AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA


Vicente de Paúl nació en 1581, en una pequeña casa rural en las afueras de la aldea de Pouy, a unos cinco kilómetros de la ciudad de Dax, en el departamento de Las Landas, situado al suroeste de Francia. Era el tercero de seis hermanos. La modesta condición de la familia hizo que muy pronto tuviera que contribuir, con su trabajo de pastor de ovejas y de cerdos, a la economía familiar. Pronto dio muestras de una inteligencia despierta, lo que llevó a su padre a pensar que este hijo podía muy bien «hacer carrera»: expresamente, una carrera eclesiástica. Cursó estudios primarios y secundarios en Dax. Posteriormente, filosofía y teología en Toulouse, durante siete años. Hizo también algunos estudios en Zaragoza. Se ordenó muy joven con la intención de ser párroco de inmediato y así poder ayudar a su familia.

Una serie de peripecias le llevaron a París, donde, a los treinta años, encontró algunas pequeñas ocupaciones sacerdotales, hasta que por recomendación de un prestigioso amigo sacerdote, Pedro de Bérulle, posteriormente cardenal, entró en 1613 en la importante casa de los señores de Gondi, como preceptor de sus hijos y, posteriormente, director espiritual de la señora.

Los viajes por las tierras de los Gondi condujeron a Vicente a un conocimiento de las lastimosas condiciones de vida de los campesinos y, también, del clero que les atendía con clamorosa ignorancia. Esta experiencia, dentro de su propia evolución espiritual, le determinó a tomar una decisión irrevocable: dedicar su vida no a la promoción social de su familia o a la suya propia, como había sido el caso hasta entonces, sino a la evangelización de los pobres del campo y a la formación de sus sacerdotes.

A partir de esa decisión, la vida de Vicente mantiene, hasta su muerte a los ochenta años (1660), una línea constante, nunca quebrada ni desviada hacia otras visiones u otros intereses: dedicación a la liberación espiritual y material de los pobres, comunicándoles la salvación.

Su acción, limitada en sus comienzos a la población campesina, se fue ensanchando progresivamente hasta incluir condenados a galeras, enfermos pobres, niños abandonados, soldados heridos, esclavos, ancianos desamparados, mendigos, refugiados de guerra, nativos paganos de Madagascar. Para ello movilizó a sacerdotes (Congregación de la Misión, Conferencias de los Martes), hombres y mujeres de la nobleza, de la burguesía y del pueblo llano (Cofradías parroquiales de Caridad y Damas de la Caridad), jóvenes campesinas (Hijas de la Caridad), a los que intentó transmitir su propia visión del Evangelio, basada en las palabras de Jesucristo: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque Él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres» (Lc 4,18).

Murió el 27 de septiembre de 1660. Fue canonizado en 1737.

“…reconocer la fuerza salvífica de sus vidas… y recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (E.G., 198)?

“En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal quehacer el de asistir y cuidar a los pobres: Misit me evangelizare pauperibus. Y si se le pregunta a nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? A asistir a los pobres. ¿ A algo más? A asistir a los pobres, etc. En su compañía no tenía más que pobres y se detenía poco en las ciudades, conversando siempre con los campesinos e instruyéndolos. ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios al hacerse hombre? Y si se le preguntase a un misionero, ¿no sería para él un gran honor decir como nuestro Señor: Misit me evangelizare pauperibus? (Obras completas de San Vicente de Paúl, Sígueme, XI: pp. 33-34)

San vicente de paul

MI TESTIMONIO

Quiero que mis primeras palabras sean de acción de gracias a Dios, por quien puedo dar testimonio y a quien trato dar en testimonio. Mi vocación es larga y al mismo tiempo corta; la puedo decir en dos palabras: llamada-respuesta. Nací en el Sanatorio Virgen del Mar (cerca de la Plaza de Cuzco, en Madrid), y desde pequeño he vivido en el que era el Pueblo de Fuencarral. Con catorce años me sentí llamado al sacerdocio, invitación que rechacé, puesto que no me llamaba la atención lo que veía. Así, fue pasando el tiempo entre estudios de BUP, Diplomatura en Magisterio, etc., junto a compañeros, conocidos, profesores...

En este ajetreo Dios se hizo presente de nuevo, renovando su invitación. Una llamada, que esta vez, no podía eludir. Tomé la decisión de aclarar lo que me estaba sucediendo, saber si era real, si era verdad que hay un Dios que te habla, que quiere entrar en tu vida o si, simplemente, son elucubraciones de un joven que está decidiendo en un momento importante de su vida y que no sabe por dónde le viene el aire. Para este discernimiento me acogí a cuanto tenía a mano. El primero yo mismo, el llamado, el que no se aclaraba porque, en el fondo, seguía sin querer ser sacerdote, tenía miedo de decir que sí a Alguien que conocía pero que, al mismo tiempo, aparecía como Alguien por conocer, y lo hice pensando, reflexionando, orando; después, o al mismo tiempo, con mi familia y sacerdotes conocidos: comentando, dialogando, sufriendo…

Hubo crisis, dudas, pero también un proceso de relación que parecía que se afianzaba poco a poco. Él era real, no era una proyección, ni una elucubración. No, realmente estaba llamando a mi vida y tenía que decidir si seguirle o no. Esta vez mi respuesta fue afirmativa. Así comencé o mejor dicho, continué en el conocimiento de su voluntad. El año introductorio en el Seminario Diocesano de Madrid y la experiencia directa con la gente en situación de pobreza fueron quienes ayudaron a fraguar y direccionar mi seguimiento de Cristo. En la Congregación de la Misión, puesta en mi camino providencialmente a través de una Hija de la Caridad, encontré aquello hacía donde Dios me guiaba: sacerdocio y pobres. Me ha enviado a evangelizar a los pobres. Desde entonces sigo caminando y creciendo, hoy día como sacerdote en una comunidad de Melilla, ejerciendo el ministerio pastoral como parroquial y el de educador, como profesor de Religión en un Instituto de Secundaria de la ciudad. Dos plataformas en las que procuro anunciar el Evangelio y edificar el Pueblo de Dios, desde una Comunidad misionera y vicenciana.

Ignacio Moneo Colmenar, CM.

EL CARISMA VICENCIANO

El «Carisma» de san Vicente, como don del Espíritu, fue dinámico. Y evolucionó trascendiendo su propia realidad personal e institucional. Convirtiéndose en un oportuno legado que sigue vivo hoy: es lo que conocemos con el nombre de «Espiritualidad vicenciana». Es decir, una peculiar forma de entender y vivir el Evangelio, según unas determinadas insistencias. Esta espiritualidad se centra en la experiencia de la Caridad y de la Misión.

Dicha experiencia es un dinamismo que posibilita la creación de nuevas formas de presencia y servicio en la Iglesia, y la creatividad en la organización de los recursos (humanos, económicos y estructurales). Hace que servicio espiritual y corporal no constituyan fines separados, sino dos aspectos de la misma misión evangelizadora.

La Caridad es el origen de la Misión. Es el amor de Jesucristo que se compadece de la muchedumbre (cfr. Mc 8,2) lo que nos impulsa «a hacer efectivo el Evangelio» (Obras completas de san Vicente de Paúl, XI, 391).

La Misión se hace Caridad. El ejemplo del Buen Samaritano (cfr. Lc 10,30-37), que sale al encuentro del abandonado con soluciones prácticas, anima el empeño vicenciano de cumplir las exigencias de la justicia social y de la caridad evangélica (cfr. Constituciones de la Congregación de la Misión, n. 18).

Concluimos con la  invitación que Vicente de Paúl hizo en su día a los misioneros paúles: «Así, pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados» (Obras completas de san Vicente de Paúl, XI, 272). 

Antonio Ruiz, CM

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