Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


DAVID TORRIJOS CASTRILLEJO

Porque Dios merece la pena.

            Cada vez que caminamos juntos, uno de mis amigos cultiva la entretenida costumbre de ruborizar a los desconocidos preguntándoles por qué nos miran. Después de cinco años paseándome por ahí vestido de sacerdote, por lo menos a esa circunstancia me he ido acostumbrando. Sin embargo, no deja de suceder que, en ocasiones, con las manos alzadas al Cielo durante la Misa o sentado en un confesionario, me pregunte qué hago yo en ese puesto. Es ésta una vivencia estupenda, porque me obliga a responderme. Si soy sacerdote es justamente para no acostumbrarme, para mantenerme inquieto. Expliquémonos. En estos pocos años he observado que las personas —los cristianos y quizá sobre todo los que no lo son— buscan en el sacerdote a alguien que sepa mirar este mundo de un modo diferente, un experto en las cosas que importan de veras, un inconformista. No esperan encontrar a alguien mejor que ellos, sino a quien les muestre algo mejor.

Un sacerdote tiene frecuentemente la ocasión de estar presente en momentos críticos de la existencia de los demás: la pareja de jóvenes que emprende la vida matrimonial o recibe una nueva vida en su familia, el enfermo o el anciano en soledad; en un mismo día, se puede compartir la alegría del que por fin ha encontrado trabajo y la desolación del muchacho a quien su novia ha dejado; celebrar por la mañana un Bautismo y por la noche un entierro. Ante tales situaciones, uno puede permanecer impávido y desempeñar anónimamente su cometido. Esto es lo fácil, es la tentación diaria. Pero cabe también arriesgarse a poner las entrañas en lo que constituye la preocupación de esa gente y acoger como propios sus interrogantes. Esto es lo que hace nuestro Señor. Para vivir así vale la pena ser sacerdote.

Cuando decidí hacer caso a nuestro Señor y seguir este camino, era consciente de que ser sacerdote era así de exigente. Merecía la pena ser sacerdote, porque Dios merece la pena. En aquellos años veía que las respuestas fáciles no servían, que la vida no era tan sencilla como nos la pintaban. En una palabra, vi que el mundo no bastaba para poder vivir en el mundo; que todo hombre necesita de Dios. Estar llamado a ser sacerdote significaba entonces y sigue significando ahora, ayudar al de al lado a darse cuenta de esto y, lo que es más, servir el agua que calme esa sed. Por eso es crucial que yo sea el primero acuciado por el ansia de encontrar a Dios, el primero que no pueda vivir sin charlar con Él, el pecador que necesita Su perdón y el que desfallece si no vive de la Eucaristía.

Puesto que lo nuestro es lo impredecible, así han sido estos años. Cuando me ordenó el Sr. Obispo, me incorporé a la Parroquia de Santa María Micaela y San Enrique. Allí comencé a saborear esta maravilla que es la vida cotidiana del sacerdote, un testigo privilegiado de la obra de Dios en cada ser humano. Durante año y medio compatibilicé esa tarea con la Capilla de la Facultad de Educación en la Universidad Complutense. Últimamente, he tenido la suerte de completar mi formación estudiando filosofía, primero en Roma y después en Múnich, lo cual me ha permitido acompañar a cristianos de muy diversa condición en su trato con Dios. A Él le pido no dormirme en los laureles y mantener a los demás alerta, no sea que pase Él delante de nosotros sin que nos percatemos.

David Torrijos Castrillejo