JUEVES SACERDOTAL


Todo aquel que escucha la llamada personal del Señor se encuentra obligado a dar testimonio de ella en medio de la comunidad.  Pero se hace necesario responder con docilidad también hacia fuera, pues no puede creer en Cristo aquel que aún no lo conoce.  Se nos llama a ser enviados, enviados por el Señor en medio de las gentes, para que todos puedan ver la salvación de nuestro Dios. Por esto fue el Hijo enviado a la tierra hace 2.000 años.


CANTO Anunciaremos tu reino (CLN 402) o Id y enseñad (CLN 409)

SALUDO DEL PRESIDENTE

                          

Nos reunimos hoy para orar juntos por las vocaciones, pues estas son necesarias para poder llevar la Palabra de Dios por todo el mundo.  De la necesidad de llevar la Buena Nueva por todas partes se sigue la obligación de toda la Iglesia de orar por las vocaciones.

LECTURA  Rm 10, 13-15

Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.  Pero, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?  Y, ¿cómo predicarán si no son enviados?  Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien!


SUGERENCIAS PARA LA ORACIÓN

Pablo VI

         En el espíritu de los jóvenes, ante todo, para hacerles acoger con entusiasmo el don de la vocación divina, es necesario que este ideal se les presente en su auténtica realidad y con todas sus severas exigencias, como donación total de sí al amor de Cristo (cf Mt 12, 29) y como consagración irrevocable al servicio exclusivo del Evangelio.  Y para conseguir esto, el testimonio de un sacerdocio ejemplarmente vivido, o el valor de una vida religiosa que se muestra en concreto en las distintas instituciones reconocidas por la Iglesia, tienen un peso considerable, más aún: preponderante.  El "ven y sígueme" de Cristo a un futuro ministro suyo llega a través del sacerdote, y lo mismo sucede cuando se trata de una vocación religiosa.  Es verdad que las dificultades son graves para el mismo sacerdote, mas él sabrá encontrar en la conciencia de sus responsabilidades y con respecto al porvenir de la Iglesia, una nueva fuente de ánimo.  Los hombres, hoy más que nunca, están deseosos de alguien que les anuncie a Jesucristo: pero ¿cómo podrán oír hablar de Él -dice San Pablo- si no hay quien lo anuncie? (Rom 10, 15)

         Por otra parte es necesario poner al joven en condiciones para escuchar la voz de Dios que llama, y poder darle su consentimiento.  Aquí la responsabilidad de la familia es inmensa, porque depende en gran parte de la atmósfera del ambiente familiar la posibilidad de un fructífero diálogo interior con Dios.

         Por desgracia en algunas familias el clima no es de fe ni de amor.  Llegar a ser sacerdote significa aceptar a amar a los otros con una donación excepcional, en intensidad y en cali-


dad, para el Reino de Dios.  Abrazar el estado religioso quiere decir aceptar que Dios basta a la propia vida, poniendo así en evidencia frente al mundo la presencia de Dios y de su amor.  Deseamos, por tanto, que en las familias encuentren siempre estos ideales una más generosa correspondencia y reine en ellas un clima saturado de fe y de caridad, condición indispensable para que una vocación pueda madurar.

PRECES

Oremos ahora a Dios nuestro Padre, pues sólo el es bueno y nos concederá lo que necesitemos: Padre, escúchanos

  1. Suscita, en aquellos a los que llamas, valor para dar una respuesta de amor que lleve tu nombre a los que aún no te han oído.
  2. Que las comunidades cristianas tomen conciencia de la necesidad y responsabilidad de aumentar las vocaciones consagradas al Señor y obren según las necesidades de la Iglesia.
  3. Ilumina a los jóvenes en su elección, ayúdales en sus dificultades, sosténles en la fidelidad, hazlos dispuestos a ofrecer su vida con generosidad, según tu ejemplo, para que otros tengan así vida.
  4. Concede a las personas que han consagrado a ti su vida la fuerza y valentía necesarias para ser felices en la entrega, infatigables en su ministerio, generosos en su sacrificio.
  5. Que las familias sean fervorosas en la fe y el servicio a la Iglesia para favorecer así el nacimiento y desarrollo de nuevas vocaciones.

PADRE NUESTRO


ORACIÓN FINAL POR LAS VOCACIONES

"Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies".  Oremos todos juntos en compañía de la Santísima Virgen, confiando en su intercesión.  Oremos para que los santos misterios del Resucitado y del Espíritu Paráclito iluminen a muchas personas generosas, dispuestas a servir a la Iglesia con mayor disponibilidad.  Oremos por los pastores y sus colaboradores, para que encuentren las palabras justas al proponer a los fieles el mensaje de la vida sacerdotal y consagrada.  Oremos para que, en todos los ambientes de la Iglesia, los fieles crean con renovado fervor en el ideal evangélico  del  sacerdote  dedicado  completamente  a  la  construcción  del

Reino de Dios y sostengan tales vocaciones con decidida generosidad.

Oremos por los jóvenes, a los que el Señor dirige su invitación a seguirlo más de cerca, para que no se distraigan con las cosas de este mundo, y abran su corazón a la voz amiga que los llama; para que se sientan capaces de dedicarse, de por vida, "con corazón indiviso" a Cristo, a la Iglesia y a las almas; para que crean que la gracia les da la fuerza necesaria para tal donación y vean la belleza y la grandeza de la vida sacerdotal, religiosa y misionera.

Oremos por las familias, para que sepan crear un clima cristiano adecuado a las grandes decisiones de sus hijos.  Y, así mismo, agradezcamos de corazón al Señor el que en estos últimos años, en muchas partes del mundo, tantas personas jóvenes y menos jóvenes estén respondiendo a la llamada divina en número creciente.

Oremos para que todos los sacerdotes y religiosos sean ejemplo y estímulo para los llamados, con su disponibilidad y humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente  a los demás los frutos del amor y la paz, para comunicarles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos.  Amén.