Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


NGEL PREZ PUEYO

Ha sido un milagro de la gracia

Mi sacerdocio, imagino que como el de todos, ha sido un milagro de la GRACIA. ¿Quién me mandaría levantar la mano en la escuela? ¿Por qué acogerían mis padres aquella propuesta que les hice con apenas 9 años? ¿Por qué no me pusieron reparos ante la minusvalía de mi hermana? ¿Por qué no me animaron a posponer mi decisión? Todo «PROVIDENTE».

Ahora que ya han fallecido, me conmueve evocar lo «orgullosos» que se sentían de ser los padres o la hermana de aquel sencillo y humilde servidor cuyo único oficio es repartir a manos llenas «PALABRA» y «PAN», «TERNURA» y «PERDÓN».

Junto a esta primera mediación, es justo reconocer también la impronta que me ha dejado mi parroquia, el seminario donde me formé o donde he ido ejerciendo el ministerio... En cada lugar y circunstancia, el Señor ha ido poniendo en mi camino las personas adecuadas para ir conformando mi corazón con el suyo. Los formadores, no cabe duda, dejaron en mi vida una huella imborrable y ejercieron una gran fuerza de atracción, sobre todo, por su estilo educativo familiar, su vida y trabajo en equipo, su capacidad de acogida y sencillez ―sin ambición de cargos, honores o privilegios―, su espiritualidad eucarística, su libertad apostólica ―sin ataduras familiares ni económicas―, su obediencia cordial ―sin servilismos ni paternalismos―, su disponibilidad universal, su celo ardiente por la promoción, formación y sostenimiento de todas las vocaciones…

Un hermoso y noble ideal que no se puede conseguir de forma individual ni aislada. Sólo «en unión con otros» ―como dirá Mosén Sol― es posible llegar a ser plenamente hombre, sacerdote y santo.

Tuvieron que pasar varios años hasta que acerté a descubrir que este estilo singular de ejercer el ministerio, inspirado por Dios a Don Manuel en 1883, que tanto me atraía, respondía a una manera nueva de encarnar en la Iglesia la «fraternidad presbiteral» y que años más tarde ratificaría el propio Concilio Vaticano II.

El 22 de mayo de 2008, festividad del Corpus Christi, coincidiendo con la preparación del centenario de la muerte de Mosén Sol, me tocó recibir como Director General aquella carta de la Santa Sede ―cfr. Congregación del Clero, Protocolo nº. 0888/2008― que tanto anheló en vida Don Manuel. En ella se ratificaba su Obra, la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, tal como el Señor se la había inspirado, como una verdadera Asociación Sacerdotal de Derecho Pontificio, con potestad de incardinación, casas de formación y obras propias para poder llevar a cabo su misión evangelizadora al servicio de las vocaciones en la Iglesia universal.

Este acontecimiento de gracia, justo cuando la Iglesia entera se halla embarcada en una «nueva evangelización», me interpela y anima a vivir con pasión la novedad y singularidad que esta fraternidad presbiteral, enraizada en la eucaristía, ofrece como respuesta humilde pero fecunda al servicio de las vocaciones en la Iglesia universal.

Todo un privilegio que me permite vivir con plenitud de sentido y alcanzar la santidad por medio del ejercicio del propio ministerio; que me ofrece una gran libertad y autonomía para administrar lo propio y lo común; que me proporciona una grandeza eclesial de espíritu y una altura de miras para estar siempre disponible; que me autoriza a vivir una doble pertenencia jurídico-afectiva con mi propia Diócesis de Zaragoza, y afectivo-pastoral con las diócesis a las que sirvo actualmente, a través de la Comisión Episcopal de Seminarios; que me ha imbuido del genuino sello sacerdotal de Mosén Sol; que ha impreso en mi corazón esa impronta vocacional que me permite valorar todos los carismas eclesiales y favorecer la complementariedad de todas las vocaciones; que me permite compartir la búsqueda de sentido con tantos jóvenes, mostrándoles la libertad y la plenitud que Cristo les ofrece; que me urge a «eucaristizar» la vida como expresión de que es en la eucaristía donde se enraíza mi propia espiritualidad como creyente y como presbítero; etc.. Así de sencillo, así de estimulante y, al mismo tiempo, así de arduo y delicado.

Ser «sacerdote y nada más que sacerdote». Trabajar «en la raíz del bien» colaborando en la formación de los futuros sacerdotes. Sostener a los que ejercen un ministerio en la Iglesia, sirviendo de «bálsamo» de cuantos se hallan «deshabitados», «heridos», cansados, desencantados, descentrados. Y recrear junto a ellos el presbiterio diocesano como «microclima» natural que la Iglesia nos ofrece para nuestro crecimiento y santificación. Todo un reto por el que vale la pena ofrecer la vida.

Ángel Javier Pérez Pueyo