Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


Alfonso Díez Klink

MI PRIMER AÑO DE SACERDOTE. 

El pasado tres de mayo cumplí mi primer año desde la ordenación sacerdotal. El tiempo ha pasado rápidamente desde aquel día de mayo de 2008.

Después de siete años en el seminario es emocionante comprobar que Dios sigue actuando en cada uno de nosotros y que esos siete años no pasaron en balde por mi vida, sino que dejaron una profunda huella. En ellos aprendí, sobre todo, el valor de la humildad, esto es, el valor de quien sabe que en la vida hay que dejarse hacer. San Ireneo hablaba de que es propio de Dios hacer y del hombre dejarse hacer. Ese fue, resumiendo, el cambio más importante que viví en el Seminario, o así lo percibo ahora echando la mirada atrás.

Dejarse hacer no es tarea fácil, porque hay que ser dócil, escuchar, obedecer y aprender que uno mismo no tiene la última palabra. Sin embargo, es una gran lección para toda la vida y, en especial, para la vida de un sacerdote.

Así lo experimenté nada más salir del Seminario, porque me costó dejar mis planes, mis esquemas o mi esperanza para amoldarlas a la parroquia a la que había sido enviado. En Nuestra Señora de los Llanos viví el último año de formación del Seminario y mi ordenación para el diaconado. El año del diaconado estuve en la parroquia de San Pedro Apóstol de Carabanchel Alto, donde me ordené de sacerdote y celebré la primera misa.

Dejarse hacer supone aprender a escuchar y atender a las necesidades reales de los demás sin querer conformar una persona o una parroquia al estilo personal de un cura. Esa ha sido la primera experiencia de humildad a la que me enfrenté. Hacía falta tiempo para ir haciéndome a una parroquia, por eso he experimentado que un cura vive en la permanente desinstalación. Un sacerdote con el que conviví el primer año me decía que él estaba preparado para estar en esa parroquia para toda la vida, pero dispuesto a salir al día siguiente. Ahí empezó mi dejarme hacer.

Una de las cosas más importantes de este año ha sido, aunque aún no lo haya conseguido del todo, la organización de mi tiempo. La vida del Seminario es una vida muy reglada, ordenada, sabiendo qué hay que hacer en cada momento. Pero la vida del sacerdote en una parroquia se puede desorganizar en cuestión de segundos porque siempre llega alguien al que hay que atender o escuchar. Me ha resultado difícil este punto porque por mucho que me organice el día, siempre tengo que estar preparado para un imprevisto.

A pesar de estas dificultades, lo que más ha cambiado mi vida en este año es la celebración de la eucaristía y el sacramento de la confesión. Tras la ordenación cambió la manera de situarme en la celebración de la Eucaristía. A principio me sentía raro, como si deseara volver otra vez a los bancos desde donde me había acostumbrado a celebrar la misa. Sin embargo, la celebración era especial, la sentía más mía y, además, tenía una gran responsabilidad porque había que tener en cuenta más cosas de las que podía imaginar. Pero la celebración de la misa ha sido clave para ir haciendo mi sacerdocio. Se habla mucho de ser sacerdote eucarístico y no se entiende hasta que no se vive.

Por otro lado, la confesión ha sido este año la experiencia del perdón. Recibir la intimidad del penitente que se pone delante de Dios para pedirle perdón ha sido como hacer de puente entre Dios y el ser humano. Para mí el sacramento de la penitencia es aquello que hace del corazón del sacerdote algo dócil, cercano, comprensivo y misericordioso. Una tentación que he sentido en este sacramento ha sido la de convertirla en dar un consejo. Nada de eso, más que un consejo para la vida, he percibido que el penitente quiere oír y experimentar el perdón de Dios y que mi misión como sacerdote es servir de vehículo, alentando a cada persona a encontrarse con Dios en su día a día. Del sacramento de la penitencia ha derivado la posibilidad de ir acompañando espiritualmente y así ser testigo de lo que Dios hace en la personas.

Aunque ya lo había experimentado en el año de diaconado, también ha supuesto un cambio para mí la vestimenta clerical. Hoy en día es verdaderamente un signo llevar la camisa sacerdotal en Madrid. Reconozco que me resulta difícil sentirme mirado y observado en la calle, aunque es necesario que veamos la presencia de la fe en lo más cotidiano.

Son muchas las cosas que cambian en la vida después de la ordenación sacerdotal. Le pido a Dios que me siga enseñando a dejarme hacer continuamente y a no quedarme nunca quieto. Pero también a ser humilde para que no sea yo el importante, sino Jesucristo.