Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid


EDUARDO TORAO LOPEZ

¡Gracias por fijarte en mí!

Me resistí mucho a aceptar la vocación al sacerdocio. No la quería en absoluto. Tardé años en decidirme a decir sí con la esperanza de que se me quitase la idea de la cabeza. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Soy sacerdote porque Dios se ha empeñado y me lo ha hecho ver con muchos signos que me han tocado el corazón y me han hecho decir ¿Por qué no yo? La primera reacción de miedo y duda, se fue transformando en certeza y alegría. Después de algo más de 16 años de sacerdocio ya es convicción y agradecimiento a Dios por su llamada.

No entiendo por qué Dios se fijó en mí, pero lo hizo. Su presencia poderosa en mi interior me hizo experimentar el deseo de entregarme a Él y a mis hermanos: “Sí, sí quiero ser sacerdote. Tú me lo pides y yo lo quiero hacer”. Esta respuesta al Señor quedó así escrita en el recordatorio de mi ordenación: “Quiero entregarme, quiero seguirte, quiero serte fiel, quiero amarte”.  Es un “quiero”, un deseo que el Señor va haciendo realidad. La vida no es fácil para nadie. Pero, como dice el refrán, las penas con pan son menos. Y yo tengo al Pan de vida, Jesucristo, cada día en mis manos en la Eucaristía, lo palpo en la cruz del que sufre. El dolor con Cristo es menos, porque Él lo carga. A Jesús me uno para ofrecerle el sufrimiento propio y el de la humanidad herida, que veo en los que se acercan a mí por el hecho de ser sacerdote. He escuchado a tantas personas que abren su corazón, lloran su dolor, cuentan sus problemas, expresan sus deseos e inquietudes… y el ver cómo Dios los consuela, alivia, sana y transforma, es algo que no tiene precio. Es sorprendente, pero así es. Es un milagro constante y todo ello me hace feliz. La felicidad que conlleva la paz de abrazar la cruz propia y la de los otros; la alegría de la entrega y de la obediencia.

Ser sacerdote me ha dado la posibilidad de estudiar y profundizar en el misterio de la fe. ¡Qué maravilla! De tener como tema habitual de conversación lo más grande que he experimentado: Dios, su vida, su amor, su entrega a nosotros. He vivido otros amores y son tan limitados y quebradizos… En cambio, el Amor de Dios es incondicional. Es una alegría inmensa ver este Amor en el que llora y la palabra de Dios le consuela. Palpar la acción del Espíritu Santo que se derrama en el que se abre para acogerlo. Pero sobre todo ser sacerdote es estar con Cristo, tocar su Cuerpo, en los sacramentos, en la Iglesia; vivir la ternura del Padre que ama a las personas como a hijos, palpar la presencia del Espíritu Santo que habita en el corazón del hombre que lo acoge por la fe.  Ahora ya no me veo de otro modo sino como sacerdote y sólo puedo decir a Dios: ¡gracias por fijarte en mí!

Eduardo Toraño López