AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA


CATEQUESIS 1

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El 29 de noviembre 2013, terminaba la 82ª Asamblea General de la Unión de Superiores Generales (USG). Se había pedido para este momento un breve encuentro con el Papa Francisco, pero el Pontífice quiso dedicar al diálogo toda la mañana. Decidió no pronunciar ningún discurso, y a su vez, no escuchar discursos preparados: quiso un diálogo franco y libre, hecho de peguntas y respuestas. Muy en la línea del estilo Bergoglio, que ya nos es familiar.

Pero no puede pasar desapercibido que era un gesto sin precedentes: un Papa en coloquio abierto, con los religiosos, durante tres horas. Un religioso con sus hermanos religiosos, en un clima de fraternidad y confianza. Pues bien, en este ambiente, al final de las tres horas, el Papa se lamenta que tiene que irse, dejando otras preguntas para la próxima vez, dice sonriendo, pero que antes tiene que hacer un anuncio: el 2015 será un año dedicado a la Vida Consagrada. Palabras que son recibidas por un gran y largo aplauso de todos los Superiores Generales.

Significado de la Vida Consagrada en la Iglesia y en el Mundo

En este clima fue anunciada la celebración del Año de la Vida Consagrada. Un contexto no falto de significado, que marca una atmósfera en la que hay que insertar la celebración de este año de gracia para la Vida Consagrada, en el cincuenta aniversario de la Perfectae Caritatis del Vaticano II.

Y es preciso volver la mirada al Concilio para encontrar la formulación de la identidad de la vida consagrada, en su dimensión más profunda, y consecuentemente su razón de ser en la Iglesia. Don que el Señor hace a su Iglesia, esta es la bellísima expresión del Vaticano II. Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, de pobreza y obediencia… son un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre. (LG . 43) La Iglesia recibe la vida consagrada como un don divino, acoge sus carismas y los conserva con fidelidad. No podrá faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos irrenunciables y como expresión de su misma naturaleza. (Cf. VC 29)

Somos, pues, un regalo muy especial de Dios a su Iglesia. Así habla Jesús a su Padre en la última Cena; somos propiedad del Padre, pero confiados como don al Hijo, para que con la fuerza del Espíritu, guardemos la palabra que nos ha revelado. Y comprobamos como Jesús vela con gran solicitud por ese regalo del Padre: Padre Santo, cuida en tu nombre a los que Tú me has dado… (Jn. 17, 11)

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Recogiendo la doctrina del Vaticano II, la Exhortación Vita Consecrata, de San Juan Pablo II, reconoce que la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana (LG. 44) y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo... un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión.

Ahora bien, si este es nuestro ser más íntimo, ¿con qué fin Jesús nos regala a su Iglesia? ¿Para qué la adorna con estos carismas? La respuesta es bien clara: para ser evangelio en la historia. También es el Vaticano II quién lo expresa con nitidez: La vida consagrada imita más de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia, por impulso del Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían.

Para ser memoria viviente del modo de actuar y de existir de Jesús. Para ser, pues, evangelio, porque no hay otro evangelio que las palabras, los gestos, las acciones, la pascua de Jesús con su muerte y resurrección.

Así lo expresaba Benedicto XVI: El Evangelio vivido diariamente es el elemento que da atractivo y belleza a la vida consagrada y os presenta ante el mundo como una alternativa fiable. Esto necesita la sociedad actual, esto espera de vosotros la Iglesia: ser Evangelio vivo. Y un poco antes, el Papa emérito formulaba posiblemente una de las más bellas y significativas definiciones de lo que son los consagrados: sois por vocación buscadores de Dios. De maneras diversas y en diferentes formas de concretarlo, esto es lo que podemos contemplar a lo largo de los siglos en la vida consagrada: hombres y mujeres que han hecho de sus vidas, respondiendo a una llamada del Señor, buscadores de Dios. Buscan a Dios porque buscan las cosas que permanecen, las cosas que no pasan; buscan a Dios para encontrar y servir a sus hermanos; buscan a Dios en los hombres y mujeres de su tiempo, de modo especial en los más pobres, en los más heridos en el cuerpo y en el espíritu, en los que no saben del amor misericordioso de Dios. Elías Royón, sj

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El Concilio, en la Constitución Lumen Gentium 43, habló de la multitud de formas históricas de vida consagrada suscitadas por el Espíritu, como de una planta llena de ramas que hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de la Iglesia. Es una manera de hacer presente, de modo perenne, en la Iglesia y en el mundo, en el tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo. (Cf. VC 5)

La Exhortación Vita Consecrata ha expuesta esta obra del Espíritu a lo largo de la historia de la Iglesia. Desde los primeros siglos, tanto en Oriente como en Occidente, ha habido hombres y mujeres que se han sentido llamados a seguir al Señor en la profesión monástica, y ha conocido su gran variedad de expresiones en el ámbito cenobítico y en el eremítico. (Cf. VC 6)

Hoy, afirma la Exhortación, es motivo de alegría y esperanza ver cómo vuelve a florecer el antiguo Orden de las vírgenes, testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos apostólicos. Constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura. (Cf. VC 7)

Variedad de Carismas, pero un mismo Origen: EL ESPÍRITU

Los Institutos orientados completamente a la contemplación, formados por hombres o mujeres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracia. En la soledad y en el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio de amor de la Iglesia a su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios. (CF. VC 8; PC. 7; AG. 40)

Otras múltiples expresiones de vida religiosa han florecido en la Iglesia para un multiforme servicio apostólico al Pueblo de Dios; integran lo que se denomina Vida Religiosa Apostólica, dedicada a la actividad apostólica y misionera y a las múltiples obras que la caridad cristiana ha suscitado. Es un testimonio espléndido y variado, en el que se refleja la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras que, abiertos al Espíritu, han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder a las necesidades de la Iglesia y la sociedad de su tiempo. (Cf. VC 9)

El Espíritu ha suscitado en nuestro tiempo formas nuevas de vida consagrada, como los Institutos seculares, cuyos miembros quieren vivir la consagración a Dios en el mundo, para ser así levadura de sabiduría y testigos del evangelio, mediante la síntesis de secularidad y consagración. Contribuyen a asegurar a la Iglesia una presencia en la sociedad. (Cf VC 10)

En los últimos siglos, el Espíritu ha suscitado las Sociedades de vida apostólica, masculinas y femeninas, las cuales buscan, con su estilo propio, un específico fin apostólico, especialmente en el campo de la caridad y en la difusión misionera del evangelio. (Cf. VC 11)

Finalmente, después del Concilio han surgido nuevas o renovadas formas de vida consagrada, nacidas de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Manifiestan el atractivo constante que la entrega total al Señor continúa teniendo sobre las generaciones actuales y son signo de la complementariedad de los dones del Espíritu. (Cf. VC 12)

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Esta presentación evidencia la variedad de dones y carismas con los que el Espíritu ha enriquecido y embellecido a su Iglesia, ofreciendo a sus hijos e hijas diversos caminos de santidad. La riqueza se hace más patente cuando se desvela lo común de estos caminos de consagración: el seguimiento a Jesucristo, la pasión por el anuncio del Reino, el horizonte del servicio a los hermanos y, a la vez, la diversidad de caminos para realizarlo; en resumen, expresan la variedad de sensibilidades para imitar las incontables facetas en las que se ha expresado la pasión de amor de Jesucristo por el Padre y la humanidad. Elías Royón, sj

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3 Catequesis papa El Papa Francisco en su carta apostólica del pasado 21 de noviembre, dirigida a todos los consagrados, ha propuesto los objetivos para este año: mirar al pasado con gratitud; vivir el presente con pasión, y abrazar el futuro con esperanza, confiando en la fidelidad de Dios.

UNA ESCUCHA ATENTA DEL PASADO

En primer lugar, pues, fomentar una escucha atenta del pasado para hacer memoria agradecida del don gratuito del Señor de los diversos carismas religiosos. Animar la lectura creyente de nuestro pasado congregacional, sin hacer arqueología, dice el Papa, o cultivar inútiles nostalgias, sino recorrer el camino de las generaciones pasadas, para redescubrir en ellas la chispa inspiradora, los ideales, los proyectos, los valores que los han impulsado.

Pero sabedores también, que corremos el riesgo de contagiarnos del presentismo de la cultura actual, con una memoria débil del pasado. Y la vida religiosa tiene su presente y su futuro anclado en las vidas de los que nos han precedido, que vivieron con ilusión y pasión la llamada del Señor. De manera especial, en la memoria de aquellos hombres y mujeres carismáticos a quienes el Espíritu agració con el don de una nueva familia religiosa. Fueron hombres y mujeres muy encarnados, a los que tenemos que volver, no para hacer lo que ellos en concreto hicieron, pero sí al espíritu y a los valores que desarrollaron, que con frecuencia sintetizan el carisma.

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Hacer memoria de la santidad, pero también en el pasado ha habido pecado. Que este año sea también, sugiere el Papa en su carta, una ocasión para confesar con humildad, y a la vez con gran confianza en el Dios amor (Cf. 1 Jn 4,8) la propia fragilidad y para vivirlo como una experiencia del amor misericordioso del Señor.

VIVIR CON PASIÓN EL PRESENTE

Es una actitud que se nos invita cultivar en este Año de la Vida Consagrada. Podemos dejar instituciones, presencias apostólicas, decía el Cardenal d’Aviz, pero no podemos dejar de contemplar la mirada de Dios sobre nosotros. Dios nos sigue amando, y esa mirada es la que nos construye y anima. Por eso, hay que contemplarla apasionadamente.

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Preguntarnos, sugiere el Papa, sobre la fidelidad a la misión que se nos ha confiado. ¿Responde a lo que el Espíritu ha pedido a nuestros Fundadores? ¿Son adecuados para abordar su finalidad en la sociedad y en la Iglesia de hoy? ¿Hay algo que tenemos que cambiar? Se nos invita este año, especialmente, a redescubrir la novedad auténtica de la llamada, no la que se camufla entre los pliegues de una moda; se nos anima a nacer de nuevo para una esperanza nueva, que nos llene de gozo y nos convierta en una vida religiosa en salida, samaritana, que mire desde abajo, se sitúe a los pies, para servir a los que sufren en el cuerpo o en el espíritu, humilde, disponible para ser enviada a las periferias de nuestro tiempo. Contemplar con pasión el presente es contemplar con pasión a Jesucristo que nos elige y nos envía.

ESCRUTAD EL FUTURO:

CONSTRUIR LA ESPERANZA

Abrazar el futuro con esperanza es el tercer objetivo que el Papa propone para este año. Vivimos en la oscuridad de las dificultades actuales de la vida consagrada. Pero en medio de estas incertidumbres se levanta nuestra esperanza, que no se basa en los números o en las obras, sino en Aquel en quién hemos puesto nuestra confianza. (Cf. 2 Tim 1,12) Una invitación a escrutad los horizontes de nuestra vida y de nuestro tiempo en atenta vigilia. Escrutad de noche para reconocer el fuego que ilumina y guía, escrutad el cielo para reconocer los signos que traen las bendiciones para nuestra sequía. Vigilad atentos e interceder ante aquel, para quien nada es imposible (Lc. 1,37); esperar con las lámparas encendidas, firmes en la fe, mirar el futuro y crear esperanza. (Cf. carta Escrutad de la CIVCSVA, 8.09.14)

Se nos ofrece un año para avivar esas lámparas y construir caminos de esperanza. Convirtamos esta celebración en una oportunidad de gracia; todo don es siempre una llamada para ser escuchada y acariciada en el corazón, como palabra de Dios.

Elías Royón, sj

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