Nuevas Formas de vida consagrada


javier rubio mercado

Palabra de Vida

Aquel día cruzaba el Parque de San Julián en diagonal. De una esquina a la otra, sorteando distraídamente el quiosco de música que hay en medio, una idea repicaba en mi cabeza como un martillo en el yunque. ¿Será verdad? Al llegar a la puerta de salida me detuve en seco: era verdad, ¡era evidente! Y la evidencia me mantuvo ahí durante unos minutos.

No sé precisar qué frase del Evangelio era la que rumiaba en ese momento, pero probablemente sería una que me ha acompañado siempre: «Dad y se os dará». Quizás calibraba con mi pensamiento adolescente qué mecanismos seguía ese proceso para ser cierto. Y por eso me detuve: acababa de darme cuenta que yo había tenido un gesto de desprendimiento con un compañero de clase (¿qué le regalé?) y por otro cauce recibía un caudal inesperado de entendimiento, comprensión y certeza. ¡Era cierto! Así funcionaba el Evangelio, como un compendio de indicaciones para llevarlas a la práctica. Aquello me resultó tremendamente seductor; era una clave de lectura y yo tenía solo 18 años, con toda la vida por delante.

Vivir las palabras del Jesús lo había aprendido en una Mariápolis, esas convivencias de verano que organiza el Movimiento de los Focolares. Esta gente cada mes se propone llevar a la práctica una frase de la Escritura comentada por Chiara Lubich, la fundadora; e ineludiblemente el comentario acaba diciendo: ¿cómo podemos «vivir» esta palabra? Mes tras mes, pues, podía comprobar que el Evangelio seguía siendo actual. No siempre me acordaba, claro. Se requiere práctica. Había acabado en aquella Mariápolis de rebote. Allí había aprendido que la semántica del amor es completa cuando te remangas y haces algo por el prójimo. Por eso, un día me fijé en una señora ya mayor que estaba entrando un montón de leña descargada delante de su puerta. Yo iba charlando con un amigo y me resultó espontáneo decirle: ¿le echamos una mano?

Tendrían que pasar unos cuantos años hasta el día en que habría de sentir que Jesús me lo pedía todo. Mientras tanto, fui conociendo mejor el significado y las consecuencias de vivir el Evangelio. ¡Cuántos episodios sorprendentes! Luego me trasladé a Madrid para acabar Filosofía y Letras. Aquí contacté más directamente con el focolar y me integré en sus grupos juveniles. Y un día cualquiera del año 84 , después de recibir la comunión, cavilaba ante el sagrario cómo afrontar el futuro. Esperaba que se me aclararan las ideas para hacer un planteamiento meditado a mis amigos. «Diles que Jesús te lo pide todo» fue la respuesta que disipó la nebulosa. ¡Vaya!, eso tendría serias consecuencias.

A finales de agosto de 1986 emprendí la aventura en la que sigo embarcado. Primero dos años y medio en Loppiano, el centro de formación que tienen los Focolares en Italia; luego ocho años en el focolar de Montevideo (Uruguay). Allí ejercí de profesor en enseñanza secundaria y me inicié en la tarea editorial a la que hoy me dedico. En abril del 97 estaba de vuelta en Madrid, donde he estado 14 años dedicado a la revista Ciudad Nueva. Un año después hice los votos perpetuos. Y desde mayo de 2011 ultima etapa, Bilbao. Los contextos han cambiado pero el objetivo no. Verificar que las palabras de Jesús se cumplen es un reto cotidiano. Jesús dijo que estaría en medio de dos o más unidos en su nombre, y ese es el don del Espíritu que cada día procuro descubrir junto con mis compañeros de focolar.

OBRA DE MARÍA. FOCOLARINOS (Focolares)