo que equivale a decir que esa cultura de la vocación «podría llegar a ser una especie de terreno común en el que la conciencia creyente encuentra la conciencia laica y se confronta con ella..., verda­dero y auténtico terreno de nueva evangeliza­ción, donde podría nacer un nuevo modelo de hombre»[37].

El sueño de la Iglesia

¿Sabes, Andrea, qué es la Iglesia, o cuál es el verdadero significado de esta palabra? Significa exactamente «pueblo de llamados», de creyentes que han escuchado la llamada y han respondido generosamente a ella. Y preci­samente ése es, ante todo, el sueño de la Igle­sia: que todos puedan reconocer en ella y a través de ella la llamada que viene de Dios, acogerla y decidir realizarla libre y responsa­blemente, hasta el punto de que, como decía­mos más arriba, cada llamado se convierta en llamante y ponga la fidelidad de su respuesta al servicio del discernimiento de otros llamados o de otras vocaciones.

La Iglesia es como un jardín florido en el que la diversidad de las flores manifiesta la riqueza y complementariedad de las diversas llamadas, y el conjunto variopinto contribuye a que el ambiente sea cálido y acogedor para todos. Pero, más allá de esta imagen, cada vocación es necesaria para que no le falte a la Iglesia don alguno de gracia; y cada vocación es particular... por estar hecha a la medida del don de gracia concedido por el Padre a imagen del Hijo (y porque excede siempre, como ya hemos dicho, la medida simplemente huma­na). De este modo, casados y vírgenes, padres y madres, apóstoles de vida activa y místicos de vida contemplativa, personas comprometi­das en lo social o en lo político, en oficios nue­vos o antiguos, profesionales y amas de casa, agentes culturales y personas sencillas, muje­res y hombres, jóvenes y ancianos..., todos, absolutamente todos, están llamados a vivir su vocación en beneficio del cuerpo místico, es decir, en favor de la realización y la felicidad de todos, para que todas las flores florezcan y difundan su perfume. Ésta es, precisamente, la originalidad del concepto de vocación cristia­na y éste es el sueño eclesial: que la realiza­ción de cada individuo coincida con la reali­zación de la comunidad. La Iglesia, digámos­lo una vez más, no es un Panteón en el que todo es uniforme y sin relieve (y en el que cada cual se crea su propio dios a su imagen, al que luego finge rezar), sino que es familia de Dios y expresión terrena de la irreductible originalidad y la reciprocidad convergente de las tres Personas de la Trinidad santísima, mis­terio vocacional por excelencia.

Pero la Iglesia tiene además otro sueño, que en modo alguno está en antítesis con lo que venimos diciendo. Me refiero al sueño de que haya quienes dediquen toda su vida y sus energías, su tiempo y sus recursos precisamente a estos ideales, viviéndolos primero ellos mismos en su existencia y renunciando a aquello por lo que suelen optar quienes, a la hora de construirse un futuro, piensan en casarse, en conseguir un trabajo bien remune­rado, en crear una familia, en disfrutar de unas condiciones de vida cada vez mejores, en ha­cer carrera, etc. Obviamente, no es que todo esto sea malo; más aún, es absolutamente nor­mal. Sólo que es tan normal que a menudo se convierte en el objetivo único de la existencia y en el centro de atención general; es tan nor­mal que a veces tiene el peligro de hacerse totalmente absorbente y ser origen de infini­dad de preocupaciones, hasta el punto de oscurecer e incluso hacer olvidar valores más importantes. Por eso es indispensable que haya quienes, con el testimonio de su vida y de sus opciones contra corriente, recuerden lo que verdaderamente importa: el sentido de la vida humana y de la vocación cristiana, el lu­gar de Dios en nuestra historia, el significado de los valores humanos y cristianos, sin los que todo se vuelve insípido y vulgar, cuando no absurdo e insensato.

El sueño de la Iglesia es que haya o, mejor, siga habiendo quienes se consagren a mante­ner viva esta memoria y a indicar a todos el objetivo al que todos estamos llamados a ten­der en la vida. Me refiero, Andrea, a las lla­madas vocaciones de «especial consagra­ción», en las múltiples formas en que puede realizarse la consagración a Dios y la entrega de la propia vida a los demás: el sacerdocio y la vida consagrada en sus diversas modalida­des, desde la vida apostólica hasta la vida monástica, y según los diversos carismas y tipos de servicio a las necesidades de la Iglesia y del mundo. ¿Recuerdas cuando me pregun­taste por qué me había hecho sacerdote? No recuerdo bien lo que te respondí (la literatura al respecto nos ofrece muchos esquemas de respuesta), pero tal vez te esté dando ahora la respuesta que esperabas, la más auténtica y personal.

Te decía que estas vocaciones se llaman de «especial consagración» porque no es eso lo que la inmensa mayoría decide ser en la vida. Pero yo no insistiría demasiado en el carácter excepcional de esta opción vocacional ni en su presunta heroicidad, ante todo porque yo no me siento en absoluto un ser especial y, ade­más, porque toda vocación es, en esencia, un don de Dios, que concede ha cada cual las fuerzas necesarias para realizar aquello a lo que ha sido llamado. Por otra parte, tengo serias du­das de que los jóvenes de hoy os sintáis atraí­dos por la lógica del héroe. Os contentáis con mucho menos, y todo lo que os rodea –el am­biente, la cultura...– parece empujaros hacia horizontes, por así decirlo, más normales y abordables. Y quizá sea también por esto, o por un tipo de animación vocacional que insis­te ingenuamente en apelar a la heroicidad, por lo que esta vocación tan «especial» se encuen­tra actualmente en crisis.

Pues bien, Andrea, yo no intento hacerte ese tipo de llamada «heroica», ni pretendo interpelarte desde un supuesto frente en el que sólo habríamos permanecido unos cuantos combatiendo al enemigo (con lo que estaría­mos lógicamente necesitados de refuerzos), sino que estoy proponiéndote algo hermoso, profundamente hermoso. Si no estuviera convencido de ello, no me permitiría escribirte esta carta. Te repito que no es la necesidad de sacerdotes, ni el desolador panorama de las parroquias, ni el carácter insostenible de la situación lo que está en el origen del discurso vocacional (que, de hecho, no tiene por qué limitarse a la vocación de la que estamos hablando), sino la conciencia de que es posi­ble darle a la existencia un sentido pleno, de que puedes apostar tu juventud por algo grande, jugándote tu necesidad de afecto, tu capa­cidad de relación, tu exuberancia sexual, la riqueza de tu sensibilidad, tu saber entregarte... con ese misterioso personaje que es Dios y que se te propone como amigo, como espo­so, como maestro, como el viviente, como quien puede colmar la profundidad del alma y responder plenamente a las exigencias de afecto de tu joven corazón.

Tú me conoces, Andrea; conoces mis incongruencias y contradicciones, sabes perfec­tamente que tampoco yo soy un héroe, y has sido testigo muchas veces de mis desahogos y de mis desilusiones. Contigo no podría mentir ni atribuirme una santidad que no poseo, ni podría tampoco emplear un discurso y un tono que no me van en absoluto. Pero precisamen­te por esa exigencia de sinceridad y de trans­parencia, te digo y te escribo en este momen­to que Dios es hermoso, y amarlo es dulce; y que –en contra de lo que afirma la cultura de la supuesta revolución y liberación sexual– consagrarse a Él en una vida de virginidad, con la consiguiente y durísima renuncia al amor de una mujer que sea enteramente tuya para toda la vida, no sólo es posible, sino que es incluso exaltante, porque multiplica tus energías, porque te hace libre, porque te da la certeza de ser amado y de ser capaz de amar, porque aprendes a no ponerte a ti en el centro de las relaciones, ya que el centro le pertenece a Él, fuente del amor y de todo amor.

Por supuesto que la vocación del sacerdote o del religioso no se reduce a la opción por la virginidad, ni sería justo ni inteligente por mi parte pretender que todo el sentido de la propuesta vocacional consiste en dicha opción. Pero ¿sabes una cosa, Andrea?: cada vez estoy más convencido de que la virginidad es verda­deramente un símbolo que sintetiza el sentido de la entrega; su clave de interpretación, por así decirlo, o una especie de cofre precioso que la encierra. Pero no sólo eso. También creo cada vez con mayor convencimiento que todo hombre y toda mujer —novios, casados, padres, madres, hijos...— son vírgenes o están llamados a serlo; creo que en todo corazón humano hay un, espacio que sólo puede ser ocupado por Dios, una exigencia de amor que sólo el Eterno puede colmar, porque somos criaturas suyas, venimos de Él y estamos des­tinados a volver a Él. Y esto precisamente es lo que, en el fondo, significa la virginidad: esta referencia radical y esencial, insuprimible y constitutiva, a Dios, fuente, centro y destino de todo amor.

Ya sé que este discurso te resultará hoy extraño, como una especie de «verdad débil», como algo que suscitaría la irrisión en los modernos talk-shows de la tele, donde la verdad se mide con el «aplausómetro». Por eso, querido Andrea, es preciso que haya quienes se consagren totalmente a Dios y «digan», mediante una elección que a muchos parecerá absurda, la verdad de la virginidad del hom­bre, o esa vocación a la virginidad de todo ser humano, que en el fondo expresa el sentido de la vida y de la muerte.

Y por eso es necesario el testimonio de quien se entrega con todo su ser a anunciar la buena nueva del amor del Señor y expresa esa donación total mostrándose dispuesto a ir allí donde la misión y la celebración de la Eucaristía en la comunidad de los fieles lo exi­jan, o bien haciéndose pobre, casto y obedien­te y viviendo en comunión con unos hermanos que él no ha elegido, u optando por la soledad de la contemplación del misterio, o sirviendo a los más pobres y necesitados, o educando y formando a los niños y a los jóvenes, o asis­tiendo a los enfermos y a los que sufren, o promoviendo la vida allí donde ésta es agredida por la muerte...

Para ello se requiere, por supuesto, una cierta dosis de locura, como para todas las cosas radicales y que se apoderan por entero de tu corazón y de tus sentidos; se requiere aún más locura que cuando te la jugaste por defender a uno de tus discapacitados de aque­llos gamberros que querían maltratarlo... Pero son mil veces mejores estas sanas locuras que la insensata demencia de quien no piensa más que en sí mismo y no se siente llamado por nadie ni sabe llamar a nadie.. -

 En cualquier caso, a ti te toca elegir. Y a mí llamar. En nombre de Dios, naturalmente, pero sin falsos miedos ni pudores, sin esconderme ni justificarme con la excusa del respeto a la libertad o la esperanza de que el otro llegue a verlo por sí solo; más aún, con el convenci­miento de que sería un irresponsable si no lla­mara; de que te faltaría gravemente si no te dijera estas palabras; de que mi consagración a Dios sería fingida si no tuviera la valentía de gritar bien alto que el Señor «paga bien», que en su servicio se pueden establecer nuevos y maravillosos vínculos de fraternidad, que el entregarse a Él conduce a unos niveles de gratificación humana y espiritual inimaginables, que la dolorosa decisión de dejarlo todo se ve compensada con la paz, que abandonarse a Él es abandonarse a la plenitud...[38]

Te decía más arriba que la vocación no puede entenderse en términos exclusiva o pre­ferentemente clericales o religiosos. De acuer­do; pero insisto en que la vocación también es esto; que la propuesta vocacional es incomple­ta si no indica esta posibilidad ideal, porque —una vez más— la Iglesia no es un Panteón en el que todo es igual a todo, en el que lo mismo da una opción que otra. En suma, si «el cuer­po despedazado y la sangre derramada es la provocación fundamental al vuelo más alto posible de nuestra vida»[39], entonces esa voca­ción que «celebra» cotidianamente el memo­rial de ese cuerpo y esa sangre ¿no encontrará en sí nada de ese «vuelo más alto»? No para absorberlo ni agotarlo, evidentemente, y aún menos para apoderarse de él y secuestrarlo, sino justamente para lo contrario, para mostrar toda su vitalidad y su incidencia en la vida y en la vocación de todos, para recordar que el centro de la vida y de toda vocación es esa muerte y resurrección, o para recordar a todo llamado esa «provocación fundamental al vuelo más alto».

Se me ocurre ahora pensar —¡figúrate qué ocurrencia!— que esta carta podría también enviársela a algún hermano en el sacerdocio. No para enseñar nada a nadie, y menos aún para proponerme como ejemplo (a pesar de todo, todavía conservo un cierto pudor), sino para preguntarnos juntos si, además de organi­zar esos inocuos y soporíferos «días del semi­nario», sabemos poner el corazón y jugarnos la vida en la apuesta de la vocación.

¿Qué clase de sacerdote o religioso es el que no «engendra» un hijo en el impulso mismo de su entrega?

Del sueño a la realidad

Sueño de Dios y del hombre, sueño de la humanidad y de la Iglesia... ¿Por qué no volver a la realidad?

Bueno, ante todo, te aseguro que estos sue­ños no son una evasión de la realidad, sino que, por el contrario, querrían ayudarte a per­cibirla mejor, especialmente tu realidad perso­nal, lo que eres y lo que estás llamado a ser. Yo querría ofrecerte un nuevo estímulo en ese sentido, un estímulo basado sobre todo en la realidad de tu vida y de tu historia. Mi preo­cupación —no sé cómo decírtelo— es la natura­leza del discurso, su lógica interna, su carác­ter, de alguna manera, inevitable. En suma, Andrea, que no tienes que considerarte un caso especial por ser destinatario de una carta tan larga y sobre un asunto tan singular y tan escasamente abordado por lo general; tampo­co tienes que sentirte un ser extraño entre tus amigos porque quizá a ellos les llegue otro tipo de cartas, menos provocadoras y más gra­tificantes; ni debes tampoco temer ser objeto de presión psicológica de ningún tipo ni de un seguimiento asfixiante, pues nadie pretende quitarte la libertad, sino todo lo contrario. Si acaso, querría ayudarte a que retomaras un camino que, poco a poco, podría conducirte a descubrir tu verdad personal y, desde ahí —como desde una plataforma de lanzamiento—, emprender el vuelo hacia la libertad, la plena libertad de tu ser, tal como Dios la ha pensado (con alas, naturalmente...).

Itinerario vocacional: de la verdad a la libertad

¿Acaso no fuiste tú quien me preguntó en cier­ta ocasión —con esa clásica pregunta que a veces puede parecer extraña o banal— qué había que hacer «para descubrir la voluntad de Dios sobre la propia vida»? Me limitaré a indi­carte unas breves notas que, de alguna mane­ra, elaboran un itinerario vocacional, aunque sin pretensión alguna de ser completas ni sistemáticas.

El sentido del misterio

Ante todo, hay una condición para dar los pasos en la dirección correcta, y es el sentido del misterio, o el convencimiento, humilde y realista, de que no sabes, de que no puedes conocerte hasta el fondo. La vida no está toda ella en tus manos, porque la vida, tu vida, viene del misterio, del misterio de un amor desbordante, inmotivado y gratuito que quiso que existieras. Y jamás entenderás por qué. Por otra parte, el misterio es vida, porque es esa parte del yo que aún no ha sido descubier­ta y vivida; la parte más vital, porque la vida en ella contenida, con sus posibilidades exis­tenciales, está todavía intacta. «Y, por tanto, aceptar el misterio es signo de inteligencia, de libertad interior, de voluntad de futuro y de novedad, de rechazo de una concepción repe­titiva y pasiva, aburrida y trivial de la vida»[40]. En cambio, la pérdida del sentido del misterio es una de las principales causas de la deso­rientación juvenil y, en definitiva, de la cultu­ra antivocacional.

La oración in-vocante

Si la vida es misterio, querido Andrea, y el misterio es vida, entonces es natural que brote en ti una especie de necesidad de revelación a la que sólo el Autor de la vida puede dar una respuesta plenamente satisfactoria. ¿Quién mejor que Él puede desvelarte el sentido de la vida y el lugar que debes ocupar en ella? De este modo, quizá sin darte cuenta, un día pue­des sorprenderte de rodillas invocando al Padre para que te desvele el misterio, pues toda vocación nace de la invocación. Puedes estar seguro, Andrea, de que esta oración está necesariamente destinada a ser escuchada, con tal de que sea una oración paciente y perseve­rante, dispuesta a esperar los tiempos de Dios y a escuchar sus silencios; una oración como sorpresa y gratitud, pero también como lucha y tensión, como «socavamiento» de las pro­pias ambiciones para acoger las expectativas, las demandas y los deseos del Eterno. La ora­ción, en suma, debe ser el lugar natural de tu discernimiento vocacional[41]

La gramática elemental del sentido de la vida

No obstante, la respuesta, como ya habrás comprendido, no llega de inmediato, como un dato inesperado, como un fogonazo imprevis­to o como una revelación absolutamente iné­dita. Hay un paso obligado, en el descubri­miento de cualquier proyecto vocacional, que está relacionado con la identificación del significado fundamental de la existencia humana. Tranquilo, amigo mío, que no se trata de nada trascendental ni excesivamente filosófico. El sentido de la vida es sencillo y se formula con pocas palabras: la existencia es un bien que se recibe y que tiende, por su propia naturaleza, a convertirse en bien que se da. Si vivimos, es porque otros nos han dado la vida, puesto que nadie ha podido jamás darse a sí mismo la existencia; y si morimos, es porque el bien re­cibido lleva impreso en sí, en su ADN, un movi­miento natural que lo mantiene en la realidad del don y lo lleva progresivamente a convertirse en bien dado. Todo esto es absolutamente lógico, y lo sorprendente sería lo contrario, porque es del todo evidente que el bien recibi­do no puede tener ante sí otro camino que su transformación inevitable y natural en bien dado; más aún, puede afirmarse que no se trata de una transformación, sino de una secuencia absolutamente natural e inevitable, ley de la vida (y de la muerte). Es algo así como la gra­mática fundamental de la existencia. O el sen­tido elemental de la existencia, incluida la tuya, que entonces es y se convierte en sentido profundamente vocacional.

La lógica vocacional

            Si, en efecto, el bien recibido tiende a con­vertirse en bien dado, es evidente que todo ser humano encuentra en este paso su vocación; o, dicho con otras palabras, todo individuo reali­za el sentido de la vida en la medida en que recorre este camino y lo asume responsablemente. En el fondo, se trata de elegir explíci­tamente cuanto ya la naturaleza, podríamos decir, ha depositado en nosotros; por tanto, es ley evolutiva, criterio fundamental y universal de opciones.

Toda la búsqueda vocacional está construi­da sobre esta catequesis existencial, que, evi­dentemente, está dirigida a todos, sin excluir a nadie. Y es de esta verdad de donde nace des­pués la libertad de la elección. Si tú, Andrea, acoges plenamente en tu fuero interno la lógi­ca de esta conexión, entonces se abrirá ante ti un horizonte nuevo de significados y posibili­dades verdaderamente inéditas de elección vocacional, incluidas las más audaces y radicales. Por eso te he hecho también la propuesta más radical, porque, si es verdad que la vida es un bien recibido que tiende naturalmente a convertirse en un bien dado, entonces eres li­bre para elegir la donación más total. Al fin y al cabo, puedes estar seguro de que, por mu­cho que te entregues a la existencia, a los demás y a Dios, lo que tú des nunca podrá equipararse con lo que has recibido.

Para ser más exactos: puedes hacer la opción que quieras en relación a tu vida y a tu futuro, pero no puedes eludir esta lógica; de lo contrario, te convertirías en un monstruo, en un ser antinatural. Más aún, ni siquiera puedes pensarte fuera de esta lógica. Lógica de la gratitud que se convierte en gratuidad, tan distante de la «lógica de lo debido», hoy peligrosamente vigente en la sociedad del bienestar, para la que «todo (me) es debido, pero yo ha­go lo que se me antoja»[42]; lógica, además, que nada tiene que ver con la lógica musculosa del héroe del que hablábamos anteriormente; lógi­ca que no se impone ni constriñe a nadie, pero que tiene la fuerza de convicción del amor re­cibido, que no puede ser retenido y usado para uno mismo; lógica, en fin, que no excluye a nadie, que no selecciona entre jóvenes llamados (jóvenes inteligentes y prometedores, por una parte, y jóvenes estúpidos y sin vocación, por otra, que no interesan a ningún animador vocacional), sino lógica universal, construida sobre la verdad de la vida, que pro-voca a to­dos a responder a una llamada que nunca podrá ser completamente ignorada y negada. Por ningún joven.

Y si tú, Andrea, has vivido en un determi­nado contexto educativo y has respirado desde siempre una determinada sensibilidad, enton­ces no sólo tendrás la responsabilidad de la respuesta, sino tal vez también la de la propuesta, o la de compartir determinados valores fundamentales acerca del sentido cristiano de la vida que has madurado en la catequesis, en los grupos de formación, en el voluntariado, etc. El llamado debe convertirse en llamante, ytambién éste es un modo coherente de cerrar el círculo entre bien recibido y bien dado.

Sólo así, por extraño que pueda pare­cer, descubrirás definitivamente tu propia vocación.

            Además, ¿quién mejor que un joven puede llamar a otros jóvenes?

«Señales de circulación»

            Esta extraña carta supera ya todo límite de extensión, al igual –y peor aún– que ciertos sermones (muda el lobo los dientes, no las mientes...). Te sugiero, pues, que la leas en pequeñas dosis, para que no sufras una indi­gestión y termines mandando al autor y el contenido de la carta al mismísimo diablo. Pero, sobre todo, quiero darte ahora algún consejo que te ayude a moverte con el ritmo y el paso apropiados por este fascinante itinerario, a fin de que puedas llegar al final no ya de la carta, sino del itinerario mismo.

La vocación es madrugadora

Vocación no es sólo «el» proyecto general de la propia vida, pensado por Dios y trabajo­samente descubierto por el creyente, sino queson también las llamadas de cada día, siempredistintas y, sin embargo, siempre procedentes de la misma fuente, de la misma voluntad de amor a ti, y siempre orientadas a la plena realización y felicidad de tu ser. El arco entero dela existencia está sembrado cada día de conti­nuas llamadas.

Y tú debes aprender, querido Andrea, a estar vigilante y atento a estas constantes lla­madas de tu Señor, a reconocer su voz y estar dispuesto a responderle todos los días y todo el día. Debes desarrollar una especie de radar o de antenas que te permitan captar sus men­sajes con toda la carga de misterio y de belle­za que encierran. Con una sencilla y expresivaimagen, podamos decir que la vocación, «to­da vocación... es "madrugadora", es la respuesta de cada mañana a una llamada que es nueva cada día»[43].

Por así decirlo, tu preocupación por res­ponder a la propuesta de Dios debe preceder,de alguna manera, a cualquier otra decisión; esprevia y confiere un sentido a todas las demásalternativas del día. La vocación, pensamientoluminoso que el Padre tiene sobre ti, amanece antes que el sol...

Preguntas grandes y respuestas pequeñas

Ya te he recordado que no puedes malven­der tu historia y que tienes que hacerte las pre­guntas apropiadas, las que tienen que ver con los interrogantes fundamentales de la existen­cia, con el sentido de la vida y de la muerte, del amor y del sufrimiento... reaccionando frente a la llamada cultura de la distracción y de lo efímero, que anula los interrogantes serios en el pudridero de las palabras y en el oropel de las imágenes.

Esto ya lo haces, Andrea. Pero, si la voca­ción es madrugadora, entonces este quehacer no puede ser ni sólo episódico ni sólo intelec­tual, sino que normalmente deberá traducirse en comportamientos, gestos y motivaciones nuevas, en proyectos a corto y a largo plazo...; en suma, en respuestas concretas, por pequeñas y secretas que sean. Y teniendo bien presente que «son las grandes preguntas... las que hacen también grandes las pequeñas respuestas. Pero son después las respuestas pequeñas y cotidianas las que provocan las grandes decisiones, como la de la fe, o las que crean cultura, como la de la vocación»[44].  Es éste un principio muy importante, un auténti­co y verdadero dinamismo instrumental de la búsqueda vocacional que podríamos formular así: responde día tras día, momento tras momento, a las diferentes llamadas de la vida y de Aquel que incesantemente te llama, y descubrirás, sin más, tu nombre, el que desde siempre pensó tu Creador para ti y sólo para ti. Por lo general, las respuestas serán pequeñas y estarán vinculadas a otros tantos instantes fu­gaces de tu vida; pero la gran pregunta del sentido hará grandes también estas tus pequeñas respuestas cotidianas. Y entonces descu­brirás el proyecto divino, la idea o el gran sueño de Dios sobre tu pequeñez. Y lo descu­brirás no lejos de ti, sin necesidad de alejarte de tu vida, de los compromisos y las cosas de siempre, porque tu tesoro está escondido bajo la estufa de tu casa[45]

La torsión de los deseos

¡Menuda palabreja! La he dejado para el final porque no quería que dejaras de leerme, pero es algo que no puede faltar, no sólo en un camino de búsqueda vocacional, sino en nin­guna experiencia de Dios. Si Dios es para no­sotros la alteridad absoluta, el Trascendente, aquel cuyos caminos y pensamientos no son los nuestros, entonces es absolutamente natural esperar de Él el desvelamiento de un pro­yecto no del todo conforme con nuestros deseos y expectativas. Esto es precisamente lo que significa «torsión» de los deseos: aprender a modificar los propios proyectos para aprender a desear y elegir según el corazón de Dios. Es una ley dura, Andrea, al menos mientras no comprendas que lo que Dios desea para ti es tu mayor bien.

He pensado más de una vez en el chiste que tú mismo contaste en el grupo la otra tarde para hacemos reír. Me refiero al de aquella joven que quería saber cuál era su vocación (apuesto a que te lo contó alguna tía monja) y que todos los días pedía insistentemente en su oración al Señor que le hiciera conocer su pro­yecto sobre ella. Afirmaba estar decía abierta y disponible incluso para la vida religiosa, pero no estaba muy segura... Se arrodillaba a menudo ante una milagrosa estatua de la Vir­gen con el Niño Jesús en brazos y repetía siempre la misma súplica vocacional, pero la Virgen no respondía. Un día, al fin, llegó la respuesta. Fue el Niño Jesús quien, harto tal vez de escuchar siempre la misma cantinela, tomó la iniciativa y le espetó: «¡Hazte mon­ja!». Y ella, sorprendida, le replicó: «¡Silen­cio! Los niños se callan delante de los mayores. Además, se lo he preguntado a tu madre, no a ti...».

He reflexionado sobre este chiste porque, a pesar de ser tan inverosímil, en el fondo refle­ja lo que sucede en muchos discernimientos vocacionales, teóricamente abiertos a la bús­queda de la voluntad de Dios, pero en realidad movidos por preferencias humanas o miedos interiores que aún no han sido evangelizados o no han sido sometidos jamás a un proceso de conversión y «torsión» y que, al final, se confunden alegremente con la voluntad del Altísimo.

La «torsión» es costosa, Andrea; consiste en vaciarte dolorosamente de tus proyectos para percibir, por encima de ellos, un proyec­to inmensamente más grande, más auténtico, más hermoso, más tuyo... Un proyecto que viene de Dios.

¿Huelga generacional o vocacional?

¿Sabes la última? A alguien se le ha ocurrido proponer una «huelga generacional» de jóve­nes contra adultos, de jóvenes contra una so­ciedad incapaz de ofrecer oportunidades de inserción y de una vida profesional satisfacto­ria. Y el autor de la idea no es un cualquiera; se trata nada menos que del comisario europeo Mario Monti[46], aunque a muchos observadores, políticos y sociólogos, la idea les haya parecido peregrina e impracticable. Nosotros po­dríamos decir, sin incurrir en proceso alguno de intenciones y aun comprendiendo el evi­dente carácter provocador de la ocurrencia, que también esta idea pertenece a una cierta concepción del hombre, del futuro, de los valores... un tanto plana, de una sola dimensión (la económica), unida a una visión de las op­ciones existenciales de los jóvenes como única o preferentemente reactivas, en dependencia de otro o (como en el caso del ejemplo) en contraposición a otros, como si el ser humano careciera de iniciativa y de capacidad empren­dedora y sólo pudiera elegir reaccionando frente a otro o ignorando la acción de los otros. Ciertamente, es bastante frustrante pen­sar que la idea de una huelga generacional sea la propuesta que hacen los adultos a los jóve­nes de hoy, o que se recomiende como la deci­sión ideal para cambiar esta sociedad.

No es ésta, ciertamente, la idea cristiana, la que he tratado de proponerte en esta carta, la que Juan Pablo II no se cansa de reafirmar en sus encuentros con los jóvenes y que no hace mucho recordó en un encuentro en Brescia: «A los jóvenes, que sois la esperanza del ter­cer milenio, quiero deciros esto: invertid correctamente vuestra vida, que es un talento que debe fructificar; recordad que sólo se vive una vez»[47]. De eso se trata: de invertir los pro­pios talentos y no de hacer huelga, teniendo presente, además, que la ocasión es única y que no habrá posibilidad de apelación o de réplica.

Considera, querido Andrea, estas palabras dirigidas hoy a ti. Aunque la propuesta de una huelga generacional juvenil sea paradójica, la idea, en realidad, no es demasiado peregrina, teniendo en cuenta la huelga vocacional que muchos jóvenes han hecho en estos años, fa­vorecida por la correspondiente huelga de los adultos, educadores «encasillados» de los que ya hemos hablado. Esta carta no pretende en modo alguno emplazarte, sino simplemente recordarte que, en cualquier caso, Dios tiene un proyecto sobre ti y ha comenzado ya a ponerlo en práctica. Ese proyecto tiene que ver con tu persona, pero va más allá de tu vida y afecta a muchos otros: a todos los que po­drían beneficiarse de tu fidelidad a la llamada.

El cardenal Martini usa una expresión muy sugerente al respecto: dice que la vocación «es una herida especial del corazón»[48]. Una herida sagrada, destinada a no cicatrizar, para recor­dar ese bendito día en el que Dios te hizo sen­tir de manera particular su voluntad y te desveló el fantástico sueño que tenía sobre ti; una herida singular que, a la vez que expresa el sufrimiento y el esfuerzo de la lucha con Dios, manifiesta también la plenitud del gozo y de la plena realización en Él.

     

            Esta carta quiere recordarte todo esto y, a pesar de estar escrita con palabras humanas y con bastante temor y temblor, desearía ser voz del Dios que te llama, que te está llamando desde siempre.

Y, como toda carta, espera respuesta.

O, mejor, responde directamente a Aquel que te llama.

Gracias, Andrea, por este examen de conciencia vocacional que, de alguna manera, has provocado en mí. Al igual que tú, también yo debo una respuesta a Aquel que no cesa de lla­marme a diario.

Esta carta ha conseguido que se me hicie­ran cortas las horas, y ahora me voy a descan­sar... y a soñar que nuestras respuestas puedan encontrarse en el mismo «sí», fresco y madru­gador, a Dios, nuestro Padre y Creador.

Tuyo,

P. Amedeo


[1] L. CHERUBINI (Jovanotti) La linea d´ombra (colección «L´albero»). PolyGram Italia 1997.

[2] Ese el título de un libro-diario de viaje de L. CHERUBINI (Jovanotti), Il Grandde Boh, Milano 1998.

[3] Cf. L. RICOLFI Y L. SCIOLLA, Senza padri nè maestri,. Inchiesta sugli orientamenti politici e culturali degli studenti, Bari, 1980

[4] Cf. F. GARELLI, La generazione della vida cuotidiana. I giovani in una società differenziata, Bologna 1984.

[5] Cf. S. SCANAGATTA, Giovani e progetto sommerso. Inchiesta sulle tendenze culturali dei giovani negli anni ´80, Bologna, 1984

[6] Cf, L. RICOLFI Y L. SCIOLLA, Vent´a anni dopo. Saggio su una generazione senza ricordi, Bologna, 1989

[7] Cf. M. CANEVACCI et al., Ragazzi senza tempo. Immagini, musica, conflitti delle culture giovanili, Genova, 1993

[8] Cf. P. CREPET, Le dimensioni del vuoto. I giovani e il suicidio, Milano 1993.

[9] Cf. C. BARALDI, Sioni del silenzio. Adolescenze difficili e intervento sociale, Milano 1994

[10] Cf. S. BISI Y G. BRUNELLO, Ragazzi senza tutela. Le opinión di indicimilia giovani.Venezia 1995

[11] Cf. P. CREPET, Cuori Valenti. Viaggio nella criminalità giovaneli, Milano 1995

[12] Cf. COSPES, L´età incompiuta. Ricerca sulla formazione dell´identità negli adolescenti italiani. Leumann-Torino 1995

[13] Cf. S. PISTOLINI, Gil sprecati, Milano 1996 

[14] Cf. F. BAGOZZI, Generazione in ecstasy. Droghe, miti e musica della generazione techno, Torino 1996

[15] Cf. F. FARINELLI, «La generazione invisibile»: Rocca 19 (1998), pp 20-22

[16] Cf. «I giovani: lo sbando e la nostalgia»: Il Gabbiano 4 (1998), p. 12

[17] S. BERBENNI, «Jovanotti: tra Dio, Kerouac e la Patagonia», entrevista a Jovanotti en Panorama40 (1998), p. 247.

[18] G. DE ROSA, «I giovani desgli anni ´90»: La Civiltà Cattolica 3435-3436 /1939), p. 297

[19] D. SIGALINI, La proposta della comunità cristiana, pro manuscripto, 1996, p. 3

[20] E. BRIZZI, Bastogne, Milano 1996 p. 13 (la cursiva es mía)

[21] Obra Pontificia para las Vocaciones, Nuevas vocaciones para una nueva Europa, Cuadernos CONFER, N. 9 Madrid 1998 (a partir de aquí, NVNE).

[22] Ibidem

[23] G. BERTAGNA, «Generazione giovanile ed edicazione alla scelta»: Orientamenti Pedagogici 45 (1998), p. 586

[24] Cf. P.P. DONATI E I. COLOZZI (dirs), Giorvani e generazioni. Quando si cresce in una società eticamente neutra, Bologna 1997, pp. 287 s., 33s.          

[25] Seguimos valiéndonos, para la identificación de estas consecuencias, de los penetrantes análisis de G. BERTAGNA, «Generazione giovanile», cit., pp. 588-590.

[26] Ibid., p. 589

[27] Ibidem.

[28] Cf. L. BALDASCINI, Vita da adolescenti. Gli universi relazionali, le appartenenze, le trasformazioni, Milano 1993.

[29] G. BERTAGNA, «Generazione giovaneli», op. Cit., 589       

[30] Es el principio relacional, que Fromm define –tal vez con no demasiada elegancia, pero sí eficazmente- como el del «calor tibio del establo», por el que se busca la relación sólo o especialmente para evitar la soledad o por un instinto de contigüidad física, al igual que en el rebaño (cf. E. FROMM, Psicoanalisi e religione, Milano 1981, pp. 69-72)   

[31] Hace algún tiempo me contaba un colega, educador en el seminario, que en una ocasión fue invitado a una parroquia con motivo del «día del seminario». Pronunció un brillante sermón y hasta hizo puntuales y agudas observaciones sobre la vocación y la responsabilidad que todos tenemos de favorecerla. Al final, el párroco, un hombre nada mayor y bastante resuelto, sintetizó todo lo dicho ante la gente con estas palabras: «En suma, queda claro que debéis aportar algo para el seminario. Si no, ¿cómo se las van a arreglar los que están allí?...»  

[32] NVNE, 13 a.

[33] Cf. M. JACOB, Consigli a uno estudente, Genova 1998.

[34] Según el ISTAT, el suicidio es, después de los accidentes de tráfico, la principal causa de muertes en Italia entre los jóvenes de menos de 21 años (cf. «I giovani: lo sbando e la nostalgia»: Il Gabbiano 4 [1998], p. 12).

[35] Cf. NVNE, 13 b.

[36] JUAN PABLO II «Discurso ai participanti al Congresso sulle vocazioni in Europa»: L´Osservatore Romano, 11 de mayo de 1997, p. 4.

[37] NVNE, 13 b.

[38] Cf. P.G. CABRA, Una risposta difficile per tempi difficili, Roma , 1983 pp 29-30

[39] D. SIGALINI, «I giovani tra festa e quotidianità»: IL Gabbiano 11 (1998), p. 16.

[40] NVNE, 35 b.

[41] Ibid., 35 d.

[42] Puede tomarse como una expresión inquietante más de esta lógica de lo debido, o de la psicología de la ingratitud, la actitud de una joven anoréxica que, reducida a la mínima expresión, y, a pesar de ello, impertérrita, lo pretendía todo de sus padres y, tristemente cínica, lo explicaba de esta manera, justificándose: «¡Simple resarcimiento de daños, papá!» (cf, «Giovani: lo sbando e la nostalgia» Il Gabbiano 4 [1998], 9. 11); ¡el «daño» de haberle dado la vida!

[43] NVNE, 26 a.

[44] Ibid, 13  b.

[45] Justamente como se refiere en la siguiente historia: «Después de años y años de dura miseria, el rabino Eisik, hijo del rabino Jekel de Cracovia, que se había mantenido firmemente confiado en Dios a pesar de la prueba, recibió en sueños la orden de ir a Praga en busca de un tesoro que se hallaba debajo del puente que conducía al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tres veces, Eisik se puso en camino y llegó a pie a Praga. Pero el puente estaba vigilado día y noche por los centinelas, y  él no tuvo valor para cavar en el lugar indicado. No obstante, regresaba al puente t odas las mañanas y daba vueltas alrededor de él hasta el anochecer. Finalmente, el capitán de la guardia, que había advertido sus idas y venidas, se le acercó y le preguntó amistosamente si había perdido algo o si esperaba a alguien. Eisik le contó el sueño que le había llevado hasta allí desde su lejano país, y el capitán rompió a reír y le dijo: “Y tú, mentecato, ¿has venido a pie hasta aquí haciendo caso de un sueño? ¡Bueno, bueno, bueno! ¡Estás fresco si te fías de los sueños! Si yo lo hubiera hecho,  también tendría que haberme puesto en camino y viajar hasta Cracovia, a casa de un judío, un tal Eisik, hijo de Jekel, para buscar un tesoro debajo de su estufa. ¡Eisik, hijo de Jekel…! ¿Qué  bromas son ésas? Me veo entrando y poniendo de patas arriba todas las casas de una ciudad donde la mitad de los judíos se llaman Eisik y la otra mitad Jekel…”. Y de nuevo estalló en carcajadas. Eisik le saludó, regresó a su casa y desenterró el tesoro, con el cual construyo una sinagoga a la que dio el nombre de “Escuela del rabino Eisik, hijo del rabino Jekel”»    

[46] Cf. F. FARINELLI, «Giovani anni `90»Rocca 19 (1989) p. 20

[47] L´Osservatore Romano, 20 de julio de 1998, discurso de Juan Pablo II en Borno.

[48] C.M. MARTINI, La vocazione è una particolare ferita del cuore, homilía en la misa de conclusión del itinerario de acompañamiento vocacional de la archidiócesis de Milán «Se tuo figlio ti Childe un pane» 26 de julio de 1998