Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


Antonio Arroyo

Cantaré eternamente la misericordia del Señor

Con la mirada serena y gozosa sobre mi larga vida sacerdotal confieso con San Pablo que "no estoy seguro de mi justificación, que el que me justifica es Dios". Estoy seguro, eso sí, que el Señor ha sido bueno conmigo, siempre, a pesar de mis infidelidades.

Recibí la ordenación de presbítero el día 12 de junio de 1954; el día anterior había cumplido 23 años. A la mañana siguiente, celebré mi Primera Misa, asistido por D. José María García Lahiguera. Me acompañaba mi madre, la mujer más santa y más fuerte, que siempre ha estado a mi lado, ofreciéndose por mí, por los sacerdotes y por su familia, y rezando. Jamás se me olvidó ni amortiguó lo que viví aquella mañana. Ha ido creciendo y alimentando mi vida, sintiendo siempre el deseo de vivir cada Eucaristía con la misma emoción con que viví la primera y con la misma profundidad con que desearía vivir la última. La Consagración en la Eucaristía de aquella mañana, unida a la Imposición de manos del Obispo del día anterior, marcaron y configuraron mi identidad sacerdotal:

Unos días después, me destinaron a la Parroquia de San Pedro Apóstol de Barajas. Qué regalo de Dios tan grande fue el de aquellos cinco años, mis primeros años de sacerdocio, al lado de un párroco experimentado, serio, muy querido por el pueblo; con un fichero completo de todas las familias y feligreses; cinco escuelas parroquiales, dos nacionales, un hogar de Auxilio Social y un Gabinete psicotécnico a su servicio… Mucho trabajo, ciertamente, y magnífica acogida y relación con todos. Quiero resaltar de aquel tiempo un dato que viví con ilusión y que ahora recuerdo con agradecimiento: Viví también algo verdaderamente excepcional: A las 6,30 de la mañana, D. Máximo y yo, estábamos todos los días ante el Sagrario en oración con la puerta cerrada, hasta las 7,30 en que la abríamos para la gente. Nunca daré las suficientes gracias por aquella hora diaria de oración

 Mi segundo destino, en la Parroquia de San Jerónimo, durante nueve años, se desarrolló fundamentalmente en dos vertientes: la animación y promoción de grupos.  En Septiembre de 1968 D. Casimiro me "pidió" que fuera a la Parroquia de  Ntra. Sra. del Pilar. Las circunstancias eran delicadas, pero fue bien recibido. Aquí también, al mismo tiempo que mi dedicación sin límites a todos los campos, sentí de una manera muy intensa el regalo que el Señor me hizo al llamarme al sacerdocio: todas las tareas propias del sacerdote me hacían feliz y me gustaban.

 A finales de enero de 1977, el Sr. Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón me nombró Vicario Episcopal de la Vicaría VI.  A lo largo de los once años que estuve en la Vicaría pasé por toda clase de experiencias. Mi mayor preocupación e interés fueron los sacerdotes, sus personas en primer lugar, estar a su lado; también hice cuanto pude porque hubiera buena relación entre ellos, en cada parroquia, en el arciprestazgo y con el Obispo, viviendo la comunión con él y su aceptación no sólo externa sino de corazón. Si quisiera señalar algunos momentos, sobresalientes, de los muchísimos que viví, me vienen a la memoria: La celebración de la Fiesta de Cristo Sacerdote en la Vicaría; la animación y la coordinación de la Catequesis de adultos; mi intervención ante diferentes tensiones, problemas o conflictos; el empeño por acertar en los nombramientos; y mi visita a los Monumentos de todas las parroquias, el Jueves Santo durante la noche.

Al terminar mi mandato de Vicario, pasé a la Parroquia de San Fernando, donde me encuentro.

Doy gracias a Dios por lo feliz que me he sentido en todas las tareas que me han encomendado.Doy gracias a Dios por haberme hecho valorar la importancia que tiene asistir siempre, salvo causa mayor, a todas las reuniones y convocatorias a las que me han citado desde el arciprestazgo, las delegaciones, la vicaría o la diócesis, sin que ello me costara nada cumplirlo.

A estas alturas de mi vida, ya no caben complacencias, parabienes, ni vanidades; me toca sencillamente abandonarme a la misericordia de Dios, confiar en Él; pedir perdón a la Iglesia por mis negligencias e infidelidades, y a los hermanos por las veces que les he defraudado, no les he ayudado a crecer o les he hecho daño; y agradecer a todos de corazón las muchas atenciones que he recibido.

Vivir en esperanza es creer y pensar que lo más importante de la vida está siempre por venir. Por eso vivo esperanzado y contento. Precisamente, cuando en el 51 aniversario de mi Ordenación fui a la Colegiata de San Isidro -el lugar donde me ordenaron- para dar gracias  a Dios, al salir por la puerta sentí una alegría tan grande que me sorprendió. En aquel momento no pude precisar si mi alegría y felicidad había sido mayor aquel día en que me consagraron sacerdote para siempre o era en éste, y ahora, cuando me sentía más profunda y plenamente feliz. Volví a entrar en la Colegiata, ayer Catedral y, de rodillas, sobrecogido, reconocí y agradecí: ¡Hasta dónde he sido objeto del amor y de la bondad de Dios a lo largo de mi vida!

Espero y deseo que mi vida se vaya gastando -como creo humildemente que así lo ha venido haciendo la gracia de Dios en mí- para la gloria de Dios y para el bien de los hermanos, hasta el momento de poder decir con Jesús, y como Él: Todo se ha consumado y se ha consumido: ¡Todos los días y todas mis energías!

Antonio Arroyo