Sociedades de Vida Apostólica


fernando del castillo flores

Jesucristo es la única Regla de la Congregación y su Espíritu es quien hace fecunda la misión

«Todo lo puedo en Aquel que me conforta». Fui ordenado sacerdote en Madrid el 27 de septiembre de 1992, fiesta de San Vicente de Paúl, fundador de la Congregación de la Misión (Paúles), Sociedad de Vida Apostólica a la que pertenezco. En esta gran ciudad se fue forjando mi vocación durante mis estudios de bachillerato en el Colegio Santa María de la Asunción, donde descubrí el carisma y la espiritualidad de san Vicente de Paúl centrada en el seguimiento de Jesucristo como adorador del Padre y evangelizador-servidor de los pobres. Durante estos 20 años de ministerio sacerdotal he ido descubriendo y experimentando que lo esencial en la vida de un sacerdote es apoyarse en Cristo, dejarse configurar por Él. En palabras de Vicente de Paúl Jesucristo es la única Regla de la Congregación y su Espíritu es quien hace fecunda la Misión. Por esto necesito continuamente alimentar, cuidar y cultivar la vida espiritual.

«He venido para que tengan la vida y la tengan en abundancia». Recuerdo la homilía del obispo el día de mi ordenación: el sacerdote no vive para sí mismo. Con todos los matices necesarios, creo que el aspecto esencial de mi vida es la entrega, el don de sí. Y la referencia de mi entrega la encuentro en la persona de Jesucristo que vivió una entrega confiada, incondicional, sin medida… hasta dar la vida. A lo largo de todos estos años de trabajo pastoral en la parroquia, en la formación, en la pastoral universitaria, he descubierto la necesidad de sacerdotes entregados. Entregados a Dios, a Jesucristo y a su Iglesia viviendo con gozo la propia vocación; entregados a quienes encontramos en nuestra vida pastoral; acompañando, acogiendo a las personas que están en búsqueda. San Vicente de Paul habla continuamente de imitar a Jesucristo, evangelizador de los pobres. Y habla de la necesidad de una virtud: el celo por la evangelización, cultivar el sentido misionero: hay que atender las necesidades espirituales de nuestro prójimo con la misma rapidez con que se corre a apagar el fuego.

En la vida de una parroquia además de los caminos habituales para el encuentro con Dios, en la eucaristía, en la celebración de los sacramentos, encontramos muchas posibilidades nuevas, nuevos senderos, nuevos escenarios, nuevos modos de anunciar el Evangelio. Quisiera señalar dos espacios de evangelización muy importantes en mi experiencia actual: la familia y el testimonio, la dimensión pública de nuestra identidad cristiana. Las familias necesitan encontrar en la parroquia una referencia, un apoyo para vivir y profundizar en la vocación a la que han sido llamados: la vocación al amor. Anunciar el Evangelio a las familias es una buena noticia, acompañando a los que encuentran dificultades en su matrimonio. Desde hace dos años estamos apostando por promover esta cultura de la familia. Hemos iniciado también un grupo de acompañamiento en la fe para separados: Betania, un lugar de escucha y acogida, signo de la preocupación de la Iglesia por aquellos que han naufragado en un aspecto esencial de la vida. El otro ámbito en el que actualmente estoy comprometido es en dimensión pública de la fe. Desde hace un año, un grupo de empresarios y políticos profundizamos en algunas cuestiones sociales, desde la Doctrina Social de la Iglesia. Me sorprendente el deseo y la necesidad que tienen muchas personas de profundizar en la fe, dejando que ilumine la vida y proyectando, proponiendo el mensaje cristiano en la sociedad actual.

«Pidamos a Dios que abrase nuestros corazones en el deseo de servirlo… dispuestos a darlo todo y a dar incluso nuestra vida por el amor y la gloria de Jesucristo» (Vicente de Paúl)

CONGREGACIÓN DELA MISIÓN (Paules)