Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


CARLOS AGUILAR GRANDE

Poner nuestra vida completamente en manos de Dios

 El 13 de mayo de 2012 cumplía 23 años de presbítero, estoy, por tanto, cerca de las bodas de plata de mi ordenación y, sin duda, es un buen momento para responder una vez más a esta gran pregunta de ¿por qué soy sacerdote?

La respuesta, en realidad, es la misma que la de entonces; o sea, soy sacerdote porque en su momento sentí que el Señor me llamaba, sin mérito alguno por mi parte, y porque ahora sigo experimentando que me sigue llamando a pesar y más allá de mis debilidades y mis pobrezas.

Ciertamente, al principio de mi vida ministerial estaba esa ilusión de poder hacer muchas cosas por Dios y por los hombres. He reconocer que me apoyaba mucho en mí mismo y en mis fuerzas. Poco a poco, según el Señor me ha ido enseñando que solo Él es quien guía mi vida y quien la va construyendo, me he ido rindiendo; y ahora, la verdad sea dicha, hago pocos planes y tan solo digo aquello de: «será lo que Dios quiera». Eso sí, si es lo que Dios quiere, tengo que poner todo mi empeño, toda mi persona, todas mis fuerzas, toda mi ilusión y todas mis ganas, al servicio de su plan.

Sin duda que el punto de inflexión está en el 7 de octubre de 1991. Ese día tuve, junto con otros dos compañeros sacerdotes (Juan Carlos Vera y Miguel Antonio Ruiz), una entrevista con don Ángel Suquía, entonces cardenal-arzobispo de Madrid. Había decidido enviarnos a estudiar a Roma. Parecía algo absurdo con el curso ya empezado, con todas las actividades parroquiales en marcha; con muchas expectativas, nuevos planes y proyectos, personas a las que había embarcado para llevarlos a cabo, etc. Además, personalmente yo era muy consciente de que había otros compañeros que merecían mucho más tan grande honor y con capacidades mejores que las mías para los estudios.

Lo normal y lo lógico, lo humanamente comprensible, hubiera sido haber dicho que no. Mas, don Ángel Suquía, a Juan Carlos Vera y a un servidor, nos dijo que lo pensáramos un poco, que no le diéramos una negativa por respuesta; que lo consultáramos. Eso hicimos y terminamos cediendo a lo que la Iglesia nos pedía; mejor dicho, terminamos fiándonos de lo que la Iglesia nos proponía. ¿No había sido esa la razón de nuestra ordenación: poner nuestra vida completamente en manos de Dios y, por tanto, en manos de su Iglesia?

El día 15 de octubre nos fuimos los tres a Roma y, desde entonces, mi vida sacerdotal, os lo puedo asegurar, ha estado plenamente en manos de Dios y en manos de la Iglesia. En cada sitio por donde he pasado, cada cual, para mí, más sorprendente, más inesperado e inesperable que el anterior, he descubierto la providencia amorosa de Dios. En cada uno de esos lugares el Señor ha ido colocando las personas que me más me convenían y han ido sucediendo las cosas con las que Dios ha ido forjando mi propio ser. Personas y acontecimientos que, sin yo darme cuenta, han ido formando y modelando mi carácter. He tenido compañeros que han sido toda una referencia para mi vida espiritual y pastoral, y con quienes he vivido experiencias maravillosas. Personas que me han hecho pensar y reflexionar, que me han ayudado a corregirme, a darme cuenta de mis meteduras de pata. Personas que me han consolado y me han apoyado en los momentos difíciles, esos en los que aparentemente se borra el horizonte y uno no sabe por dónde tirar. Personas que han confiado en mí, y en el ministerio recibido, y que me han abierto su corazón y su vida, de modo que he podido experimentar lo grande que es Dios y qué obras tan maravillosas realiza en el corazón de los hombres, sobre todo de los sencillos y de los humildes.

Todo este conjunto de pequeñas teselas es lo que forma el mosaico de mi vida. Un mosaico que se sigue haciendo, pues, evidentemente, no está acabado. Por eso, aunque todavía no entienda muchas cosas y me sea muy difícil llegar a comprender cómo van a encajar ciertas piezas, me fío de Dios y de su designio amoroso. Soy consciente de que Dios va haciendo día a día mi vida, sin que yo sepa ni el cómo ni el por qué. Por eso muchas veces me repito a mí mismo esta frase del libro del Apocalipsis: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos, tus caminos, ¡oh Rey de las naciones!» (Apo 15,3).

Carlos Aguilar