Sociedades de Vida Apostólica


miriam vazquez

Conocerle... el mejor regalo

En primer lugar, doy gracias a mis padres por el amor y los valores que me han ido trasmitiendo a lo largo de mi vida., y a mi hermano, por su sensibilidad, su humanidad, y sencillez… Nací en Madrid (Usera). Fui creciendo, viviendo distintas experiencias y posibilidades hacia donde orientar mis pasos e iba buscando aquello en lo que, sencillamente, volcar mi vida; una ruta, en medio de tanto laberinto… y vivir desde un proyecto de vida compartido con el chico con el que estuve saliendo, me casaría -según mis planes- formaría una familia numerosa, viviría donde ya tenía pensado, dedicaría parte de mi tiempo a un voluntariado y a la parroquia. Estudié en el colegio San Viator y en el Conservatorio, lo que me ayudó a crecer, con el apoyo de mis padres, en esfuerzo, sacrificio y responsabilidad. En COU dejé la música para centrarme en la preparación universitaria; estudié fisioterapia pues me sentía llamada a estar al lado y ayudar a las personas que pasan por situaciones de sufrimiento y fragilidad. Trabajé en una clínica de rehabilitación. Me sentía afortunada, sin embargo, la vida tenía un tono gris, algo dentro de mí se resistía a conformarme con dejarme llevar, sin rumbo… Estaba en la Parroquia de la Fuensanta, me Confirmé, continué con mi grupo e inicié un acompañamiento aunque era más bien reacia por verme autosuficiente e independiente.

Era Adviento/Navidad-2002, con esta actitud de búsqueda de sentido de la vida, especialmente en el sufrimiento y la fragilidad de las personas… con una pregunta en la mochila: ¿Cuál es mi sitio en el mundo? Dios irrumpió en mi vida de forma inesperada, y se manifestaba en las personas, en lo que sucedía cada día, en lo que me rodeaba… experimentaba que Dios se encarnaba en mi historia, en este mundo tan complicado pero tan amado por Él, que contaba con mi libertad para colaborar con Él en su proyecto de Amor para todos los hombres, especialmente los más frágiles, lugar de encuentro privilegiado con Él. Experimentaba que: conocerle… era el mejor regalo, sentir cerca su presencia… era no temer un cambio de planes, encontrar su mirada… me daba la vida, formar parte de su proyecto… mi mayor ilusión, caminar juntos… era hacer realidad mi sueño, era decirle SÍ. Y, ya todo comenzó a tener otro color… Todo parecía igual pero todo era distinto: quedó tatuada en mí la experiencia de un Dios que da la Vida amando hasta el extremo, un Dios que se encarna y se abaja hasta el fondo del corazón del hombre para salvarle, sanarle, levantarle. Ya no podía huir, era como si Alguien estuviera dando la vida por mí. Me había dejado encontrar por el Amor más grande, el amor verdadero y no podía darle la espalda.

Estas pistas que Dios me daba iban tomando forma hasta dibujar a María, mujer fuerte, presencia que sostiene, acompaña y sigue a Jesús, sirviéndole en los más pequeños, desde Belén hasta la Cruz, cumpliendo la Voluntad del Padre al ritmo del Espíritu. Desde la convicción de que la Encarnación de Dios en la Historia es la Gran Noticia, me sentía llamada a anunciarla con mi vida y aunque el cambio de planes supuso dolor y desconcierto en mi familia y en mí, Dios me iba confirmando en la vida lo que experimentaba en el corazón. Me conmueve ver a Jesucristo como adorador del Padre y servidor de su proyecto de Amor a todos los hombres, especialmente a los más pobres, frágiles, marginados, olvidados… y me siento llamada a encarnar estos rasgos en mi vida, desde la sencillez y la humildad, en comunidad con otras hermanas, sirviendo, hoy, a niños enfermos, celebrando la Vida. Puedo afirmar que he encontrado el regalo más bonito, y los lugares de mayor belleza, la mejor aventura, la Vida…la presencia de Cristo en las personas, especialmente, los más pequeños.

COMPAÑÍA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD