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Seminario Conciliar de Madrid desde la cpula de la Almudena reducida

Fuente: The Objetive

“Yo nunca quise ser sacerdote, pero Dios me llamó”. Quien así se expresa es uno de los tres seminaristas millennials con los que hemos hablado. Estudiantes en el Seminario Conciliar de la Inmaculada y San Dámaso de Madrid, recibieron la llamada del Señor antes de ingresar y dedicar seis largos años de estudio y reflexión para poder vestir el hábito que les defina como curas. En 2016 había 1.246 seminaristas en España, 137 de ellos no acabaron de recorrer el camino y abandonaron antes de ser ordenados sacerdotes. Este seminario de Madrid es el que posee un mayor número de aspirantes al sacerdocio; más de 120. Fernando María Rubio, Ignacio Ozores y Jorge Olabarri, de 24, 18 y 22 años respectivamente, han optado por la vía del sacerdocio como modo de vida, y estas son sus razones:

Fernando María Rubio, 24 años, 2º curso de seminario

Fernando Rubio

Fernando María tiene 24 años y es licenciado en Periodismo. El joven asegura que en ningún momento se había planteado ser sacerdote, pero que en segundo de carrera tuvo un encuentro “muy basto” con Dios y la Iglesia, y entonces se dio cuenta de que “esta movida no es solo para viejas y para frikis” y que ser cristiano tenía algo para él. Tanto es así, que en una oración escuchó cómo Dios le decía “quiero que seas sacerdote”.

Fue entonces cuando con esa llamada sintió dentro de su corazón como, todo lo que es, sus talentos, su forma de ser, encajaban perfectamente con el sacerdocio, conformaban el puzzle. “He nacido para esto, para vivir como sacerdote y entregarme a lo grande”.

Pese a esa llamada, este joven millennial decidió, aconsejado por su familia, acabar su carrera y retrasar dos años su ingreso en el seminario. Marías asegura que lo bonito es la diversidad, y es que precisamente sus mejores amigos no son creyentes. “Eso es lo bonito, hay gente a la que le gusta el rock, y a otros no; a mí me gusta Jesucristo y vivo para ello”.

En cuanto a renunciar a algunas cosas y optar por la senda del sacerdocio, remarca que “no es fácil”, pero que “merece mucho la pena”, pese a que señala que “la vida en el Seminario es un poco como el día de la marmota”, todo muy rutinario.

Este joven no sabe si acabará ordenándose cura, pero sí tiene claro que la experiencia es maravillosa y que “hay gente que pagaría por ello”.

Ignacio Ozores, 18 años, 1º curso de seminario

Ignacio Ozores

Nació en Barcelona, a los 10 años se mudó a Madrid y a los 17 a Lima, Perú. Fue en este país latinoamericano donde este millennial tuvo un contacto directo con la pobreza, “tanto material como espiritual”. Su familia le inscribió en un colegio religioso, pero asegura que allí se encontró a “gente que era de todo menos religiosa” y vio cómo sus compañeros vivían todo con una tibieza espectacular, algo que le llamó mucho la atención y por lo que decidió ayudar a los demás y optar por la vía del voluntariado.

Cuenta que no fue fácil abandonar a sus amigos en España y que el último año de colegio se le hizo cuesta arriba; no lo estaba pasando bien. Fue en ese momento cuando experimentó la llamada de Dios. “En un momento que estaba bastante mal, en una misa, el Señor me llamó. Tuve que decir que sí, caí rendido a su pies, y salí de la iglesia llorando y gritando: ‘¿Por qué a mi?'”. Después de aquello, no tuvo ninguna duda en ingresar en el Seminario, pese a dejar atrás as su familia. “Mi familia lo lleva bien, aunque mi hermana pequeña algo peor, he estado siempre muy unido a ella”, señala.

La llamada de Dios es una sensación que tampoco sé muy bien cómo describirla, es algo que te envuelve totalmente y algo a lo que tienes que decir que sí, porque no ves otra opción. Notas cómo alguien que te quiere tanto, y alguien que te lo ha dado todo, te pide una cosa mínima, dejarle todo lo que tienes”.

Jorge Olabarri, 22 años, 5º curso de seminario

Jorge Olabarri

Entró al Seminario porque Dios se lo pedía. “Dios me lo había dado todo, una familia maravillosa, un colegio maravilloso y, siguiendo el ejemplo de un hermano mío que es sacerdote, descubrí que Dios me llamaba a entregar toda la vida”.

Olabarri remarca que sintió la llamada en las cosas ordinarias de cada día, en el ejemplo de los sacerdotes. “El sacerdocio es algo muy grande y que lleva amor, que es un poco lo que yo quiero hacer, entregarme por amor y hacer una cosa grande. Yo he sido creado para esto”.

Para entrar en el Seminario hay que renunciar a varias cosas y acatar otras, como el celibato. “Yo intento no pensar casi en las renuncias, sino en las elecciones que he hecho. Al final, el que no elige nada, es el que renuncia a todo”, dice este joven, y añade: “Esta decisión de vida merece mucho la pena siempre y cuando Dios te haya llamado, esto no es para todo el mundo, y se debe contestar al momento, porque si no, serán años perdidos”.

Los seminaristas se despiertan pronto, rezan todos junto laudes y posteriormente tienen una hora de oración hasta las 08:30. Posteriormente desayunan “rápidamente” y a las 09:00 comienzan sus clases en el edificio contiguo de la Universidad de San Dámaso. En torno a las 13:00 o 14:00 horas, dependiendo del día, finalizan las horas lectivas y, tras una breve comida, pueden dedicar el tiempo de la tarde al estudio, el deporte y el ocio, sin olvidar las reuniones periódicas con sus formadores, “para ir discerniendo poco a poco la vocación”, y con el director espiritual. Los futuros sacerdotes finalizan la jornada con el momento más importante del día, la eucaristía.

Los fines de semana, los seminaristas acuden a diferentes parroquias para colaborar y aprender de los sacerdotes. El domingo es el día en que pueden comer con sus familias y estar con ellas antes de regresar al anochecer al Seminario. “En todo este proceso para mí es especialmente importante mi familia, somos 11 hermanos”, sentencia Olabarri.