AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA


Carmen Sallés y Barangueras nace el 9 de abril de 1848, en Vic, España. Cuando tiene 6 años se promulga el Dogma de la Inmaculada Concepción, que vive intensamente con su familia. Trasladados a Manresa, asiste al Colegio de la Compañía de María. En 1858 recibe la Primera comunión y peregrina a Montserrat; junto a la Virgen Moreneta, siente la llamada y le dice a Jesús que será toda para Él. Sus padres conciertan su matrimonio, ella lucha para seguir   la llamada de Dios. Deshecho el compromiso,  marcha al noviciado de las Adoratrices,  dedicadas a la recuperación de mujeres marginales. Descubre así la educación preventiva y  reconduce su vocación hacia las Terciarias Dominicas del P. Coll, donde se dedica a educar mente y corazón, con una visión amplia, ofreciendo piedad y letras a todas las clases sociales. Toma fuerza la llamada descubierta contemplando a María Inmaculada: el Amor Providente del Padre que nos llena de Vida, el Amor Redentor de Jesucristo que derrama en nosotros el Espíritu, para vivir y enseñar en plenitud la dignidad de hijos de Dios. Tras una etapa difícil de purificación el 22 de febrero de 1892 deja las Dominicas con tres hermanas que la acompañan.

De esta experiencia brota el carisma. Acogido como proyecto de Dios, responde fundando en la Iglesia las Religiosas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza, para la imitación y culto de la Inmaculada, con la misión de evangelizar educando. Confiada en el Señor, viaja a Madrid. Allí la espera la Providencia Divina. Carmen confirma su proyecto ante la Virgen del Buen Consejo, en la Colegiata de S. Isidro. Dice a sus compañeras: " Adelante, siempre adelante, es voluntad de Dios. Vamos a Burgos. Él proveerá”.

El Arzobispo de Burgos,  Manuel Gómez Salazar, concede  el 7 de diciembre siguiente la aprobación Diocesana a la Congregación y autoriza el primer colegio Concepcionista. Recibido el Decreto de Alabanza del Papa San Pio X, en 1908, Carmen explica la Congregación como Tierra de Bendición, jardín donde Jesús habita; dentro, los niños y jóvenes que nos confía; en medio, María. A Ella levanta la mirada descubriendo la fidelidad y misericordia de Dios. Explica la vocación como experiencia de hacerse compañía para Jesús: unificar pensamiento, corazón y voluntad en Cristo. Con san Pablo, exclama: vivo yo, más ya no yo, que Cristo vive en mí. Abrió trece "Casas de María Inmaculada": sus Comunidades y Colegios. Y exhortaba a las hermanas a vivir su alianza esponsal unidas por la caridad, consagradas para la misión de educar,  prolongando la maternidad de María en el mundo.

Murió en Madrid el 25 de julio de 1911, habiendo gastado su vida por Dios y los hermanos. El 15 de marzo de 1998, S. S. Juan Pablo II la beatificó, y el 21 de octubre de 2012, S.S. Benedicto XVI la canonizó. Su carisma y la devoción a santa Carmen Sallés siguen extendiéndose por todo el mundo.

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MI TESTIMONIO

“Por favor, no te la lleves, si quieres la cuido para Ti”. Dicho y hecho. Dios aceptó la ofrenda de mi madre el día de mi nacimiento el 29 de diciembre de , y a los 21 años, conquistó mi corazón para hacerme suya como Religiosa Concepcionista Misionera de la Enseñanza.

Pero entre el principio de esta historia, que conocí después de emitir mi Profesión Perpetua el 27 de Septiembre de 2014 y el final, que es mi presente, hay mucha Vida. Una Vida que creció en la fe dentro de mi familia y que continuó germinando en el colegio Concepcionista que tenemos en Madrid en la Calle Princesa. Lugar donde se fue preparando mi “tierra” para poder acoger, más tarde, la semilla de la vocación. Los grupos de fe, la presencia alegre de las religiosas, las convivencias, los voluntariados… llenaban ese aljibe interior que se iba vaciando en el día a día.

Durante el 4º año de carrera, obtuve una beca para ir a México. Allí, tomando distancia de mi realidad, me pregunté: ¿Por qué era tan feliz cuando los pilares de mi felicidad: mi familia, mis amigos… estaban tan lejos? ¿Qué me producía esa felicidad que sentía y me llenaba? Descubrí que era feliz entregando mi tiempo a los demás, y que en esa entrega Dios estaba presente. Comprendí que “mis tiempos” siempre eran sopesados y medidos: una hora, los viernes, un fin de semana,… y Dios me pedía “el tiempo”, es decir, mi vida 24 horas, los 365 días al año. Acepté lo que Él quería y respondí entregándole “mi tiempo”. Un tiempo que hoy ya no me pertenece porque es “Su tiempo”.

En estos nueve años de andadura como Concepcionista, he descubierto que mi miseria y fragilidad son el lugar preferido por Dios para encontrarse conmigo. Reconozco que soy lo que soy por la gracia de Dios. Necesito cada día de Él, de su presencia en la Eucaristía, del “encuentro” íntimo en la oración personal y comunitaria, de su “presencia” en las hermanas, de su Gracia para desempeñar la misión de educadora de niños y jóvenes al estilo de Santa Carmen Sallés, teniendo como referente a María. Soy feliz en esta vida en la que Dios me sueña en azul y blanco, colores de María Inmaculada, en donde su “hágase” es mi modelo de respuesta. Soy feliz porque Dios me regala hermanas cuyos corazones laten con un mismo Sí y al igual que yo, día a día viven la consagración a Él en castidad, pobreza y obediencia. Soy feliz porque Dios me llama a educar a lo que Él más quiere, la niñez y juventud, y para ello, me pone como modelo a su Madre. Soy feliz compartiendo vida y misión con laicos que comparten el carisma que un día el Espíritu Santo inspiró a Santa Carmen Sallés. Con Él, soy feliz.

M.Andrea Mª Bordas Rodríguez, RCM

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CARISMA

Santa Carmen fue portadora de un carisma en la Iglesia y para la Iglesia. El Espíritu ponía en ella una Palabra que anunciar y le confiaba una obra en la que Cristo continúa ofreciendo la salvación. Hija de su época, las necesidades de la Iglesia y de la sociedad, la llevaron a vivir con pasión y responsabilidad, ofreciendo el Evangelio desde la educación de niños y jóvenes. M. Carmen vivió y nos trasmitió una experiencia del amor providente y misericordioso del Padre y del amor de Cristo Redentor, conocido y experimentado en la contemplación de María Inmaculada y de su modo humilde de reflejar el Misterio de Cristo. Una experiencia que integra toda la vida y todo el ser: mente, corazón, voluntad; y  provoca una respuesta  esponsal, una relación de amor en la búsqueda de la voluntad de Dios. Esta experiencia se proyecta en la comunidad fraterna y en el compromiso apostólico en la Iglesia. El amor, recibido de Dios en el don del carisma, nos hace hermanas, y proyecta en el cora­zón la misión de evangelizar educando, en el servicio y entrega generosa a niños y jóvenes.

Hoy, el Carisma concepcionista sigue brotando de la contemplación del misterio de María Inmaculada, e ilumina los diversos elementos de nuestra espiritualidad y misión. Nos lleva al corazón mismo del Evangelio donde el Padre nos entrega a su Hijo como Maestro y Buen pastor: como Redentor. Y desde este corazón  somos enviadas: “Id y enseñad”.

El carisma crea familia, desde la misión compartida en los centros educativos, las familias, los antiguos alumnos, el don recibido por santa Carmen sigue creciendo en la Iglesia. Y, hoy, también, Laicos concepcionistas  comparten  el carisma como un don eclesial, viviendo su compromiso como bautizados en la Iglesia. Las religiosas siguen poniéndose en camino y saliendo hacia los confines geográficos y existenciales, llevando a  niños y jóvenes de todas las razas y culturas una educación desde el evangelio, a la luz de la Inmaculada. España, Brasil, Japón, Venezuela, Estados Unidos, Italia, República Dominicana, República del Congo, Guinea Ecuatorial, Méjico, República Democrática del Congo,  Camerún, Corea, Filipinas, India, Indonesia y Haití, 17 países, 67 comunidades que quieren ser testimonio profético y presencia educativa portadora de la salvación que nos viene de Cristo y que descubrimos en la Llena de Gracia.

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