Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


DAVID BENITEZ ALONSO

A Dios no hay que temerle sino fiarse

¡Cómo son las cosas de Dios! Acabo de decirle a un joven de la parroquia “Y tu, ¿por qué no eres sacerdote?” Cuando recibo un mail en el que se me pide que escriba y cuente por qué soy sacerdote. ¿Casualidad? No lo creo. Quizá alguno piense que echar la vista atrás es complicado yo creo, sin embargo, que es recordar el amor primero, aquel que un día sentí por las “cosas” de Dios y que terminó por hacer que le entregase la vida en el sacerdocio.

Tengo 37 años, llevo doce siendo sacerdote. Eso, sumado a los años que pasé en el Seminario, hace que lleve más tiempo de vida “dedicado” a Dios que en otros asuntos y que pueda decir sin dudarlo, como Juan Pablo II, que “al echar la mirada atrás merece la pena dar la vida por Cristo”. Es verdad que se puede entregar esa vida de muchas maneras, pero el sacerdocio es la forma que Dios me pidió y en la que intento responderle cada día con mayor perfección. Aunque no siempre sea fácil, sé que Dios comenzó en mi la obra buena y Él mismo la llevará a término.

Recibí la ordenación el día de Reyes del año 2001, fue el mejor “regalo” que me pudieron traer y quizá el que de niño nunca se me habría ocurrido pedir. Tras ella fui enviado a la parroquia de S. Camilo de Lelis, donde trabajé como seminarista, diácono, celebré mi primera misa y estuve dos años y medio como coadjutor. Fui trasladado en 2003 a la parroquia de Sta. Catalina de Majadahonda en la que estuve cuatro años y medio-también como vicario parroquial- hasta que el Obispo en abril de 2008 me nombró párroco de la nueva Parroquia de Sta. Genoveva de Majadahonda, puesto que ocupo desde hace cinco años.

El camino no siempre fue fácil. Yo sentí la llamada del Señor cuando tenía 15 años y era un joven más de parroquia. En ella me preparaba a la Confirmación y participaba en todas las actividades que podía. Sentía que todo eso estaba muy bien, pero que no era suficiente; me apuntaba a todo pero no bastaba, hasta que un día, la predicación del párroco el Día del Seminario hablando del sacerdocio hizo que viese con claridad que para poder servir a todos, no había que apuntarse, sino entregarse y no en algo concreto, sino del todo y a todos en la parroquia; eso sólo se podía hacer siendo sacerdote.

Me dio mucho miedo ver con esta claridad lo que Dios quería de mí y cometí el error de no contárselo a nadie. Menos mal que Dios me cuidó. Aunque no dije nada comencé a rezar con más fuerza a ver si a Dios se le quitaba de la cabeza ese capricho. ¡Con la gente que hay en el mundo me tiene que tocar a mi! Pensaba.

¡Y qué suerte que me tocase! El caso es que como nadie lo sabía, un día me presenté en el Seminario. Supe donde estaba porque cogí un folleto y vi la dirección;en 1993 el Seminario no tenía web, no por antiguo, sino porque no existía internet. La persona que está en la recepción aún se acuerda de cuando llegué diciendo que dónde había un superior porque yo quería entrar allí.¿Os imagináis la escena? Años después, recordándola, supe que más de uno había hecho lo mismo. Si os pasa como a mí, os recomiendo que se lo digáis a vuestro párroco.  Volviendo a la historia al final hablé con un formador que me fue acompañando hasta que pude tomar la decisión de entrar en el Seminario y formarme para un día, si era voluntad de Dios, ser sacerdote.

En ese tiempo inicial, antes de comenzar mi formación mi madre enfermó gravemente y murió. Una gran prueba. Yo le decía a Dios ¿no te basta que me entregue yo que también te llevas a mi madre? Fue duro, te quedas solo, pero ahí es donde entendí que la Iglesia es madre y el Seminario familia, como aún sigue diciendo el Rector, porque fue ella la que me cuidó y el  seminario quien me acompañó en esos momentos y quien me ayudó a ver la voluntad de Dios. También quien me corrigió y sobre todo quien me formó para ser el sacerdote que Dios quería, el que, con mis limitaciones, soy ahora.

¿Por qué soy sacerdote? Fundamentalmente porque Dios ha querido y porque al escuchar su llamada no me pudo más el miedo que la voz del Señor, yen el Seminario me ayudaron a no tenerlo. A Dios no hay que temerle sino fiarse, Él sabe a quién elige, porque ya sabemos que tantas veces no damos la talla. Eso es lo que le he dicho al joven del que hablé al principio, el será si Dios quiere, el tercero que en los cinco años de existencia de la Parroquia elija el camino del sacerdocio. Yo siempre digo cuando uno va al Seminario que el puesto de futuro seminarista queda vacante en Sta. Genoveva, así que quizá puedas ser tu el que lo ocupe. Sé fiel hasta la muerte y recibirás la corona de la vida. ¡Fíate!

David Benítez Alonso