AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA

La Madre María Oliva fue una mujer italiana de nuestro tiempo (1893-1976) que amó a la Iglesia y por ella entregó toda su vida. La profundidad de su amor por la Iglesia a quien ella sentía como una Madre que nos engendra a Dios en el Bautismo y nos hace crecer hasta la plena configuración con Cristo, la expresó de esta manera:

La santa Iglesia no es conocida, la santa Iglesia no es amada, porque no es conocido, no es amado el Amor que la ha engendrado en el dolor… En el Cuerpo Místico de Cristo quisiera ser una gota de Sangre viva para llevar Vida en el corazón de la Iglesia a todas las células de sus miembros. Mis deseos no tienen fronteras…”

Recibió la “Inspiración carismática”, en una circunstancia bien precisa, el día 22 de mayo de 1913, al final de la procesión de la fiesta del Corpus, en el momento de dar la Bendición con el Santísimo, en medio de la plaza más importante de su ciudad, Castelfranco, en el Norte de Italia. Fue una experiencia fuerte de encuentro con el Señor, que le cambió toda su vida. Siendo joven maestra, abandonó el proyecto de bodas y decidió hacerse religiosa. Recibió una gracia de luz y fuerza que la hizo comprender el misterio de Dios y de su vida en un momento; entendió el por qué y para qué vivir, y se sintió impulsada a adherir con todas sus fuerzas al proyecto de Dios, a pesar de las dificultades que encontró. Con esta gracia sintió la necesidad de comenzar una nueva Obra, orientada a vivir el Misterio de Cristo en la Iglesia.

Por ello deseó apasionadamente una familia que llevara el nombre de Hijas de la Iglesia, con Hermanas dedicadas a conocer, amar y servir a la santa esposa de Jesucristo, hacerla conocer y amar, orando, trabajando y poniéndose a su servicio, por medio de la vida contemplativa y activa, según la proporción misma actuada por el Señor de treinta a tres. Tres de apostolado tendrían que surgir de treinta de vida interior, el celo tendría que ser sólo, sólo, sólo fruto de amor, de generosidad ilimitada, de donación absoluta a Dios.

Enamorada de la Virgen quiso que nuestras comunidades llevaran el nombre de una letanía. Escribió Respiremos a María: aliento vital de Dios-Trinidad, respirándola entramos en el círculo del amor trinitario y podemos sumergirnos en el manantial divino del misterio.  

MI TESTIMONIO

 
A los 11 años ya conocí a las Hijas de la Iglesia, deseando llegar a ser una de ellas. Recuerdo mi oración confiada que, al igual que otros valores, mamé en mi familia, numerosa, unida y sencilla, donde celebrábamos, gozosos, las festividades religiosas pero además rezábamos todos los días, juntos, el Rosario, se bendecía la Mesa, etc., con la convicción de que el Señor actuaba siempre, incluso y más cuando pasábamos por sufrimiento o necesidades.

De jovencita me gustaba ayudar a los demás; también las fiestas con el baile y los chicos, ¡claro! y salir de noche. Pero al volver a casa no quedaba satisfecha, buscaba algo más y comprendí que eso sólo me lo podía dar Jesucristo. A quien me decía que no me haría religiosa porque me divertía mucho, contestaba: “lo importante es lo de dentro”. Y al notarme enamorada escribí en mi diario: “He dicho que sí a Jesús y no volveré atrás”.

Al tener en Italia la Formación, mi madre me decía: “hay muchas Congregaciones en España”, pero nunca pensé cambiarla por otra. El hecho de rezar con la oración misma de la Iglesia y profundizarlo en los encuentros personales con Cristo y su Palabra carga las pilas. Vivir el ciclo del Año litúrgico integrando Su bondad con mi pequeñez. ”Vivo, más no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20) y, cantando mucho, agradecida al Señor y a todos por lo buenos que son conmigo.

A los 21 años hice mi Primera Profesión y continué en Roma los estudios de Teología y una base de música. Hija de la Iglesia por el Bautismo, pero a mayor razón por la consagración religiosa, envuelta en la ternura de Dios. Orando me encuentro bien y muy feliz, sintiéndome parte activa de la Iglesia.

Mis responsabilidades han ido variando pero lo que sigue vivo es saber que soy del Señor, que estoy bajo su mirada, viviendo una presencia discreta, en mi comunidad, en los momentos de oración, en el trabajo como secretaria, en la Parroquia, colaborando, encantada, en los servicios de casa, etc.

Cuanto más pasan los años, más feliz me siento de estar implicada en este carisma tan actual, de María Oliva “del Cuerpo Místico”. Ésta era su devoción particular pues, se entiende, que nunca cambiáramos el nombre de pila sino que añadimos una particularidad a la firma. La mía: “Causa de nuestra alegría”.

 
Asunción Palacios (Hijas de la Iglesia)  

 

“Si tenemos un Padre tan grande, se lo debemos a la Virgen María”

           

Sin María éramos como tierra sin agua, peor aún, como tierra sin aire. Reinaba el pesado silencio de la nada. Ninguna voz bajaba del Cielo y ninguna voz subía, porque sin aire, imposible cualquier sonido. En este desierto mudo sopló la brisa suave en la que estaba el Señor, y, su susurro, un pequeño sí, resonó humilde en el silencio de la creación, como eco de la Palabra Eterna de Dios.

                Dios lo oyó; y al ”Aire” dichosa, que se lo había transmitido para nosotros, comunicó la plenitud de su Espíritu, haciéndola vibrar completamente con su Verbo.

                Tres veces al día las campanas difunden el pequeño sí de María que es la nota fundamental del Cristianismo, y los hijos de Dios aprenden a balbucearlo de los labios de su Madre Celestial.

Lo dicen con Ella por la mañana: es la continuación actual de la Vida divina después del descanso nocturno. Con este simple consentimiento vuelven a llamar en su corazón al Verbo; así el día toma una armonía perfecta; las acciones que siguen repetirán el sí de María; el Verbo se hará Alma del alma y habitará en ellos.

El Sí del mediodía es un suspiro. Es un instante, fuera del tiempo, en el que no hay lugar más que para un suspiro. ¡Cuánta Vida divina hay en el corazón que, consciente y humilde, lo acoge, después de los esfuerzos realizados durante la mañana! Es el sí de la santidad. María lo pronunció en el mediodía de los tiempos y el Verbo se hizo Carne en sus purísimas entrañas.

El  Sí de la tarde es un acto de abandono. El día termina con la noche, pero los hijos de Dios no se abandonan al sueño sin pensar en el despertar, sobre todo en el último que nos pondrá ante Dios.

El Sí de María glorificó a la Trinidad y salvó al mundo.

                             María Oliva del Cuerpo Místico

 

 

 

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