Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


Andrés García de la Cuerda

“Cristo Señor y nosotros siervos vuestros” 

 Ofrecer el testimonio de porqué me hice sacerdote me retrotrae a unos momentos muy bellos y felices de mi vida… Momentos de búsqueda  inquieta; momentos de averiguar lo que la vida me pedía o reservaba para el futuro. Mejor dicho, lo que Dios me pedía a través de la vida que me había regalado.  

Desde siempre fui educado como fiel cristiano. Mis padres se preocuparon por darme la mejor educación en un colegio católico, el de los Hermanos de la Sagrada Familia, en donde la providencia de Dios quiso poner en mi camino a un misionero padre blanco - circunstancialmente capellán del colegio – que, además de una entrañable y duradera amistad, me dejó una honda huella espiritual. Con cariño y paciencia de padre, con criterio eclesial y con apertura de espíritu, supo orientar mi vida en Cristo y para Cristo, siempre con exquisito respeto a mi evolución como persona. Sin duda, en el fondo de mi vocación sacerdotal resonó y resuena su vida y su testimonio como una referencia viva. Este padre blanco, Manuel Daguerre, descansa ya en el Señor en Rwanda, el país de su misión y de su entrega; su cuerpo, como grano de trigo enterrado, fecunda los avatares de aquella Iglesia a la que amó con pasión apostólica.  En todo caso, para mí ha sido, es y será un regalo de Dios como educador de mi fe, como director espiritual en mi juventud, y como modelo que, sin duda, influyó en que la figura sacerdotal fuera conformando mi conciencia.

 Al terminar el COU, tuve como un primer planteamiento de ir al seminario y medio lo hablé con mi familia… La situación - vista desde ahora – no parecía estar suficientemente madura.  Mis padres, a los que no les hacia gracia que fuera sacerdote - todo hay que decirlo - me insistieron en que esperara, que fuera viendo, que fuera creciendo, y que en el futuro Dios diría… En esta perspectiva, pues, empecé a prepararme para ser de mayor una persona “importante”, según el deseo de mi padre. Como no se me daban mal los estudios,… ¡qué mejor que serlo como ingeniero de caminos!...  Me dediqué a preparar el ingreso en la escuela, ciertamente arduo, aplazando para más adelante una decisión definitiva sobre mi posible vocación sacerdotal. Siempre con esta inquietud en el corazón.

 En aquellos años, también participaba activamente en la Organización Juvenil Española, movimiento juvenil que me permitió experimentar cómo la vida tenia sentido en la medida en que se entregaba y se vivía como servicio a un ideal. Por mi formación cristiana no me fue difícil acabar de poner nombre y rostro al ideal soñado: Jesucristo.

 Todo esto era como una especie de rumor de fondo que, de alguna forma y no sin vacilaciones, anidaba en mi corazón; que aparecía, oportuna o inoportunamente, en el horizonte de mis experiencias, de mis inquietudes, de mis búsquedas… “Eso” estaba siempre ahí como un reclamo que se  entrometía en mis planes de futuro, en mis relaciones afectivas,… y que yo intentaba aplazar y acallar hasta que lo de la carrera estuviera resuelto. Por fin un verdadero y definitivo signo aconteció el día que me comunicaron el ingreso en la escuela de caminos: mi primera reacción espontánea al colgar el teléfono fue ¡ya me puedo marchar al seminario! 

No dije nada entonces por disfrutar de aquel momento, pero el horizonte se abrió y la certeza se iba acentuando. Una certeza que se plasmó en una experiencia viva de presencia del Señor que me pedía la vida y me indicaba el sacerdocio como camino para esa entrega. Experiencia no fácil de contar, que me ensanchaba el corazón con una paz profunda y una gran alegría. Tuvo lugar aquel mismo año, en la vigilia de la Inmaculada para jóvenes de 1965  - no se me olvidará nunca – y en la iglesia de San Juan de la Cruz: aquella noche decidí ir sin más demora al Seminario y, a partir de aquel momento, empecé la estrategia para comunicar en casa que la ingeniería de caminos no era mi futuro; que el Señor me llamaba a ser sacerdote. 

Y por la misericordia de Dios lo soy: sacerdote con dos claves que creo me han acompañado y estimulado permanentemente, y, ¡quiera Dios!, que me acompañen hasta el final de mi vida. Entregar toda la vida al Señor y entregarla en el servicio a los hermanos. De alguna forma es el lema que, con mas o menos fidelidad, viene presidiendo mi vida sacerdotal “Cristo Señor y nosotros siervos vuestros” (2Cor 4,5), apropiándome de lo que San Pablo quiso ser para sus comunidades.

 Y así fue y así pasó. Hace ya cuarenta y tantos años que tuvo lugar aquel feliz acontecimiento que fructificó en este cura que ya va sumando años, y que se siente privilegiado, inmerecidamente privilegiado, al poder compartir su sacerdocio en el Seminario de Madrid con aquellos que hoy reciben la llamada del Señor en su corazón. Como le ocurrió a él. Y hasta que Dios quiera.

 Andrés García de la Cuerda