Orden de las Vírgenes


 mercedes lujan diaz

Ser esposa de Cristo

Recuerdo perfectamente la llamada a la vida consagrada que tuve del Señor. De esto hace ya más de diez años pero puedo recordarlo como si fuese hoy. Fue en una velada de oración de jóvenes. Estaba yo recién convertida; desde hacía unos meses había empezado a vincularme a la Iglesia a través de un grupo misionero, se despertaban en mí los deseos de seguir a Jesucristo, me encantaba levantarme para orar, puedo decir que ya había tenido un encuentro personal con Él, y lo empezaba a experimenta como ese Dios vivo que actuaba en mi vida. Pero lo que aquella noche sucedió fue otra llamada. Tuve un encuentro con Dios diferente al de otras veces.

Durante la oración, en mi corazón, experimenté un amor que no era de padre, ni de amigo, ni de compañero, ni de maestro… era un amor de otro calibre, con otro sabor: era un amor esponsal. Un amor tan fuerte, tan profundo, pleno y sublime, y de tal intensidad, que se me convertía en el sentido de mi vida. Dios se me estaba declarando y se presentaba ante mí como mi esposo: Aquel con quien compartir mi vida, aquella Persona junto a la quien soñar y proyectar un futuro, Aquel cuyo amor sólo me bastaría. Una experiencia así no podía evadirla; fuera con un o un no tenía que responder. Nunca me imaginé que algo así me podría pasar. El caso es que respondí que sí, acogí esa llamada, acepté esa voluntad que se me proponía y lo hice tan sencillamente que hoy sé que Dios mismo sostenía mi sí y me hacía gustar con su seducción aquella invitación que me hacía.

Desde entonces todo empezó a cambiar pues ahora éramos dos y, además, Él era quien llevaba siempre la iniciativa. Creo que todo lo que viene después no es más que la consecuencia de este sí. Él me sedujo y me sigue seduciendo con su amor de esposo. Los acontecimientos, lugares o servicios que se me han ido proponiendo en su Iglesia no son más que la respuesta amorosa de mi corazón a su llamada, que se ha concretado de una forma u otra. Pero esta forma es algo secundario, porque a mí no me seduce en sí mismo un pobre, ni un trabajo en un despacho de su Iglesia, ni el cuidado de un enfermo, ni una catequesis en la parroquia… ni siquiera me seduce del todo el hecho de identificarme con Él, o con algún rasgo de su persona, en lo que hago. A mí sólo me seduce Él mismo y si me encuentro con Él en esa actividad o servicio. Si yo no experimento su presencia, si Él no sale a mi encuentro ahí, ¡estoy perdida!

La consagración en el Ordo Virginum es esencialmente ser esposa de Cristo y la concreción de los consejos evangélicos, la forma que pueda tomar el seguimiento o servicio a la Iglesia que realizamos nace de este encuentro con Jesús Esposo. Al fin y al cabo, Él es el Esposo de toda la humanidad y para hacer patente al mundo este precioso Misterio de su amor ha escogido a unas pobres mujeres a las que se vincula con amor esponsal y eterno, y a las que trata como esposas, como sus reinas.

Doy gracias a Dios por su llamada y por todo lo que ha hecho en mi vida. El me ha dado una dignidad que no merezco, y gratuitamente. Pido al Señor que conserve esta preciosa vocación y que nunca perdamos su verdadera esencia. ¡Bendito seas por siempre Señor, te alabaré eternamente!

 

ORDO VIRGINUM