La llamada (Textos de Benedicto XVI sobre la vocación)


Dios es el que llama

 

        Todo hombre lleva en sí mismo un proyecto de Dios, una vocación personal, una idea personal de Dios sobre lo que está llamado a hacer en la historia para construir su Iglesia, templo vivo de su presencia. Y la misión del sacerdote consiste sobre todo en despertar esta conciencia, en ayudar a descubrir la vocación personal, el proyecto de Dios para cada uno de nosotros. (Visita pastoral a la parroquia romana de Santa Felicidad e Hijos, Mártires. Palabras del Santo Padre Benedicto XVI al Consejo Pastoral y a los grupos parroquiales. Domingo 25 de marzo de 2007)

        La grandeza del sacerdocio de Cristo puede infundir temor. Se puede sentir la tentación de exclamar con san Pedro: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8), porque nos cuesta creer que Cristo nos haya llamado precisamente a nosotros. ¿No habría podido elegir a cualquier otro, más capaz, más santo? Pero Jesús nos ha mirado con amor precisamente a cada uno de nosotros, y debemos confiar en esta mirada. (Viaje apostólico de su Santidad Benedicto XVI a Polonia. Discurso del Santo Padre. Encuentro con el clero. Catedral de Varsovia. Jueves 25 de mayo de 2006)

        Muchos de vosotros habéis reconocido esta llamada secreta del Espíritu Santo y habéis respondido con todo el entusiasmo de vuestro corazón. El amor a Jesús, “derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que os ha sido dado” (cf. Rm. 5, 5), os ha indicado el camino de la vida consagrada. No lo habéis buscado vosotros. Ha sido Jesús quien os ha llamado, invitándoos a una unión más profunda con él. (Viaje apostólico de su santidad Benedicto XVI a Polonia. Discurso del Santo Padre. Encuentro con los religiosos, las religiosas, los seminaristas y los representantes de los movimientos eclesiales. Czestochowa, viernes 26 de mayo de 2006)

        San Francisco escuchó la voz de Cristo en su corazón. Y ¿qué sucede? Sucede que comprende que debe ponerse al servicio de los hermanos, sobre todo de los que más sufren. Esta es la consecuencia de su primer encuentro con la voz de Cristo. La gracia comienza a modelar a Francisco. Se fue haciendo cada vez más capaz de fijar su mirada en el rostro de Cristo y de escuchar su voz (Visita pastoral de Su Santidad Benedicto XVI a Asís con ocasión del VIII centenario de la conversión de San Francisco. Discurso del Santo Padre durante el encuentro con los jóvenes ante la Basílica de Santa María de los Ángeles.- domingo 17 de junio de 2007)

        “Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. (Viaje apostólico de Su Santidad Benedicto XVI a Munich, Altötting y Ratisbona. Encuentro con los sacerdotes y diáconos permanentes. Discurso del Santo Padre, Catedral de Santa María y San Corbiniano, Freising, jueves 14 de septiembre de 2006)

        El seminarista vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de “enamoramiento”. Su corazón, henchido de asombro, le hace decir en la oración: Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un “porqué”, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo. (Viaje apostólico a Colonia con motivo de la XX Jornada mundial de la juventud, Encuentro con los seminaristas, discurso del Santo Padre Benedicto XVI, Iglesia de San Pantaleón de Colonia, viernes 19 de agosto de 2005)

        Nosotros nos encontramos con el Señor y escuchamos su invitación: “Sígueme”. Tal vez al inicio lo seguimos con vacilaciones, mirando hacia atrás y preguntándonos si ese era realmente nuestro camino. Y tal vez en algún punto del recorrido vivimos la misma experiencia de Pedro después de la pesca milagrosa, es decir, nos hemos sentido sobrecogidos ante su grandeza, ante la grandeza de la tarea y ante la insuficiencia de nuestra pobre persona, hasta el punto de querer dar marcha atrás: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Pero luego él, con gran bondad, nos tomó de la mano, nos atrajo hacia sí y nos dijo: “No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones a mí”. (Santa Misa Crismal. Homilía de Su Santidad Benedicto XVI. Basílica de San Pedro, jueves santo 13 de abril de 2006)

        También hoy Dios busca corazones jóvenes, busca jóvenes de corazón grande, capaces de hacerle espacio a él en su vida para ser protagonistas de la nueva Alianza. Para acoger una propuesta fascinante como la que nos hace Jesús, para establecer una alianza con él, hace falta ser jóvenes interiormente, capaces de dejarse interpelar por su novedad, para emprender con él caminos nuevos. Jesús tiene predilección por los jóvenes, como lo pone de manifiesto el diálogo con el joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22); respeta su libertad, pero nunca se cansa de proponerles metas más altas para su vida: la novedad del Evangelio y la belleza de una conducta santa.                     Siguiendo el ejemplo de su Señor, la Iglesia tiene esa misma actitud. Por eso, queridos jóvenes, os mira con inmenso afecto; está cerca de vosotros en los momentos de alegría y de fiesta, al igual que en los de prueba y desvarío; os sostiene con los dones de la gracia sacramental y os acompaña en el discernimiento de vuestra vocación. (Visita pastoral de Su Santidad Benedicto XVI a Loreto con ocasión del Ágora de los jóvenes italianos. Concelebración Eucarística , Homilía de Su Santidad Benedicto XVI Explanada de Montorso, Domingo 2 de septiembre de 2007)

        El Señor tiene un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido. (Viaje apostólico de Su Santidad Benedicto XVI a Munich, Altötting y Ratisbona (9-14 de septiembre de 2006), Vísperas marianas con religiosos y seminaristas, Homilía del Santo Padre, Basílica de Santa Ana de Altötting, lunes 11 de septiembre de 2006)