Institutos Seculares


beatriz nogales tena

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7a)

Dios me dio la vida en el seno de una familia numerosa de 6 hermanos. Actualmente tengo dos sobrinos de dos de mis hermanas que están casadas; otros dos hermanos buscan su lugar. Mi hermano Antonio es Sacerdote Diocesano y yo, Beatriz, soy seglar consagrada en el Instituto Secular Filiación Cordimariana.

El rasgo de Jesús que más me seduce es su Corazón, su amor apasionado, su mirada que quiso fijarse en mi pequeñez. El hilo de oro que ha ido tejiendo Dios en la vida de mi familia ha sido siempre el de un amor sin medida que nunca nos faltó. En los momentos más duros, su providencia llamaba a nuestra puerta con más fuerza. Recuerdo unas Navidades en las que mis padres estaban preocupados porque no había nada que llevar a la mesa esa noche especial del año. Y, sin esperarlo nadie, llamaron a la puerta con todo lo necesario para celebrar, también materialmente, que el Emmanuel se hacía Niño en cada uno de nuestros corazones. Con mi hermana gemela, Amalia, salí de mi pueblo natal, del entorno familiar y, juntas, estuvimos trabajando internas duramente en un restaurante de bodas y convenciones. En medio de una frenética actividad, Dios me llamaba y llamaba a la puerta de mi corazón con mucha insistencia aunque yo no supiera poner nombre a todo lo que sentía y vivía en mi interior. Recuerdo que eran unos años en los que cantaba mucho, oraba cantando, cantaba el amor de mi Dios… el amor del Señor palpable en las cosas y gestos más insignificantes.

Sentía que mi vida iba cambiando de rumbo y cada paso que daba, Cristo me hacía experimentar un amor de predilección más fuerte que la muerte, un amor tierno, sin medida, en el que María tenía mucho que ver. Ella me guiaba, pues mi pequeñez y mis torpes pasos no me ayudaban a seguir al Bien del alma mía. En esta etapa de búsqueda, tuve la oportunidad –regalo– de conocer la existencia de un Instituto Secular, cuyo carisma consiste en la vivencia de la filiación cordimariana y la prolongación de la maternidad de la Virgen en el mundo. Me vine a vivir a Madrid, convencida de que Él seguía llamándome y quería conocer con claridad su querer. En esos años trabajé en un centro de esclerosis, y allí pude descubrir a Jesús crucificado en los pobres y en los necesitados. Se afianzaba la certeza de que mi vida era para el Señor y para el Reino. Ingresé en Filiación Cordimariana, encontrando por fin el lugar de mi realización vocacional. Su espiritualidad y su misión de fermento de evangelio en el corazón del mundo, respondían a mis aspiraciones más hondas.

María me condujo hasta su Corazón y en él encontré al Amor de mi vida. Hoy vivo el gozo de ser Hija del Inmaculado Corazón de María; en ese claustro materno se me da, cada día, el manjar de la comunión con el Amado y se me viste con el traje de la alegría. Desde él soy lanzada a transmitir, con un amor materno muy concreto, que hay vida y esperanza en cada uno de los corazoncitos que toco a diario, pequeños recién nacidos, que se debaten entre la vida y la muerte, en el Hospital de la Paz en el que trabajo. Después de muchos años, sigo cantando porque el amor de Dios me desborda y me parece imposible que Dios se haya fijado en alguien tan pequeño como yo… ¿Como pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Día a día, segundo a segundo, cantando y viviendo en su amor.

INSTITUTO SECULAR FILIACIÓN CORDIMARIANA