AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA


José Mª Benito Serra, nació en Mataró en mayo de 1810. Ingresa en 1827 en el Monasterio benedictino de San Martín en Santiago de Compostela. Es ordenado sacerdote en 1835. Este mismo año se decreta la supresión de todas las Órdenes monásticas del país. Y, el decide continuar como monje en el Monasterio de Cava en Nápoles.

El resurgir misionero del mundo católico europeo sacude a Serra que, obediente al impulso del Espíritu arribó en enero de 1846 al puerto de Fremantle en Australia. Al año siguiente, le nombran obispo de Puerto Victoria.

Tras unos años entregado apasionadamente en aquella misión, solicita la dimisión del Obispado en 1859. Permanece dos años en Roma mientras Pio IX acepta su renuncia. Luego, se instala en Madrid en 1862, donde se implica en las más diversas actividades pastorales de la Corte. Su celo infatigable le insta a mirar la realidad social con sentido crítico. Preferentemente  esa realidad invisible que está en los lugares de abajo, en las cunetas del camino donde se hallan las personas que no cuentan y malviven en la exclusión, donde su vulnerabilidad es de tal dimensión que no saben ni aciertan  a pedir ayuda.

Es en el Hospital de San Juan de Dios, donde descubre el drama que soportan las mujeres que ejercen prostitución en el Madrid de la segunda mitad del siglo XIX. Se conmueve y se deja afectar por esta situación. Esto le provoca a convertirse en alternativa de humanización.

“Esto era demasiado doloroso para que yo pudiera presenciarlo sin determinarme a hacer algo en favor suyo” dice Serra. En el fondo de su ser alberga la esperanza de que una mujer lúcida y de una formación nada común, sería la cómplice perfecta para llevar adelante su plan.

Ella era: Antonia Mª de Oviedo y Shönthal. Nació en Lausana (Suiza) en marzo de 1822. Muy dotada intelectualmente dominaba varias disciplinas destacando en literatura, idiomas y pedagogía. Desde muy joven  ejerce de educadora y en 1848  firma un contrato en Ginebra para trabajar como institutriz de las hijas de Mª Cristina  de Borbón. Acabada su tarea educativa en 1860 se  instala en Roma donde conoce en profundidad a Monseñor Serra. En 1863 se reencuentran en Madrid y es aquí, cuando Monseñor Serra le pide ayuda: abrir un refugio para acoger a las mujeres procedentes del hospital de San Juan de Dios.

Antonia, manifiesta una fuerte resistencia a secundar ese plan. Pero, bien pronto dice: “Después de maduras reflexiones, de largas oraciones y violentos combates, me decido por fin a abrazar la bella, pero dura misión de trabajar en la rehabilitación de estas mujeres.

El 1 de junio de 1864 se abre una casa de acogida en Ciempozuelos (Madrid). Y el día 2 de febrero  de 1870 nacía la Congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor. Congregación agraciada con un carisma que se expresa a través del compromiso solidario con las mujeres que viven en contextos de prostitución y trata.

 Hermanas oblatas del santisimo redentor LLAMADA A ACOMPAÑAR LA VIDA AMENAZADA

MI TESTIMONIO

La llamada a la vida es la gran noticia que Jesús de Nazaret nos regala gratuitamente a sus seguidores/as. Para mí, Jesús se me muestra como un Dios cercano, próximo, coherente que se nos da en libertad. Todos y todas estamos llamados/as a proclamar con nuestra vida  ese paso de Dios por la Historia.

Con este escrito quiero compartir mi historia vocacional, el sueño de Dios en mi vida, como historia de amor... mis encuentros en la Congregación, acontecimientos, situaciones personales, familiares... gracias a los diferentes momentos he ido tejiendo mi vida, desde aquel septiembre caluroso de 1966, cuando en la ciudad de Palencia todo queda en sosiego y quietud, debido al agotador sol  del mediodía castellano, hasta hoy, donde hago realidad mi opción por la Vida Religiosa junto a  otras personas: laicas, voluntarias, hermanas de Congregación, que acompañamos y caminamos con las mujeres más vapuleadas y sacudidas en este momento histórico que nos toca vivir.

Los recuerdos más significativos son de mi infancia, una infancia normal, llena de peleas, juegos, encuentros familiares; donde mis dos hermanos tienen un protagonismo especial. Una infancia cargada de valores: respeto a los abuelos, estar cerca, dejarnos cuidar por mis primos mayores, responsabilidad en el trabajo, ahorrar, donde el mundo de lo religioso tenía una importancia muy especial, se cuidaban con cariño los sacramentos. Mi primera comunión y la de mis hermanos, las recuerdos gratamente. Eran momentos de fiesta, de encuentro, de celebración y de familia.

De repente me encuentro con quince años, en el Instituto y despertando a otro mundo. En esta etapa, en 2 y 3º de BUP,  a  mis clases de religión del instituto venían misioneros/as, religiosas y sacerdotes, y nos narraban como vivían y qué hacían. A mí me encantaba escucharles...: me hablaban de algo muy distinto a lo que yo vivía, nos enseñaban fotos... Es entonces cuando, dejando perplejos a mis padres, les digo que me quiero ir con ellas...con las Oblatas.

Sintetizo  este tiempo como un periodo de mi vida donde a ratos me sentía feliz y otros perdida y confundida... algunos acontecimientos marcan mi vida y me hacen retomar de nuevo el camino.  Mi mundo de relaciones aumenta. Con algunas me comprometo, pero no en profundidad, intuyo que mi vida tiene sentido desde otra opción más profunda. Me dejo acompañar.

Es en este momento cuando decido acercarme y empezar a vivir más de cerca con las Oblatas en Madrid... ¿Será éste el Sueño que Dios tiene sobre mí?

Era la primera vez que salía de mi casa y mi familia, a pesar de hacerme preguntas, mi actitud era reservada y callada. Pero yo iba intuyendo algo….

Desde la Pastoral de las Oblatas organizan una convivencia en Tortosa, en Tarragona, y yo participo en ella y noto que algo comienza a despertarse en mí: Intuyo que Dios me está pidiendo algo... Me hablan de mujeres en prostitución que necesitan manos amigas que les ayuden, de sufrimiento, de injusticias… Me invitan a estudiar teología en el Seminario San Dámaso, es para mí un momento de mucha luz… necesitaba poner nombre y palabra a experiencias y mi vida se agranda, mi mirada se amplia y la noche comienza a desperezarse…

Acompañada por personas coherentes y sensibles… me fio y solicito comenzar el postulantado…  Periodo donde la experiencia vivida en Barcelona  entre las hermanas me cuestiona… Experimenté  muchos miedos, a no saber ni qué decir en el grupo de chicas, que así les llamaban… Eran situaciones tan fuertes que a mí me desbordaban.

Fue un tiempo de sorpresas, de apertura a realidades que desconocía, de confusión y, al mismo tiempo y, poco a poco, de certezas. Logré hablarlo con las dos hermanas más jóvenes, experimenté una gran acogida, pero yo estaba demasiada tocada. Por otra parte, me encantaba estar en la comunidad con las hermanas, sobre todo después de cenar cuando nos reuníamos y contaban como les había ido el día…. yo disfrutaba de estos tiempos de encuentro y me reía mucho. Creo que aprendí a vivir en Comunidad. De esta etapa recuerdo a mujeres y jóvenes que me enseñaron lo que significa el dolor, la soledad, el miedo, la angustia, los pequeños avances y gestos… y me ayudaron a entender la solidaridad, el apoyo, el calor de la espera, la amistad… Gracias a ellas me liberé de tantos prejuicios que crean distancias y nos hacen mediocres y poco críticas.

A mi regreso a la casa de formación en Madrid tuve la oportunidad de ir expresando mis preocupaciones y vivencias nuevas.  Inicio, entonces, el noviciado, tiempo de profundización en textos congregacionales, la Hª me encantaba, profundicé en aspectos fundamentales sobre espiritualidad y Vida Religiosa.

Mis tiempos de relación personal con Dios los cuidé especialmente, lo sigo haciendo… el curso en el internoviciado me aportó aspectos novedosos sobre todo en el mundo de las relaciones, creo que crecí en libertad y en definición.

Profesé consciente de lo que hacía. Mi respuesta a su llamada se hizo pública cuando tenía 24 años. Las Comunidades y los Proyectos de Zaragoza y  Las Palmas de Gran Canaria, han ido acompañado mi historia vocacional, la llamada cada día nueva, mi sentido de pertenencia. El aprendizaje para saber y sentirme viviendo en Dios, para cuidar mi vocación como un gran tesoro… Disfruté de la cercanía y el apoyo de personas que supieron estar a la altura y acompañar cada momento.

Murcia y Madrid han fortalecido y fortalecen mi opción, son lugares de encuentro, referentes válidos en mi caminar cotidiano. Sacramento y fiesta.

Deseo vivir desde la certeza de que Dios continúa empeñado y comprometido conmigo, con mi historia, con sus momentos de luz y sombras. Su cercanía permite que los momentos difíciles se transformen en oportunidades, para compartir y celebrar, porque donde abunda la generosidad, la gratuidad y la solidaridad, la vida será siempre un don para los demás.

Hoy me siento agradecida, sostenida y habitada por el Dios que nos invita a caminar de pie con tantas personas sumidas en la tristeza, en la desesperación y el sinsentido… donde la amenaza y la injusticia acechan continuamente y, sin embargo, la bondad y la ternura tienen la última palabra.

Hoy, después de 150 años de entrega gratuita, el Carisma Oblata sigue encarnándose en mujeres y hombres, que han acogido la invitación de Dios a la Vida y a trabajar en contextos de exclusión, junto a las mujeres  más desfavorecidas, junto a todas/os ellas/os, me siento comprometida a seguir entregando mi vida, hecha oblación, desde la experiencia humilde de saberme un eslabón más de esta larga cadena de manos entrelazadas que constituimos la familia Oblata.

Sagra Rodríguez

El 1 de junio de 1864 se abre una casa de acogida en Ciempozuelos (Madrid). Y el día 2 de febrero de 1870 nacía la Congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor. Congregación agraciada con un carisma que se expresa a través del compromiso solidario con las mujeres que viven en contextos de prostitución y trata.

 CARISMA

La Congregación de Hermanas Obla­tas del Santísimo Redentor fue fundada por el Obispo  José  María Benito Serra y Madre Antonia María de la Misericordia, el  día 2 de febrero de 1870. Ante la falta de atención y de oportunidades en la que se encontraban las mujeres excluidas por la consecuencia del ejercicio de la prostitución en Madrid, España, en el siglo XIX, ellos escuchan la llamada de Dios en esta realidad, se dejan interpelar por ella  y comprometen sus vidas en su promoción,  inclusión y humanización plena.

El Carisma de las Oblatas es una llamada a contemplar este mundo de exclusión con mirada de ternura y misericordia con mirada de Dios. Es una  manera de seguir y continuar el proyecto inclusivo de Jesús– que cree en la vida, en la persona, en la dignidad, en la justicia,   en la gratuidad, en la fuerza liberadora y en la redención abundante y gratuita. Este don es vivido y compartido con otras personas, que tienen diferente forma de vida, y con ellas constituimos la Familia Oblata. Familia que se siente llamada, convocada y enviada a compartir la BUENA NOTICIA con las mujeres que se encuentran en situación de prostitución y son víctimas de la trata en este contexto del avance de la pobreza y de los fenómenos migratorios .

Este carisma y misión configuran un estilo de vida que expresa implicación solidaria en dinámicas de transformación social, escucha de la realidad que identifica el grito de la justicia y compromiso por construir espacios de humanización en situaciones de exclusión y nos capacitan para hacer, con las mujeres un camino de liberación e igualdad,  dialogando y valorando su experiencia de vida, posibilitando así una  acción construida  colectivamente  donde la mujer,  sensibilizada y consciente  de su realidad, se apropia de su proceso, comprometiéndose con  el mismo y con la promoción de otras mujeres, haciéndose agente  de transformación.

Lo que da sentido a nuestra vida es la mística, enraizada en Jesús Redentor, fuente y manantial que nos alimenta y sustenta en la misión y caracteriza  nuestra manera de vivir  en comunidad, con  alegría,  acogida, esperanza  y  apostando por la vida y un mundo más humanizado y solidario. Deconstruir prejuicios y re­construir una nueva mirada sobre las mujeres que ejercen la prostitución, acogiéndolas como son, hijas amadas de Dios, es la misión de las hermanas, laicado y todas las personas que formamos la Familia Oblata, en los 15 países donde somos presencia como Congregación.

La Congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor está presente en 15 países. 

CONTACTO:

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