Vida Monástica


jose ignacio gonzalez

Siempre me atrajo la figura de Jesús en oración

Siempre me atrajo la figura de Jesús en oración. De joven era algo que vivía sin ser tan consciente. Con los años me he ido identificando más con los pasajes evangélicos que lo explicitan. Y entonces he podido reconocer que el Espíritu me había ido guiando sin darme cuenta y seleccionando escenas de la vida de Jesús.

Por ejemplo, en su vida cotidiana, especialmente sus misteriosos treinta años de silencio, de trabajo oscuro y silencioso, pero siempre dando pequeños testimonios de amor, de desprendimiento, de ofrecimiento y reparación por la dureza de corazón de los hombres, indiferentes ante el amor del Padre. Testimonio que parece pasó tan desapercibido, que lo único que sabían de él, en el privilegiado Nazaret, se limitaba a identificar a la familia de la que procedía.

También me ha atraído siempre la enseñanza de su secreta relación de filiación con el Padre, que empezó por comunicar a sus padres María y José: ¿No sabíais que tenía que ocuparme en las cosas de mi Padre? Y nos descubrió, en su acción de gracias al Padre en voz alta, que esa manifestación tan grandiosa se hiciese de modo privilegiado a la gente sencilla deseosa de aprender de sus labios y de su persona. Lo mismo y más sorprendente, cuando en el huerto de los Olivos le llamó al Padre: Abbá, querido papá.

Su oración apostólica en su predicación itinerante, cuando tenía que tomar decisiones comprometidas, que estaban anunciadas con siglos de antelación. Y se retiró al desierto cuarenta días para iniciar su ministerio y llamar a los Doce. La generosidad para buscar esos tiempos de intimidad con el Padre por encima de todo, en un horario en que no cabía un alfiler, sacrificando el imprescindible sueño nocturno, después de largas caminatas apostólicas buscando a la oveja perdida por caminos y veredas llenos de piedras y espinos y con unas rudimentarias sandalias caseras. La densidad culminante de la oración en la desolación en el huerto de los Olivos, lugar frecuentado por Él. No sólo fue una oración con lágrimas, como hemos oído de muchos santos que han seguido fielmente sus huellas, sino hasta sudar sangre, que no sé si habrá alguien lo haya repetido después.

Y en la misma línea, y aún superándola, su paciencia y oración en la Cruz, donde la entrega es de tal calibre e inalcanzable, que más que imitar sólo podría decir que me aprovecho de su fuerza y mérito supratemporal.

Hay también una faceta de su misión que me llama con fuerza a suplicar: Ven, Señor, y es su segunda venida gloriosa o Parusía. Nunca me había detenido en este misterio, sin el cual queda incompleta su misión y faltos de verdad tantos textos de la Escritura. En medio de la desesperanza ambiental de que podamos salir de la crisis moral y económica, o de falsas esperanzas humanas, siento cómo esta gran esperanza me llena de gozo y paz, aun cuando sabemos la precederá una tribulación sin precedentes. Espero que el reino de justicia, amor, y la paz que el mundo y sus políticos no nos pueden ofrecer, dará la razón al Señor de la historia, y su presencia en la tierra y cielos nuevos darán cumplimiento a las expectativas que alberga todo corazón humano. 

ORDEN DE SAN BENITO (Benedictinos)