Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


Agapito Dominguez Dominguez

Sé de quien me he fiado

Me llamo Agapito Domínguez Domínguez, tengo 64 años. Me ordené el 23 de Septiembre del 1977. Realicé mis estudios en el Seminario Conciliar de Madrid. Actualmente estoy de Párroco en Santa Bárbara y Santa Elena.

Voy a intentar manifestar lo que significa para mí el ser sacerdote. Experimento en mi vida que el ser sacerdote es una gracia, un don de Dios. Me pregunto, más de una vez, por qué el Señor se fijó en mí, me llamó y me confió este ministerio. Estoy convencido de que el ministerio sacerdotal no es para uno mismo, es un encargo, un servicio que el Señor te confía  por medio y a través de la Iglesia. El ser sacerdote es una responsabilidad muy grande.

A lo largo de estos treinta y cinco años he sido enviado a varias parroquias a ejercer el ministerio y puedo decir que aunque han sido muy distintos lugares, en todos he sido feliz y cada sitio lo recuerdo  como si hubiese ido dejando parte de mi vida. La cercanía y el trato con la gente te hace quererla de verdad y vivir sus alegrías y sus penas. Destaco los ocho años que fui formador en el Seminario Conciliar de Madrid. Estos años marcaron mi vida y fue un rejuvenecer el ministerio sacerdotal.  Rasgo muy importante en la vida del sacerdote es la oración, ese trato íntimo con Dios: “trato de amistad con Aquel que sabemos que nos ama(Santa Teresa de Jesús). Es ponerse en presencia de Dios. En la oración uno recibe fuerzas para llevar a cabo la misión que el Señor te encomienda.

La Eucaristía es esencial en el sacerdote. Celebrando la Eucaristía es cuando uno más  se  siente y se identifica con Cristo Sacerdote. Al celebrar hemos de ofrecer toda nuestra persona. Si el ser sacerdote es un don de Dios, también el sacerdote está llamado a ser don para la Iglesia y para los demás. Esto intento vivirlo en cada Eucaristía, al mismo tiempo pido al Señor la gracia de poder celebrar la Eucaristía todos los días.

Si soy hombre de oración y la Eucaristía es el centro de mi vida, estoy seguro que voy a ser testigo de la misericordia y del amor del Padre. Pienso que el sacerdote está llamado a ser conciliador y cercano con todos, Como nos dice San Pedro Poveda: “La mansedumbre, la afabilidad,  la dulzura, son virtudes que conquistan al mundo”. Sí, de ello estoy convencido; con la humildad y la verdad conquistaremos el mundo

En mi vida sacerdotal me encomiendo mucho a Santa Teresa de Jesús. Le pido que me siga ayudando a amar mucho a la Iglesia, a tener paciencia... y, sobre todo, a tener a Dios: “la paciencia todo lo alcanza  y quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”. Estando siempre dispuesto a afrontar  lo que venga, pues como también nos dice la Santa: “... y venga lo que venga nada te espante”.

Encomiendo muchísimo mi vida a la Santísima Virgen y con ella doy gracias a Dios. Y si ella canta: “ha mirado la humillación de su esclava...”, yo digo: se ha fijado en este pobre pecador

Agapito Domínguez