Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


ABRAHAM CRUZ PELAEZ

“Necesito más de ti”.

    Ni méritos propios, ni planes previos, ni una opción entre otras. Él me ha llamado para ponerme a su servicio, y me ha dado la gracia para poder decirle “sí”. Si soy sacerdote es porque Dios así lo ha querido. Cada vez que miro mi historia, me sorprendo de cómo el Señor se las ha ido apañando para atraerme hacia Él.

Me llamo Abraham, y nací en 1978 en una familia maravillosa -con sus luces y sus sombras, como todas- pero sin la presencia de Dios. Ni fui bautizado, ni me hablaron del Señor, y, aún así, he acabado con Él. Cuando tenía unos nueve o diez años, cambiamos de ciudad, y quedé -junto con mi hermano, tres años menor que yo- un poco desarraigado. Ahora íbamos a un colegio tan pequeño y tan cercano a casa, que no conseguimos hacer muchos amigos y nos quedamos un poco solos.  Nuestros padres decidieron que algo había que hacer. Y, como mi padre tuvo una muy buena experiencia del escultismo en Bélgica, decidieron apuntarnos a un grupo scout. Cerca de casa, en la Parroquia Ntra.Sra.de Covadonga, había un grupo de una asociación llamada “Scouts de Europa”. Era seriamente católico -algo raro en el escultismo de entonces-  y, no sé si mis padres lo sabrían, pero no debió importarles mucho, y así pude descubrir a Cristo.

Entre juegos y aventuras, formación y pequeñas responsabilidades, fui conociendo al Señor.  No es que con la edad que tenía me planteara nada serio, sólo sabía que aquello me atraía. Allí, entre otras muchas cosas, recibí una formación religiosa básica, aprendí a rezar, descubrí la Eucaristía celebrada en excursiones y campamentos, y vi de cerca a un sacerdote que casi siempre andaba por allí. Una de las exigencias para “progresar” en este grupo era la de estar bautizado, pues sólo así tenía sentido pronunciar la llamada “promesa scout”: «Por mi honor, y con la gracia de Dios, prometo servir lo mejor posible a Dios, a la Iglesia, a mi patria y a Europa; ayudar a mi prójimo en cualquier circunstancia; y cumplir la Ley Scout». Sin saber cómo, empecé a imaginarme como un cura celebrando la Eucaristía en el bosque, en un altar de madera y cuerda, hecho con mis propias manos. Era una imagen recurrente, y no le di ninguna importancia hasta que pasaron unos cuantos años.

Recibí el Bautismo, poco después la Eucaristía y, bastante más tarde, la Confirmación. Pero este último sacramento me costó años recibirlo. Había algo dentro de mí que me decía “necesito más de ti”. Y pensé que me tenía que preparar más para recibir la Confirmación, así que estuve repitiendo catequesis en la otra parroquia vecina de mi casa: la de San Patricio. Allí pude conocer más de cerca a un buen sacerdote, y colaborar en un montón de cosas de la parroquia. Me encontraba en mi salsa, y fue donde el Señor, por fin, habló claro y me llamó. En torno al año 99, yo había dejado los estudios por un trabajo muy bueno y todo parecía encarrilado en mi vida, pero yo seguía muy inquieto. No me veía yo sentado delante de un ordenador el resto de mis días. Y, en el Camino de Santiago de ese verano, en un pueblo llamado Eirexe, al pie del Camino, junto a un roble centenario, me dio un vuelco el corazón y vi claro qué quería de mí el Señor. Dejé de estar inquieto cuando dije “sí, quiero”.

Soy sacerdote porque el Señor se ha empeñado en mí. Qué inmenso regalo poder ser testigo cada día de cómo actúa la Gracia en vivo y en directo. No es fácil ser cura, pero quiero, Él quiere, y la Iglesia apoya la moción. No se necesita nada más ¿no?

Abraham Cruz Peláez